Aún recuerdo el crujir de las tablas bajo mis botas mientras descendía por la escalera caracol, los pasos amortiguados por el polvo secular que cubría el aire —y el alma— de la mansión Aymar. Era temprano, antes del alba, cuando el chillido ...
El viento húmedo traía el hedor del mar muerto más allá del malecón, olores convocados por la marea baja y las extrañas trampas para cangrejos varadas en la arena, cubiertas de algas y de conchas incrustadas. Philip Randall regresaba a Innsmou...
Era la noche más fría que había sentido jamás en el cobertizo de los Marsh, y eso ya era decir mucho para alguien que había sobrevivido los interminables inviernos de Nueva Inglaterra. El olor a algas podridas llegaba desde las grietas del suel...
Cuando el remolino de niebla bajó del Atlántico sobre Arkham, a finales de octubre de 1931, muchos en la ciudad pensaron que era solo otra extravagancia del otoño. Pero yo, Silas Hexter, ya sentía el temblor frío que recorren las raíces del mi...
La noche había caído sobre la aldea costera de Llynport como un sudario húmedo, con la humedad impregnando los muros de piedra y maderas podridas que resistían el asedio incesante del mar. Las olas chocaban contra los viejos pilotes con un ritmo...
A veces pienso que la mayor razón para vigilar nuestras manos no es el miedo a lo que puedan hacer, sino a lo que puedan encontrar. Y sin embargo, el destino rara vez concede esa gracia a los curiosos compulsivos como yo. Me llamo Arthur Vayle y, c...
Eran casi las tres de la madrugada cuando François Duvalier reconoció finalmente la plaza, apenas adivinada bajo los escombros de un barrio destruido por el perpetuo acoso de la humedad y del tiempo, en una ciudad cuyos nombres cambiaban siempre s...
En la reputada biblioteca de la Universidad de Miskatonic existen pasillos donde la luz solar es menos que un visitante ocasional y el polvillo en suspensión se arremolina como en un perpetuo vórtice de secretos no pronunciados. Fue allí, entre l...
Las sombras descendían sobre la sierra de Plata cuando Gerald Harker llegó al caserón polvoriento. La lluvia tamborileaba sobre el toldo raído mientras, con el corazón apretado y la garganta seca, revisaba una vez más la oscura carta que lo ha...
Las lámparas tamizadas dispersaban una luz macilenta entre los bancos carcomidos de la iglesia de San Alón. Afuera, la tormenta gemía, hambrienta y cinegética, pero dentro sólo el hedor a papirocito mohoso y cera derretida se atrevían a pertur...
El último habitante de Seaton’s Cross, un hombre de voz quebrada y mirada huidiza a quien la gente llamaba el Viudo Travers, solía repetir en las escasas ocasiones que alguien se atrevía a visitarlo: “Hay puertas selladas en la noche y canale...
I
La niebla de la décima luna de un año perdido se cernía sobre la Villa Inferior cuando hice mi regreso —quizá el último— al enclave prohibido de los Storr. Uno debe sospechar algo aberrante en aquellos parajes desde la distancia, pues ni...
Las ramas, desnudas como garras crispadas, repiqueteaban contra la ventana de la posada, anunciando la tormenta que arreciaba sobre el pueblo de Amorgos. Afuera, un mar de tinieblas vibraba con ráfagas que traían consigo un hedor salino, casi ranc...
Eran los últimos días de la estación de las lluvias cuando llegué a Amaranga, un rincón olvidado de la jungla ecuatorial donde la humedad cubría las hojas antiguas y el sol apenas lograba abrirse paso entre la maraña de ramas. Había leído, ...
En el sopor polvoriento del crepúsculo, entre las piedras gastadas por las erosiones cíclicas del tiempo en las fronteras del desierto sirio, el doctor Jared Morton contempló por última vez las ruinas que pronto se tragaría la noche. Aquellas c...
La calle de Dunworthy era una herida antigua en los suburbios de Arkham: desconchada, quebradiza, siempre silenciosa incluso durante el día. Aquí había nacido y crecido Elmer Tinsley, y aquí volvía ahora, un hombre endurecido y hastiado, tras a...
El polvo, arrastrado por un viento frío, iba apilándose en las sinuosidades de las viejas losas. La gran ciudad de Iram era solo un cúmulo de ruinas ocultas bajo la fina penumbra que la luna otoñal vertía aquella noche sobre las tierras maldita...
El bajorrelieve parecía tan simple: círculos concéntricos esbozando algo que, a la luz parpadeante de la lámpara de mi escritorio, no debía ser una galaxia sino el motivo central de una cosmología más siniestra. Llevaba días sin dormir, tras...
Los trenes nocturnos de Budapest eran mis santuarios. Cuando las campanas de los relojes patriarcales resonaban a lo largo de la ribera del Danubio y los primos del sueño se adentraban en la ciudad, yo vagaba por los andenes vacíos y me sumergía ...
Era una noche de los vientos más inclementes que la primavera trajo a Arkham, uno de esos ocasos en que ni los perros se atreven a ladrar en los callejones y la lluvia parece un lamento distante de cañerías rotas. Yo, Crispin Atherholt, acababa d...
A mis diecisiete años, jamás creí que las arenas de la costa sur de Arkham albergaran colores tan infieles a la razón ni que pudieran ser testigos de mi lenta condena. Había ido en busca de paz, deseo vano de quien huye de la decadencia de sus p Leer más...
Las aguas de Innsmouth susurraban bajo la luna menguante, y esa noche, la bruma que se ceñía al puerto era más espesa y acuática de lo habitual, cargada de un olor aceitoso y ancestral. El viejo puerto de la ciudad, con sus embarcaderos podridos Leer más...
En los años indescifrables en que las largas sombras caían sobre una Nueva Inglaterra jadeante, existía un hombre llamado Halsey Ward. Su oficio era anodino –profesor de lenguas muertas en la Universidad de Arkham–, aunque su vida interior dis Leer más...
Su nombre era Leland Sorrento y trabajaba como entropista en el Anillo Cuarenta-y-Nueve, una colección de satélites-hogar, laboratorios agrícolas y archivos históricos en la frontera de la Zona Periférica del Sistema HK-39. Había llegado allí Leer más...
Nunca he creído que el saber pueda ser demasiado peligroso; siempre me ha parecido que las sombras, cuando se enfrentan a la lumbre vacilante de la razón, no tendrían más remedio que retroceder. Pero aquel otoño perpetuo, con la grácil neblina Leer más...
La noche caía sobre Kingsport arrastrando densas lenguas de niebla marina, y desde mi ventana podía ver el reflejo esmerilado de la luna en el oleaje; pero yo, como siempre, leía. Mi tío, el doctor Samuel L. West, había fallecido hacía quince d Leer más...
Al principio, todo parecía una broma de mal gusto. Cuando el viejo Anastasios Vrellis llegó a mi estudio, desaliñado y con la mirada abrasada por el insomnio, pensé que se trataba de uno de esos excéntricos coleccionistas que frecuentan los merc Leer más...
Providence, Rhode Island.
16 de septiembre de 1927.
Estimado Dr. Harold Winslow:
Le ruego perdone mi súbita reanudación del contacto tras quince años de absoluto silencio; sin embargo, las circunstancias de mi actual vida me obligan a buscar c Leer más...