Fragmento:
La nave me aguardaba rígida en la fosa, bajo una bóveda de cobre despellejado y vaho. Mi partida era inminente: tres noches, cuatro lunas cambiadas; el quinto ciclo, se abriría la fractura en el espacio que me permitiría volver a Belatrix. Sin embargo, ya en el descenso hacia las galerías esteparias de Krygma, sentí la sutil malaise de una presencia impermeable, como una fractura en la propia densidad de la realidad, una membrana de horror vibrante que parecía susurrar por sobre el ventarrón.
Duración: 10:41
Delante de mí, desde el primer promontorio de la costa que se hundía en niebla violeta y salmastrada, brillaba Celaeno como un iris anciano, extraviado entre esferas salvajes y constelaciones incurvadas. Yo había llegado a esa luna en busca de menhires, de vajillas olvidadas y de palabras grabadas como cicatrices en ruinas de cien mil eras; pero nada de lo hallado en la Biblioteca —esa vasta aberración documental donde incluso las sombras tienen archivos y las distorsiones cronológicas rizan los anaqueles en extraños arabescos— preparó mi mente para la residencia de la locura.
La nave me aguardaba rígida en la fosa, bajo una bóveda de cobre despellejado y vaho. Mi partida era inminente: tres noches, cuatro lunas cambiadas; el quinto ciclo, se abriría la fractura en el espacio que me permitiría volver a Belatrix. Sin embargo, ya en el descenso hacia las galerías esteparias de Krygma, sentí la sutil malaise de una presencia impermeable, como una fractura en la propia densidad de la realidad, una membrana de horror vibrante que parecía susurrar por sobre el ventarrón.
La biblioteca menor —en sus vetas subterráneas, tras un vestíbulo mal iluminado por esquirlas de luminiscencia estriada— era mucho más que lo que prometía la cartografía de los mapas pan-dimensionados: un conventículo de mil estantes, retorcidos como palillos moldeables, se apretujaban en abanico bajo una bóveda irisada. Cada bloque de cuarzo almacenaba no libros, sino fragmentos: láminas de vidrio, retículas modeladas en uranio templado y corpusculares imágenes preservadas en un sustrato que parecía alternar entre vapor y membrana lechosa. Los “Fragmentos de Celaeno”, los célebres, estaban dispersos ahí como huesos pulidos.
No estuve solo al explorar. El primer custodio, Jjaen-Tor, andrógino y de piel escarlata, me saludó sin entusiasmo, en un dialecto ronco de la vieja Sykora. Tenía una cabeza demasiado simétrica, un trilobulado sutil en la frente, y ojos huecos, insondables, como si dentro de ellos creciesen grietas o raíces negras. Me observó mientras recorría un pasillo de cantos rodados, y oí su voz —terriblemente baja— advirtiendo sobre la “vitrolita maldita”. No supe entonces qué significaba, pero la expresión me quedó tatuada en la memoria como ramas dobles.
Accedí a las cámaras interiores y una a una toqué las placas de cristal, humeando en sus superficies historias legibles sólo en ángulos liminares. Las imágenes vibraban a la menor oscilación del ojo; una cúpula de zafiros, una escalinata hacia pilastras dobles, bestias-danzantes que derramaban su homúnculo a los pies de epígrafes rúnicos. Todo tenía un cariz funéreo, y una extraña cadencia pulsaba de estantería en estantería, como si hubiera un latido en la arquitectura misma.
En el centro de una nave lateral, apoyado entre dos anillos oscuros, encontré el fragmento llamado “Sibil”, una ventana ovalada que parecía contener, en su curvatura, un cielo despellejado. Al tocarlo la primera vez, percibí una débil vibración, como si bajo mis dedos hubiera una babosa de electricidad presa en gelatina. Me incliné, al amparo de una lámpara mortecina, y entonces vi: una ciudad azul, envuelta en niebla, escalones que llevaban al cielo y gigantes circulando sin pies y sin sombra. Escuché (no con los oídos, sino con la sangre) un gemido discontinuo, reptante, largo como la pupila de un dios ebrio.
Ya avanzada la segunda noche, una fiebre de insomnio me consumió. Fuera de los muros del anillo, la niebla de Celaeno se volvía densa y triturante como estuco, y la bóveda estaba surcada por complicadas reverberaciones esmeraldas. En mis sueños —si así pueden llamarse a esas extorsiones de lógica—, la ciudad azul se acercaba y yo la visitaba: subía rampas de silicio y descendía por corredores de oscilación anómala, atravesando habitaciones que temblaban al roce de mis ideas. Una puerta membranosa se abría y, de improviso, el horror: detrás de ella, un ojo de medusa inclinaba su órbita hacia mi cráneo, y sentía la presión de una raza fría, sin clemencia ni deseo, sólo atracción gravitatoria y cálculo mineral.
Desperté de un sobresalto, con la frente chorreando un sudor turbio. Al volver al vestíbulo, el custodio Jjaen-Tor ya no estaba. Reinaba un silencio antinatural, cortado a la distancia por leves sonidos de cristal partidos y por ese murmullo de desgajamiento, tan propio de Celaeno, como si toda la luna estuviese a punto de descascararse del espacio y precipitarse en un vórtice sin fondo.
En el umbral del archivo principal —un claro de susurros de vidrio, profanado por largas balizas cromadas— percibí otra presencia. De la penumbra surgió una mujer casi humana, con piel traslúcida y cabellos enmarañados de filamentos cobre-azulados. Se identificó con el nombre de Kapraeth: gesticulaba con lentitud, y su voz era un zumbido atonal. Me preguntó, con cierta nota sardónica, si había visto “el guardián de la vitrolita”.
Intenté explicarle mi propósito —mi estudio de los fragmentos, mi deseo de traducir las runas dispersas y extraer alguna esencia de saber perdido—, pero sus ojos cambiaban de fase, y era como hablarle a una ameba telepática o a una cúpula andante de marfil podrido. Ella golpeó una de las placas con la mitad de la uña, y su gesto activó una resonancia en las vitrinas circundantes: por un segundo, sentí el volumen del aire hacerse lámina de cuchillos, el frío de una mente exiliada. “Hay cosas que duermen entre los fragmentos, cosas que nos sueñan a nosotros cuando creemos tocarlas”, murmuró.
Me atrajo hacia la sección “Eon-S”, una galería vertical donde las placas, en vez de colgarse horizontales, se erigían en torres, como monolitos abiertos por la mitad. Allí, la atmósfera palpitaba. Cada fragmento alternaba entre opacidad y transparencia, revelando primero paisajes muertos, luego abismos de plata, al final cavernas donde vegetaciones imposibles se inclinaban ante formas imprecisas. Una de estas placas vibró con fuerza y emergió de ella —no imagen, sino presencia— una ondulación cianótica, una mueca que era vértebra y labio a la vez, un hálito mineral, destilado de la memoria de todos los mundos muertos.
La figura de Kapraeth se disipó en niebla, o tal vez atravesó el muro entre universos; quedé solo, temblando como un insecto flanqueado por espejos, y detrás de mí retumbó un zarpazo sordo —un retumbar de vidrio que no era de este cosmos. Entonces lo vi.
Sobre la vitrolita más grande, suspendida entre dos abrazaderas de titanio, una sombra sin rostro engendraba pliegues. Era un guardián, mas no de carne: una oscilación cuya silueta variaba entre glóbulo y hongo, con tentáculos de sílice y ojos agrietados, que parecían comprender sin ser ellos mismos órganos ópticos. Sentí la noción terriblemente concreta de que no sólo me vigilaba; me estaba descomponiendo, analizando, absorbiendo mis recuerdos y destilándolos en códigos de luz. Su forma me recordó, lejanamente, a las representaciones blasfemas del ente Hziulquoigmnzhah en las leyendas: una consciente excrecencia del vacío, una pesadilla nacida del desamparo entre galaxias, que sólo se manifiesta en vitrales, en la refracción de lunas frías.
Corrí, pero los corredores se retorcían, y la arquitectura misma parecía cambiar con mi pánico. Puertas nuevas surgían donde no las había visto; algunas, al entreabrirse, revelaban interiores plagados de filamentos fúngicos, membranas vibrátiles donde asomaban medias bocas y ojos en eclipse, lo que fuese que hubiese poblado las ciudades de prehistoria alienígena. Perdí el tiempo; la criatura —o su eco— me apresaba en todo ángulo, vertía sobre mí una presión que vaciaba órganos y hacía temblar los huesos.
En un pasillo lateral encontré una especie de sala de proyección: vacío central, bancos de obsidiana y un atril con un disco de vidrio, finamente tallado. Volviéndome al reflejo, vi cómo el guardián de la vitrolita se desplazaba, sin movimiento físico, sobre las placas cercanas: poseía la habilidad pavorosa de replicarse en cada superficie reflectante, borrando distinciones de espacio y geometría. Era el mismo horror ancestral que respiraba a través de los pliegues de Hziulquoigmnzhah: la capacidad de asediar todas las realidades a la vez, rozando a cada ser en el punto donde es más vulnerable, donde el yo no es sino una hebra entre muchas.
Me desplomé en los bancos, sintiendo misericordia sólo en la atonía del agotamiento. Una voz, que reconocí como la de Kapraeth, se filtró en mi mente: “El guardián sólo busca custodiar el umbral, impedir que recuerdos inimaginables invadan el ciclo de la carne. No despiertes lo que no puedes soñar.” Me resistí: una parte de mí —la más terca, la más humana— deseaba comprender, obtener algún símbolo, algún secreto-resplandor de la urdimbre de Celaeno.
En ese instante final, la vitrolita se encendió como un faro y vertió en el aire biomasas de imágenes: vi a los gigantes de cristal descomponerse, vi ciudades devoradas por sus propios sueños, vi nombres antiguos rodar, perdiéndose bajo capas de consciencia, y supe de la soledad eterna de Hziulquoigmnzhah, el perpetuo exiliado de universos, aprisionado en cada reflejo donde la materia olvida su ley.
Un eco atronador, terrible, pareció cubrirlo todo. Las paredes estallaron en síncopa de ruido y frío. La luna de Celaeno giró sobre sí misma, y mi cuerpo dejó de ser un límite: fui absorbido, quizás sólo por una fracción de latido, en aquella mente mineral y ciega, en su desesperada quietud, en la opacidad de todo lo que nunca podrá ser pronunciado.
No sé cómo regresé a la nave. No sé si alguna vez partí realmente de allí. Todo lo que puedo afirmar, frente al registro de mi viaje, es esto: los fragmentos de Celaeno no son relatos ni ventanas, sino administradores de un miedo puro, antiguos canales de un dios que no siente rencor; un ser que, bajo las eufonías de los antiguos nombres, aguarda en toda superficie pulida, listo para absorber la memoria de quien ose mirarlo.
Desde entonces, rehúyo los espejos. Cada vez que alguna superficie refracta mi silueta, siento el pálpito de un exiliado, paciente y hambriento, aguardando el momento en que olvide parpadear. Tal vez, en ese instante, yo mismo me deslice entre vitrales y nieblas, para nutrir otro ciclo de historias y de horrores, allá, bajo la mirada insoportable de la vitrolita.
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