En la primavera de 1928, fui testigo en Arkham de fenómenos cuya memoria aún marchita mis noches como una brisa calcina la flor de la juventud. Pocos, creo, entenderán lo atroz de lo que vi en aquellos días, y menos aún compartirán mi convicciÃ...
Cuando las últimas nieblas de marzo descendieron como un sudario sobre las calles viejas y desiguales de Arkham, solo los más imprudentes permanecieron sin refugio tras la medianoche. La Miskatonic arrastraba por esos días aguas espesamente oscur...
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Aún hoy, a más de treinta años del suceso, mi mano tiembla mientras escribo. La lámpara jade de mi escritorio, tan semejante en perversidad a lo que iluminó mi descenso, apenas exorciza las sombras que me asombran. La mayoría de quienes a...
Era una noche como pocas recordaba Arkham, encajada entre las paredes empapadas de la primavera y el olor mohoso de los sótanos ocultos tras los cimientos de la historia local. Las primeras lluvias arremolinaban el fango en la ribera del Miskatonic...
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La vieja biblioteca de la Universidad de Miskatonic, en Arkham, nunca dormía completamente. Había siempre alguien que vagaba por sus pasillos oscuros, a cualquier hora del día o de la noche, alguno de esos obsesivos devoradores de libros que...
La noche había caído sobre Arkham como una losa de mármol sobre un recién enterrado. Las farolas chisporroteaban bajo la llovizna constante, y los charcos devolvían reflejos deformes de las caras de los pocos que aún pisaban las aceras cubiert...
No es extraño en las comarcas humildes de Nueva Inglaterra que la noche adquiera una curiosa densidad, una pesadez etérea que parece agazaparse sobre los tejados mal trechos. Sin embargo, jamás aprendí a temer de modo tan visceral a la oscuridad...
Era una noche de los vientos más inclementes que la primavera trajo a Arkham, uno de esos ocasos en que ni los perros se atreven a ladrar en los callejones y la lluvia parece un lamento distante de cañerías rotas. Yo, Crispin Atherholt, acababa d...
La lámpara de aceite jadeaba con su última gota y, en la penumbra del gabinete forrado de tomos infectos, Avery Mullins leía. La oscuridad de la noche de Arkham le martilleaba las costillas como un tenedor ansioso. Los tejados agudos de la ciudad...
Hay cosas que mejor sería no desenterrar, y sin embargo la curiosidad —esa oscura pasión que impulsa a los hombres de ciencia a traspasar umbrales sellados por la cordura— termina siempre por prevalecer. Tal fue el caso aquella ominosa primave...
El viento de octubre hacía vibrar los ventanales antiguos de la biblioteca de la Universidad Miskatonic aquella noche, transformando el centenario tapiz de hiedra que trepaba los muros en un monstruo agitado y nervioso. Las farolas que bordeaban Co...
A quien pueda concernir, ojalá mis palabras no sean más que las balbuceantes cavilaciones de una mente desgastada por el insomnio y la desesperación, pues no pretendo que ni un alma sensata crea en la veracidad de los hechos que aquí transcribirà Leer más...
No existe en Massachusetts paraje más innombrable y pernicioso que Dunwich. Así escapó llamar la atención de los cartógrafos y, durante el apogeo de la vida rural, incluso de algún viajero accidental. Mi llegada a Dunwich, empujado por la curio Leer más...
Hay una perversión ancestral en la curva de la costa, en cómo la niebla se desliza hacia el pueblo y lame con dedos fríos los ventanales velludos de algas y las farolas varadas de salitre. Pido disculpas por la digresión, pero es importante enten Leer más...
Kadath se alza sosegada ante la noche perpetua, tan quieta como una criatura que sueña. Cuando la luna doble surge, tras las torres ensortijadas como garras de un monstruo antediluviano, la ciudad escupe sombras líquidas y niebla densa desde la ven Leer más...
La niebla nació temprano ese jueves, engullendo Kingsport bajo su manto blanco y frío. El Atlántico rugía al otro lado de la bahía, pero el sonido se acuchillaba contra el muro, y la ciudad solo podía escuchar el retumbar amortiguado. Así habà Leer más...
Era al oeste de todos los mapas, en la vasta y desolada planicie de Leng, donde la soledad y el silbido del viento componían una música que sólo podía surgir del mundo anterior al recuerdo de los hombres. Durante edades innombrables, los dioses y Leer más...
1. El Despertar del Ahogado.
En los estertores finales de un febril verano, viajé hacia el suroeste del Pacífico bajo un pretexto académico —quizá despreciable a ojos de mis pares— sobre las migraciones polinesias en islas desaparecidas. No Leer más...
Había noches en Arkham en las que el silbido del viento traía consigo lamentos desconocidos a través de las rendijas de la lúgubre biblioteca Miskatónica. Como viejos libros, las palabras perdidas flotaban sobre el vaho persistente de las ribera Leer más...