Portada del relato Las Cuerdas del Exilio
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Fragmento:


El primero en hablar fue Zatth, el exégeta de los tres signos olvidados, cuyas cejas formaban dos líneas de ocre indeciso sobre unas órbitas vacías de todo mirar humano. Su voz era clara como la mordedura de un metal frío:

Duración: 07:53

Las Cuerdas del Exilio
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Texto de ajuste de pausa.

Bajo la sombra temblorosa de Xhaus, la Camelia Negra, remanente del mundo preadánico, tres siluetas se reunieron donde los vapores habían hecho de la tierra un légamo pútrido y la luz apenas convexa del astro Apau brillaba sesgada como la pupila de un dios tuberculoso, mirando sin piedad el decaído palacio de Hilza-ul-Lasam. En los pozos amarillentos bullían rizomas retorcidos que olían a vainas frescas y sangre reseca, y un lamento indistinto a veces se evocaba desde las galerías taponadas del submundo. Los hombres de aquel tiempo usaban máscaras de ramio y vestían capas de bronce-filigranado: el aire era más cadena que sustancia, y la muerte no era tan distinta de la vida.

El primero en hablar fue Zatth, el exégeta de los tres signos olvidados, cuyas cejas formaban dos líneas de ocre indeciso sobre unas órbitas vacías de todo mirar humano. Su voz era clara como la mordedura de un metal frío:

—Daiol —llamó al segundo, quien con las manos unidas bajo la túnica, esperó y escuchó—, ¿has traído la lira cuyos tendones pertenecieron a una diosa? ¿O acaso solo traes pretextos y miedo?

Daiol, que alguna vez pisara las escalinatas de Zalhis y quien aún escondía en la lengua un gusano joven del Tiempo, desenvainó un estuche que de inmediato pareció sangrar sombra, y de ella emergió la lira; no había viento, pero los hilos resonaron, y una vibración preterrena recorrió el musgo glauco del suelo. Zatth se estremeció, pues recordaba lo que decía el Códice de Seveal: "Ninguna música así será escuchada en los Mundos Nuevos, ni sus eones serán perdonados".

La tercera figura, Lotis, no era del todo humana. Unos decían que había venido desde Oorn, cubriendo el abismo viscoso en una concha de ópalo; otros, que era hija de los sueños de los geomantes caídos, y que de su vientre brotaba la sal que disolvía las pesadillas. Lotis, con voz balsámica, nombró así a su compañía:

—Traeremos la Lira al corazón de la Camelia Negra para invocar, por última vez, aquello que duerme entre los cimientos de la Era. Daiol, haz tu música, como se hacía antes de los juramentos.

El lugar adonde iban no constaba de puertas ni caminos: la Camelia era un vestigio de raíz, un bulbo de materia de pesadilla, inflamada por siglos de magia y odio; se alzaba como una flor nunca abierta y siempre fenecida, de cuyas profundidades emanaba el hedor consuetudinario de la derrota cósmica. Zatth, quien había leído las palabras radicadas en la locura, sintió en la garganta el pulso helado del miedo:

—Lotis, si acaso heredaste la sangre de Oorn, ¿puedes contener aquello que surja?

Lotis no sonrió, solo cerró su túnica, y sobre su cara cayó la sombra de lo irrevocable.

Así avanzaron, y todo silencio era invadido por el zumbido bajo de la lira. Los vapores —alegres en su ignorancia— se enroscaron en los tobillos de Daiol, quien, tocando el primer acorde, desveló una música áspera e inhumana, cuya armonía contradijo el sentido y la esperanza. Los sonidos fueron devorados sobre la marcha: el aire, voraz, los tragaba, y sin embargo, otros sonidos más antiguos y atroces surgieron en respuesta. Ante cada nota, la Camelia se agitaba, las ramas como brazos retorcidos y pétalos de azabache confluían en arabescos venenosos.

Zatth vio, en el borde de aquel cuadrante de corrupción, sombras —imágenes de su infancia, distorsionadas, llenas de los ojos de su madre muerta— y voces que le prometían una paz de tumba. Al llegar al centro, la Camelia se abrió: dentro había una redondez de obsidiana húmeda, el útero de lo inmarcesible. Un fuego azul brotó del lodo, iluminando lo que ningún astro debería ver. Daiol, empapado de sudor y fiebre, cambió el ritmo: ahora cada cuerda producía un grito, y no todos parecían humanos.

Se abrió entonces un resplandor, y fue como ver la memoria putrefacta del universo: allí, espectros en forma de salamandra y vértices candentes, aúllan y se desangran desde la cima de la creación. La música arrastró a los tres viajeros al borde de lo imposible: la raíz de la Camelia Negra se retorció con una grandiosidad más allá del desprecio o la plegaria, y del bulbo exudó una figura que recordaba algo arcaico y ofídico.

Era una diosa que nunca fue niña, cuyas escamas exhalaban la doble perfidia de Zalhis y de Oorn, y cuyo pecho era un abismo de memorias inmortales… Su rostro era centelleante como la descomposición de la carne bajo una luna inmóvil. Los tentáculos reptaban como lirios, acercándose a Daiol, que tocaba sin voluntad, con los ojos aferrados a una cuenca de lágrimas. Zatth retrocedió, pero Lotis avanzó; las sombras fundían su silueta con lo antinatural, y su voz era la reencarnación de una canción extinta que aun así conocían las piedras agonizantes de Hilza-ul-Lasam.

—Espíritu del día que nunca llegó, hija de la Era anterior —entonó Lotis, y la melodía vibró, pulsando desde la piel del espacio—, somos la ofrenda, el alimento de tu fracaso. Únete a nuestro miedo y bebe.

La diosa-llama miró a Lotis. Sus labios, rellenos de nubes calientes y tripas de insecto, balbucearon nombres que no podían ser aprendidos. Daiol, cuyas manos estaban ya carcomidas por una gangrena azul eléctrica, intentó dejar la lira, pero esta clavó las cuerdas en su carne; de sus ojos manó una luz amarilla, y de la boca se arrastró un hilillo negro lleno de letrinas y letanías. Zatth sintió una presencia dentro de sí, como si su médula fuera vaciada y reemplazada por un laminado de bronce hirviente.

Todo fue entonces fundido en un sollozo y una visión: el mundo, encorvado bajo la voluntad de la Camelia Negra, era visto desde el arriba y el debajo a la vez. Los siglos danzaban atrás, las ciudades disueltas en ponzoña y tiempo. Humanidades enteras reemergían y se pudrían en el repliegue de una luna que nunca había girado.

Lotis, única indemne, se quitó la máscara. Ya no era el rostro de una mujer extraña, sino el de todos los parias. Se enfrentó a la diosa, cuyos tentáculos temblaron ante aquella mirada —carente de todo, salvo un asco antiguo e incurable— y habló con el idioma de las criaturas ahogadas, de los sueños hiperbóreos.

—Has sido llamada de vuelta, hija de la ofensa. Aquí estás, y aquí eres nada.

La diosa siseó, plegando su forma hasta la silueta de una niña temblorosa, hasta ser solo un trozo de carne podrida. Daiol dejó de tocar. La lira, libre de su presa, se partió en siete astillas y cayó al lodo, donde fue devorada por tenues flamas verdiazules.

En ese instante, la Camelia Negra, saturada de presagio, colapsó sobre sí misma, y su bulbo estalló innoticiado en una nube de esporas y ceniza. Zatth y Lotis estaban sostrados en el barro tibio, jadeando como quienes han visto el final en un sueño y aun así viven para recordarlo. Del cuerpo de Daiol solo quedaba un rastro de huesos y ceniza azul flotando, inmóvil, contra la brisa que ahora soplaba débil, como si rubor, pena y desdén hubieran oxidado el aire.

El silencio de Hilza-ul-Lasam aplastó entonces toda voz. En la orilla, entre hilos entrelazados de vapor y fragmentos de la raíz muerta, Lotis recogió una de las astillas de la lira, aún brillante con el fulgor del crepúsculo de los dioses, y la arrojó lejos, hacia el foso de la memoria.

Zatth preguntó, entre susurros, si aquello había terminado.

Lotis no respondió.

Simplemente se alejó, fundida otra vez con las formas ambiguas de la ciénaga; y la Camelia Negra, ya no más que un esqueleto cautivo de su propio veneno, volvió a cerrar lo que quedaba de sus pétalos sobre los cadáveres del horror y del tiempo.

En la luz moribunda de Apau, todo lo demás fue olvido.

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