Portada del relato Bajo los Susurros de Yuggoth
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Fragmento:


Hasta entonces, mi experiencia con fenómenos extradimensionales era teórica. Pero tras esa lectura… comencé a presenciar sombras entre los pliegues de mi oficina, y sentí el tacto frío de la paranoia al recorrer los pasillos desiertos de la universidad en la madrugada. Los sueños, sobre todo, me torturaban. Pesadillas de cúpulas monumentales y llanuras de basaltos hirvientes bajo cielos de asfixiante negrura; allí, un faro inimaginablemente antiguo arrojaba una fosforescencia espectral sobre charcos de materia en putrefacción, y figuras insectiles se agitaban en la distancia, arrastrando cápsulas que gemían como niños.

Duración: 09:41

Bajo los Susurros de Yuggoth
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Texto de ajuste de pausa.

Había noches en Arkham en las que el silbido del viento traía consigo lamentos desconocidos a través de las rendijas de la lúgubre biblioteca Miskatónica. Como viejos libros, las palabras perdidas flotaban sobre el vaho persistente de las riberas; yo, Amos Fergraves, profesor recién instalado en el Departamento de Ciencias Ocultas, fui presa de tales noches y aún escucho, con el corazón paralizado, las melodías arrastradas desde la ignota Yuggoth.

Mi perdición comenzó en la fría tarde que precedió al equinoccio de otoño. Me hallaba sumido en la revisión de un paquete polvoriento remitido -según el acta adjunta- desde una desvanecida propiedad de Derby, Massachussets. El contenedor, envuelto en un papel ennegrecido por el moho, contenía un cilindro de extraño metal, blando y oscuro, grabado con símbolos que apenas recordaban alguna grafía humana. Bajo él yacía un manuscrito, cuyas páginas solo se sostenían gracias al meticuloso orden de su encuadernación. Las letras, trazadas tan apretadamente que parecían retorcerse como raíces en descomposición, exhalaban un hedor ácido, reminiscente de una tierra alienígena.

El manuscrito pertenecía a Eliphas Standish, desaparecido hacía ya dos décadas bajo circunstancias envueltas en un mutismo absoluto por parte de su familia y colegas. "El Verdadero Concejo de las Migraciones Cósmicas", anunciaba en su primera página, seguido de advertencias condenando la curiosidad. Pero la propia condena impulsó aún más mis ganas de leerlo. Al avanzar en las páginas, aprendí sobre planetas periféricos, sendas de vida insólitas y nombres que, aun flotando en el aire de nuestros sueños, maldecían el entendimiento de quienes los susurraban. Solo entonces comencé a obsesionarme con Yuggoth.

Standish afirmaba que Yuggoth era más que un planeta; lo describía como un nódulo de malignidad, un germen dejado en el Sistema Solar por una civilización tan antigua que la propia vida terrestre sería su pálido eco. Los seres que lo habitaban –llamados por él “mi-go”, aunque corregía su denominación real, “N’gai-Yuggoth”–, navegaban a través del éter, implantando conciencia adonde hallaban materia proclive. Aquellas inteligencias ignoraban el tiempo como nosotros el delta de un rayo de luz; su música silenciosa se transmitía mediante partículas que vibraban no solo en el aire, sino incluso en la psique de quien las escuchase.

Hasta entonces, mi experiencia con fenómenos extradimensionales era teórica. Pero tras esa lectura… comencé a presenciar sombras entre los pliegues de mi oficina, y sentí el tacto frío de la paranoia al recorrer los pasillos desiertos de la universidad en la madrugada. Los sueños, sobre todo, me torturaban. Pesadillas de cúpulas monumentales y llanuras de basaltos hirvientes bajo cielos de asfixiante negrura; allí, un faro inimaginablemente antiguo arrojaba una fosforescencia espectral sobre charcos de materia en putrefacción, y figuras insectiles se agitaban en la distancia, arrastrando cápsulas que gemían como niños.

Un atardecer conseguí identificar la voz que me llamaba en aquel crepúsculo mental. Era la de Standish mismo, pidiéndome que acudiera a la colina de Sentinel Hill, en Dunwich. “Debajo de lo que los aldeanos llaman la piedra del diablo, hallarás la entrada”, susurraba, en una lengua de la que sólo algunos términos lograban recordarse al despertar. Decidí seguir dicha sugerencia. Armado con el manuscrito y el cilindro, abordé un carruaje hasta Dunwich el último día de octubre, arrastrando mi cansancio físico y espiritual bajo un cielo sin luna.

La noche de mi llegada era tan oscura que apenas podía distinguir la carretera de grava, y el rumor de los árboles muertos me recordaba, con su música disonante, las advertencias de Standish sobre lo inhumano. Ascendí la colina resistiendo el instinto de huida, convencido de que la culminación de mi conocimiento dependía de aquel acto. La piedra, negra y resbalosa, se inclinaba en un ángulo antinatural, como si brotara de un abismo sin tiempo. A su sombra, encontré el hueco oscurecido de una escalinata tallada en la roca viva.

Todo miedo de la infancia –ambientado por cuentos sobre ondinas y duendes maliciosos– palideció al descender. La extrañeza del ambiente era absoluta; las paredes exudaban un brillo fosilizado, y el aire estaba cargado de una palpitación sorda, como el retumbar del corazón de un anfibio gigantesco. Bajé hasta un corredor donde el suelo se transformaba en placas orgánicas, y el aroma a almizcle y taninos me quemó las fosas. El cilindro vibraba en mi mano.

En la penumbra, una cámara octogonal se abrió ante mí, surcada por criptogramas que se avivaron ante la proximidad del cilindro. Noté, con horror, que el pavimento parecía hecho de huesos vitrificados, cuyas formas humanas eran apenas reconocibles. Allí descansaba una plataforma central en la que se hallaba un sarcófago cubierto de motas de óxido azul —un color que describo así, pues carece de nombre en nuestro espectro visible— y su superficie temblaba como si encubriera una conciencia latente.

Cuando deposité el cilindro sobre la tapa, sentí una presión brutal en la base del cráneo y la atmósfera vibró en tonos tan agudos y penetrantes que tuve que arrodillarme. Cavilé si no me hallaría en un sueño, pero la sensación de que mi carne se agrietaba descubriendo cada uno de mis huesos atestiguaba su odiosa realidad. Una ráfaga de tinieblas salió del sarcófago, proyectando siluetas monstruosas sobre las paredes, figuras repletas de segmentos y mandíbulas, que giraban sobre sí mismas con ritmo alienante.

Una voz, desbordando los límites de la comprensión humana, rompió el aire:

“-ANH-H’LL, SHOGGOTH NAH, Yuggoth ho yth N’ghau-“

No sé si comprendí sus palabras; solo percibí que me invitaba —no, me exigía— abrir la mente al legado de Yuggoth. Fui traído a su memorial ancestral, y comprendí que la memoria de Standish y su desaparición constituía apenas un fragmento de un pacto entre intelectos milenarios. El manuscrito se encendió con símbolos vivos, y la visión de lo que yacía al otro lado de la materia ordinaria se abrió en mi conciencia.

Me vi trasplantado a un paisaje donde la geometría moría y los ángulos sangraban fragmentos de espacio, donde las estrellas bailaban su ultratumba en torno a la cúpula de la ciudad de Thog, capital y cementerio de Yuggoth. No existe compás humano para medir el terror de aquel horizonte: sobre la tundra podrida, los parásitos mayores de N’gha extendían venas y tentáculos capaces de absorber la mente entera de un hombre y dejarlo, por siempre, gemebundo de locura irrecuperable. Contemplé a los Mi-Go plegando las almas de sacerdotes robados a la Tierra –no sus cuerpos, sino sus recuerdos y emociones más íntimas, archivadas en cápsulas de función incognoscible. Vi el punto de reflexión y supe, con la seguridad que solo concede la pesadilla perfecta, que Standish permanecía allí aún, reducido a un latido ingrávido sobre el sarcófago de otro, esperando que uno lo sucediera.

Un acceso de pánico irracional me impulsó a abandonar la cámara, pero mis extremidades respondían con una lentitud vegetal. Sentí la maldición y la fascinación; si huía, no saldría jamás del magnetismo incurable de las pesadillas de Yuggoth. Si aceptaba… sería uno más de sus archivadores, un mico de hilos mentales cautivo en una celda imposible.

Me arranqué el cilindro de la mano con todas mis fuerzas, pero en el proceso se abrió una hendidura superficial en su costado. De ella brotó un humo negruzco, que se arremolinó para formar, por una fracción de segundo, el rostro deshecho de Eliphas Standish. “No hay salida”, musitó la efigie gaseosa, y el silbido del viento en los túneles se transformó en el eco de carcajadas tituladas.

Grité sin saberlo, cayendo de espaldas contra los huesos vitrificados. En ese instante, comprendí el don que Yuggoth ofrendaba: el saber final, la promesa de que toda curiosidad humana termina ante el terror absoluto de su origen. Sentí la tentación grotesca de abrir de par en par las puertas de mi mente, poco antes de que un instinto primitivo me hiciera romper el cilindro contra el sarcófago. Toda la cámara estalló en luz iridiscente.

Cuando desperté, aullaba en medio de la ladera de Sentinel Hill, al amanecer, cubierto de quemaduras inexplicables. No hallé cilindro ni manuscrito; en mi mano sólo quedaban partículas de óxido azul cubriendo los pliegues de la piel. La ciudad terrena se extendía bajo una niebla que mostraba, en sus matices, formas insectiles girando fuera del enfoque. Nadie en Arkham daba fe de mi aventura; sin embargo, cada noche, desde aquella experiencia, las figuras nocturnas de Yuggoth retornan a mí, gritando con las voces de Standish y de muchos otros.

El aliento de la Tierra está mercenariamente contaminado desde esa noche, y mas allá del recuerdo de lo visto, los susurros continúan. Hay algo en la atmósfera, invisible para los sentidos normales, que ha entrado en mí; una conciencia que asoma en los espacios entre pensamientos, en la textura de los sueños, en el silbido del viento de las charcas y en el temblor de los relojes antes de la medianoche.

Cuando los Mi-Go crucen la frontera de la negrura cósmica para buscar nuevas almas archivables, acudirán primero a quienes escuchan susurros en la noche, a quienes, como yo, se atrevieron a leer más allá del umbral, pues ya pertenecemos, en parte, a Yuggoth, y el círculo jamás vuelve a romperse.

Si alguna vez, lector, recibes un paquete sin remitente, sellado con un óxido azul y lleno de promesas de poder y conocimiento, ciérralo. Hazlo antes de que los susurros sean legión, y antes —mucho antes— de que conozcas el verdadero rostro de Yuggoth, pues todo saber termina en su cripta, y todo buscador de secretos termina, como yo, prisionero de su eternidad sin nombre.

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