Fragmento:
El primer paseo matutino gravó en mi memoria la extraordinaria decrepitud de la aldea. Las fachadas presentaban burbujas de sal y algas adheridas, como si cada vivienda, cansada del yugo terrestre, aguardara el arribo de olas que finalmente la tragaran. Los lugareños—seres de complexión huidiza, con parpadeos lentos y carencia de simpatía—evitaban mis ojos, acurrucándose o sumergiéndose en portales, envolviéndose en harapos húmedos. Un silencio viscoso impregnaba las calles, y por breve instante creí ver extraños símbolos grabados en las piedras, pero siempre que me aproximaba se revelaban como simples estrías del tiempo o caprichos del salitre.
Duración: 08:44
Recordaré siempre con una mezcla de repugnancia y luz atroz aquella visita, una suave tarde de mayo que me condujo hasta la decrepitud de Ingersmouth, ese villorrio dispuesto cabizbajo en las encrucijadas del desvelo y la bruma costera. No acudí por placer a esa porción olvidada del litoral, sino por imperativo del acaso, que trasciende el raciocinio y nos tumba en las honduras del caos insomne. Bajo el vetusto malecón de madera carcomida, derruido por siglos de salitre y abandono, se había ahogado la joven sobrina de mi amigo Harold, un suceso que entonces parecía enteramente vulgar para los anales locales—y apenas un motivo para alojarme en la ruinosa Posada del Marino Gris.
Tal vez fue presagio o simple desvarío el que acudió en la primera noche, anunciando, de manera difusa y con mórbidos aromas, la singularidad de lo que aguardaba en los rincones húmedos de Ingersmouth. Sentí un febril pulso en la madera de mi camastro, una vibración que ascendía desde el subsuelo hasta mi espina y me sumía en imágenes de una marea oscura, torbellinos en los que nadaban siluetas reptantes con brazos membranosos y ojos bulbosos. Ignoré aquellos estremecimientos, atribuyéndolos al ambiente rancio y al aislamiento del lugar, mas ahora sé que muchas cosas acechan en el subsuelo acuoso, famélicas e infinitas.
El primer paseo matutino gravó en mi memoria la extraordinaria decrepitud de la aldea. Las fachadas presentaban burbujas de sal y algas adheridas, como si cada vivienda, cansada del yugo terrestre, aguardara el arribo de olas que finalmente la tragaran. Los lugareños—seres de complexión huidiza, con parpadeos lentos y carencia de simpatía—evitaban mis ojos, acurrucándose o sumergiéndose en portales, envolviéndose en harapos húmedos. Un silencio viscoso impregnaba las calles, y por breve instante creí ver extraños símbolos grabados en las piedras, pero siempre que me aproximaba se revelaban como simples estrías del tiempo o caprichos del salitre.
Harold, después del entierro, me susurró con voz temblorosa que su sobrina en las semanas previas había estado “demasiado pendiente de la luna”, y que, en un acceso de locura, le había confesado haber escuchado “el cántico del lecho fangoso” al dormirse, un temblor ancestral que convoca desde antros subterráneos. Según él, la niña hablaba de criaturas que flotan entre la conciencia y la gruta, y que la llamaban hacia la ribera bajo el alba. Aquello me sonó a pesadillas derivadas de la humedad local, mas uno de los ancianos del puerto, bebiendo de mala gana en la taberna, me deslizó a media voz: “En las noches de flujo anómalo, algunos caminan dormidos hacia la rompiente, como marionetas de cosas antiguas”.
Indagando, tropecé con la biblioteca municipal, un edificio tan erosionado como todo lo demás, acobijada en un meandro del acantilado. La bibliotecaria, la señora Barlowe, era una mujer pequeña, de pómulos pronunciados, con dedos cubiertos de callos y ojos huidizos que recordaban a los de quienes rehúsan la mirada. Me permitieron consultar el Catastro y algunos volúmenes de leyendas locales. Fue así como me topé con la fábula de los “Otromarinos”, un delirio medieval recogido por el indeseable reverendo Gillman en 1732. En aquel pergamino, hallé tal sucesión de horrores y evocaciones que me turbaron más allá de la razón, y la noche siguiente presentí que ojos invisibles me escudriñaban tras los ventanucos de la posada.
Gillman relataba pactos impíos sellados en épocas arcanas entre los primitivos de Ingersmouth y aquello que “nunca duerme bajo la pleamar”, y narraba con repulsión cómo en rituales de luna anegada, los elegidos — niños o mujeres fértiles — eran guiados, en estado de trance, hasta donde el limo hiede y la marea burbujea. Describía, uno tras otro, los balbuceos de los testigos, que hablaban de coros provenientes del fango, de formas reptantes cuyo tacto era gélido e inexorable, y de la promesa de “una nueva génesis cuando el flujo final despierte lo olvidado bajo la roca”. Era, sin embargo, el post-scriptum sombrío lo que retorció mi alma: “No mires al agua en la noche de la luna roja. Ahí enviarán signos aquellos que aguardan; y los que sueñan o escuchan serán convocados al seno del Abismo”.
Esa noche, la última que pasé en Ingersmouth — pues los acontecimientos colapsaron toda lógica — la recuerdo fragmentada por pesadillas, sonidos de arrastre en las paredes, y un ritmo distante como el eco de tambores subacuáticos. Al filo de la medianoche, el viento arremetió contra los postigos. Desperté sofocado, y desde mi ventana vi que la costa estaba envuelta en una bruma sobrenatural. Detuve mi mirada en la playa: el mar parecía hervir en un punto específico, y figuras indistintas — demasiadas para contarlas — reptaban desde la espuma hacia la orilla, en procesión reverencial.
No sé qué fuerza blasfema me impulsó a bajar escaleras y pisar la calle desierta. Seguí, temblando, el camino de fango que se desplegaba hacia el muelle ruinoso. Todo era irreal, como si un velo tupido — tan viscoso como los sueños de Harold — oscureciera mi juicio. Apenas me sorprendió comprobar que por todas partes asomaban habitantes de Ingersmouth, deambulando en silencio, con la mirada fija y los pies desnudos, en trance. Parecía una coreografía impía, dictada por algún titiritero omnipresente e invisible, y todos, sin distinción, arrastraban consigo babas de algas, ojos desorbitados y rostros sin expresión.
Al final del muelle, un coro emergía, grave y rugiente, una lengua desconocida que recordaba las sílabas chirriantes de Gillman. Y entonces lo vi: la superficie del agua se abombó y se abrió, como si los cimientos de la tierra temblasen. De allí surgió una silueta colosal, más vasta que cualquier cetáceo, cuya piel era un mosaico de escamas anacaradas y pliegues translúcidos por los que circulaba un resplandor pútrido, que evocaba la putrefacción en el corazón mismo de las estrellas muertas. Por docenas, sombras menores chapoteaban en torno a su lomo, criaturas semihumanas y a un tiempo ajenas por completo, herederas de formas extinguidas cuya sola contemplación desgarra la razón.
El cántico se intensificó; advertí que provenía tanto de las bocas abiertas de los lugareños como de las mismísimas aguas. Los elegidos — dos niños y una anciana — fueron conducidos hasta el filo, donde docenas de manos membranosas emergieron para envolverlos. No gritaron siquiera; solo se disolvieron en la marea, fusionándose con aquello que los reclamaba.
Supe entonces — sin lenguaje posible, solo como un ahogo en lo más hondo — que contemplaba el rito de la resurrección de Olkoth, el Huésped Submarino invocado en la lengua de los olvidados. Era la devolución de los habitantes al seno de su matriz original; los humanos de Ingersmouth, portadores de una herencia anterior, seres que jamás debieron abandonar el fondo marino y que vivían apartados, marginales, esperando cada ciclo para rendirse una vez más a su dios exánime, exiliado bajo la roca y la espuma. El miedo mezclado con una atracción aberrante me mantuvo clavado al suelo. Casi sentí en mis mejillas las mismas escamas incipientes, y en los pulmones el deseo de respirar agua salada.
Me aparté de ese espectáculo tan furtivamente como pude, cubriéndome con los andamios del muelle, y huí tierra adentro tropezando una docena de veces. Las gaviotas graznaban de un modo histérico, y el olor a algas frescas y limo quemaba mis fosas nasales. A medida que la distancia crecía, vi con horror que la procesión continuaba, deslizándose hacia la oscuridad del mar, sin que ninguno volviera la vista atrás.
Escribo esto desde el asilo de Arkham, donde mi cuerpo encerrado no es sino el fardo de una mente quebrada. Nadie creerá, y nadie debe, lo presenciado en Ingersmouth. Las autoridades acudieron, sí, y declararon abandonado el pueblo, achacando la desaparición de cientos a una epidemia y a un exilio motivado por la miseria. Mas yo sé — por las noches, cuando la humedad impregna el aire — que ellos siguen en los abismos, allí donde la carne y el agua son lo mismo, aguardando el ciclo de retorno, cuando la voz del limo exija nuevamente tributos.
Guarden silencio cuando apaguen la luz, recen y cierren sus ventanas. Porque en alguna poza, allá en el extremo de la marea, los exiliados del flujo estancado aguardan. Su cántico, si saben escuchar, puede colarse hasta las ciudades y envolver voluntades en deseos que ningún humano debería concebir. la luna roja se alzará otra vez, y aquellos ojos sin párpados acecharán desde la espuma. Entonces, comprenderán el horror de haber olvidado a los dioses que duermen bajo la costra del mundo.
No vayan jamás a Ingersmouth. Ningún exilio es suficiente para lo que duerme en la marea.
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