Portada del relato Las Jirones del Cetro de Ocaso
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Fragmento:


Avancé, ciego a la lógica, mientras la Niebla cantaba con coros de voces prehumanas. El suelo temblaba bajo mis pies. Las heladas de Saturno refulgían en la corteza gris de las rocas en aquel erial, impregnando el aire de ácidas reminiscencias. Tirité hasta que la carne se me acorchó y las uñas, grotescas, se hendieron en mis palmas: señales inequívocas de la pérdida de toda mesura.

Duración: 08:03

Las Jirones del Cetro de Ocaso
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Texto de ajuste de pausa.

Todos los sabios de la decadente Celephais coinciden en que la senda de los sueños tiene final incierto, que cruzar el umbral entre mundos es pacto y condena, y aun así, cuando los vientos gimen por la bahía de grimorios, hay quienes eligen ignorar las advertencias, seducidos por las leyendas sobre la dorada Kadath. Esta noche, mientras la luna repta en el firmamento como un augurio enfermizo entre ruinas de plata, he osado emprender el trayecto que divide mi alma de la cordillera de la locura, la tierra donde se habla del Cetro de Kadath, forjado en noches tan frías y antiguas que Saturno aún titilaba en su crisol púrpura, y las inmensas planicies de Leng apenas proyectaban su sombra monstruosa sobre el sueño de los hombres.

Pero ¿es sueño esto? ¿Acaso no se disuelven aquí las fronteras, en el instante mismo en que mi pulso resuena entre eones y mis pasos rozan la escarcha impía que el medroso sol, viejo y lejano en Saturno, no logra jamás disipar completamente? Porque ha sido la promesa del último ornamento—el que reposa en Kadath, la ciudad inhallable—la que me impulsó: saber lo que sueñan los dioses cuando descienden a Leng portando amuletos de hielo y lámparas vacías.

Todo comenzó con la aparición del anciano al pie de mi cama, su túnica negra como el carbón y sus pupilas talladas en basalto. Sin pronunciar palabra, aseveró con un gesto el vértigo de su leyenda. Me tendió un puñado de tierra seca, tan fría, tan desolada, que entendí de inmediato que no provenía de ningún valle de la Tierra consciente; era simple polvo de Saturno, recogido más allá de los anillos, y era albacea del presagio.

Soñé entonces con la llanura interminable de Leng, abrasada por nieves oxidadas bajo un cielo de grafito. Los corpulentos shantaks alzaban el vuelo, graznando parrafadas incomprensibles, mientras las gules reptaban entre las ruinas, acechando más allá de la percepción normal. Caminé, borracho del aire venoso, hasta que las piernas se me entumecieron. Pronto, las huellas de mis propios pasos parecieron alejarse en vez de acercarse a cualquier meta visible.

En la distancia, como una lámpara sepultada en ceniza, sesgaba el horizonte la silueta de la insólita Kadath, exacerbada por ráfagas de luz púrpura. No era una ciudad plausible. Era un mantra esculpido en picos imposibles y torres que exudaban formas líquidas, como si desafiaran la muy substancia del éter, e irradiaban una gravedad ancestral que asfixiaba el pecho.

Me aferré a la memoria de Saturno, a su frialdad distante, como si aquello procurara alguna protección. En mis oídos aún resonaban los zumbidos polvorientos del planeta; casi un rezo de condenados. Fue entonces cuando, desde los llanos poligonales de Leng, la Niebla Avellanada surgió, nutriéndose de mis titubeos, arrastrando sombras arrasadas desgarradas de la costra planetaria del sexto orbe. Fui consciente de que los límites entre sueño y vigilia se disipaban y que, llegado a cierto punto, sólo los recuerdos de Saturno podían impedirme sumergirme en la locura abisal de Kadath.

Avancé, ciego a la lógica, mientras la Niebla cantaba con coros de voces prehumanas. El suelo temblaba bajo mis pies. Las heladas de Saturno refulgían en la corteza gris de las rocas en aquel erial, impregnando el aire de ácidas reminiscencias. Tirité hasta que la carne se me acorchó y las uñas, grotescas, se hendieron en mis palmas: señales inequívocas de la pérdida de toda mesura.

En mi delirio, vi una procesión de seres encapuchados avanzar entre las aristas de Kadath. Sus ojos —fuegos humeantes yon feéricos— nunca miraban hacia el intruso que era yo. Se abrían ante ellos portales etéreos, surgidos de insospechados nodos de materia oscura en el mismísimo espacio, y la brisa que los seguía era tan helada como los suspiros de Saturno. Sentí cómo rozaba mi alma y juré percibir ecos de tristes letanías cantadas en tiempos sin memoria.

Al acercarme a las murallas, la atmósfera se volvió irreal. Un peso infernal aplastaba mis pensamientos, y la geometría de la ciudad desgarraba lo tangible. Las puertas, enormes y revestidas de bronce gris azulado, estaban custodiadas por figuras de opalina translúcida, que asemejaban tanto a dioses dormidos como a carnívoros de una pesadilla ártica.

Quise regresar, buscar el leve ardor de los llanos terrenales, pero no existía camino hacia atrás. El polvo saturnino había impregnado mi cuerpo, endureciendo los músculos y robando el calor vital. Mi voz se perdió tras los dientes, y mi respiración era apenas un susurro, semejante a un canto marciano apagándose frente a la voracidad de la Nada.

Apreté el puñado de polvo estelar y avancé, cruzando el umbral hacia Kadath. Dentro, la ciudad se retorcía como un nido de serpientes imposibles, con avenidas dispuestas a la inversa y plazuelas en donde la luz oscilaba entre la alucinación y el espanto. Vi altares de una sustancia similar al hielo ardiente, y rostros petrificados por la desesperación, fundidos en los muros.

De las zonas más sombrías, emergían criaturas cuyas formas no podía comprender ni adaptar a ningún esquema familiar. Se movían entre esferas y ángulos, superando límites de lo planar y lo corpóreo. Uno de ellos, cruel y solemne, se me acercó. Su aliento condensaba la atmósfera en una neblina reluciente y me ofreció un cetro hecho de una aleación negra como la noche y coronado por un orbe coronado de anillos.

"Este es el Cetro del Ocaso", resonó una voz que era todas las voces, "te permite gobernar el tránsito de los astros marchitos. Pero hay un precio: cada pulso de poder consume el calor remoto de Saturno y si lo agotas, tu consciencia se perderá para siempre bajo la escarcha de Kadath".

Sentí la necesidad más absoluta, un impulso primordial que desbordó la prudencia: las llanuras de Leng languidecían bajo la tiranía de fuerzas que nunca comprendería, pero el Cetro podría darme respuestas, iluminar meandros de locura que ahora parecían lo único realmente veraz. Tomé el objeto; era frío hasta el paroxismo, y me heló las venas, insuflándome visiones de los Anillos y los peregrinos del vórtice.

Inmediatamente fui trasladado, de una dimensión de laberintos y lenguas muertas, a otra donde el reino de Saturno extendía inclemente sus dominios: colosales plataformas de hielo perpetuo y niebla azufrada, donde urdían su danza las sombras polares. Vi ciudades ciclópeas que giraban en torno a polos fundidos en plomo cósmico, y razas sin nombre se arrastraban bajo los destellos de una aurora mortuoria. En la distancia, la visión de los anillos cortaba el cielo, arrojando fragmentos hirientes sobre los glaciares.

Estaba condenado. Cada reflexión, cada uso del cetro, atraía el frío saturnino a mi alma, y comprendí que ningún ser humano estaba hecho para soportar el reinado sobre tales secretos. Pronto fue imposible distinguir entre mi mano y la materia misma del polvo estelar, y las garras de la locura comenzaron a hendir mi razón como cuchillos de obsidiana.

Solo en invierno, cuando los vientos tiemblan entre los riscos de mi mundo natal y el ulular de la tormenta imita el rezongo ocioso de los shantaks, me permito recordar el insensato fulgor de Kadath y los ecos gélidos del Saturno de mis visiones, y así aguardo, con insomnio y temor, a que una noche la niebla de Leng vuelva y me reclame. Porque el Cetro—ese fragmento de voluntad cósmica—todavía arde en mis sueños de vez en cuando, y cada vez que así ocurre, siento a Saturno aproximándose, un gigante hecho de fría desesperación, dispuesto a engullir no solo mi consciencia, sino la del mundo entero.

Y aunque presiento que el polvo de Saturno ha oxidado por completo lo que yo era, mi última súplica es que nadie intente jamás hallar Kadath en la supremacía de la noche. Ni se atreva a reconstituir el polvo para cruzar de nuevo las planicies de Leng, bajo el brillo sin esperanza del astro cruel que gira al borde de toda cordura.

Al final, no queda sino la espera entre ruinas y la conciencia de que, en el crepúsculo entre los mundos, la esperanza es la ilusión de los incautos y el horror, un himno antiguo cantado por las nieblas y congelado en la órbita de Saturno, para siempre.

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