Portada del relato El susurro en los grandes escalones
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Aquella noche, soñé. Soñé de un modo tan vívido y tangible que al despertar no pude discernir entre vigilia y alucinación. Me vi transitar una ciudad irreal. Inganok se alzaba, infinita e inabarcable, en una meseta marmórea bajo un cielo púrpura y sin sol. Sus cúpulas espirales, cribadas de ventanillas circulares, centelleaban tenues con luces de ignota procedencia; y en cada esquina, bajo arcos labrados en obsidiana, criaturas encapuchadas se movían al compás de un silencio antinatural. Caminé guiado por el instinto o por la voluntad de otros.

Duración: 10:51

El susurro en los grandes escalones
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Me veo, mientras transcribo este perturbador relato bajo la vacilante luz de una lámpara gastada, en la disyuntiva ética de advertir al lector. Lo hago ante la certeza de que nada puede prepararnos para las revelaciones ocultas en los rincones más recónditos de nuestro mundo –o quizás de otro, tan cercano y tan inasible al mismo tiempo–. He sobrevivido: aunque no puedo aseverar que sigan intactas la totalidad de mis recuerdos ni mi razón. Sin embargo, me permito traspasar en estas páginas la narración de lo vivido, presionado por la imperiosa necesidad de advertir antes que olvidar.

En aquellas semanas, el académico fervor me llevaba, como tantas veces antes, a la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic, fuente interminable de historia, misterio y un temerario caudal de conocimientos prohibidos. Había pedido acceso a los volúmenes vetados tras los arcos de hierro y los paneles de roble, protegido de miradas curiosas y lengua corriente. Era un hombre de estudios, de vida insertada en la realidad, pero ¡qué pronto descubriría la porosidad de todo lo que tomamos por real!

Fue en el verano de 1919 cuando di con el tomo encuadernado en cuero reseco, mitad español, mitad caligrafía árabe delirante, que los catálogos solo mencionan como “Codex Aeternum”. Un complemento anónimo, una rareza sin autor, aunque inferí por el olor y la tipografía algunas notas del infame Alhazred. Las primeras hojas prometían una “guía de portales”, con mapas de sal y plata y la recomendación de quemar la página tras su lectura. No hice caso –sólo los pusilánimes queman conocimiento. Y así, la investigación desembocó en una palabra: “Inganok”, la ciudad que solo se menciona en susurros, muchas veces asociada a las regiones oníricas y etéreas de la meseta de Leng; un lugar donde la piedra negra canta y los hombres visten túnicas de metal.

No fue sino hasta la tercera tarde, cuando una frase en latín, mal conjugada, me heló la piel: “Domus obscurae, ubi lux somniorum fit abyssus, audiet usque haec verba.” (“Las casas oscuras, donde la luz de los sueños se torna abismo, oirán siempre estas palabras.”) Nada más leerlo, un hálito frío me erizó el vello de la nuca. La lámpara parpadeó, la ventana vibró pese al calor plomizo y, en mi carne, sentí la aparición de un temor ancestral. Quizás fue puro éxtasis erudito. O tal vez el primer atisbo de la locura.

Aquella noche, soñé. Soñé de un modo tan vívido y tangible que al despertar no pude discernir entre vigilia y alucinación. Me vi transitar una ciudad irreal. Inganok se alzaba, infinita e inabarcable, en una meseta marmórea bajo un cielo púrpura y sin sol. Sus cúpulas espirales, cribadas de ventanillas circulares, centelleaban tenues con luces de ignota procedencia; y en cada esquina, bajo arcos labrados en obsidiana, criaturas encapuchadas se movían al compás de un silencio antinatural. Caminé guiado por el instinto o por la voluntad de otros.

Al final de una gran escalinata descendente, donde el aire olía a hierro corrompido y miel, se alzaba un pórtico ciclópeo. Noté cómo mi cuerpo vibraba, se desleía, y sentí –con antifísica claridad– la voz de una entidad hablándome, no con palabras, sino con pulsos de pensamientos. “Cada viajero deja un eco. Solo los verdaderos buscadores quiebran el sello de la piedra negra. ¿Estás dispuesto?”.

Desperté jadeando, los sudores recorriéndome espina arriba. Iba y venía el eco de aquellas sensaciones, mientras una parte de mí deseaba volver a dormir y perder la conciencia, y otra, mayor, temía sumirse de nuevo en aquel abismo.

Las noches siguientes las pasé insomne, temiendo que la frontera entre sueño y vigilia hubiera sido desgarrada para siempre. Y sin embargo, la compulsión por continuar investigando era apremiante, como si una fuerza antinatural hubiera prendido en mí una semilla, un ansia de cruzar aquel portal, físico o mental, que separa la existencia ordinaria de los reinos ocultos.

Así fue como regresé al Codex Aeternum. Una de las páginas, antes ilegible, mostraba ahora un texto reluciente bajo la luz de luna. Eran instrucciones, aunque las palabras temblaban en su significado: “Solo bajo la conjuración de las sílabas innombradas –en la misma voz del Necronomicón– se abrirán los pasos entre el mármol del aquí y el ónice sagrado de Inganok”. Más allá, figuras geométricas: un círculo dentro de un triángulo invertido, y un dibujo vagamente similar a los grandes escalones cóncavos que había soñado.

Procuré obtener un ejemplar del Necronomicón –la Universidad poseía uno en su archivo más secreto–, y pase horas traduciendo frenéticamente pasajes; ninguno, sin embargo, parecía coincidir con las sílabas aludidas en el Codex, hasta que en una página marginal encontré un glifo desproporcionadamente torvo: “Ia! T’nath-hril, f’nglui shaggim Inganok!” Y, a la medianoche, tras haber ejecutado de manera torpemente ritualizada estas palabras junto al dibujo geométrico grabado con tiza, la atmósfera de mi ático –antes densa de polvo y calor estival– se tornó de una extraña densidad, ajena a la física pero tangible en la médula.

Fue entonces cuando oí el susurro: “Ven, viajero de sueños rotos. El portal está abierto, y la piedra negra sedienta.” Un vértigo me subyugó; me precipité hacia la ventana, sin saber por qué, y el mundo se disolvió en penumbra etérea.

Todo lo que sigue fue experimentado con los sentidos embotados pero agudos, hipersensibles y sin embargo distorsionados, como si las barreras mismas de la materia hubieran sido retorcidas y vueltas transgéneras a los dictados de lo que una vez fue natural.

La ciudad de Inganok se alzó, más vasta y palpable que en mis sueños, ante mí; mis pies, desnudos, pisaban la piedra más gélida y opaca de la que tengo memoria, y todas las paredes, al ser rozadas, producían un eco –un lamento, mejor dicho– que me despojaba de seguridad y somnolencia. Por las plazas, bajo cúpulas translúcidas, deambulaban habitantes encapuchados, silenciosos, sus rostros ocultos tras máscaras metálicas carentes de orificios, ni ojos ni labios visibles. Me observaban con la atención inmisericorde de quien reconoce en el extraño una presa o, quizás, una prueba.

Avancé sin rumbo, guiado por el tirón magnético de la arquitectura y el leve zumbido que provenía de lo más profundo; pronto supe cuál era mi destino, si no por deseo propio, por dictado ajeno: Los grandes escalones que en mi sueño ya había visto, descendentes, engulléndose en un abismo sin fondo.

En el rellano mayor esperaba una estatua sin nombre, de extremidades pluriformes y ojos incrustados en facetas convexas. Pregunté, aunque no sé si fue mi voz o un pensamiento: “¿Quién eres?”. Y la estatua, o la entidad latente en ella, me respondió sin mover labios:

“Váste es el trono de los que anotan lo inmemorial. Llevas contigo el eco del Codex; eres el escriba y el testigo. Pero para descender, debes dejar tu última memoria lúcida aquí arriba.”

No sé de qué forma, pero intuí lo que se esperaba. Un abrupto pánico me sacudió. Huí, ascendiendo, aunque cada peldaño –hecho de basaltos sin edad y vetas de algún mineral terroso, oxidado, como sangre ennegrecida– parecía multiplicarse mientras más trataba de alejarme. Por detrás, las criaturas encapuchadas murmuran, palabras como sílabas fracturadas: “Thu’leth, ygho-šna,” cuyo significado solo puedo adivinar en la frontera de la incomprensión.

Trastabillé, caí, y la ciudad misma se inclinó hacia mí, como si respirara. Frente a una pared de piedra ilimitada, donde los relieves geométricos se crispaban a cada parpadeo, topé con otro portal, más humilde, tallado con las mismas líneas que la página del Codex. Al atravesarlo, me hallé de pronto en una cámara abovedada donde la luz titilaba, incierta, suspendida como vapor sobre pozos de estrellas.

Aquí, el horror se hizo tangible. Los pozos no eran simples fosos: eran ojos, ojos vivos hundiéndose en galaxias personales, y de sus bordes asomaban manos translúcidas, hechas quizá de puro pensamiento, que invitaban o arrastraban hacia otras realidades, otras muertes, otros sueños.

Una de estas manos –llamémosla así por defecto semántico– me rodeó el tobillo. Fui impulsado hacia abajo, sin gravedad ni tiempo, mientras los sonidos de la ciudad se convertían en un estruendo demasiado vasto para la mente humana. Atravesé paisajes de geometrías imposibles, tormentas de cenizas de colores innombrables, y sentí sobre mi piel dedos invisibles que querían desprender recuerdos, deseos y materia.

Finalmente, me precipité de nuevo a los grandes escalones, exhausto; supe que en algún extraño giro del abismo había transcendído el círculo del tiempo y, aún así, nada había cambiado salvo mi interior, ahora horadado y tembloroso, plagado del conocimiento de que la piedra negra –la piedra insaciable– nunca suelta a quienes han sentido su llamado.

Los habitantes de Inganok me rodearon y, en acto de reconocimiento o expiación, depositaron frente a mí una losa del mismo ónice de los portales: en ella, viejos símbolos, líneas entrecruzadas y círculos refulgiendo de una breve, siniestra luz. Supe entonces que esta era la “tableta del viajero”, un trozo de aquel espacio que jamás podría abandonar mi posesión, so pena de perder no mi vida, sino mi cordura, para siempre.

Recuerdo haber huido, arrastrándome por la piedra, cruzando escaleras que ahora conducían a ninguna parte, hasta verme sumido de nuevo en la inconsciencia.

Desperté en mi ático, sobre papeles mojados por el sudor y, en mis manos temblorosas, la tableta de ónice –ahora opaca y fría, pero perfecta copia del objeto onírico–. No había modo de saber cuánto tiempo había pasado.

Desde entonces, mi vida es atrozmente distinta. La tableta está aquí, me observa. Por las noches oigo el susurro incesante de escalones que no llevan a ninguna parte. A veces, el reflejo de la piedra negra me muestra no mi rostro, sino un paraje ajeno de cúpulas marmóreas y mercados silentes donde los encapuchados aún buscan, aún susurran, aún acechan…

No sé si he escapado de Inganok, o si he traído su semilla maldita de regreso. Pero si algo he aprendido es que el conocimiento contenido en el Codex y el Necronomicón no sólo es peligroso por sus fórmulas y conjuros, sino porque, como advertía la nota en latín, la luz de los sueños, si se vuelve abismo, jamás deja de oír las palabras del que una vez escuchó su eco.

Lejos de los hombres, bajo los cielos de pesadilla o los ángulos ignorados del mundo, Inganok aguarda con la paciencia de los dioses petrificados, y siempre habrá algún otro insensato atraído por la promesa del saber prohibido… O por el susurro de los grandes escalones.

Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.