No puedo olvidar aquella noche glacial en la que el miedo desbordó los límites de lo razonable, ni las visiones que, todavía hoy, arrastran mi sanidad a la deriva, como algas muertas devueltas por las olas a una playa ya desierta. El lector sabr...
El implacable curso de los días me ha hecho dudar una y otra vez de la honestidad de mi memoria, pero sé con certeza que los sucesos que a continuación relataré no pueden haber sido el fruto de ensoñaciones febriles o de la perniciosa acción d...
En la ciudad de París, en el otoño húmedo y perpetuamente gris del año 1787, la decadencia del viejo continente se respiraba como un miasma, impregnando cada rincón de sus callejones retorcidos, viejos adoquines y húmedos canalones a punto de ...
Estaba en el crepúsculo de mi vida académica cuando la fortuna, ese cruel y caprichoso azar, dispuso mi estancia en la insigne Biblioteca Phristonea de Arkham. La carta manuscrita—de tinta escarlata y pulso nervioso—que recibí en aquel otoño...
Algunas horas antes de la medianoche, mientras la brisa de Arkham esparcía sobre la ciudad los primeros augurios invernales, llegué al umbral de la casa de la familia Vleck. Me había citado allí el doctor Rutger, hombre respetado por su erudici...
El hombre que camina por el sendero nocturno y solitario de la comprensión prohibida suele transitar primero el sendero del asombro, luego el sendero del horror y, finalmente, el camino sin retorno de la locura. Permitidme advertir al lector sensat...
En el año de 1924, mi salud y mis estudios me exigieron un retiro prolongado de la febril ciudad de Providence. Era un tiempo en que el saber arqueológico aún ocultaba más abismos que certezas y los nombres de civilizaciones perdidas se murmurab...
Hay noches que no deberían ser transitadas. Aunque se repita la secuencia de los astros, hay algo que se enrosca en el corazón de lo oscuro, una cosa cuyas raíces desconocemos, pero cuya presencia sentimos entre los huecos de la razón. Si usted ...
La noche en Providence era una losa húmeda y pesada cuando mi carta llegó al despacho del profesor Eustace Routh. Aún resguardo una memoria incompleta de mi decisión aquella tarde: las manos manchadas de tinta, la lámpara temblorosa, y el impet...
Hay cosas que mejor sería no desenterrar, y sin embargo la curiosidad —esa oscura pasión que impulsa a los hombres de ciencia a traspasar umbrales sellados por la cordura— termina siempre por prevalecer. Tal fue el caso aquella ominosa primave...
En la áspera costa donde el viento aúlla con lamentos de antaño y la niebla parece nunca disiparse, encontré al fin el refugio condenado que atormentaba mis sueños desde tercer invierno. No busqué la ruina; me fue legada por herencia, como si ...
Había sostenido durante mucho tiempo una convicción inquebrantable respecto a la naturaleza de la realidad: que bajo las apariencias y el rigor de la vida moderna de los años veinte, el tiempo del jazz y los anuncios de neón, latía un vigoroso ...
Las brumas perpetuas de Yuggoth no albergan secretos amables para mente alguna cuya conciencia haya bebido tan sólo una gota de sustancias terrenales. De todas las sendas que conducen a parajes insalubres y baldíos más allá de la esfera azul per...
Te he advertido, querido lector, acerca de la posibilidad —inefable y primigenia— de que entre los átomos del aire y los límites de tu razón, haya cosas acechando, ociosas e incognoscibles, esperando apenas una grieta en la muralla de tu ment...
Hubo un tiempo en que temí por mi cordura, perdido entre las sombras henchidas del campo en la América profunda, donde el mundo parece doblarse sobre sí mismo y la noche llega antes con un peso casi tangible. Una bruma densa cubre la tierra y hac...
Jamás debí aceptar la invitación de mi primo Charles. A él, la vida de la ciudad le resultaba asmática, preñada de humos y aburrimiento. Para él, el retiro en la vieja mansión de los Whateley, adquirida a precio de saldo tras el desmoronamie...
El viento nocturno aúlla entre los riscos de Yaxley y el aroma de la podredumbre gravita sobre la turba húmeda, polvorienta, que absorbe la humedad de siglos como un anciano decrépito absorbe el vino rancio de su última noche. Mi nombre carece y...
La noche era interminable sobre las colinas nevadas cerca del límite septentrional de la tierra habitada. El viento gélido, proveniente de abismos sin nombre, azotaba las laderas escarpadas, levantando una neblina tan espesa que oscurecía la luna...
La noche había descendido sobre Arkham con una lentitud enfermiza, como una avalancha suspendida a mitad de caída. El aire estaba denso; la habitual neblina amortiguaba los ruidos y multiplicaba los murmullos, convirtiendo cada sombra en una prome...
En el ocaso de aquellos meses malsanos, cuando el viento de lo desconocido cruzaba las aguas estancadas del Pacífico, los hombres de mar preferían callar al mencionar la funesta bajamar donde, dicen, yacía la ciudad oculta. R’lyeh, no sólo rui...
¿Recuerdas, lector, cómo tiembla el corazón frente a lo innombrable, cómo se hiela la sangre ante la presencia de aquello que jamás se debió concebir en la efluvia corrompida del cosmos? Pues yo, un hombre marcado por la fiebre de la indagació Leer más...
Nunca he sido dado a la superstición ni a la credulidad. Debo insistir en este punto, ya que los hechos que pretendo relatar, con pleno conocimiento del escarnio y la acusación de locura que sin duda atraerán, son de una naturaleza tan francamente Leer más...
El mundo que conocemos apenas roza la costra superficial de un vórtice de fuerzas y presencias insondables, entidades que, en su aspecto más ínfimo, desafían cualquier tentativo de descripción o categorización. Pero mi relato no es una mera ale Leer más...
Henry Blackwell jamás fue hombre de supersticiones ni de credulidad fácil. Su posición en la Sociedad Histórica de Arkham requería una mente ordenada y analítica, pero, en el amargo otoño de 1927, una serie de acontecimientos que comenzaron en Leer más...
La primera vez que Jacob Meunier oyó algo sobre la región pantanosa al sur de Cammheim fue durante una reunión académica celebrada en la Universidad de Dorrance, a la cual asistió más por mera cortesía que por genuino interés. Recuerda el mo Leer más...
En la primavera de 1928, fui testigo en Arkham de fenómenos cuya memoria aún marchita mis noches como una brisa calcina la flor de la juventud. Pocos, creo, entenderán lo atroz de lo que vi en aquellos días, y menos aún compartirán mi convicci Leer más...
Había ciudades que sólo existían en ciertos mapas esotéricos, garabateados con manos temblorosas y tinta que parecía desvanecerse en la luz, como si la luz misma no soportara la verdad que esas líneas contenían. Había nombres que solo podía Leer más...
Recordaré siempre con una mezcla de repugnancia y luz atroz aquella visita, una suave tarde de mayo que me condujo hasta la decrepitud de Ingersmouth, ese villorrio dispuesto cabizbajo en las encrucijadas del desvelo y la bruma costera. No acudí po Leer más...