El polvo de los años se depositaba en el umbral de la casa de la familia Pemberton como una letanía silenciosa, insidiosa y constante. Los días en Arkham amanecían fríos y embotados ese enero de 1928, como si el propio tiempo se negara a avanza...
El tren, que debía dejarme en la margen este del condado de Aylesbury, avanzaba a trancos morosos bajo la llovizna constante. Más allá de la ventanilla, la niebla parecía adensarse, y las colinas se curvaban como lomos de algo inmóvil, esperand...
El Pozo Que Se Abre Bajo La Carne
Susurros En El Basalto
El hombre que embistió por primera vez las costas de Innsmouth lo hizo con la arrogancia de los que, todavía, no han aprendido a respetar el abismo. Se llamaba Samuel Matheson y estaba, en...
Jamás podré borrar de mi maltrecha memoria aquellos días en los que, por razones que aún no acierto a comprender del todo, me hallé sumido en la investigación de los Manuscritos Pnakóticos. Antes de los hechos, me hubiese reído amargamente d...
Sé cuán presuntuoso parece arrojar estos pensamientos en la burbujeante tosquedad de vuestra lengua, pequeñas criaturas que susurran en bolsas de carne y huesos; pero ¿debéis asombraros acaso de que me comunique así, cuando solo desde el sepul...
Con frecuencia, los hombres que viajan hasta Innsmouth lo hacen por error. Es un error de juicio tan súbito, tan imperceptible, tan terriblemente insidioso que la bruma salina es incapaz de delatarlo siquiera con una caricia más fría que las demÃ...
En la caliginosa y decadente ciudad de Arkham, entre sus calles envilecidas por secretos y sus plazas agrietadas por el paso de horrores inhumanos, existía una pequeña y casi invisible tienda: “Curiosidades de la Medianoche”, cuyo letrero pare...
I
Vaya uno a saber por qué carriles fatales discurría mi ánimo cuando gocé de la imperdonable tentación de aceptar el extraño misal de mi colega Dr. Albert Gleaves y, con él, la invitación para acompañarlo en una expedición nocturna al pÃ...
Capítulo 6: La eterna Carcosa
El tiempo, tal como Edgar Salton lo había conocido, dejó de importar la noche en que la luna se partió en el cielo sobre Kingsvale. Cada sonido era un pliegue en la bruma y toda superficie, un umbral donde la memori...
Al principio era solo un libro prohibido, hablado en tonadas susurrantes entre la élite de los ocultistas que frecuentaban la Sociedad Teúrgica de Arkham. Nunca me interesaron las fábulas de maldiciones o los delirios torcidos de profetas demente...
La noche se arrastraba como un manto húmedo sobre las colinas cubiertas de brezos de Vermont, ocultando a toda criatura razonable y tan solo dejando galopar los ecos del viento entre los picos y gargantas más solitarias. Yo, Nathaniel Hawes, me ha...
De niño, escuché a mi abuelo balbucear, en aquellas noches de tormenta furiosa, leyendas que no eran para oídos jóvenes. Historias de lugares que no figuraban en ningún mapa natural, regiones cuya existencia parecía traicionar los límites de ...
Nunca olvidaré aquella velada en la que los portentos del olvido se manifestaron ante mis ojos, y juro que no lo haría siquiera si la razón se me fuera deshaciendo lentamente como la escarcha al sol letal de las regiones polares. Fue hace ya año...
A menudo he dudado en relatar la experiencia que viví en Kingsport durante el último diciembre, un mes fatídico donde los vientos soplan entre las viejas tejas y danzan inquietos sobre el puerto negro de algas y misterios. El tiempo que pasé all...
Tenía yo la costumbre malsana, como tantos en mi atribulado linaje, de inmiscuirme en los libros prohibidos que residen en los rincones cajones y estantes negados al ojo cotidiano, y fue en el invierno de mi cuarentaavo año, cuando el viento asola...
El vapor barría la escollera del puerto de Innsmouth con una tenacidad antinatural, deshilachando la neblina como si ésta, en vez de estar compuesta de aire y agua, fuese una red de dedos fantasmales que intentaran aferrarse a cada grieta de las c...
Capítulo 5: La revelación bajo la luna rota
No hubo amanecer verdadero. La primera luz fue una farsa enferma, desgajada en la niebla, que sólo hizo más evidentes las hendiduras entre lo real y lo soñado en Kingsvale. Edgar Salton despertó a la...
El invierno que asoló la villa de Dunworth llegó tarde ese año, portando una niebla tan espesa y permanente que los días parecían perpetuamente sumidos en el crepúsculo. Ya en noviembre los aldeanos sentían su carácter insidioso, el modo en ...
I
Todavía me asalta el hedor a algas podridas y nitrato, perfumando la brisa gélida con recuerdos de una degradación ajena al tiempo humano. Mi relato será, como debes comprender, una excusa lastimosa ofrecida al tribunal de la cordura; sólo e...
Jamás creí, ni por un instante, que los fragmentos que heredé de mi difunto tío Eblis me llevarían al umbral del pavor absoluto, allí donde la cordura es sólo una niebla fugaz y el raciocinio, un eco ahogado en aguas infinitas. La última mis...
A mis diecisiete años, jamás creí que las arenas de la costa sur de Arkham albergaran colores tan infieles a la razón ni que pudieran ser testigos de mi lenta condena. Había ido en busca de paz, deseo vano de quien huye de la decadencia de sus p Leer más...
Las aguas de Innsmouth susurraban bajo la luna menguante, y esa noche, la bruma que se ceñía al puerto era más espesa y acuática de lo habitual, cargada de un olor aceitoso y ancestral. El viejo puerto de la ciudad, con sus embarcaderos podridos Leer más...
En los años indescifrables en que las largas sombras caían sobre una Nueva Inglaterra jadeante, existía un hombre llamado Halsey Ward. Su oficio era anodino –profesor de lenguas muertas en la Universidad de Arkham–, aunque su vida interior dis Leer más...
Su nombre era Leland Sorrento y trabajaba como entropista en el Anillo Cuarenta-y-Nueve, una colección de satélites-hogar, laboratorios agrícolas y archivos históricos en la frontera de la Zona Periférica del Sistema HK-39. Había llegado allí Leer más...
Nunca he creído que el saber pueda ser demasiado peligroso; siempre me ha parecido que las sombras, cuando se enfrentan a la lumbre vacilante de la razón, no tendrían más remedio que retroceder. Pero aquel otoño perpetuo, con la grácil neblina Leer más...
La noche caía sobre Kingsport arrastrando densas lenguas de niebla marina, y desde mi ventana podía ver el reflejo esmerilado de la luna en el oleaje; pero yo, como siempre, leía. Mi tío, el doctor Samuel L. West, había fallecido hacía quince d Leer más...
Al principio, todo parecía una broma de mal gusto. Cuando el viejo Anastasios Vrellis llegó a mi estudio, desaliñado y con la mirada abrasada por el insomnio, pensé que se trataba de uno de esos excéntricos coleccionistas que frecuentan los merc Leer más...
Providence, Rhode Island.
16 de septiembre de 1927.
Estimado Dr. Harold Winslow:
Le ruego perdone mi súbita reanudación del contacto tras quince años de absoluto silencio; sin embargo, las circunstancias de mi actual vida me obligan a buscar c Leer más...