Portada del relato La ciudad velada de Yith
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Fragmento:


Los bufidos del mar llegaban apagados hasta la cabaña, anegados por la niebla densa y pegajosa que, pese a la estación, se ceñía a la costa como un sudario. El whisky era bueno, fuerte, agresivo; Robillard se sirvió otra copa mientras escuchaba el aleteo indeciso del farol, ondeando como el escote de un ídolo olvidado. Era la soledad, se decía, el remedio para el hastío; pero los rumores sobre la punta del acantilado —susurros sobre luces verdes, voces que no requerían boca— se entreveraban cada vez más con sus sueños.

Duración: 07:23

La ciudad velada de Yith
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Texto de ajuste de pausa.

Los bufidos del mar llegaban apagados hasta la cabaña, anegados por la niebla densa y pegajosa que, pese a la estación, se ceñía a la costa como un sudario. El whisky era bueno, fuerte, agresivo; Robillard se sirvió otra copa mientras escuchaba el aleteo indeciso del farol, ondeando como el escote de un ídolo olvidado. Era la soledad, se decía, el remedio para el hastío; pero los rumores sobre la punta del acantilado —susurros sobre luces verdes, voces que no requerían boca— se entreveraban cada vez más con sus sueños.

A la mañana siguiente, la carta seguía allí: un pliego raído, casi mohoso, que alguien había deslizado bajo la puerta en algún momento de la noche. Decía:

"Si despierta antes que duerman los océanos, verás lo que nunca debió ser visto. El estudio en el cuarto oeste permanece cerrado con doble llave. Arrojé la mía en las aguas. Ven esta noche si tienes valor."

La firma era apenas un garabato. Se parecía a "E. Marsh", pero podía ser cualquier nombre o ninguno. Sin embargo, el sobre olía a salina y algas podridas, y las letras temblaban como si hubiesen sido escritas a la luz de una lámpara temblorosa.

Robillard rió con acritud y arrojó el sobre al fuego, pero las palabras persistieron en su cabeza. El cuarto oeste era un rumor en sí. El propietario previo—un tal Eliot Marsh—se dice que nunca volvió a pisar Innsmouth después de aquel invierno de 1923, cuando desaparecieron dos pescadores y encontraron sus barcas llenas de limo y marcas de ventosas.

Esa tarde, el pueblo quedó amortajado en una calma espesa. Ni los niños jugaban, ni los gatos paseaban por las alambradas junto a la rosaleda salvaje. Solo la marea, batiendo con violencia ciega, y el retumbar de unas, acaso, pisadas bajo las tablas de la cabaña.

Avanzada la noche, el whisky vacío y el valor embotado, Robillard tomó una lámpara y caminó, los dedos húmedos e insensibles, por el corredor invadido de sombras hacia el estudio. La puerta tembló al contacto de su mano. Estaba cerrada, pero él, borracho de curiosidad, halló la falsa llaga en el marco y extrajo una vieja llave oxidada. Usó la linterna y vio el despacho cubierto de polvo y telarañas, el vidrio de la ventana esmerilado por el salitre.

En la mesa, bajo capas de documentos desmoronados, halló un diario, la tapa de cuero inflamada de moho negro. Garabateadas apresuradamente, las primeras páginas describían sueños de ruinas bajo el océano, una ciudad de columnas ciclópeas y criaturas que no conocían la muerte. Los últimos párrafos se interrumpían con palabras inconexas: "No abrir el umbral/lengua sin labios/ellos aguardan...".

Y entonces escuchó el golpeteo. Débil primero, rítmico más tarde; algo ascendía de la arena bajo la cabaña y el sonido, en vez de amortiguarse, se intensificaba con la zambullida de cada nueva ola pantanosa. Robillard miró al techo, al suelo, a las ventanas empañadas; ninguna ayuda, nadie en kilómetros.

La lámpara chisporroteó mientras una corriente fría arrastraba a su olfato el hedor de aguas profundas, de un cieno nunca besado por el sol. Una sombra titiló en la esquina. Robillard tragó saliva, pero sólo encontró frío en la garganta.

Recorrió el despacho, impulsado por un terror meticuloso y la fascinación, hasta que, tras la última hilera de libros enmohecidos, descubrió una loseta ligeramente desplazada. Intentó moverla; el suelo crujió como una boca de huesos, pero finalmente cedió. Bajo la piedra, una oquedad: pequeña, forrada con roble apolillado, exhalando un vaho nauseabundo.

Dentro reposaba un objeto que, aunque cubierto de musgo y limo, brillaba con un fulgor malsano: una piedra alargada, recubierta de glifos de formas que el ojo no acertaba a fijar. Cada símbolo se deslizaba, se rearrangeaba, murmuraba algo en un idioma que, de repente, asaltó los recuerdos más insospechados de Robillard: los balbuceos de la infancia, los terrores del ahogo, la memoria atávica de la especie huyendo de la espuma enloquecida y negra.

Vaciló. Una pulsión absurda le llevó a tocar la piedra. Entonces la noche estalló; la lámpara cayó, el despacho vibró, el temblor del mar se hizo rugido, y de la oquedad emergió un silbido, bajo, sibilante, que barruntó las costillas mismas de Robillard.

Las sombras saltaron y bailaron; figuras sin rostro, con ojos de limo, se arrastraron fuera de los muros, moldeando el aire con manos membranosas. La piedra rugió en su mente, imágenes de profundidades abisales: podredumbre, arquitectura no euclidiana, simetrías arcanas bajo un sol que nunca había existido. Sentía los recuerdos de miles, tal vez millones de años. El dolor era insoportable, pero no podía apartarse. Su visión se nubló y su piel se humedeció con un sudor helado.

Oyó palabras, o lo que parecían palabras: "Yith... Leng... Yog... ¡Venid, servidores del abismo!"

Entonces, en la colisión de un trueno y una ola, Robillard vio el espejo. En su reflejo, sus ojos eran ahora ajenos: negros, apáticos, eternos. La boca se distendió con un bostezo que no era suyo; de ella surgió un vapor oscuro, pesado como plomo, y, junto a su oído, sintió la respiración de algo que no podía ver, pero cuya presencia desbordó el aire de la habitación con un chillido que no era sonido, sino significado:

Eres puerta. Así fue, así será.

Con un gesto nacido de la desesperación, trató de arrojar la piedra por la ventana, pero sus músculos ya no le obedecían. Una fuerza lo mantenía de pie, rígido como efigie de sal. En ese instante, todo lo que sabía —su nombre, su infancia, aquel remoto día de sol en la costa de Saint-Malo— fue succionado y arrojado a un vacío sin estrellas. Sus pensamientos, triturados, se mezclaron con recuerdos y pulsiones que no eran suyos, fragmentos robados a otras existencias acres, viscosas, inhumanas.

En el último destello de conciencia, antes de quedar sumido en el delirio ancestral, Robillard comprendió: la piedra era un relicario, un eco de una inteligencia que había florecido cuando la Tierra no era más que fango humeante. Una mente, o una memoria, una multitud, acechando entre los intersticios del tiempo, aguardando cuerpos donde volver para contemplar su obra en la extinción de la humanidad.

Los días siguientes fueron vagos. Los pescadores que visitaron la casa sólo hallaron la habitación destrozada, la loseta desplazada y el vidrio de la ventana cubierto por marcas húmedas, como de una lengua viscosa intentando salir o, peor aún, entrar.

Muchos dijeron después haber visto a un hombre caminar entre la niebla, ojos de obsidiana, sonrisa traslúcida, hablando en una lengua gutural que ningún humano reconocía. Al poco tiempo, los perros dejaron de aullar por las calles, y la niebla olía de forma irrefutablemente distinta.

Y así continuó la costa, consumida por una bruma glutinosa y un eco inmemorial que, a veces en las noches de marea alta, parece recitar:

Alégrate, viajero de las sombras. El tiempo es tuyo y no tuyo. No sueñes con dioses que duermen, pues ellos despiertan cuando tú sueñas. Puedes olvidar esta noche, pero la piedra, el mar y la memoria nunca olvidan.

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