Portada del relato La bruma ciega
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Fragmento:


La bruma había llegado un martes. Un fenómeno atmosférico, dijeron los meteorólogos, aunque no conseguían precisar el origen. No la precedió ningún anuncio, ni tampoco la siguió un cambio del tiempo: simplemente descendió en medio de la tarde y se aposentó, cerniéndose sobre los tejados con la persistencia de una prenda mojada puesta a secar en la casa errada.

Duración: 11:23

La bruma ciega
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Texto de ajuste de pausa.

La bruma había llegado un martes. Un fenómeno atmosférico, dijeron los meteorólogos, aunque no conseguían precisar el origen. No la precedió ningún anuncio, ni tampoco la siguió un cambio del tiempo: simplemente descendió en medio de la tarde y se aposentó, cerniéndose sobre los tejados con la persistencia de una prenda mojada puesta a secar en la casa errada.

Todos contemplaban la escena con una mezcla de inquietud y fastidio. Había desazón, como si la bruma —más densa de lo habitual, azulada en los bordes, aceitosamente zarca— arrastrara consigo un eco sordo, una vibración que no venía desde fuera, sino que parecía morder la parte posterior del cráneo, justo donde la memoria se confunde con la imaginación.

Claudia vivía sola, casi en los límites de la ciudad, en una casa de esas que no destacan lo suficiente por su belleza ni por su deterioro. En los días previos a la bruma, su rutina había sido idéntica a la de cualquiera: trabajo, compras, las recetas simples anotadas en los sobres de facturas, las horas que se disuelven ante una pantalla, los libros acumulando polvo en el suelo.

Despertó esa primera mañana bajo la bruma con la sensación de que había olvidado algo crucial. No sabía si era el aniversario de una muerte, la cita médica de su madre, o el final de un sueño demasiado vívido. Buscó señales. Nada había cambiado en la cocina, ni en el dormitorio, salvo la presencia de la niebla aún filtrándose por la rendija de la ventana: no solo entraba, sino que parecía palpar el espacio, colocarse en los muebles, prologar una fina capa de silencio bajo cada objeto.

Al regresar del trabajo por la tarde —tras caminar desde la parada, porque los autobuses dejaron de circular temprano— notó que la neblina era más espesa. Caminó despacio, sintiendo extrañeza por los contornos de su propia sombra, que titilaba y ondulaba en los márgenes como si nada en el mundo estuviera quieto. Al doblar la esquina, pensó ver una figura esperando junto a su casa, más allá del alfeizar, pero cuando pestañeó, solo quedó la mancha lisa y gris, una aspereza de la visión.

No podía explicarse la zozobra, pero la noche llegó con una sensación de opresión dentro de la casa. Notó que evitaba los espejos. Buscando señales de intrusos o algún síntoma físico, comprobó las cerraduras, tocó con la palma la madera de la puerta. Una ráfaga de viento empujó la niebla por la hendidura. Decidió acostarse temprano.

Al apagarse la última lámpara, los sonidos de la casa cambiaron su cualidad. Había más silencio, sí, pero también algo vivo, una vibración de fondo, casi eléctrica, que se filtraba desde el suelo, como si la tierra hubiera empezado a temblar en una escala demasiado sutil para los acelerómetros. Claudia pensó en un termo eléctrico averiado, pero al desconectar los electrodomésticos comprobó que la vibración persistía.

En la quietud forzada, se resignó a dormir, pero el sueño fue interrumpido por risas: risas infantiles que no pertenecían a ninguna memoria precisa. Soñó con una fila de cuerpos inmóviles sentados en bancos de iglesia, todos con la cabeza baja, todos murmurando en una letanía desordenada que, lentamente, se hacía más y más inteligible hasta que distinguió su propio nombre transcurriendo entre las voces como agua helada. Se despertó sobresaltada, el corazón agudo en su pecho.

Durante el desayuno, el noticiero informaba de la persistencia del fenómeno: la bruma, decían, no era tóxica, pero recomendaban precaución y evitar salir salvo lo imprescindible. A mediodía, los supermercados daban la bienvenida a clientes apresurados, ojos rojos y las palabras murmuradas en los pasillos; alguien gritó cuando una caja cayó al suelo, y las miradas se cruzaron en guerra fría. Nadie bromeaba ya sobre la niebla.

El trabajo de Claudia tampoco ayudó. Las luces de neón titilaban, y las reuniones en Zoom estaban jalonadas por ausencias repentinas, silencios demasiado largos. Hubo un momento específico en que, al observar a su compañera Marta desde detrás de la pantalla, le pareció notar una lentitud inusual en sus movimientos, el modo en que los párpados parpadeaban fuera de ritmo, como animación desfasada, fuera de contexto. Dejó de mirar.

Aquella noche —la segunda brumosa, más pesada que la anterior— bajó al sótano en busca de un suéter. Encontró, al encender el fluorescente, que el haz de luz apenas lograba perforar la niebla en el interior: la bruma había descendido también al subsuelo, invadiendo el corazón de la casa. Abrió el armario y al hacerlo, entre los pliegues de las chaquetas, creyó escuchar un susurro, una voz áspera pronunciando su nombre una, dos, tres veces. Al cerrarlo de golpe y aguzar el oído, solo escuchó el crujido de la escalera a sus espaldas.

En el salón, trató de distraerse. Puso música, pero cada canción parecía filtrarse a través de un filtro extraño, los graves retumbando con un eco antinatural. Repasó las redes sociales: mensajes caóticos, bromas rotas, advertencias de vecinos hartos y alguna teoría sobre armas químicas experimentales que no logró convencerla. Finalmente, el teléfono vibró con un mensaje de voz de su madre, pero cuando lo escuchó apenas captó sollozos y frases interrumpidas por un sollozo involuntario. Llamó de vuelta: nadie contestó.

El insomnio se apoderó de ella. Recorrió la casa como si buscara un signo, alguna inscripción en el polvo, alguna marca fresca. Fue entonces cuando descubrió que los espejos reflejaban algo más que la niebla: en el baño, al entrar de golpe por la noche, creyó distinguir unos ojos más profundos que los suyos parpadeando desde el fondo del cristal, desvaneciéndose justo cuando se acercó.

Comenzaron los ruidos. Golpeteos en la pared, zumbidos a la hora más oscura. Al principio pensó en paranoia, en alucinaciones propias del aislamiento y el ambiente, pero cada noche aumentaban.

El tercer día Claudia dejó de trabajar. No era la única: al repasar el correo electrónico, una cascada de mensajes automáticos informaba de licencias médicas, enfermedades o incluso desapariciones repentinas. La ciudad se tornó fantasmagórica; desde la ventana era visible la procesión de siluetas bajo la bruma, deslizándose apenas, envueltas en abrigos y bufandas aunque el clima no fuera frío. De vez en cuando, una figura se detenía demasiado tiempo bajo la farola, sin mirar a nadie.

No pudo dormir esa noche. De una casa vecina llegaban chillidos, y más tarde, el rumor de voces conversando en un idioma desconocido. El aire en su dormitorio era irrespirable, visado por soledad y humedad. Claudia encendió la radio, buscando compañía en la estática, pero una y otra vez, tras el crepitar y los retazos de informativos, distinguió un patrón de palabras repetidas como una oración negativa: “no abras, no respondas, no salgas.”

Probó a encender todas las luces. No sirvió. Cerró todas las puertas y ventanas. No sirvió. De todas formas, sentía que la bruma se fijaba a su carne, abriéndose paso por los poros y pantanos que la obsesión puede inventar.

El cuarto día, después de un sueño interrumpido por la aparición de quien parecía su padre muerto (aunque sin rostro, solo una mancha traslúcida en penumbras, flotando sobre ella), amaneció convencida de que algo en la casa había cambiado irremediablemente. No supo precisar cuánto tiempo llevaba sin contacto físico con otro humano, ni si la última conversación había ocurrido en realidad o si solo era un eco dentro de su cabeza.

Todo olía igual, pero el aire parecía doblarse en la esquina de las habitaciones. El corazón le latía en los oídos, anunciando cada pensamiento errante como una amenaza.

A la tarde, tras haber merendado sin afección ni gusto, se miró al espejo del pasillo y descubrió que las ojeras le dibujaban mapas nuevos, marcas indelebles imposibles de rastrear a ninguna pérdida concreta. La bruma, fuera, seguía igual de densa, y ella comprendió entonces que el fenómeno no acabaría ni con la lluvia ni con el sol: algo mucho más antiguo se había instalado en la ciudad y se había colado en las casas junto a las personas, apoderándose de las voces internas, regulando la relación entre memoria, miedo y fatiga.

Tomó coraje y decidió salir. Armó un abrigo, cogió sus llaves y abrió la puerta. La neblina la envolvió enseguida. Caminó en dirección a la tienda, pero pronto perdió las referencias del vecindario: cada farola parecía estar a la misma distancia que la anterior, y las casas repetían la misma silueta gris. No encontró ni un alma, ni tampoco el zafarrancho de pasos usual. Estaba sola, el único sonido era el de su propia respiración reclamando asidero.

Percibió a ratos una canción infantil en la bruma, y por instantes, a cierta distancia, sombras que confundía con personas. “¿Hay alguien?”, gritó, pero su voz le pareció absorberse con avidez, engullida por la falta de eco. Siguió caminando hasta perder la noción de camino y dirección.

Al volver sobre sí, tras dar varias vueltas, encontró que todas las casas le resultaban ajenas: incluso la suya, cuando se acercó, tenía la puerta de entrada con el pomo cambiado de lado, las cortinas moviéndose en una dirección sin sentido. Insistió, tocando puertas, hasta que finalmente una se abrió.

Dentro, la niebla era aún más espesa. Oyó risas a su izquierda, y el chillido de una radio encendida. Una figura la miraba desde el fondo de un pasillo —una silueta flácida, apenas consistente, cuya cara tenía la cualidad de un rostro propio, pero torsionado por la angustia, como si alguien hubiera pintado el pánico en carne viva.

Intentó gritar, pero al hacerlo la voz le salió ajena, hueca, no era la suya, era la de quien había habitado esa casa antes de ella, un grito largo que no llegaba a ser palabra pero que entendía como propio: una letanía, mucho más antigua que su propio miedo.

Corrió hacia la puerta y, al hacerlo, sintió cómo la bruma se enroscaba en sus piernas. Salió con dificultad. Se arrastró de vuelta al cruce de calles sin nombre.

Solo en el umbral de un local cerrado, miró sus manos y comprendió, por vez primera, que el temblor era ajeno: el pánico, también. Solo entonces supo que no recordaba cómo era su vida antes de la bruma, ni si existía otra casa, ni si alguna vez había hablado con alguien más. Empezó a llorar, pero las lágrimas cayeron hacia adentro, sin dejar rastro.

Volvió a casa.

No supo nunca si era la verdadera, pero en el pasillo la esperaba su propia voz extendida, repitiendo su nombre. Miró los muebles sin reconocerlos, los cuadros en la pared colgando torcidos, los espejos que reflejaban, en los márgenes, los ojos insaciables de la bruma misma, aguardando para que alguien más los habitara.

El último pensamiento que cruzó su mente —antes de encender una lámpara que chisporroteó y murió de inmediato— fue la sospecha de que la bruma no era un fenómeno natural, sino una ola de olvido y rotura enviada a devorar los recuerdos, una lenta erosión de la identidad, extendida sobre la ciudad no como un castigo, sino como destino.

En la radio, una voz apenas audible volvió a repetir: “no abras, no respondas, no salgas.”

La bruma siguió, inquebrantable, puliendo la vigilia de Claudia hasta dejarla convertida en nadie. Afuera, las calles, ahora despobladas, tampoco recordaban nada.

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