Fragmento:
La puerta era estrecha pero alta, delineada por una luminiscencia violeta que parecía fluctuar o huir bajo la mirada directa. El ambiente se tornaba más frío a cada paso, e incluso el software regulador de temperatura del traje debía esforzarse para mantener la integridad corporal de Lórantn. Pronto, sus pies—por costumbre migrados a una base rodante—comenzaron a resonar sobre un metal distinto, un eco hueco en la oscuridad, y el aire, sulfuroso y punzante, despertó las alertas químicas en la interfaz de su traje.
Duración: 09:39
Bajo la perezosa, perpetua luz carmesí de una estrella consumida, la colonia de Sybillis se extendía por kilómetros en un páramo de ceniza y metal oxidado, oculta al universo y acosada por las ruinas de pasadas grandezas. Por milenios, los humanos y sus descendientes sintéticos habían labrado su hogar en los poliedros semienterrados, engarzados en los restos de una civilización que nadie recordaba, ni siquiera la memoria artificial conectada a los últimos sumideros de datos. No alcanzaban relatos de la Catástrofe, solo la infinita sospecha de algo sepultado, la espera de un anuncio funesto desde los saturados motores del cielo nocturno.
Aquella tarde, Lórantn sucumbía a la fatiga y la inquietud en el tercer nivel de las cavernas, donde una nueva prospección minera había hallado un extraño conducto cuadrado, marcado con símbolos que no reconocía ni en los bancos de memoria más antiguos. En la comunidad de Sybillis existía una superstición vulgar sobre “los corredores que extravían la mente”, pero Lórantn era pragmático hasta el punto de la insensibilidad, y la necesidad constante de recursos le obligaba a ignorar las viejas advertencias. Armado con su visor adaptativo y el viejo exoesqueleto metálico que parpadeaba con luces de bajo voltaje, descendió a ese umbral cuadrado, donde la penumbra parecía densa y móvil, como si albergara espuma negra palpitante.
La puerta era estrecha pero alta, delineada por una luminiscencia violeta que parecía fluctuar o huir bajo la mirada directa. El ambiente se tornaba más frío a cada paso, e incluso el software regulador de temperatura del traje debía esforzarse para mantener la integridad corporal de Lórantn. Pronto, sus pies—por costumbre migrados a una base rodante—comenzaron a resonar sobre un metal distinto, un eco hueco en la oscuridad, y el aire, sulfuroso y punzante, despertó las alertas químicas en la interfaz de su traje.
Había algo más. Un leve murmullo se filtraba por las grietas del conducto; susurros arrastrados, pulsantes, imposibles de fijar en significado ni idioma, pero dotados de una extraña intención, como el aleteo de ideas perversas nacidas en una profundidad sin pensamientos humanos. Pensó—no sin autocensura—en retroceder, pero en ese mismo instante sus sensores recogieron reflejos lejanos, un débil florecimiento de geometría hipnótica donde el techo y las paredes parecían retorcerse y expandirse, rebasando ya los dictados de la física local.
De pronto, una ráfaga de compresión barométrica sacudió el corredor; la presión aumentó abruptamente, y Lórantn sintió cómo los fluidos cibernéticos de sus conexiones neuronales zumbaban en sus sienes. “Cuida tu pulso—advirtió el sistema de monitoreo—la presión interna amenaza la integridad.” Pero la voz sonaba irreal, amortiguada por la inusual vibración de aquel pasaje. Bastaba con avanzar, se dijo, forzando un paso más, sabiendo que le costaría mucho más retroceder si renunciaba ahora.
A medida que avanzaba, la penumbra se disipaba en un lavado de color púrpura; a cada metro, los símbolos en las paredes cambiaban de forma, palpitando como insectos incrustados en la piedra. Allí, justo antes de una gran abertura hexagonal, la interfaz del traje detectó una figura desplazándose más allá: no era ni humano ni máquina, sino un ser imposible de describir, formado de extremos y repliegues discontinuos, como una fusión perpetua de sombras vivas. Los sensores colapsaron, enmudeciendo un instante de terror absoluto que rasgó los filamentos de la conciencia de Lórantn, precipitándolo a un estado de lucidez acosada por la locura.
Logró apenas parpadear para aclarar la imagen, y el ser ya no estaba allí, pero algo persistía: una sensación de extrañeza absoluta, como si una parte de sí hubiera sido extraída, absorbida y vuelta irreconocible por la proximidad de la criatura. Persuadido de la realidad de lo que había visto, Lórantn activó su emisor de emergencia, pero de inmediato todos los canales del comunicador se plagaron de estática y chirridos, como si los símbolos de la pared hubieran invadido los protocolos de la red. La emisión se cortó y, de pronto, todo rastro de Sybillis quedó abolido, como si jamás hubiera existido civilización humana alguna en aquel rincón del cosmos.
El pasadizo hexagonal desembocaba en una vasta cámara, tan gigantesca que la luz de su traje solo mostraba cortinas de neblina iridiscente y las bases de monolitos ciclópeos erigidos en círculos de significado incomprensible. A lo lejos, en el centro geométrico de la sala, una especie de altar flotaba sobre un abismo líquido, y una multitud de siluetas acechaba en los márgenes del foco de luz, disolviéndose y recomponiéndose en gestos convulsos, como si demasiadas formas trataran de ocupar el mismo espacio.
Aquel altar, descubrió Lórantn mientras se acercaba, era una losa de obsidiana donde el tiempo no transcurría del mismo modo. La energía arrastrada hasta esa losa distorsionaba su cronología personal: sus impulsos sintéticos fallaban, cada latido cardiomecánico retumbaba con un delay creciente. Un escalofrío, agudo y embriagador, le recorrió la columna cuando una de las siluetas se escindió del círculo y le habló utilizando los protocolos internos de comunicación, penetrando hasta la arquitectura más íntima de su mente.
No era un lenguaje; era una oleada de imágenes y sensaciones violentamente ajenas: mares de cobalto hirviente, ciudades enteras arrojadas en abismos, fragmentos de una voluntad absoluta que anhelaba fungir como filtro y portero de toda conciencia. “Vuelve atrás”, taladró la voz, pero el sentido era inasible; era una orden y también una súplica, el reflejo de una prisión cuyo candado era la curiosidad humana.
Las formas a su alrededor susurraban en ondas de realidad. Las facciones se disolvían y recomponían; percibió bocas infinitas con dientes translúcidos, ojos sin fondo y extremidades que bifurcaban sin cesar. Cuando sus circuitos internos intentaron bloquear las transmisiones psiónicas, las entidades reaccionaron con un impulso de hambre, una agitación que retorció la sala en un remolino de luz y dolor. Lórantn, reducido a una masa temblorosa de datos y carne, sintió cómo su memoria era minada, extraída por lenguas incorpóreas que lamían los recuerdos más antiguos y les susurraban nombres diferentes, robándoles su significado y sustituyéndolos por fórmulas irrepetibles.
“No sigas”, le advirtió una sombra más compacta. “Somos los vestigios de lo inerrable, las famas olvidadas que han dado forma al origen y la clausura… Si entras, lo que eres será desdoblado hasta el agotamiento infinito de tu ser.” Pero Lórantn, reducido por el terror y la desesperación, no pudo evitar caminar hacia el altar, atraído por una fuerza primigenia cuya naturaleza era el vacío mismo, la entropía convertida en poder devorador.
Al cruzar el último umbral, la estructura se disolvió y sintió cómo mil corrientes de energía le desmembraban por dentro. Empezó a recordar cosas que no había vivido, universos enteros comprimidos en un solo segundo, oleadas de estrellas devoradas por una oscuridad aún más pura que el olvido. Vio la génesis y la extinción de especies que ni la imaginación más audaz de los hombres había soñado. Escuchó los sortilegios finales que habían sellado la estancia de estas criaturas en el refugio de las cavernas, los contratos de servidumbre y espera.
En ese instante, tuvo una revelación: la antigua civilización de Sybillis no había conquistado el espacio ni domesticado la materia; al contrario, había escapado por un acto de suprema cobardía, sellando a estas presencias bajo capas y capas de olvido tecnológico, con la esperanza vana de que nadie pudiera despertar sus hambrientas memorias. Era, de hecho, la última amnesia digna del horror cósmico: el olvido mismo había sido la mayor hazaña de sus predecesores.
Lórantn era ahora el depositario de tales secretos, aunque la palabra resulta grotesca para un ser cuya mente había sido triturada y reconstruida por fuerzas imposibles. Acaso su conciencia persistía, remanente quebradizo en la corriente vertiginosa de visiones y destinos, pero su yo concreto, su memoria de placer, miedo o deseo, se descomponía a cada ciclo en reflejos dispersos sobre el altar primordial. Fuera, en las galerías de Sybillis, los monitores perdieron todo rastro de su señal y la colonia, ignorando las antiguas alarmas, prosiguió sus labores, arrancando energía y minerales para una existencia vacía que, sin saberlo, rozaba a cada jornada la terrible verdad encerrada bajo sus pies.
Pero en la profundidad, otra entidad despertó. A través de lo que había sido Lórantn, una porción de la voluntad de las sombras, privadora y ciega, irrumpió en los bancos de datos del mundo. Desde los subniveles, un idioma distinto comenzó a susurrar en los sistemas de comunicación: mensajes sin significante reconocible, empapados en un miedo subacuático que avanzaba entre los tecnólogos insomnes y los vigilantes neurálgicos. Sus convenios de lógica interna se desmoronaron. Las pantallas expulsaban neblina carmesí y una ristra de nombres ignorados, ecos de lo que bajaba y lo que ascendía, pues el ciclo era eterno e irrevocable.
Y así, noche tras noche bajo la luz muerta de la estrella viajera, las gentes de Sybillis soñaron y olvidaron, presintiendo siempre que en el fondo más antiguo de su mundo, aguardaba la sed nunca saciada de los vestigios, hambrientos de memoria, reconociendo en la ruina de Lórantn la promesa de un mañana rebosante—para ellos, las sombras—de pensamientos nuevos que devorar. Porque el horror del futuro, siempre más allá del alcance de la mente humana, no está en lo que recordamos, sino en aquello que hemos aprendido a no recordar jamás.
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