Portada del relato La Sombra sobre Innsmouth Revisitada
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Fragmento:


"Descubrí algo entre los archivos", susurró Simon mientras desplegaba sobre la mesa un pergamino cubierto de carácteres inidentificables, salvo por un símbolo recurrente: la estrella con puntas alabeadas, igual a las marcas desgastadas que aún figuraban en templos abandonados, medio corroídas por la sal.

Duración: 08:42

La Sombra sobre Innsmouth Revisitada
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Texto de ajuste de pausa.

Hube de salir precipitadamente de la polvorienta biblioteca universitaria —una tarde de marzo, cuando la lluvia azotaba Arkham entre destellos de relámpagos— tras una llamada telefónica enigmática. El aroma metálico del papel húmedo me acompañó mientras embutía en mi gabardina el voluminoso ejemplar del "Mar Exterior y sus Profundidades", una obra que, francamente, sólo había hojeado con desprecio hasta esa misma hora. La llamada era de un antiguo conocido, Simon Rathbone, erudito extravagante y siempre dado a los exabruptos místicos, ahora director del Museo Costero del pequeño y olvidado pueblo de Innsmouth.

"Algo está pasando aquí, Ezra", chilló su voz entornando la enigmática frontera de la demencia y la lucidez. "La Orden Esotérica... susurran bajo el rezo, y algunos han dejado de verse por las calles. Me siento acechado. Ven a ayudarme, si no te falta valentía".

Cuatro horas después, el Ford traqueteaba sobre los adoquines profanados de la plaza central de Innsmouth, resbalando trepidante bajo la lluvia creciente. Los edificios, aquellos bloques de piedra parda apilados con descuido e inclinados como bajo el peso de siglos sin redención, languidecían silenciosos, cada uno más ominoso que el anterior. El hotel Gilman, como siempre, evocaba el aura de un mausoleo habitado por espectros más que por huéspedes.

Simon me esperaba en la vetusta recepción. Su rostro, antaño redondo y animoso, colgaba ahora de su cráneo como una hoja de papel amarillento. Los surcos junto a los ojos se le ahondaron más todavía cuando me acercó en un susurro estremecido.

"¿Trajiste el libro que te dije?"

Lo saqué con precaución, sintiendo en mis dedos el peso de la oscuridad contenida entre las tapas forradas de cuero. Simon lo cogió ávidamente y se lo metió bajo el brazo, arrastrándome hasta su despacho en el museo, donde una lámpara de aceite titilaba entre montones de conchas, artefactos y fetiches marinos de origen indiscernible.

"No podías tardar. Si esta noche logran lo que planean, Innsmouth nunca será la misma... ni el mundo". Se interrumpió; sus ojos se clavaron como lanzas en los míos. "¿Crees tú, Ezra, en la existencia de una Orden más antigua que la Iglesia, más profunda que la sima oceánica?"

Yo respondí balbuceante, como siempre, entre el escepticismo y el espanto. Nunca había pisado Innsmouth antes, pero conocía sus leyendas: seres deformes, cultos ancestrales, sacrificios en noches de tormenta y rumores acerca de un pacto firmado con criaturas devotas de Dagon.

"Descubrí algo entre los archivos", susurró Simon mientras desplegaba sobre la mesa un pergamino cubierto de carácteres inidentificables, salvo por un símbolo recurrente: la estrella con puntas alabeadas, igual a las marcas desgastadas que aún figuraban en templos abandonados, medio corroídas por la sal.

"Han traducido este fragmento de las Profundidades. Se reúnen en el sótano de la vieja iglesia. Pretenden abrir mañana un pasaje. No solo traerán 'renovación a Innsmouth', Ezra... harán que el mar se desborde sobre el mundo. Temo por mi alma".

De su relato no obtuve claridad, apenas sensación de que el horror se concentraba en el subsuelo húmedo del pueblo. Sin embargo, lo que más me turbó fue el modo en que su rostro se deformaba en la penumbra, los ojos vidriosos casi reptilianos, como si compartiera ya con los objetos marinos de su escritorio la costra de las eras.

Al anochecer, partimos ambos provistos de linternas y mi pequeño revólver, que a cada paso parecía menos eficaz ante lo informe y antinatural. Caminamos por la silenciosa arteria principal hasta la iglesia, una construcción resquebrajada de columnas corroidas y ventanales con vitrales de escenas monstruosas. Al cruzar el umbral, hallamos el templo vacío, el púlpito y los bancos cubiertos de polvo y algas fosilizadas.

Abriendo una trampilla oculta bajo la alfombra del altar, descendimos escalones húmedos y chirriantes. El hedor que ascendía era innombrable: mar rancio, miasma animal y algo más arcano, quizás emanación de la mismísima noche primordial.

El sótano era vasto, un recinto de muros toscos y bóvedas recubiertas con líquenes bioluminiscentes. Desde el extremo opuesto, voces graves y corales entonaban cánticos en idiomas que negaban la razón. Nos arrastramos hacia la penumbra de una columna para atisbar la escena: media docena de figuras enfundadas en mantos verdinegros, dispuestas en torno a una pileta de agua opalescente que se agitaba como si en ella respirara algo vivo.

En el centro, un hombre con los ojos desorbitados y la piel cubriéndose de pecas negruzcas, dirigía la ceremonia leyendo el pergamino que Simon había robado. "No se atrevieron a interrumpir el rito aunque el pergamino estuviera incompleto", murmuró Simon, "sus mentes están perdidas ya".

Fue entonces cuando, por primera vez, oí las voces. No las humanas, sino otras: susurros que se arrastraban bajo la piedra, modelando palabras en mi cabeza con el acento de olas turbulentas, ofreciendo frutos putrefactos de promesa de poder y vida eterna. Sentí que innumerables tentáculos mentales palpitaban tras la piedra, y la visión de figuras informes moviéndose en la oscuridad del agua me hizo aferrar el revólver hasta sentir dolor.

Simon, horrorizado, comenzó a temblar de pies a cabeza. "Han abierto la puerta. Los Profundos ya están aquí, Ezra. ¡La ceremonia no se puede detener!".

La atmósfera pareció compactarse. La humedad goteó sobre mi sien, el frío marino se coló hasta la médula y el cántico de los encapuchados se volvió tan ensordecedor que apenas podía oír mis propios pensamientos. Algo emergía del agua: zarpas membranosas, ojos escleróticos que brillaban con inhóspita inteligencia y una boca antinatural que vociferó órdenes en una lengua cuya sola escucha hirió mi mente.

El sacerdote de la Orden se arrojó en la pileta y quedó flotando, inerte. Los encapuchados se abalanzaron uno tras otro, renunciando a sus figuras humanas. Las criaturas —amalgamas de pez, hombre y sapo— los recibieron en abrazo horripilante y los arrastraron al fondo, pero algunos reaparecieron, sus cuerpos transfigurados, piel reluciendo como la de un tritón o sepia gigante.

Cuando intentamos retroceder, una de las criaturas nos vio. Gritó con voz tumultuosa y la Orden nos localizó. Simon enloqueció, soltó el libro y avanzó tambaleante hacia la pileta, murmurando, "Ellos prometen... prometen la eternidad, la fusión con la sal...". Trastabillé para detenerlo, pero era como si respondiera a un llamado insoslayable.

Caímos los dos en una breve lucha. Simon me rasguñó la garganta, los ojos extraviados y la piel ya escamada, empapada de ansias marinas. Logré empujarlo lejos, disparé a una criatura que se aproximaba (el ruido apenas audible ante el cántico y los rugidos de las olas) y corrí sin mirar atrás, trepando los peldaños cruzando ráfagas de aire y agua.

Emergí del sótano cuando un terremoto hendió la iglesia. El agua brotó por la trampilla, inundando la nave. Al girarme para ver por última vez, distinguí la silueta de Simon, ya irreversible, sumergiéndose de buen grado junto a la Orden, su rostro transformado en un eterno rictus babeante de satisfacción euforia.

Corrí bajo la lluvia interminable hasta el hotel, empapado y delirante. El pueblo parecía aún más muerto, como si los pocos habitantes hubiesen sido testigos mudos, o bien partícipes, de la abominable liturgia. No dormí esa noche. El mar rugía cerca, cada ola una promesa de invasión y locura. Al amanecer, me marché de Innsmouth sin mirar atrás, conjurando no volver jamás a pisar sus calles, ni buscar la mirada de sus gente —gente que a partir de entonces, y para siempre, me pareció menos humana de lo que una vez creí.

Cada año, con la llegada de tormentas primaverales, recibo sueños donde Simon y los otros me buscan desde grietas abisales. Cantan en la lengua de los Profundos, me invitan a sumergir la carne y el alma en la bruma verde, a olvidar la vida de costa y civilización y fundirme en los coros de la noche oceánica. El libro quedó perdido bajo Innsmouth, aunque a veces creo percibir —en noches particularmente húmedas y tempestuosas— el olor a salitre y cuero antiguo colándose bajo la puerta de mi biblioteca, como una advertencia o invitación que nunca acabo de rechazar.

Me acosan esos recuerdos y susurros, y sé que, mientras la Orden persista bajo el reflejo de la luna en las aguas muertas, ni yo ni nadie estará a salvo de la llamada de Dagón, el amo de lo abisal, cuya Orden Esotérica siempre espera, pacientemente, en la frontera insondable entre el mar y la locura.

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