Fragmento:
"la Sombra ha cambiado de ojo — en el espejo he visto a mi madre con mandíbula de pez — las palabras se despegan del papel — alguien bajo la cama recita mi nombre al revés — jamás jamás jamás abrir el cajón con el lazo azul — cada reloj cuenta menos tiempo y más silencio — el círculo me llama, el círculo me encierra — no debo dormir…"
Duración: 09:53
Del legajo hallado en la biblioteca subterránea de Clytemnestra Hall, presento para su inquietud los siguientes diarios y cartas, fielmente transcritos por mi atenta mano. Nadie cuya razón se encuentre plena atraviesa sin daño las páginas que siguen. Sepa el lector que no son frutos de fantasía, sino registros desesperados que el tiempo no selva ni el polvo consigue del todo silenciar.
---
19 de enero
Al fin, tras semanas de tormentas y lodazales que sólo aumentan el natural aislamiento de esta remota hacienda, he comenzado a revisar las cajas de papeles que el notario Orlestone depositó en mis habitaciones. Mis pesquisas sobre la desaparición de la joven Alma Cordero, heredera de los predios de Clytemnestra, tienen así su modesto inicio. Entre legajos de cuentas y cartas añejas, tropecé con un cuaderno cubierto de tafilete negro. No contiene nombre alguno en su portada; sólo un símbolo imperfectamente borrado: parece la órbita de una luna negra, alcanzada por una delgada hoz.
He aquí las primeras líneas, escritas con apremio, como si la urgencia cortara cada frase:
abril 14
No debo dormir. Si duermo, me hallan.
He cerrado las ventanas, sellado la puerta con ladrillos del hogar, empapado toda hendija en alcanfor y ceniza. Pero sé… por los susurros detrás de la mampostería, por la fina vibración en los cristales, que sus tentáculos de insidia tienen otras puertas.
El rostro de madre en el cuadro mira hacia adentro, no hacia mí. Los relojes laten en desorden.
1:47
Oí rasguño sutil junto a la cabecera. No hay ratones en Clytemnestra Hall, ni los habrá mientras estén aquí.
No debo dormir. Ni siquiera cerrar los ojos. Pues ellos, los que trajeron el espejo lunar, sólo aguardan mi primer parpadeo.
Interrumpido por ruidos en mi propia estancia, apenas levanté la mirada cuando las sombras parecieron contraerse en las esquinas. Continúa el cuaderno, con líneas abruptas y nerviosas, como si quien escribe temiera lo que surja del silencio entre cada palabra.
abril 15
No recuerdo haber escrito lo anterior. No hubo noche: sólo fragmentos.
En el sueño escuché la Canción sin Melodía. La muralla junto al lecho respiraba, movediza, sudando pequeños hilos de vapor.
Desperté con la impresión de que alguien me sostenía la mano con repulsiva ternura; pero sólo hallé sangre seca bajo las uñas. Ahora, en un rincón he descubierto la segunda marca: el círculo abierto por la hoz. ¿Quién la puso aquí, sobre la madera vieja?
2:08
Han venido ya. Me susurran desde la grieta del ropero.
No debo escribir más, pero… ¿cómo resistir el impulso de dejar testimonio, si sé que en cuanto la fatiga me venza…
(paño manchado, ilegible por varias líneas)
Tras este punto, las frases se dispersan vertiginosas y los párrafos son sólo listas inconexas:
"la Sombra ha cambiado de ojo — en el espejo he visto a mi madre con mandíbula de pez — las palabras se despegan del papel — alguien bajo la cama recita mi nombre al revés — jamás jamás jamás abrir el cajón con el lazo azul — cada reloj cuenta menos tiempo y más silencio — el círculo me llama, el círculo me encierra — no debo dormir…"
Dudé en seguir leyendo, pues una repentina y malsana pesadez nubló mi cabeza. Por un instante creí oír, desde el zócalo, diminutos crujidos acompasados al latir de mi propio corazón, como pequeñas garras sobre la madera. Fue tan sólo por obstinada racionalidad —esa última línea de defensa del hombre civilizado— que proseguí la revisión del cuaderno.
En las páginas sucesivas, una caligrafía aún más errática arrastra palabras que, pese a su incoherencia, transmiten un miedo apremiante, claustrofóbico, que parece acumularse y plasmarse en los propios caracteres.
abril 19
He guardado los cuchillos bajo el colchón. Si dejan de cantar detrás del muro, sabré que han salido.
Algunos días la luz es gris y carnosa. No sé si estoy todavía en la casa.
He encontrado cartas entre las páginas, evidentemente no escritas por la misma mano. El sobre primero lleva fechado el 2 de marzo, firmado por “Elías Traven, custodio de secretos”. Transcribo su contenido:
Mi querida Alma,
Nos previenes, por medio de tus telegramas, sobre la maldición del espejo lunar. Juro por mi pobre vida que jamás lo traeré ni dejaré que otro lo haga. Pero temo que los sueños no necesitan puertas, y aún menos los que supieron tu nombre antes de que nacieras.
Escucha: bajo la escalera vieja, grabada en el cuarto peldaño, hallarás el círculo abierto. No pises allí si la vigilia se afloja, pues hay escaleras que bajan hasta Socavón del Silencio.
En caso de fatiga y confusión, quema este papel con fuego blanco (alcanfor y sal); si la sombra se estira más allá del atardecer —y si ves llover tierra negra sobre el ventanal— será tarde para huir.
Tuyo en la vigilia y el temblor,
Elías
A partir de este punto, la letra de Alma se va fragmentando hasta reducirse a grafías apenas legibles:
marzo ?
Han cantado otra vez, desde el pozo bajo la cocina. Esta vez llevaron consigo el eco de mis mejores recuerdos. Ya ni sé si soy la que firmó las cartas. La sombra avanza más allá del marco del reloj. Si hay mañana, no tendré rostro.
Aquí, las páginas del cuaderno muestran borrones, manchas oscuras y un extraño polvillo gris, como ceniza vieja. Más adelante, otro papel suelto, sin fecha, dirigido quizás a sí misma:
El pulso cae y no hay ningún péndulo que marque el tiempo en las ruinas.
Anoche vi la mano del guardián hacerse costra alrededor del espejo. Sus dedos, largos como los de un ahogado, tocan las teclas del piano del comedor. Ya no queda música, sólo un zumbido grave.
Recordar: el riel azul bajo la cama es la última defensa.
Recordar: si alguien recita mi nombre, no contestar aunque suene a la voz de madre.
El ambiente de la casa, mientras copio estos extractos, se ha llenado de una opresión gélida. El viento, a este lado de la ventana, arrastra partículas de polvo bien negro, y aunque me convenzo de que es sólo tierra arrastrada de los viejos jardines, no puedo apartar la sensación de que algo más invade el aire, como si cada espacio vacío se colmara de presencias expectantes.
22 de enero
He pasado la noche en vela. Cada hoja transcrita me deja más fatigado. Por momentos, juro percibir el retintín de loza antigua golpeando en el desván, junto con un implacable goteo metálico.
He registrado el cuarto peldaño bajo la escalera, y tras apartar años de telarañas, hallé, bajo la madera carcomida, grabada la media luna de la carta de Elías Traven.
No me atreví a mirar demasiado abajo: el polvo es casi azul, y el frío parece brotar de la propia madera.
Sigo copiando el último fragmento claro del cuaderno de Alma, bajo una fecha ilegible pero reciente respecto a los anteriores:
No hay fuego blanco suficiente, ni puerta sólida ni ladrillos.
La canción los llama por mi boca cuando suelto la pluma.
El salón entero gira como pez ahogado en la pecera.
He intentado dormir, sólo para ver los pasos de mi cuerpo saliendo por el pasillo, sin dueño, sin cabeza.
He atado mi voz con las trenzas de mi niñez, pero la Sombra aprende a cantar.
Quema este diario, pero sabe ya tus ojos, forastero.
No recordarás esta noche, o no recordarás tu nombre.
A partir de aquí, el diario es sólo un enredo, como si los signos mismos se retorcieran en la hoja. No puedo saber si Alma Cordero perdió el juicio o si, efectivamente, algo la forzó al insomnio y al desarraigo del propio lenguaje.
De los otros papeles hallados en la caja, uno llama especialmente mi atención: es una carta firmada por el propio Orlestone —quien, según los registros del pueblo, desapareció también el último invierno— y dirigida a “quien conserve el sentido entre estas cuatro paredes”. Bajo la estampa de cera, otro círculo con la hoz:
A quién corresponda,
No se demore aquí. Si llegó a estas páginas, habrá sentido ya el sudor frío y la fatiga invencible de la Eterna Vigilia.
Algunos regresaron sin ojos, otros, sólo con nombres nuevos y extraños.
Diga lo que diga el cuaderno negro, no lo lea en voz alta, no siga la música hasta el último escalón.
Puede quemar mis restos con fuego blanco; pero si escucha la canción sin melodía, será tarde.
Deje Clytemnestra Hall, cierre sus diarios, y rece por volver entero al mundo donde el sueño es suave y sin rostros.
Con horror y admiración por su coraje,
A. Orlestone
Este atado de palabras cifradas y de advertencias no ha hecho sino ahondar mi temor. Ahora, el aire en la biblioteca se ha tornado irrespirable: por momentos, los relojes del Hall —detenidos hasta hace poco— parecen desfilar a toda prisa, como si corriera el tiempo de otro lado, de otra casa más antigua que la propia piedra.
No me atrevo ya a tocar el cuaderno negro. Mi pulso tiembla, y el insomnio brota como un zarpazo en mis noches.
Sigo escuchando, poco antes de cerrar estas páginas, arrullos graves bajo la escalera; el hollín, por las rendijas, parece delinear ya el signo maldito del círculo abierto.
Si quien lea estos fragmentos me sobrevive, no busque el fondo del pozo, ni los peldaños hundidos.
No escuche la canción. No escriba, no lea, no sueñe aquí.
—F.W.H., transcriptor
Clytemnestra Hall, 23 de enero
Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.