El puerto de Innsmouth jamás fue, ni mucho menos, un lugar al que regresar cuando la conciencia pesaba. Solo los que no tenían a dónde más ir volvían allí: aquellos cuyos nombres apenas pesaban más que el agua salina entre los muros podridos de la ciudad. Cuando la carta de Efraim Gilman llegó hasta mí—en un sobre amarillento y con aroma a incienso rancio—la reconocí como la llamada que había huido durante años. La Orden Esotérica de Dagón me reclamaba. No la hermandad secreta y silenciosa que rasguña los sótanos del pasado, sino su herida mal cerrada, al acecho bajo las tristes brisas árticas que se cuelan por el Atlántico.
Fue a finales de octubre, cuando las primeras ventiscas bajaban desde Canadá, que el tren me dejó en la destartalada estación. Todavía resonaban en mis oídos las palabras de Efraim, una súplica disfrazada de promesa: “El frío ha traído algo más grande esta vez. No es solo Dagón quien ansía el sacrificio, es algo de más allá, que camina entre las nubes sobre Innsmouth, y que aúlla en mitad de la escarcha.”
Nada más bajar, la atmósfera me golpeó como una bofetada: lluvia helada y ese inconfundible hedor a mar engusanado que tan bien recordaba. Las casas, cubiertas de musgo y nieve recién caída, parecían asistir al crepúsculo como testigos mudos. Caminé hasta la vieja biblioteca desde donde Efraim había redactado su carta. Allí, entre estanterías desvencijadas, lo encontré: más encorvado, agotado. Sus ojos—húmedos y ondulantes, como todos los hijos de esa estirpe—relucían con una ansiedad extraña.
—No eres el único que ha sentido la llamada—susurró mientras me abrazaba con manos frías—. Las noches, Albert… Los ancianos aseguran que este no es el clima del Atlántico, sino algo que baja de otra parte.
Me condujo hasta el cuarto trasero, donde un puñado de fieles de la Orden se mantenía apiñado junto a un brasero. Todos tenían el mismo aspecto: pálidos, de mejillas caídas y ojos hundidos. Sobre la mesa brillaba la vieja llave de cobre que daba acceso al templo oculto bajo la iglesia de Marsh, entre las criptas inundadas.
—El último Incensario todavía arde para Dagón—dijo uno, arrojando una mirada fóbica a la ventana como temeroso de lo que pudiera verse más allá de la neblina.
Pero lo que todos evitaban mencionar, aquello que susurraban en pesadillas tras la ciudad, era que cada noche podían verse huellas extrañas sobre la nieve, y que el viento traía consigo no solo salitre, sino un aullido gélido, imposible de describir. Era como si toda la costa se hubiera vestido de un blanco hostil y minucioso, invisible hasta que, en la oscuridad, los faroles parpadeaban y marcaban el contorno de algo monumental deslizándose sobre la superficie helada del mar.
La tradición dictaba que solo los iniciados podían asistir al ritual de la Purga de Escarcha. Sin embargo, ese año todos sabíamos que no bastaría con ciénagas y palabras. “Ithaqua camina entre nosotros”, exclamó en algún momento el propio Efraim entre un soplo de miedo y asombro. “No busca invocaciones, sino reconocimiento.”
Me invitaron a quedarme la noche por seguridad. Me dieron una manta, una taza de té negro y una habitación en la planta alta de la biblioteca, de cara al puerto. El viento golpeaba con tenacidad los cristales y, de vez en cuando, desde el espesor de la nieve, me pareció vislumbrar siluetas que danzaban demasiado rápido para ser humanas.
Resultaba imposible dormir. Despertaba cada cierto tiempo, bañado en sudor frío, convencido de que una sombra acechaba tras las cortinas: un perfil gigantesco, con miembros interminables, ajenos a toda lógica humana o marina. Cerraba los ojos y sentía en la sangre un aullido antiguo—no de ballena, ni de hombre o bestia, sino de todos ellos mezclados bajo el manto de la ventisca.
A la mañana siguiente, bajé a desayunar. El grupo conversaba, pero el miedo se abría paso entre sus palabras. Había sucedido lo que temían: en la playa, a la orilla del canal, habían encontrado un círculo de escarcha negra, y en el centro, un cadáver congelado, los ojos y la boca abiertos, la piel mimetizada con la nieve como si fuera parte de un lienzo grotesco. Volvimos a la biblioteca con prisa, y Efraim me mostró un libro ancestral oculto en el suelo, cuyas páginas estaban escritas en una mezcla de latín y una lengua más antigua, ilegible.
—No es solo Dagón quien espera el tributo esta vez—dijo al pasarme el libro—. Ithaqua exige un sacrificio diferente. No quiere los cuerpos arrojados al mar, sino aquellos que desafían el frío, los que buscan sentido en el aullido de la tempestad.
Un temblor sacudió la estancia cuando la brisa logró forzar la ventana y llenar la sala de una escarcha casi negra, viscosa y maloliente. Los iniciados se miraron los unos a los otros, su miedo al dios marino eclipsado por la certidumbre de algo más vasto y feroz.
La Orden decidió realizar su rito en las criptas inundadas esa misma noche. “No podemos esperar a la luna llena”, argumentaron. “La escarcha no respeta calendarios ni marea.” Bajamos en fila india, antorchas titubeantes en mano, por la escalera de caracol que llevaba al subsuelo, cubiertos de vestiduras negras. El agua serpenteaba entre las losas, repleta de algas y de los restos de sacrificios anteriores.
En el altar, entre ídolos de Dagón y ofrendas de pescado crudo, colocaron un tazón de escarcha negra y un pequeño ídolo de marfil. El incensario, oxidado, arrojaba nubes densas de humo, pero de pronto, una corriente gélida barrió la sala y apagó las llamas. Un grito escalofriante, mezcla de desesperación e incredulidad, me cortó el aliento; Efraim yacía de rodillas, con el ceño desencajado, señalando hacia la bóveda inundada.
Por un instante, todos vimos lo mismo: en la superficie del agua turbia, el reflejo elongado de algo con brazos interminables y rostro licuado, del que caía nieve en lugar de cabellos. La criatura no emergió a la realidad por completo, pero allí donde su sombra tocó el agua, la escarcha se espesó en forma de dedos.
—¡El caminante de la tormenta!—lloró una de las mujeres, desmayándose.
Sabíamos que el ritual había fracasado. Salimos a trompicones del templo, con los latidos al borde de la asfixia. Afuera, un manto de escarcha cubría Innsmouth, ocultando todos los resquicios, cubriendo las ventanas y puertas. Por el puerto, en la distancia, se oía el ulular de los vientos polares, y, detrás, un lamento que ni siquiera los profundos podían imitar.
Durante los días siguientes, la ciudad entera permaneció atrapada. Nadie logró encender un fuego ni derretir el hielo. Las casas comenzaron a resquebrajarse y los marineros hallaron en el mar bancos de hielo tan vastos que parecían haber arrastrado en su interior aldeas enteras.
Sin embargo, hubo noches donde el hielo crujía de manera distinta. A veces, entre la ventisca, los sobrevivientes juraban ver la figura monstruosa que caminaba torpemente por las calles blanqueadas, dejando tras de sí una huella de sal negra y escarcha, quebrando ventanas y arrastrando a los infortunados que se atrevían a rezar en voz alta a Marsh o al propio Dagón.
En ese tiempo, los miembros de la Orden recordaron los himnos primordiales—melodías arcanas que no pertenecían ni al mar ni al viento, sino a una amalgama de ambos—y retorcieron sus lenguas hasta la afonía. Pero el hielo no cedía. Un día, Efraim y yo nos aventuramos al borde de la playa, convencidos de que si volvíamos a convocar a Dagón, podríamos aplacar, o al menos entender, la furia de Ithaqua.
Bajo la aurora boreal y con el bramido lejano de la tormenta, recitamos el más antiguo de los cantos. Las olas temblaron, pero no rompían. Y entonces, lo sentí: la presencia del caminante; no, no solo de Ithaqua, sino de algo que había cruzado a través suyo, arrastrando la esencia de Dagón y los profundos hacia una comunión de frío y sal. Era una criatura que no podía describirse, un estar intermedio entre el pez y la ventisca, entre el dios sumergido y el monstruo del ártico.
La marea subió, y bajo el hielo escuchamos voces ancestrales, lamentos que pedían la muerte o incluso el olvido. Y el viento, que traía mensajes cifrados, perdió el timbre marino y ganó un gemido seco, sepulcral.
Innsmouth quedó entonces a merced del invierno, un invierno sin fin que los mapas jamás recogieron. Los diarios del puerto recogieron historias de desaparecidos, de bañistas sepultados bajo la escarcha, de marineros cuya carne volvía gris y cuyas almas parecían arrastradas mar adentro. Nadie volvió a la iglesia de Marsh, ni consultó a la Orden, pues todos entendíamos que aquello que trajimos no era un dios que pudiera mitigar sacrificios ni aplacar oraciones, sino un testigo de la fusión de dos terrores: el mar abismal y las nieves sin fondo.
Nunca supe si la humanidad sobrevivió a eso; yo mismo huyé. Jamás escribí sobre lo ocurrido, hasta estas líneas. Pero cada vez que arrecia la tormenta en cualquier parte de la costa y los copos caen con inesperada densidad, siento arañazos de sal en la boca y un escalofrío inexplicable en la columna. Y a veces, solo a veces, el viento arrastra olores apagados de incienso y podrido, y una sombra alargada se dibuja en la neblina. Sé bien lo que es. Lo sabéis todos los que alguna vez habéis sentido frío y sed de respuestas. La frontera de la escarcha nunca se cerró. Simplemente se repliega, paciente, hasta volver a Innsmouth—o a cualquier otra parte donde los hombres rezan a dioses de mar mientras la tormenta aúlla sobre la tierra.
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