Portada del relato El devorador de la niebla
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Fragmento:


Muchos cuentos de universitarios ociosos e historiadores excéntricos habían corrido sobre la Llanura de Leng, pero Yven, durante años, los había deslindado de cualquier realidad. Sólo tras la última misiva de Grazzi—breve, garabateada, impregnada de un aliento a musgo, mencionando un tal “gurú Eschang” y algo llamado “la gracia viscosa que anida bajo la piedra”—había abandonado Viena. Traía un pequeño revolver, dos mudas, víveres de viaje y un medallón de su abuela, sólo útil en cuanto talismán. Que los accidentes de la llanura tuvieran relación con el misterio o el azar era la única cuestión que le inquietaba con cada paso.

Duración: 08:21

El devorador de la niebla
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Texto de ajuste de pausa.

En la plataforma de la llanura, donde las rocas se curvan como espinas fosilizadas y la bruma se arrastra a la altura de las rodillas incluso a mediodía, Yven Hald tropezó. El suelo tenía la consistencia de la carne podrida, esponjoso, húmedo, y despedía un olor que sugería una tumba recién removida, aunque bajo el firmamento, los abismos estaban sellados desde hacía eones. Sin embargo, era allí donde la expedición del Dottore Grazzi había trazado su última esperanza antes de desaparecer, dejándole a él como único heredero de una ruta impía marcada en un gastado diario, tinta corrida y páginas untadas apenas con cera.

Muchos cuentos de universitarios ociosos e historiadores excéntricos habían corrido sobre la Llanura de Leng, pero Yven, durante años, los había deslindado de cualquier realidad. Sólo tras la última misiva de Grazzi—breve, garabateada, impregnada de un aliento a musgo, mencionando un tal “gurú Eschang” y algo llamado “la gracia viscosa que anida bajo la piedra”—había abandonado Viena. Traía un pequeño revolver, dos mudas, víveres de viaje y un medallón de su abuela, sólo útil en cuanto talismán. Que los accidentes de la llanura tuvieran relación con el misterio o el azar era la única cuestión que le inquietaba con cada paso.

Había encontrado la cueva descrita por Grazzi un atardecer opaco, la entrada disfrazada tras una pantalla de líquenes agrupados sobre monolitos. El aire allí era más frío, y entre la niebla distinguió una zanja casi invisible, donde una piedra chata sobresalía, excesivamente regular, herida de inscripciones apenas desgastadas. Un frío animal le trepó por la espalda mientras, con dedos temblorosos, apartaba la maleza. Tocó el símbolo central: no era ni cruz, ni círculo, ni hexagrama de los antiguos ocultistas, sino algo parecido a una lengua hendida, con cortes que al tacto parecían moverse.

Al penetrar, el suelo dejó de crujir para combarse a cada pisada, como si la cueva palpitase bajo sus pies. Un murmullo acuoso parecía deslizarse por las paredes; la humedad colgaba en pencas fibrosas, y en la penumbra, sus linternas (pues dos guías de aspecto local le acompañaban, a regañadientes) sólo recortaron sombras desproporcionadas. Ante una sala más ancha, Yven sintió el peso de otras formas que él no veía, aunque su intuición le invocaba imágenes de tentáculos, ojos entrecerrados y bocas abiertas en eterno bostezo.

Uno de los guías, Rulph, era hombre corpulento y de verbo breve. Al ver la losa que formaba el centro de la sala, empezó a rezar entre dientes. La piedra tenía la apariencia de llevar allí desde la formación misma de la llanura, aunque, como comprobaría después Yven al frotar el polvo, el tallado del contorno era sorprendentemente nítido. Ni grafitos, ni instrucciones. Solo aquel símbolo bifurcado. El otro guía, Iskael, dejó de moverse. Apuntaba con una antorcha un punto más allá, a mitad de la sala, donde lo que debían ser raíces colgaban como tentáculos. Por momentos, una luz, como fango líquido, resplandecía desde algún punto bajo la losa.

Las crónicas acerca de Leng narraban de seres que evitaban la luz y ansían el frío. Otros escribían sobre reptiles bípedos, pero nada de lo allí presente recordaba nada tan reconocible. Y fue entonces que Yven, involuntariamente, rozó con su mano desnuda el centro pulsante de la piedra. Una sacudida atravesó su brazo. No dolor—una premonición de abyección, la repulsión de estar a punto de entender lo inhumano. En un instante percibió, más allá del raciocinio, esculturas gigantescas, cónclaves de figuras reptilianas en ruinas cubiertas de limo, y una sucesión interminable de rituales en los que las criaturas se sumergían en lagunas negras para transformarse a voluntad en nuevos cuerpos.

El retumbar de una campana inmaterial permeó el aire; las raíces colgantes ahora se agitaban, babeando una savia blanquecina que chisporroteaba al tocar la piedra. Los guías gritaban, pero Yven no era capaz de distinguir palabras: sólo ecos. El suelo tembló, y la losa descargó un peso frío que barrió su conciencia.

Despertó más lejos, en una cámara cuyo techo estaba disuelto por la humedad. Bajo él, una laguna de agua estancada latía suavemente, verde e iridiscente, y movimientos se dibujaban bajo la película aceitosa. Los guías no estaban; apenas quedaba su antorcha apagada. Afuera, un sol desvaído era apenas un globo de cera pegado a un cielo de cartón. Trató de acomodar su vista a la penumbra, y entonces una forma emergió del fondo: una figura de proporciones ambiguas, con una piel que parecía de batracio y arrastraba un lastre informe tras de sí, mientras una corona de agujas —¿luces, huesos, ramas?— se cernía sobre su cabeza fangosa.

No era Glaaki, nombre que los textos prohibidos traían cubierto de advertencias, ni tampoco la inconfundible pata de Tsathoggua, el contemplativo. Pero aquello era vecino, pariente abyecto quizá, relamiendo el aire con mandato no vocal.

“Por qué has venido a donde no debes—”, la voz era para su mente, gruesa, viscosa, untuosa.

Yven se sintió desdoblar, percibiéndose a sí mismo desde fuera, como si el cuerpo solo repetía gestos de un rito ya ejecutado mil veces. La entidad, flotando sobre el agua, estiró una extremidad pseudo-articulada, y de pronto el suelo bajo la laguna se abrió, dejando ver civilizaciones encapsuladas en el fango, fosas de enormes ojos y bocas siempre hambrientas.

Por mínima que fuera la brisa, transportaba en su interior susurros adheridos; ritos de evocación y promesas de trascendencia animal, de abandono del pensamiento torpe. A lo lejos, un grupo de figuras se arrodillaba secuenciales, encapuchadas, entregando a la laguna objetos cubiertos de glomérulos verdosos. Un cántico vibró, y del fango emergió una garra, luego una lengua musgosa, finalmente un ojo gelatinoso. Los encapuchados—hombres, mujeres, seres indefinidos—le inclinaban la cabeza, y uno, tras una inclinación especialmente prolongada, depositó en las aguas el cuerpo de Iskael, que fue absorbido sin resistencia.

El terror escaló hasta arrancar de Yven un alarido. No hubo eco; la sala se lo tragó. El ente no avanzaba, sólo le miraba—si mirar cabe a aquellos que flotan entre plano y plano. Y le susurró, con una voz de cien mil raíces estrujándose: “¿Buscarías lo que yace aquí? ¿Ansías fundirte con el limo de todas las eras? Tu guía, Grazzi, ha aprendido. Así, aprenderás tú.”

El agua burbujeó. Del fondo asomaban los rostros irrecuperables de los guías y de otros; rostros nuevos y viejos, supurando savia y ojos afilados por la desesperación. El pensamiento cuerdo de Yven se desmoronó en la certeza de que nunca hubo muerte ni vida en Leng, sólo retorno, sólo el ciclo ininterrumpido de formas mudando, esencias fundiéndose en algo demasiado antiguo como para recordarse a sí mismo. Sólo así se comprendía la insistencia: “La gracia viscosa que anida bajo la piedra.”

Un destello final, el limbo se precipitó sobre él. La sensación era de caer, o quizá de ascender: se disolvía en un fluido con olor a bosque sumergido y leñas fermentadas. Percibió, por última vez, los dedos de la entidad que le asía e insería en la raíz común, donde los nombres se olvidan y sólo gesticulan los impulsos atávicos de devorar y renacer.

Despertó otra vez—si aquello puede llamarse despertar—yaciendo en el borde de la caverna, cubierto de cieno frío. Miró sus manos: palpitaban, elásticas, surcadas de venas verdes, plegadas como raíces. No sabía si era Yven, o si el nombre flotaba como despojo sobre el limo. A lo lejos, figuras encapuchadas se acercaban, trayendo nuevos cuerpos, nuevos nombres para la ofrenda.

La losa rugía, insaciable. Ahora comprendía lo que Grazzi había dejado escrito en la última página de su diario, palabras que ardían de significado y vacío: “Aquí no termina nada. Aquí sólo nos fundimos en el apetito de la tierra, en la promesa de la savia y la memoria, repitiendo eternidades bajo la niebla.”

La llanura de Leng devoraba lo humano. Y los devorados, tarde o temprano, aprendían a añorar la raíz.

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