Portada del relato La Noche de los Ojos Lúgubres
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Fragmento:


El héroe, si así puede llamársele, penetró bajo la muralla y halló una sala cuyas paredes eran una sucesión de ojos petrificados. No eran pinturas; el arte es incapaz de capturar la repulsión absoluta de los orificios, cada cual tan grande como la cabeza de un hombre, cuyos iris parecían seguir cada movimiento, incluso después de desviar la vista. Las baldosas, extrañamente cálidas, vibraban al paso de Zirion-ha, quién blandió la Espada de Oricalco mientras murmuraba las letanías de Defensa que aprendió en las criptas derivativas de Ulthar. Nada le respondió, pero una imitación de voz —la del viento, corrompida— siseó al fondo del pasillo:

Duración: 08:37

La Noche de los Ojos Lúgubres
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Las tierras de Leng yacen, ignoradas, en las pesadillas de la humanidad, un páramo revuelto de témpanos errantes y torres rotas, bajo una aurora inmóvil y perversa. Pero hay otra Leng, más profunda y cruel, confinada a los bordes de la conciencia donde el acero se astilla, y la pálida hechicería que sólo los locos y los desesperados se atreven a invocar. Fue allí, entre los glaciares de púrpura y los lagos presos en la contaminación de pesadillas prehumanas, donde comenzó la última travesía de Zirion-ha, conocido como el Cauterio de Almas.

Zirion-ha había llegado a Leng no por simple navegación, sino guiado a vino y juramentos rotos, por el eco de una promesa que su propio padre murmurara en agonía cuando los Espectros Grises de las fosas de Uzh’Thal rasgaron la muralla de su sangre. Esperando redención —o venganza—, cargaba la Espada de Oricalco Fulgente, traída de las canteras de Ithilmar por una suerte que no era humana, forjada para resistir más que la carne o el tiempo.

Leng, en la víspera de la Luna Negrasangre, es un abismo de borrasca y resquebrajo, donde aún la luz misma tiembla y se quiebra en las hendiduras de la nieve. Zirion-ha avanzó por el desfiladero de Mont Porphyron, escoltado por brumas y presagios; pero ninguna voz de hombre ni ulular de ave interrumpía aquel rumor sordo que el viento arrastra entre las cuchillas de hielo. Tuvo la impresión de huellas centenarias repitiéndose bajo sus pasos: impresiones grotescas, alargadas, que parecían recorrer no sólo el valle, sino también las estancias del tiempo.

Fue al caer la noche —una noche sin estrellas y con un sol que sólo era una memoria rota— cuando Zirion-ha avistó la Muralla de Fulgor Fosforescente, inexplicable arquitectura, propia de pesadillas previas al hombre. Torres goteaban lágrimas de basalto; puertas desolladas exhibían runas cuya mera contemplación infundía náusea y visión doble. No había guardias. Nadie preguntó quién era ni por qué llegaba. El aire tenía un filo ácido. Al adentrarse en aquel recinto, Zirion-ha tomó conciencia de un fenómeno aún más horrendo: la realidad parecía inclinarse, y las sombras se distendían no en función de una luz invisible, sino obedeciendo la voluntad de algo oculto, expectante.

Apreté mi capa de pieles contra el pecho, sin poder evitar —yo, cronista y ruin espectador de toda esta tragedia—, que un frío de tumba invadiera mis huesos. Que quede claro: nadie era bienvenido en la Leng que respira bajo la Leng que duerme. Yo mismo, escriba novicio de Nyarlathotep en mi juventud perdida, sólo vine a conocer estos eventos por el testimonio desesperado de Zirion-ha, entregado en un lenguaje que no era del todo humano, apenas horas antes de que su carne estallase en cristales bajo la luna más oscura que ha contemplado la humanidad.

El héroe, si así puede llamársele, penetró bajo la muralla y halló una sala cuyas paredes eran una sucesión de ojos petrificados. No eran pinturas; el arte es incapaz de capturar la repulsión absoluta de los orificios, cada cual tan grande como la cabeza de un hombre, cuyos iris parecían seguir cada movimiento, incluso después de desviar la vista. Las baldosas, extrañamente cálidas, vibraban al paso de Zirion-ha, quién blandió la Espada de Oricalco mientras murmuraba las letanías de Defensa que aprendió en las criptas derivativas de Ulthar. Nada le respondió, pero una imitación de voz —la del viento, corrompida— siseó al fondo del pasillo:

“Tu sangre descubrirá el precio de recordar. Abandona toda cruzada, guerrero de epitafios.”

Pero la recordación, en Leng, es veneno; y los seres de Leng nunca olvidan. La sala se transformó, sin transición, en un Anfiteatro de Columnas Retorcidas, de cuyas grietas exudaba una baba pálida, y Zirion-ha tuvo la forzosa visión de cuerpos humanos fundidos con tentáculos, intentando sollozar desde sus fauces selladas. Mas el horror mayor no yacía en estos residuos, sino en el fulgor de una presencia invisible, tan vasta y densa, que alteraba la gravedad misma. Los Seres de Leng emergieron de la penumbra, vestidos con trajes espasmódicos de huesos pulidos y velo aterciopelado.

No caminaban: reptaban; no gesticulaban: vibraban. Las caras de los Seres eran alargadas y blancas, la piel tan translucida que los vasos parecían los trazos de un daguerrotipo macabro. Sus bocas permanecían selladas, pero en sus cráneos se abrían cientos de ojos diminutos, cada cual derramando una lágrima fosforescente.

Los Seres traían armas, pero no de hierro: lanzas modeladas en líquenes endurecidos, cuya mera visión provocaba vértigo. El líder, portador de una maza cuyas púas palpitaban con vida propia, transmitió su mensaje sin palabras a la mente de Zirion-ha:

“Decapitador venido de la otra orilla, ¿aspiras tú a interrumpir el banquete? ¿Nunca te enseñaron las censuras que preceden el recuento de los nombres? Aquí ni el hierro corta, ni el grito es eco.”

Desenvainando la espada de Oricalco, Zirion-ha replicó según la antigua fórmula guerrera: “Busco aquello que robasteis de mi sangre, pues fue de mi padre y del padre de mi padre. He cruzado el Miedo y la Nieve; devuelvo gritos con gritos.”

El Ser, erigiéndose como lago negro en medio de la nada, asumió el desafío. Una docena de sus cohortes se abalanzó a destiempo, lanzando zarpazos con sus armas vivas. Cada movimiento de Zirion-ha era una lección de dolor: la hoja de Oricalco resplandecía y sometía, pero a cada herida infringida, los monstruos retrocedían, reemplazando los cuerpos caídos con nieblas de gritos que buscaban enredar las extremidades del guerrero.

Zirion-ha sintió entonces un cambio: la sangre que brotaba de sus propias cortaduras no caía al suelo, sino que se retorcía en el aire; cada gota ascendía flotando y se precipitaba dentro de los ojos de la muralla, que palpitaban y se ensanchaban por la ofrenda involuntaria. El héroe comprendió —demasiado tarde— que todo combate era una ceremonia, destinada no a decidir la vida o la muerte, sino a engrosar el vórtice hambriento de la conciencia colectiva de los Seres de Leng.

El combate no podía ser ganado. Zirion-ha fue herido, su espada embotada con la sustancia corrosiva que rezumaba de las lanzas. El líder de los Seres pronunció, con la voz de todos los condenados allí reunidos, un veredicto:

“Quien derrama sangre en Leng, bebe de su propio esquife. Ninguna memoria vuelve indemne de la Carcoma del Frío.”

Zirion-ha, ya moribundo, con el brazo izquierdo convertido en una rama de liquen y el rostro devorado por las bocas mudas del aire, sintió que caía al centro del Anfiteatro. Allí, en el fondo, una gran Poza de Agua Muerta lo aguardaba. No reflejaba nada: ni la sala, ni las bestias, ni el propio Zirion-ha; era la negación misma de lo real, un abismo desprovisto de todo significado.

Antes de precipitarse sobre la superficie, la mente de Zirion-ha fue invadida por recuerdos ajenos: la masacre de los primeros exiliados de Ulthar, los sueños interrumpidos de los forjadores de Ithilmar, los pactos firmados con alienígenas de otros mundos, y el instante en que, en la noche previa al amanecer, su padre aceptó el anillo funesto que vincula toda genealogía con la condena eterna de Leng.

El agua no estaba fría. Era algo peor: era indiferente, y el corazón de Zirion-ha, durante lo que pareció una centuria, latió aceleradamente antes de dejarse llevar, triturado en líquido translúcido, hasta fundirse con toda memoria robada.

Los Seres de Leng volvieron a sellar la sala, y los ojos de la muralla, ahora más hambrientos, recorrieron la estancia en busca de nuevos rostros. Yo, testigo involuntario, me retire entre lágrimas y temblores, perseguidor de ecos que nunca debieron llegar a mis oídos. El recuerdo de Zirion-ha subsiste, pero sólo en la escritura robada, pues toda victoria en Leng no se traduce en gloria, sino en perpetua derrota.

Por eso, si alguna vez el frío te acaricia la nuca cuando crees estar seguro, si sientes el eco de pasos invisibles en tu santuario, recuerda que toda promesa de venganza pagada con sangre abre grietas al otro lado del mundo, y que aún el acero más puro se dobla en el umbral de una Leng demasiado antigua para pensar en términos humanos.

Quien lee estos párrafos debe decidir si arroja este manuscrito al fuego, o si escribirá su propio nombre al pie de la página, aceptando la transmisión involuntaria de la Carcoma del Frío. Pero advierto: ya ningún papel puede ocultarnos del roce extático de aquellos ojos que esperan en la Muralla, y ninguna espada de Leng, por invicta que parezca, puede redimirnos de la memoria infinita de los Seres que gobiernan en las grietas del hielo y las grietas de la mente.

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