Portada del relato Susurros en la Floración Abisal
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Fragmento:


El aire allí poseía una cualidad pastosa, como si estuviéramos respirando a través de algas invisibles. Cuando descendimos a explorar, provocados por la curiosidad y las libras prometidas, lo primero que notamos fue el aroma: no a sal o restos marinos, sino un tufo floral, dulce en exceso, que se pegaba al paladar. A nuestro alrededor emergían brotes de coral y anémonas fosforescentes, pero ninguna se parecía a lo que Borges o Darwin hubiesen descrito. Movían sus tentáculos sin viento, en respuesta a la respiración de la roca misma desde donde surgían. Trozos de cerámica, cuentas de turquesa y fragmentos de hueso humano despuntaban entre el musgo calcáreo; señales de que otros, mucho antes, habían cedido a la promesa del lugar.

Duración: 10:37

Susurros en la Floración Abisal
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Texto de ajuste de pausa.

A nadie, que no esté ya formado en la paciencia y la aceptación del pánico convertido en una forma de vida, le sería posible soportar la espera en la goleta ‘Estrella de Gadeir’. Ni el mismo capitán Brenet, por más que presumiera de su linaje atlántico y del aguante de los hombres moldeados por generaciones de neblinas y húmedos inviernos, podía ocultar cierta inquietud en el temblor de sus nudillos cuando nos acercábamos al confín entre la cartografía y el vacío. Si los mapas mentían –y era natural que mintieran, pues los marinos de antes aprendieron a dejar islas vacías en los rincones más olvidados del pergamino– era para proteger a los hombres de sí mismos: nada hay tan irresistible como lo que fue borrado, ni tan mortal como lo que estaba por ser redescubierto.

Partimos del puerto en la costa ibérica días después de la gran tormenta, llevando órdenes vagas, viejos rencores y la promesa de una paga grotescamente alta de parte de un notario que decía representar a una sociedad de arqueólogos. Éramos, sin excepción, hombres acabados: deudas, crímenes menores y hasta la enfermedad juvenil del hambre nos habían dejado allí, frente a una proa que apuntaba hacia los desiguales rangos de azul que separan el mundo mortal de los territorios que la memoria ha renunciado a reclamar. Nuestro destino –así nos lo vendieron– era investigar los rumores de unos peñascos que emergían cada medio siglo en un área que sólo los pescadores más viejos mencionaban, a medias entre una advertencia y una oración, y que en los días antiguos se conocían como las Formaciones de Karkassa.

La primera noche, los hombres aún bromeaban. Era fácil hacerlo entre cañas y marineras palmaditas en la espalda. Nadie creía de veras que el mar pudiera ocultar algo que resistiera los años. Cuando cruzamos las últimas rutas seguras y el farol de la civilización languidecía en el horizonte, el viento cambió sutilmente. Sopló frío incluso a mediodía, y cuando el barco caía en algún bache de las olas, parecía emitir sonidos que no pertenecían a la madera ni al casco: un algo áspero y arrastrado, como de piedras frotándose bajo toneladas de abismo. Nadie habló de ello en voz alta la primera noche.

Pero esa misma madrugada, uno de los mozos de cubierta, Oleg, un ruso exiliado, aseguró haber avistado faros verdes, borrosos y descompuestos, danzando a lo largo del horizonte oriental. Lo mismo habría dicho cualquiera privado de sueño, pero un brillo verdoso, húmedo y resbaloso como la piel de una anguila, se extendía por la bodega cuando bajábamos agua dulce. Nos convencía de que algo más, tentador o hambriento, compartía nuestro trayecto.

El tercer día fuimos sorprendidos por una niebla tan densa que el timón sólo servía para mantener una ilusión de control. Las brújulas, invariablemente, giraban en círculos. Nuestras voces se amortiguaban en un aire saturado, enrarecido, que transformaba los propios pensamientos en ecos deformes. A veces creía oír la voz de mi madre en los gritos de las gaviotas, o a mis compañeros susurrando pactos rotos. Aún así, proseguimos.

Al cuarto amanecer emergió una silueta imposible, primero como una sombra densa, luego como un promontorio real marcado por centelleos verdes y anaranjados. Las Formaciones de Karkassa eran, en realidad, un conglomerado de bloques dentados, obras de la presión y las corrientes, pero también –y nunca nos atreveríamos a decirlo en voz alta– de una geometría radicalmente ajena. Ningún lecho marino, por su propio capricho, habría erguido obeliscos tan retorcidos, cubiertos de una pátina translúcida semejante a flores abisales petrificadas. Procuramos anclar en la zona menos escarpada, aunque cualquier elección sugería un riesgo voluntario.

El aire allí poseía una cualidad pastosa, como si estuviéramos respirando a través de algas invisibles. Cuando descendimos a explorar, provocados por la curiosidad y las libras prometidas, lo primero que notamos fue el aroma: no a sal o restos marinos, sino un tufo floral, dulce en exceso, que se pegaba al paladar. A nuestro alrededor emergían brotes de coral y anémonas fosforescentes, pero ninguna se parecía a lo que Borges o Darwin hubiesen descrito. Movían sus tentáculos sin viento, en respuesta a la respiración de la roca misma desde donde surgían. Trozos de cerámica, cuentas de turquesa y fragmentos de hueso humano despuntaban entre el musgo calcáreo; señales de que otros, mucho antes, habían cedido a la promesa del lugar.

Después de una hora, el mar cambió. El oleaje retrocedió sin razón. Los sonidos –incluso el rechinar de nuestra madera– se amortiguaron como si hubiéramos sido encerrados en una burbuja submarina. Las corrientes se volvieron viscosas, el agua obtenida para limpiar las manos formaba patrones imposibles sobre la piel, remolinos diminutos que bailaban como insectos.

El primero en desaparecer fue Lemieux, que prefirió alejarse por el promontorio más alto aduciendo que divisaba estatuillas grabadas en la piedra y oro batido incrustado entre los líquenes. Nadie más lo vio, pero antes de que se perdiera, escuchamos una letanía proferida en un idioma olvidado, brotando de ninguna parte. Un canto que reverberaba a través de las fisuras del acantilado, acompañando el crecimiento tardío de las anémonas, que pulsaban al ritmo de esa melodía subterránea.

La caída de la tarde transmutó la luz: el sol se transformó en un disco enfermo que todo lo volvía aceitunado, y la niebla que cubría el horizonte parecía clavada en su sitio, tan sólida como el acantilado. Intentamos encender faroles para alumbrar los restos de la vieja ciudad que creíamos entrever bajo el agua rasgada, pero ninguna lámpara obedecía. Incluso el propio Brenet, que no creía en conjuros ni en maldiciones, sudaba profusamente y murmuraba entre dientes plegarias heredadas a través de siglos.

Por la noche, la goleta crujió como si mil dedos invisibles la inspeccionaran. Oleg, insomne y febril, escuchó un batir de alas entre la niebla. Otros aseguraron que las flores abisales debajo del casco se habían tornado translúcidas, dejando ver raíces o zarcillos que proferían destellos de color cobre. Dormitar era una imposibilidad; el propio tiempo parecía suspendido, estancado en una exhalación abrupta del mar inmóvil.

Así pasó una eternidad encapsulada en apenas diez horas. La mañana trajo un grito: uno de los marineros, De Santi, había encontrado a Lemieux, o mejor, lo que quedaba de él, en una repisa de piedra: la piel tensada como cera y los globos oculares estallados, pero su boca contorsionada en una sonrisa beatífica. Sus carnes, bajo el cuello, parecían florecidas de hongos perlados y nervaduras que expandían humedad con cada latido de la marea.

Brenet, blanco como los manteles de las casas ricas que jamás pisó, intentó meter los restos de Lemieux en una lona, pero el tacto fue suficiente para contagiarle el pánico: el cadáver exudaba liquen, y del interior, entre las costillas, se deslizaban renacuajos opalinos con minúsculos ojos brillantes, como esferas de mercurio.

Traté de poner en palabras mi miedo, pero sólo pude balbucear fragmentos de lo que la visión me arrancaba a tirones: bajo esas flores y líquenes, yacían capas de huesos, herramientas y monolitos caídos, todos orientados hacia una grieta abisal en cuyo interior palpitaba un resplandor verdoso, vasto y móvil, como si una inteligencia informe acechara. Alguna vez, seguramente, eso fue una ciudad, pero su arquitectura sugería seres que no temían ni al agua ni al tiempo. Lo que florecía era, a la vez, herencia y sentencia: una civilización ya devorada, un eco que sigue creciendo por sus propios medios arcanos.

La tarde siguiente, los sonidos se adensaron otra vez. A lo lejos –lo suficientemente lejos como para no saber si emergían del mar, o de nuestras mentes– escuchamos auténticos coros de voces. Parecían palabras, pero de una lengua que usaba el agua como intermediaria. Las flores carnívoras se abrieron junto al casco, mostrando fauces plagadas de língulas que danzaban en la brisa, y de ellas brotaba ese mismo aroma dulce y persistente que antes creímos inofensivo.

Fue entonces que Brenet, envalentonado o poseído, decidió encabezar una expedición menor para arrojar al mar los restos de Lemieux. Yo lo seguí, incapaz de dejarlo solo en medio de la locura. Al depositar el cuerpo en el agua, una serie de burbujas enormes subió hasta la superficie. Por un instante, la marea subió tanto que la goleta se alzó varios metros, y el agua de alrededor se oscureció hasta el punto de parecer tinta. Debajo de nosotros, algo se agitó en la grieta: un pulso luminoso, una estructura que era parte coral, parte hueso, y absolutamente consciente de nuestra presencia.

Ahí, lo entendí: todo lo que habíamos hecho allí era responder a una llamada. Nada de lo que quedaba en la superficie descendía en esas profundidades porque el mundo lo hubiese olvidado: descansaba allí porque todavía, de algún modo antinatural, seguía vivo. Las víctimas humanas, los restos de antiguos navegantes, no eran ofrendas o simples casualidades perdidas por la tormenta y la desesperanza, sino intentos perpetuos de alimentar o calmar esa consciencia imposible, esa herencia abisal que no puede –ni debe– ser despertada.

Intentamos huir, pero el mar nos retuvo. Amarres que nunca se soltaban cedieron de golpe; la niebla se solidificó rodeando el barco. Las garras de las flores marinas crecieron en segundos, engullendo los remos, fusionando madera y carne con pánico primigenio. A mis pies, las baldosas líquidas de la cubierta mudaban su grano: tomaron formas de rostros extasiados, admirados y aterrorizados, eco de los primeros y últimos habitantes de las Formaciones, todos arrastrados allí por la insaciable memoria marina.

Sufrimos cada uno nuestro naufragio. Brenet, tragado por una olla de tentáculos, desapareció con un sonido seco y blando; Oleg, que gritó hasta el último instante, fue absorbido por una grieta en la roca, dejando tras de sí sólo la huella húmeda de un hombre hecho polvo por el miedo. Los demás, barridos de cubierta por la marea ascendente, jamás reaparecieron.

Quedé solo, o quizá fui parte de la sinfonía de voces que aún ronda, invisible y masticada, bordeando la espuma verde y las piedras que florecen cada ciclo. Desde entonces, escribo esto una y otra vez, sobre madera, piel, algas y hasta sueños. No me quedan más ojos para contemplar la salida, ni más palabras para advertir a los supervivientes de la llamada imposible de esas piedras sumergidas.

A veces aún siento el aroma floral, pegajoso y dulce, elevarse desde el abismo bajo mis pies. Pienso en Sarnath, en las ciudades que desaparecen sin dejar rastro, y en las que, sin desaparecer nunca, acechan a quienes se atreven a recordarlas. Si alguna vez una niebla demasiado densa le impide ver la costa, y un perfume fértil le turba el juicio en aguas frías, rece. No para ser salvado, porque esos lugares conocen oraciones mejores y más antiguas. Rece tan sólo para olvidar, porque en el fondo, lo que florece también sabe llamar y recordar.

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