El viento soplaba con la insistencia húmeda del mar, trayendo consigo el retintinear de boyas lejanas y, mezclado con la sal en el aire, un sutil aroma a hierbas marchitas. Al atardecer, el pueblo de La Caleta, encajonado entre acantilados y lagunas estancadas, parecía un lugar donde el tiempo se arrepentía de seguir adelante. Las casuchas de madera, encaramadas en la roca, tenían ventanas ciegas y techos hundidos, y sus moradores se deslizaban por las callejas como sombras hoscas, apartando la vista de los forasteros.
Syboth había llegado allí por la sugerencia de un viejo colega universitario. Le dijo, entre risas nerviosas, que si quería auténticos terrores para su nuevo estudio sobre cultos marginales, debía ir a La Caleta y preguntarle al tabernero del Faro Rojo por el "círculo". Syboth, etnólogo experimentado, conocía la excitación que producía enfrentarse a las leyendas de pescadores y las historias de monstruos al pie del agua. Pero la excitación era sobre todo intelectual, distante y segura, como si el conocimiento le protegiera. No imaginaba entonces cuán errada era esa suposición.
La noche de su llegada, el Faro Rojo resultó ser la única fuente de luz animada en todo el malecón. Era un tugurio viejo, con antorchas que tiraban más humo que llama. Unas pocas figuras bebían en silencio, ocultas tras mugrientas barbas y gorros de lana raídos. Syboth notó que todos miraban sus manos o sus vasos cuando entró.
Se sentó en un rincón y pidió ron. Cuando apareció el tabernero, un hombre ancho, de piel como cuero curado y ojos grises como perlas muertas, Syboth le sonrió.
—Busco información—dijo en voz discreta—. Estoy escribiendo sobre antiguos cultos marinos. Un amigo me dijo que aquí quizá sabían del “círculo”.
El tabernero no parpadeó. Sólo miró largo a Syboth, como evaluando si aquel hombrecillo limpio y nervioso era más idiota que peligroso. Finalmente, murmuró:
—¿El círculo? ¿El círculo de Dagón, dice?
Syboth asintió, intentando parecer valiente.
—En este pueblo aún se celebra. Y le advierto, no es juego ni cuento turístico. Si quiere mirar, lo miraré irse por la mañana. Nadie vuelve igual.
Syboth rió, para disimular el escalofrío.
—Tengo costumbre de supersticiones gruesas, amigo.
El tabernero puso el vaso sobre la mesa tan fuerte que el eco reverberó en las vigas.
—Aquí no es superstición. Aquí es ley. Si en verdad quiere ver, esté mañana a medianoche en el viejo cementerio de pescadores. Vaya solo. Recuerde: en cuanto la ceremonia empiece, no haga sonidos, no se mueva, y no mire al mar, pase lo que pase.
Syboth, aun advirtiendo el aumento de tensión entre las sombras del local, prometió hacerlo.
La noche siguiente, envuelto en su abrigo y armado con su cuaderno y grabadora, caminó las veredas embarradas hacia el cementerio. La niebla estaba cerrada y densa, la luna era un fantasma entre jirones blancos. Entre las tumbas, envueltas en piedras lisas y con cruces corroídas, distinguió un círculo de hombres y mujeres, todos cubiertos con túnicas pesadas. Apenas susurraban en un idioma gutural y ajeno a sus oídos académicos. Avanzó, procurando no hacer ruido.
Se ocultó tras una lápida vieja, apenas unos metros del círculo. El aire vibraba con la cadencia del rezo, y de pronto, las voces callaron. El silencio era tal que escuchaba su propia sangre.
De las sombras emergió una figura distinta. No llevaba túnica; iba desnudo, y su piel relucía con una textura indefinible, como si estuviera cubierta de escamas lívidas. Llevaba una especie de tiara de cobre verde, y los ojos, enormemente abiertos, reflejaban la luz de un cuenco que otro acólito sostenía. La lumbre del cuenco era azul, apenas titilante.
El oficiador levantó la vista al cielo y comenzó a hablar en una lengua más gutural aún. Con cada sílaba, la luz azul oscilaba, y Syboth sintió una presión sobre el pecho, como si el aire estuviera sometido a otro tipo de gravedad.
Los viejos del pueblo decían que los seguidores del Círculo de Dagón adoraban a los que dormían bajo el mar, seres tan antiguos como la lava y el hielo, y a quienes ofrecían carne y fe. Syboth, instruido en escepticismo, comenzó solo entonces a cuestionar lo que veía, porque a intervalos, un ruido subía de la costa: arrastrado, húmedo, como el roce de mil manos palmeadas sobre las piedras.
El líder se arrodilló, tomó del cuenco una sustancia aceitosa y, murmurando, la derramó sobre la tierra entre las tumbas. Un resplandor verdoso emergió y el suelo pareció latir. En ese instante, Syboth notó que la niebla había cambiado; ahora era un vapor denso, de olor penetrante, a ozono y yodo.
El grupo comenzó a cantar con notas disonantes. Los ojos del oficiador brillaron con un reflejo sobrenatural y, súbitamente, todos en el círculo miraron al mar.
Syboth sintió, por primera vez, la compulsión de volverse. Su cuello suplicaba por ver el origen del horrendo rumor, que ahora sonaba como olas masticando huesos. Quiso resistir. La advertencia del tabernero pulsaba en su cabeza. Pero entonces una figura se alzó en la niebla, junto al agua: dos metros de altos, ojos como faros, piel que chorreaba lodo y con branquias latiendo al ritmo de un corazón antediluviano. Era el Guardián, el emisario de Dagón, y Syboth, con el alma helada, supo que ningún libro lo había preparado para aquella visión.
El Guardián avanzó tambaleante y el círculo abrió paso. El oficiador se inclinó reverente; sus voces se fundieron en un susurro apenas perceptible. Syboth notó que algunos se apartaban, retrocedían con la cabeza baja. Otros, en cambio, se acercaban, murmurando palabras de éxtasis. Uno de ellos, un hombre viejo, extendió los brazos y la criatura lo tocó con uno de sus dedos palmeados. El anciano empezó a temblar y su carne se onduló como si bajo su piel nadaran pecesos. Su rostro cambió: los ojos agrandados, la boca distendiéndose hacia las orejas, y luego, con un grito ahogado, cayó al suelo convertido en una masa viscosa y resbaladiza.
El Guardián murmuró algo, y todos los demás repitieron, pronunciando un nombre: “Syboth… Syboth…”
El etnólogo se dio cuenta, demasiado tarde, que su presencia jamás había sido secreta. El tabernero, el líder, todos sabían que habría un testigo, uno que sería parte de la ofrenda, la llave para una nueva gracia.
Sintió el rostro tenso, las piernas de plomo. Quiso huir, pero el Guardián giró su cabeza hacia él. Unos ojos que eran como pozos sin fondo lo miraron, y, aún sin palabras, Syboth sintió la llamada mental: “Acércate.”
En trance, Syboth se levantó y, sin voluntad propia, salió de su escondite. El círculo se abrió, acogiendo su entrada. Nadie intentó detenerlo. El Guardián estaba ahora tan cerca que la humedad de su aliento le azotaba el rostro. Los acólitos alzaron las manos y corearon un cántico, que era promesa y amenaza a la vez.
El oficiador habló:
—Acepta o rechaza, humano. Hazlo por tu honor, pero recuerda, todo lo que se pierde aquí, se gana en la sima.
Syboth, temblando, miró a la bestia. Dentro de sí, navegó por el pánico, la incredulidad, la negra esperanza de que solo soñaba. Pero no pudo pronunciar palabra alguna.
Sentía que algo tironeaba de su mente, algo con la textura de tentáculos mojados, que rozaban sus pensamientos y les arrancaban recuerdos imposibles: fragmentos de océanos oscuros, ciudades bajo el mar donde criaturas de sus peores pesadillas gobernaban impasibles. La sensación era, a un tiempo, terrorífica y extrañamente seductora.
El Guardián extendió sus dedos membranosos y tocó la frente de Syboth. Sintió como si un aguijón de hielo le perforara el cráneo. Cayó de rodillas. Su visión se llenó de abismos iluminados por bioluminiscencia, ruinas ciclópeas, columnas de obsidiana y tronos de corales ensangrentados. En el confín de ese cosmos marítimo, vislumbró una presencia más vasta aún, cuyos nombres sólo pronunciaban peces ciegos y monjes dementes en catacumbas sumergidas.
Vociferó una palabra, y Syboth, entre convulsiones, comprendió: Dagón exigía su aceptación, o su alma sería desgarrada y tirada al hambre de las fauces del abismo.
El hombre, por instinto y razón, trató de negar, de resistir. Pero era como forcejear contra el peso de todo el océano.
Y entonces sucedió otra cosa, algo inesperado. Syboth, en su desesperación, creyó sentir otra voz, distante pero familiar, que respondía desde sus propios recuerdos. La voz de un superviviente antiguo, un resabio de su raza que, en noches muy tenebrosas, afrontó monstruos semejantes y vivió para contarlo. Fue una chispa, una llamarada de coraje humano en mitad de la tiniebla.
El Guardián pareció vacilar, percibiendo la pugna interior de Syboth. Los acólitos se estremecieron. El cuenco azul titiló y el aire repiqueteó como si docenas de ranas croaran al unísono.
Zambullido en ese mar enloquecedor, Syboth extrajo de algún rincón interno una palabra prohibida, leída una vez en un grimorio polvoriento de Mesopotamia: “Isyr.” La pronunció jadeando.
Instantáneamente, el Guardián se retiró un paso, y una grieta atravesó el círculo de rocas. El suelo tembló. Los acólitos retrocedieron en masa, temerosos. El Guardián bramó, un rugido imposible que envió a Syboth a su espalda, aturdido. El cuenco azul se apagó, y la criatura retrocedió lentamente hacia la costa, envuelta otra vez en la niebla.
Nadie ayudó a Syboth a levantarse. Nadie pronunció palabra. Solo se quedaron, de pie, mirándolo con una mezcla de odio y asombro. El líder finalmente se acercó.
—Lo has rehusado. No volverás a entrar aquí, ni tu estirpe. Vete ahora, mientras todavía puedes.
Syboth cogió su cuaderno destruido y corrió, tropezando por el cementerio, jadeando hasta su pensión. No durmió en toda la noche. Al amanecer, huyó de La Caleta sin mirar atrás.
Durante años, esa noche lo persiguió en sueños. Pero había cambiado, lo sabía: en la penumbra, a veces, sus pupilas se dilataban más de lo natural, y en la ducha, a veces, su piel relucía con reflejos de escama bajo la luz del neón.
A veces oía, muy lejos, el eco del mar llamándolo. Sabía que el horror de la sima podía haber sido rechazado… pero nunca olvidado. Porque una vez que se mira al Guardián, una parte de la marea se queda en uno. Y con la siguiente tempestad, esa parte puede despertar.
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