Portada del relato El Sigilo de N’yarl-Khopeth
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Fragmento:


—Eres puntual —susurró con voz líquida—. Los textos acertaron contigo.

Duración: 09:28

El Sigilo de N’yarl-Khopeth
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Texto de ajuste de pausa.

Serían casi las dos de la madrugada cuando comencé a escribir esto, desde la desesperanza y el cansancio, convencido de que la catástrofe está cerca; tal vez, mientras mis manos aún obedezcan mi voluntad, pueda legar un testimonio útil, siquiera como advertencia. Nada deseo tanto como olvidar, pero la memoria sangra y el terror imbuido en mis huesos torna el olvido un lujo imposible. Quizá, en este afán, la muerte misma se apiade de mí, envenenando mi lápida con el silencio definitivo.

Mientras la ciudad dormía bajo la fría luz de oeste, recibí una carta sellada con una cera negra, carente de remitente, y escrita en una vieja lengua cuyos caracteres reconocí por mis estudios en la vetusta universidad de Arkham: era una de las muchas lenguas prohibidas de los Manuscritos Pnakóticos. La esquela en su interior sólo decía: “La invitación aguarda al hombre sabio y al buscador de cicatrices. Esperamos tus pasos bajo el farol morado, donde la grieta llama.

Byron T. Hathaway, Custodio.”

El horror precoz me mordió con la precisión de una serpiente. Quién sino los nefastos adeptos de los Antiguos emplearía semejantes frases, y para qué motivo, salvo catástrofe y profanación de la naturaleza irrevocable. Había leído, demasiado, acerca de cultos sibilinos y sacrificios oscuros, y jamás habría considerado entrometerme activamente… pero mi propio pecado fue la curiosidad, como si un hálito invisible y húmedo soplara tras mi oído, empujándome hacia la destrucción.

No me resignaba a reposar invadido por una ansiedad tan descarnada, y la persistencia del farol morado, objeto de la críptica referencia, resultaba exquisitamente imposible en la ciudad de Kingsport: algún vigía, algún investigador había de saber si tal sitio existía verdaderamente. Salí, portando tan solo una linterna, una pistola carcomida por el oxido, y una fe que, ya desde entonces, oscilaba entre la incredulidad y la necesidad urgente de creer.

La noche me recibió con extraña quietud, y mientras recorría las calles estrechas y tortuosas del barrio sur, percibí la desolación de los callejones olvidados. Pronto me hallé frente a la intersección de la calle Gawen y Baker, donde una farola, en efecto, arrojaba una luz inusitadamente morada sobre los adoquines envejecidos. Una sombra inaudita se arremolinaba bajo el farol, proyectando figuras geométricas que no se correspondían con la lógica de la luz y la materia.

Mi pulso retumbaba bajo la fina piel de las sienes. Traté de convencerme de que me encontraba en el umbral de una broma cruel, pero un hedor, a agua estancada y carne olvidada por los dioses, disipó mi escepticismo: allí sucedía algo ajeno a toda comprensión.

A los pies del farol, marcada en el suelo con tiza negra, yacía una grieta, como una cicatriz imposiblemente recta que exudaba un calor nauseabundo. Ningún otro detalle me aludía a sentido, salvo la aparición, tras lo que parecía un parpadeo, de un hombre de edad indeterminable cuyo rostro recordaba las fases de la luna: Byron T. Hathaway.

—Eres puntual —susurró con voz líquida—. Los textos acertaron contigo.

Mírame, reflexiono ahora, marchito mientras la memoria me despeña hacia el abismo, apremiado a contar hasta el fin. Aquella noche, Hathaway me instó a avanzar, y la grieta se abrió ante mis pies como una boca sin fondo. Luché con todas mis fuerzas por resistirme, pero la gravedad era otra y los conceptos, allí, no obedecían ya a los dictados humanos. Cayendo, sentí el aire romperse en fragmentos, y los olores adoptaron estructuración: podía distinguir el miedo visualmente, y la tierra cantar desde sus vísceras abiertas.

No hay lógica en el descenso; solo desintegración. Desperté sobre lo que parecía una plaza, bajo techumbres hechas con huesos pulidos y negro asfalto aceitoso. Era la Biblioteca de Asfalto y Hueso, la legendaria cripta censurada en los escritos de Alhazred, sólo susurrada por los dementes que alguna vez cruzaron la frontera de la cordura.

Decenas—no, cientos—de figuras encapuchadas se arrastraban en húmedas procesiones entre los estantes de cráneos. Hathaway me sonrió con labios apretados, y avanzó por un corredor de pizarra hinchada, cuyo final conducía hasta un salón cilíndrico de apariencia ciclópea. Cada rincón parecía rugir de voces apenas acalladas:

—Observa y aprende, hijo del polvo. Aquí duerme la memoria; aquí susurramos, y el Abisal responde.

Sobre un altar, el mayor libro que jamás soñé contemplar reposaba abierto: las cubiertas estaban hechas de piel humana, y los folios goteaban un fluido similar a la linfa pero de pigmento violetáceo. Inscripciones danzaban ante mis ojos, y tenía la certeza de que su lectura implicaría perder, para siempre, la esencia de mi individualidad.

—No temas al cambio —entonó Hathaway—. Somos los devotos de N’yarl-Khopeth, Aquel Que Vigila Más Allá de las Puertas. Han sido convocados por tu mente y tu dolor.

Me asaltó el pánico. Quise huir, pero los encapuchados se arremolinaron, murmurando palabras que descomponían el aire, y entonces, vi la entrada de la Aurora Impaciente—aquel vórtice burbujeante en el techo cóncavo, del cual colgaban tentáculos translúcidos y ojos flotantes—y comprendí que los símbolos de los Antiguos no eran meras fantasías, sino sistemas de dominación que buscaban huéspedes humanos para engendrar nuevas realidades, sueños dentro del sueño universal.

El rito, me di cuenta con horror, era inevitable.

Los siguientes acontecimientos, aunque grabados en mi parecer, resultan casi imposibles de describir sin sucumbir a balbuceos y delirios. Mi cuerpo, tal vez sólo una sombra de lo que fui, flotaba suspendido frente al libro, y la voz de Hathaway me golpeaba desde dentro de mis sienes. “Lee y sé leído, para que la devoración sea total.” Bajo la mirada de la Congregación, mis articulaciones se retorcieron y mi boca pronunció, sin mi control, los fonemas improbables de la lengua ancestral. Personas ilustres se inclinaron: vislumbré rostros que habían perecido hacía siglos, reconocí filósofos muertos y criminales ahorcados.

La lectura, lo supe instantáneamente, vinculaba mi conciencia a los residuos de otras almas igualmente atrapadas. Un torbellino de pensamientos ajenos, terrores inconfesables y anhelos inexpresables me atravesó. Floté fuera del tiempo, y vi la urdimbre de la Biblioteca ramificarse hacia los clásicos sumideros prohibidos mencionados en los Textos de los Gules, hasta el último rincón de la creación: aquí, la realidad era una trama tenue, y las voluntades no eran sino el eco risueño de voluntades más vastas.

En algún punto, percibí el rostro difuso de N’yarl-Khopeth: ni dios ni demonio, sino el recordatorio de nuestra fundamental insignificancia. Cambiante como el mercurio, sin piel, sin ojos, su boca ocupaba el espacio mismo, murmullando plegarias cuya comprensión garantizaba la locura. Hathaway, o lo que había sido Hathaway, se aproximó como una mueca antropomorfa.

—La grieta se abrirá en la superficie, tal como fue predicho —susurró—. Un nuevo huésped, un nuevo ciclo. Debes regresar a advertir, o a atraer.

Me expulsaron tan violentamente como me absorbieron. Al despertarme, me hallé en la intersección de Gawen y Baker, la farola morada titilando débilmente. Nadie en las calles, ni rastro de Hathaway ni señales visibles de la grieta. Mi piel supuraba un sudor aceitoso que nunca había sentido, y mis recuerdos pujaban, como los de un sonámbulo que lucha por salir del letargo. Sufría de insomnio y todo color en mi percepción parecía virado al violeta más letal.

Desde entonces, vivo cansado, con la certeza de contar algo irrefutable e intransmitible. En sueños, la Biblioteca de Asfalto y Hueso reaparece y sus custodios, personificación de horrores pretéritos, me exigen completar la lectura. Cuando trato de advertir a alguien, palabras desconocidas fluyen de mi boca y los hombres se alejan, temerosos. Los encapuchados me observan desde los umbrales de la vigilia, aguardando el momento de arrastrarme nuevamente, esta vez por siempre, bajo la farola purpúrea.

A medida que pasan los días, descubro símbolos tallados bajo mis uñas y en la pulpa de mi lengua, recuerdos impresos en carne viva. Alguien—o algo—canta, cada noche, desde la grieta invisible en la que habito entre dos mundos. Sé que pronto terminaré mis frases en una lengua extranjera, y que, cuando la grieta se abra de nuevo, Kingsport ya no será una ciudad, sino una boca insaciable para la bibliografía antediluviana de los Antiguos.

Por favor, no busquen la farola morada, ni la grieta, ni a Hathaway, si desean vivir algo próximo a la paz mental. No indaguen en el lodo ancestral de los manuscritos prohibidos. Yo ya no seré jamás el hombre que era. Ni siquiera sé si estas palabras lleguen a algún tipo de comprensión humana. Quizá sólo otro lector, en otro ciclo, en otro desastre inevitable, pueda rozar el sentido.

Porque he visto el Ojo de la Aurora Impaciente, y he sentido el tacto inhumano del guardián sin rostro. Ahora, sólo queda aguardar el despertar definitivo, la invasión silenciosa de los Antiguos, para quienes la humanidad es sólo una nota al pie en el libro de la voracidad eterna. Amén.

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