Portada del relato La lujuria de la Voz sin Cuerpo
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Fragmento:


Me guiaron, contrito y fascinado, a una cámara aparte, alfombrada de seda púrpura y saturada de efluvios irisados. Allí, en el centro, no había más que una gran lámpara tallada en ónice, de la que pendían hilos de ámbar, y bajo la lámpara, un círculo de tiza y sangre. Lady Hurin tomó mi mano, la cayó sobre el círculo y susurró palabras en una lengua inasible. Un escalofrío cruzó mi espinazo. El vino parecía burbujear en mi mente y mi carne vibraba de anhelos no míos.

Duración: 08:59

La lujuria de la Voz sin Cuerpo
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Texto de ajuste de pausa.

Entre los yermos solares donde Cithra, la ramera cenicieta, oficiaba sus cultos privativos a Ildrak el Sinforma, jamás penetré, pues no era yo suficientemente insensato para tentar tal abismo de lujurias innominadas. Sin embargo, os contaré de otro abismo, menos célebre y, sin embargo, infinitamente más próximo, cuyas paredes fragantes y cuyo aliento hondo todavía vibra en mis sentidos. Mis compañeros de la Sociedad de Placeres Infinitos (sociedad digna más bien del silencio y la sombra que de la luz dominical), me habían prevenido entre bromas y guiños apenas terrenales: "Lo que hallarás más allá de la Puerta de Perfume no es para hombres cobardes o necios de espíritu". ¿Y quién era entonces yo, si no ambos a la vez, cuando permití que la curiosidad (esa antigua y traicionera prostituta) me guiara la noche de aquel jueves a la mansión de lady Hurin, en la calle Gules, donde se prometía—con sólo la brasa de una palabra—una experiencia reservada a los verdaderos apetitos?

La mansión en sí era ya una advertencia: columnas negras como orquídeas envenenadas, vitrales que destilaban luminiscencias sombrías, y un vestíbulo perfumado como milonces agónicos. A mí me tocó acceder a la cita por una puerta posterior, donde una esclava encapuchada me despojó del abrigo, rociándome con nieblas aromáticas que me recordaban tumbas abiertas en jardines florecidos. El aire estaba cargado de música rendida, y de susurros donde el temor y el deleite danzaban desnudos.

Fui conducido, entre cortinajes de pesadez y calidez voluptuosa, al sanctasanctórum de la casa: una cámara circular repleta de lechos bajos, abundancias de cojines, y reflejos múltiples en grandes espejos bruñidos. Allí me aguardaban ya los otros invitados, todos enmascarados salvo la anfitriona, lady Hurin, cuyas manos blancas y áridas parecían esbozar en el aire signos de antiguas artes prohibidas. Su voz tenía el timbre de una flecha sumergida en bálsamo de opio:

"Bienvenidos a la Noche del Efluvio, donde los velos caerán y conoceréis la esencia última del deseo: aquello que, una vez sentido, ningún mortal puede abandonar jamás sin enloquecer o morir". Bebimos un vino oscuro, más viscoso que la sangre, que nos llenó el paladar de sueños y de recuerdos de cosas no vividas aún.

Así comenzó mi descenso.

Durante horas, presenciamos juegos y comuniones íntimas, en los que cuerpos y voluntades se licuaban en olas ascendentes de placer y vértigo. Afuera la tempestad hacía convulsionar los álamos y las antorchas danzaban con luz incierta, pero dentro, las reglas ordinarias parecían abolidas. Lady Hurin se acercó a cada uno, recogiendo una prenda, un secreto, o un deseo no confesado; y a mí, cuando llegó su turno, me susurró: "La Voz te llama. ¿La atenderás?"

¿Quién era yo para rehusar?

Me guiaron, contrito y fascinado, a una cámara aparte, alfombrada de seda púrpura y saturada de efluvios irisados. Allí, en el centro, no había más que una gran lámpara tallada en ónice, de la que pendían hilos de ámbar, y bajo la lámpara, un círculo de tiza y sangre. Lady Hurin tomó mi mano, la cayó sobre el círculo y susurró palabras en una lengua inasible. Un escalofrío cruzó mi espinazo. El vino parecía burbujear en mi mente y mi carne vibraba de anhelos no míos.

Entonces la Voz habló.

No sé deciros si fue un susurro en mi oído, un roce sobre mi cuello, o un murmullo nacido de alguna glándula secreta más allá de la razón. Era femenina, insondablemente dulce, pero cargada de un terror tan antiguo como la carne misma, y me habló no de palabras sino de deseos. Por un momento, quise huir, romper el círculo; pero algo me tenía pegado, quizá la promesa de una voluptuosidad jamás vivida, o la certidumbre de que ya no podía escapar.

La Voz me despistó con preguntas: "¿Qué ansía tu carne? ¿A qué límite quieres llegar?"

Escogí la verdad, porque mentirle a aquel espectro perfumado habría sido tan inútil como tratar de razonar con una tempestad. "Ansío lo prohibido, lo que ni los sabios ni los licenciosos se atreven a confesar."

La lámpara palpitó. Un vaho tibio me envolvió y sobrevino una caricia ni humana ni animal. Sentí por doquier labios, lenguas, dedos; pero no había cuerpo: sólo sensaciones. Era como si la sed de todos los pecadores muertos y no nacidos se descargase sobre mi piel. Cerré los ojos para abrirlos en otra realidad donde la carne tenía centenares de bocas, y mi alma fue extendida como una hoja ante la tormenta. El placer era tan grande que rozaba el dolor, y el dolor era tan hondo que olía a almizcle y loto. En algún punto oí mi propia voz implorar por la liberación... pero la Voz respondió: "Aún no. Falta el precio".

La experiencia prosiguió. Nombres olvidados, cuerpos desdibujados, recuerdos de sodomías hieráticas y cultos de la luna inundaron la estancia invisible. Perdí noción de los minutos; la Voz me exigía, y yo, dócil, ofrecía cada vez más: un miedo, un secreto, una promesa futura. Me encontré suplicando por nuevas sensaciones que sólo existían, tal vez, en arcones demenciales o en la fantasía de entidades milenarias.

Pero lo peor estaba por llegar.

Supe, en un atisbo de lucidez, que otros antes que yo habían entrado en el círculo, y que muy pocos salieron completos. Comprendí que la Voz era más hambrienta que cualquier lanza de placer, y que sólo la anécdota del horror podía satisfacerla plenamente. Sentí cómo mi voluntad se licuaba, evaporado en su aroma de incesto y exilio. Y ocurrió entonces: mi mente fue arrastrada fuera de mi cuerpo como una neblina, y contemplé la escena desde fuera: mi piel aún temblaba entre jadeos gloriosos, pero ya no era exactamente yo quien ocupaba mis miembros.

"El precio", musitó la Voz. Un temblor eléctrico sacudió cada célula. "Entregas la facultad de amar mortalmente, a cambio de amar lo que ningún hombre debe conocer".

Acepté, porque ya no podía hacer otra cosa. El placer se tornó cuchilla de hielo y succión de médula. Algo fue arrancado de mis entrañas invisibles y ofrecido en el altar de esa Voz insaciable. La lámpara chisporroteó; el círculo de tiza y sangre refulgió un último instante.

Cuando desperté—si es que ese verbo aún posee algún sentido para mí—yacía sudoroso y exhausto, la estancia vacía salvo por el aroma imposible de la Voz, que todavía flotaba como una diadema invisible. Al curvarme sobre el círculo, noté que mis propias lágrimas se mezclaban con la tiza borrosa. Todo placer había se había convertido en ceniza, y comprendí que jamas podría entregarme otra vez a la pasión ordinaria, ni amar ni desear sin evocar el espectro de la Voz.

Desnudo y nulo, vagabundeé hasta el vestíbulo, donde lady Hurin me aguardaba con una sonrisa desvanecida, casi compasiva, y un manto más ligero que la culpa. Intenté hablarle, pedirle consuelo o explicación, pero sólo musité palabras idiotas.

"No temas", dijo, "pronto olvidarás. Solo permanecerá el vacío en el corazón, como un reservorio nuevo para otras experiencias".

No mentía. El vacío quedó, y aún lo llevo. No hay carne, ni perfume, ni amante, ni promesa que pueda colmar la grieta que la Voz sin Cuerpo ha dejado en mí. A menudo, en mitad de la noche, cuando busco soledad o compañía, o simplemente duermo bajo tormentas evocadoras, oigo de nuevo el murmullo acariciante y la promesa lacerante: "Hay más allá del placer, más allá del terror… sólo tienes que venir otra vez hacia mí".

He advertido a los demás, a los nuevos miembros de la Sociedad, pero sé que ninguno me escuchará, como yo no escuché. Hay puertas y perfumes y voces que solo pueden conocerse demasiado tarde. La experiencia que lady Hurin prometía era verdadera: tras cruzar la Puerta de Perfume, ya no hay regreso, y mi historia es solo una entre los que buscan más allá de todo deseo, y encuentran la substancia última… O, si prefieres, la nada última.

Por eso escribo, anhelando que alguien se detenga antes del éxtasis, y no cruce nunca el círculo, ni beba del vino oscuro, ni escuche el llamado de la Voz. Pero—y esto es la mayor maldición—sé que algunos de ustedes ya están golpeando la Puerta de Perfume, y esa Voz de néctar absintioso al acecho, lista para arrancar una última propiedad a los que desean más allá de lo deseable. Que esto sirva como advertencia; mas me engañaría culpando solo a la Voz y a lady Hurin. La culpa genuina está en nosotros, que preferimos el abismo al orden, y el horror embriagado a la mesura del amor común.

Así os relato mi experiencia: una noche de placeres y terrores que ya no son de este mundo, sino de aquel reino donde la lujuria y la disolución son una misma diosa, y donde yo, su fiel prosélito, tiemblo, espero, y al fin, deseo.

Y acaso, por última vez, ansío.

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