Portada del relato El Susurro de los Shoggoths
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Fragmento:


Era en los días más sombríos del invierno neoyorquino cuando, desplazado y vencido por el frío y la miseria, acepté un encargo que ningún alma sensata habría contemplado siquiera entre delirios febriles. Había conocido a Charles W. Dunthorne, un anticuario rechoncho y visiblemente perturbado, merodeando por las librerías de segunda mano del Village; su mirada tenía esa inquietud insana de los insomnes caídos en desgracia, y cuando me abordó por primera vez, sus palabras, casi un susurro, parecían roer la tela misma del aire. Buscaba un ayudante para labores nocturnas en su residencia temporal, una casona decrépita en el antiguo barrio neerlandés, donde aún podían hallarse sótanos que se extendían hasta los días de la colonia.

Duración: 09:25

El Susurro de los Shoggoths
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Texto de ajuste de pausa.

Era en los días más sombríos del invierno neoyorquino cuando, desplazado y vencido por el frío y la miseria, acepté un encargo que ningún alma sensata habría contemplado siquiera entre delirios febriles. Había conocido a Charles W. Dunthorne, un anticuario rechoncho y visiblemente perturbado, merodeando por las librerías de segunda mano del Village; su mirada tenía esa inquietud insana de los insomnes caídos en desgracia, y cuando me abordó por primera vez, sus palabras, casi un susurro, parecían roer la tela misma del aire. Buscaba un ayudante para labores nocturnas en su residencia temporal, una casona decrépita en el antiguo barrio neerlandés, donde aún podían hallarse sótanos que se extendían hasta los días de la colonia.

Dunthorne me habló de documentos arcánicos y de un legado de oscura erudición, balbuceando nombres y fechas que apenas logré anotar en mi libreta. Insistía en que era vital trabajar a la luz lunar, y que no debía mirar jamás tras mí en los pasadizos subterráneos. Mi necesidad era mayor que mi escepticismo —alquile mi alma aquella noche, como ya he vendido tantas otras veces alguna débil parte de mi dignidad— y acepté su extraño empleo.

Al llegar a la casa, el aire me golpeó con la pestilencia acre de la humedad y el moho. Las vigas se curvaban como costillas resecas, y el suelo crujía bajo mis pies con el lamento de siglos mal enterrados. Dunthorne me esperaba envuelto en una bata ajada y sujetando un farol de aceite, cuya llama oscilaba, descomponiéndose en hebras verdes y azules como si supiera de miedos secretos.

Sin pronunciar palabra, me condujo a través de la casa hasta una trampilla oculta bajo una alfombra polvorienta. La abrió con manos crispadas y, tras una pausa, me instó a descender primero. Bajé, sintiendo que la escalera se agitaba con cada uno de mis pasos, como si la madera resistiese no al peso sino a la idea misma de descender.

En las entrañas de la casa, la oscuridad era absoluta y viscosa; la linterna apenas lograba perforar aquel abismo. El pasillo giraba en ángulos imposibles, perdiéndose en un laberinto de cámaras cuya geometría era repulsiva y opresiva, plagada de nichos y relieves cuya naturaleza era doloroso intentar dilucidar; formas bulbosas, tentaculares, grabadas con un furor casi animalesco sobre la piedra.

“Trabajaremos aquí,” susurró Dunthorne, “en la cámara mayor. Hay un arcón en el fondo. No temas… siempre que no mires tras de ti, por nada del mundo.” Su voz se quebró en ese ‘nada del mundo’, y vi que ni él mismo creía poder contener la promesa de seguridad.

Estuvimos horas hurgando entre volúmenes y pergaminos. A veces me parecía que, más allá de los límites de la escasa luz, algo se arrastraba rozando las paredes, como si una gran herida palpitara en el sótano y su dolor llamase a cosas antiguas y mudas. Dunthorne murmuraba palabras en lenguas que reconocía del Necronomicón, perdiéndose en letanías que barruntaban a Yog-Sothoth y Nyarlathotep. Me convencí de que su paranoia era producto de los vapores tóxicos del lugar.

Sería cerca del alba cuando escarbamos bajo una losa que ocultaba un aljibe ciego y, por un instante, mi linterna destelló hacia la profundidad. El brillo reveló algo horrible: una masa negra, translúcida, que reptaba sobre sí misma en movimientos amorfos. El horror ancestral e informe, dotado de ojos efímeros que brotaban y se extinguían en su superficie viscosa, ascendía sigiloso por la piedra.

Retrocedí, y sólo los chillidos histéricos de Dunthorne me impidieron huir sin razón ni rumbo. “¡No mires atrás! ¡No mires atrás!” Oí un borboteo enfermizo, como de algo que succionara el aire con miles de bocas blandas y húmedas. El aljibe rebosaba una bestia atávica de la que los oscuros mitos, trasmitidos de generación en generación, solo han preservado ecos.

El horror me paralizó: el Shoggoth se deslizaba, su masa reconfigurándose con bocas, ojos y pseudópodos que surgían donde ningún ser humano podría concebir el sentido de la forma. El terror de lo imposible hecho carne, un fluido consciente y ancestral, progenie primigenia de los esclavizadores Primordiales.

Dunthorne, sin fuerzas, balbuceó: “Ellos sirven… pero también devoran. Vienen de los fondos glaciares, de la cueva bajo la Antártida, traídos en sueños y pesadillas.”

El Shoggoth avanzó. Sentí su hedor, la humedad pegajosa casi táctil, la membrana temblorosa de su cuerpo, y supe, con certeza de pavor, que todos mis pensamientos, incluso los más privados, eran absorbidos. Vi reflejado en miles de ojos fugitivos mi miedo transformarse en imágenes grotescas: la caída de las estrellas, la ruina de civilizaciones bajo el peso de esclavos líquidos, la extinción de toda esperanza humana.

Dunthorne cayó de rodillas, recitando entre jadeos palabras líquidas e ininteligibles. Vi cómo la masa le absorbía lentamente, arrastrándolo sin esfuerzo hacia su centro viscoso; su carne se disolvía en negrura, y de la amalgama surgieron, momentáneamente, manos, bocas y rostros que gritaban en una nota imposible de transcribir. Tras un parpadeo, todo fue silencio excepto por el rumor perenne de la bestia.

Crucé la cámara a ciegas, tropezando entre escombros y registros polvorientos, hasta dar con otra trampilla que, ante mi pulso frenético, cedió a la presión. Salí al jardín trasero de la casa, jadeante, nevando copiosamente, sabiendo que no habría paz. Giré con el último atisbo de coraje y vi, bajo el alféizar de la trampilla recién cerrada, como el suelo mismo parecía latir, tramando el ascenso de la cosa negra.

Durante noches me torturaron las pesadillas: a través de túneles sin fin, por donde la sustancia de los Shoggoths fluía trémula, yo corría mientras mi carne se derretía en sus bocas. Vi ciudades sumergidas donde toda ley natural había sido abolida, y entre sus columnas azules, los amos de la antigüedad, indiferentes, contemplando la multiplicación de sus esclavos terribles. Recordé relatos de los cultos arcanos que hicieron pactos con seres amorfos; vislumbré figuras insinuadas en los bajorrelieves de los templos egipcios y mesopotámicos, en donde los Shoggoths eran adorados como dioses subterráneos.

Tras semanas de encierro y delirio, dediqué todo mi esfuerzo a rastrear los orígenes de las bestias. Me adentré en bibliotecas y archivos olvidados, hallando apenas guiños en papiros de la universidad de Miskatonic, y fragmentos en la biblioteca de Blackwell, en Oxford. Los registros hablaban de cavernas abisales en el sur polar, donde los Primordiales, seres de piedra y éter, crearon a los Shoggoths como obreros amorfos; los mitos referenciaban su rebelión tras siglos de servidumbre, su huida por túneles nunca destinados al hombre, y la desgracia de quienes, en la arrogancia de la curiosidad humana, designaron estos lugares como “hogar”.

En mi insomnio, me convencí de que la casa de Dunthorne era apenas un pliegue menor, un pliegue acaso accidental, en los milenios de túneles bajo la faz de la Tierra, y que la ciudad misma —Nueva York, con su infinidad de sótanos y aljibes— no era sino una costra frágil sobre la herida viva de esas cosas.

Tiempos después, volvía a la casa por deseo de certidumbre, armado de agua bendita, amuletos y textos en lenguas muertas. Quedaba poco más que escombros; la trampilla había sido tapiada, pero el aire seguía impregnado de ese olor viscoso y prehumano. Me atreví a examinar los muros y, tras remover escombros, encontré una losa desplazada, bajo la cual fluía lentísimo un líquido negruzco y burbujeante. El horror regresó con la certeza del retorno de las mareas, y sentí que mi corazón latía acompasado con ese pulso subterráneo. En el rincón, noté símbolos grabados para contener a la Bestia, ya borrados por la humedad y los años.

Al menor titubeo noté cómo algo se movía bajo la tierra, escuché una voz distante, como un susurro sin lengua: “Tekeli-li… Tekeli-li…” El miedo no dejaría de perseguirme jamás. Abandoné el lugar, sabiendo que la bestia no duerme, que sus antepasados esperan la caída de nuestra civilización para surgir de nuevo como olas informes de olvido.

Días después, los titulares de los periódicos rasgados comienzan a reportar desapariciones domésticas, sótanos inundados por limos infecciosos, y en una ocasión, a un hombre que fue hallado con los ojos rígidos y la boca llena de lodo, sus últimas palabras un balbuceo: “me llamaron los que susurran entre las piedras…”

Al escribir estas líneas, siento la presión del silencio a mi alrededor, un silencio que vibra, no con la calma, sino con la expectativa enferma de quien aguarda. El Shoggoth vive bajo mis pies, en el clamor amortiguado de las cañerías, en el retumbar inexplicable de las paredes durante la noche. Quizá lea esto algún futuro explorador de los abismos urbanos: si de algo sirve mi testimonio, huya de toda trampilla oculta, de todo sótano cuya humedad exceda el límite de lo soportable por la razón. Porque, debajo de la humanidad, laten monstruos sin nombre ni último fin, y su hambre no conoce el tiempo ni la piedad.

Recuerdo el último murmullo de la noche, hace ya semanas, cuando el viento arrastró, en medio de la ventisca helada, una palabra horrenda, indescriptible, que retumbó por las alcantarillas —la estirpe informe de los servidores, clamando al unísono: “Tekeli-li… Tekeli-li…” Una promesa. Una amenaza. Y sé, dentro de mi carne exangüe, que volverán cada vez que el mundo olvide temer la noche.

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