Portada del relato El Umbral de Ucranthos
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Fragmento:


Durante semanas, la obsesión ocupó las noches de Jacob, desplazando su rutina y distorsionando su forma de moverse incluso en el campus, donde sus compañeros comenzaron a evitarlo, molestos por el tono absorto y entrecortado con el que les hablaba del Hondo, de la cuenca negra, y de “formas” reflejadas —no vistas, no descritas— en aguas cansinas bajo luces temblorosas. Fue la bibliotecaria, la señora Taylor, quien le puso en las manos un legajo oculto en la sección de donaciones privadas: unos cuadernos amarillentos con la inscripción minúscula y temblorosa de “Aubrey Marsh, 1913”.

Duración: 10:09

El Umbral de Ucranthos
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Texto de ajuste de pausa.

La primera vez que Jacob Meunier oyó algo sobre la región pantanosa al sur de Cammheim fue durante una reunión académica celebrada en la Universidad de Dorrance, a la cual asistió más por mera cortesía que por genuino interés. Recuerda el momento con una lucidez y un pavor que va rayando en lo físico, como si en aquel instante su carne, su espíritu, su propio ser hubieran sentido la grieta, el resquicio por donde algo de la vastedad abisal que acecha lo real había lanzado una mirada en su dirección.

“Al sur existe un lugar sin nombre donde la tierra exhala vapores de un verde enfermizo y la noche nunca se posa del todo,” dijo entre risotadas el viejo doctor Kitteridge, arqueólogo de voz clareada por el gin, rodeado de jóvenes asistentes que buscaban en sus patrañas historias de fantasmas y leyendas rurales. “Un pantano, sí, pero uno que no se deja drenar ni conquistar. Allí corrían los rumores de campamentos que eran devorados por la niebla, roídas las tiendas y las provisiones, y desparecidos los cuerpos. Nadie que haya intentado cartografiarlo permanece demasiado cuerdo para relatarlo con detalle.”

Jacob, en un principio, sólo esbozó una mueca entre la displicencia y el hastío; había leído por exceso a Lovecraft en la adolescencia y estaba, o así se decía, vacunado contra tales terrores. Y sin embargo, al volver a su departamento, la imagen de un territorio que no pertenece a la tierra, pero la infecta como una herida, empezó a horadar la pulcritud de sus pensamientos científicos. Quizás fue su costumbre —a veces vicio— de investigar lo marginal, de buscar lo que se filtra entre las páginas de la historia oficial; quizás la influencia de lecturas reprimidas. Lo cierto es que la noche siguiente se armó con mapas polvorientos, relatos de colonizadores perdidos, las crónicas de la fundación de Dorrance, e indagó sobre la peculiar mancha blanca que ninguna expedición había podido describir sin recurrir a vaguedades o terrores insípidos.

Nadie la llamaba por su nombre en los documentos oficiales. La región aparecía a veces como “terrenos bajos al sur del río Wist”, otras como “humedal sin explorar”, pero la mayor parte de los cartógrafos la resolvían, tras algunos intentos iniciales de precisar, con simples líneas discontinuas. Los únicos testimonios directos venían de cartas extraviadas, fragmentos de diarios y, sobre todo, rumores aldeanos que hablaban del “Hondo”, un nombre que parecía conocerlo todo el mundo, pero que nadie usaba en voz alta de día.

Durante semanas, la obsesión ocupó las noches de Jacob, desplazando su rutina y distorsionando su forma de moverse incluso en el campus, donde sus compañeros comenzaron a evitarlo, molestos por el tono absorto y entrecortado con el que les hablaba del Hondo, de la cuenca negra, y de “formas” reflejadas —no vistas, no descritas— en aguas cansinas bajo luces temblorosas. Fue la bibliotecaria, la señora Taylor, quien le puso en las manos un legajo oculto en la sección de donaciones privadas: unos cuadernos amarillentos con la inscripción minúscula y temblorosa de “Aubrey Marsh, 1913”.

Entre los papeles de Marsh encontró narraciones confusas de jornadas de reconocimiento, completadas con anotaciones acerca de ruidos subterráneos, cambios inusuales en los patrones del follaje, animales enfermos de una quietud fósil, y un fenómeno que apareció tras las primeras diez páginas, señalado con palabras ansiosas: “NO SOLO MOSQUITOS EN EL AIRE. Algo titila bajo la bruma —como si la niebla exhalara ojos o bocas.”

Esa frase, la “niebla con ojos”, fue un auténtico anzuelo para el decadente sentido de maravilla y temor de Jacob. Y así, casi sin proponérselo, una tarde de abril, hizo las maletas con lo esencial, conduciendo hasta el punto más cercano que el coche podía permitirse, y desde allí marchó a pie, siguiendo la línea irregular de álamos y juncos que se abría hacia el sur en la historia muda y atávica de la región.

No dejaría constancia de aquella marcha —no por negligencia, sino porque la impresión que le produjo la llegada al borde del Hondo fue tal que sintió, en un momento indeterminado, que tomar notas era un gesto a la vez fútil e indecente. El primer cambio lo notó en la textura del aire; aunque el pedestre sol de primavera aún brillaba, el ambiente a su alrededor se había vuelto frío, viscoso, casi táctil, como si caminara bajo una tela de seda húmeda. El follaje de las orillas era demasiado denso, y aunque la brisa movía las hojas, ninguno de los sonidos se correspondía con viento alguno. Pudo distinguir pequeños charcos cubiertos de algas, y el escaso reflejo que devolvían tenía algo de antinatural, como si cada charca estuviera hecha de nuestro mundo pero sólo en apariencia, con otra sustancia, otra ley física subyacente.

Avanzó poco a poco, tomando conciencia de un terror físico, instintivo, que nada tenía que ver con racionalizaciones culturales sobre lo malsano o lo prohibido. Al caer la tarde, cuando la luz se volvió azulada y opaca, y los contornos del matorral parecía absorberla, Jacob dudó seriamente en seguir adelante. Pero el silencio que le respondió —un silencio de sumidero universal— resultó tan absoluto que incluso el miedo parecía perder definición. Fue entonces cuando, según escribiría muchos años antes en las pocas palabras que lograría articular, supo sin la menor duda que aquello que lo contemplaba no estaba interesado en él como ser humano, ni como huésped: lo que acechaba en la sima del Hondo buscaba algo más antiguo y menos pronunciable, una vibración de realidad que él mismo apenas rozaba.

La noche cayó rápidamente, y Jacob, armándose de valor, encendió su linterna. El cono de luz apenas penetró unos palmos en la niebla, que seguía impertérrita, flotando como una secreción del mismo suelo. Caminó un poco más, casi a tientas, ansiando que el avance disipase su pavor, pero por el contrario, con cada metro, sentía que su raciocinio se delgadaba, como un papel mojado a punto de rasgarse.

Al llegar a un claro, el terreno descendía hasta formar una especie de poza circular. Allí, la bruma era tan densa que el aire parecía cuajar, vertiéndose como leche mortecina sobre el agua inmóvil. Jacob percibió, entre los vapores, algunas formas que no se atrevía a precisar. ¿Sombras de árboles? ¿Reflejos de la linterna atracados en superficies invisibles? No lo supo al principio; sólo reconoció un inminente desfallecimiento de lo humano en su interior, una llamada cuya naturaleza no era verbal, ni mental, pero sí tremendamente antigua. Solo encontró palabras muchos años después, consultando traducciones de textos innombrables, para describir aquello como una llamada "desde abajo de la carne", una invitación a renunciar a la razón, a sumergirse —literalmente— en lo primordial.

La linterna parpadeó. Quizás por el frío, la humedad, la humedad hiperbórea que emanaba del centro de la poza. Quizás porque en ese lugar las leyes de la física apenas resultaban relevantes. Solo entonces, mientras batallaba con el temblor de sus manos, percibió un sonido: no producto del aire, sino del mismo barro. Un gorgoteo, un chapoteo viscoso, como si algo burbujeara en las profundidades para buscar la superficie. La bruma tembló y se arremolinó, formando —por un instante que sería años después constante en las peores pesadillas de Jacob— la silueta de algo inmenso, entre la babosa y lo reptiliano, con contornos vagamente humanoides pero plagados de asimetrías, que se erguía no sobre el mundo sino a través de él.

No fueron ojos ni boca; fue una abrirse de membranas traslúcidas, una plegaria burbujeante llena de ecos a idiomas que nunca han sido pronunciados en la tierra. Fue un olor a humedad virgen, a tiempos antes de los primeros peces, mucho antes incluso del lodo primordial. Fue el sonido —o la sensación— de una inteligencia abismal y actuante, que miró a Jacob no con intención de matar o devorar, sino con la desapasionada constancia de lo que “permanece”.

No supo cuánto tiempo estuvo allí, rígido de terror y exaltación, contemplando el fenómeno sin ser realmente capaz de entenderlo, ni qué mecanismo lo condenó al olvido temporal de su cuerpo.

Despertó al alba, cubierto de una capa de limo que desconocía y con la garganta seca de un grito nunca liberado. Todo a su alrededor tenía el mismo tono enfermizo, como si la noche se hubiera adherido a la materia. El claro, la poza, la niebla: todo parecía haberse solidificado en un instante de pesadilla inquebrantable. Huyó, sin rumbo, sin mirar atrás ni preguntarse si aquello que había visto era real, o simplemente una excrecencia de la locura.

Volvió al campus de Dorrance hecho otra persona. Nunca relató lo ocurrido, salvo en fragmentos dispersos, a veces cifrados en tesis sobre religiones pre-indoeuropeas, otras veces en borrosos relatos que arrojaba a las llamas antes que la tinta se secara. Lo inevitable es que el Hondo había quedado anclado en su memoria, imprimiendo en su psique la huella de un saber vedado, un saber que corroe, que horada, que hace que su mirada vea en cualquier sombra un eco, en toda bruma una promesa. Y por sobre todo, la certeza —no razonada, sino sentida desde la médula— de que hay regiones, en el Hondo y fuera de él, donde la realidad es sólo un accidente, una cáscara frágil a la espera de resquebrajarse.

Muchos años después, ya olvidado por sus colegas y con la salud minada por sueños de abismos y membranas, Jacob recibió una carta anónima redactada en una tinta oscura y aceitosa. Decía, apenas sin contexto ni saludo: “Ha visto usted al Veedor Bajo la Niebla. Callar es compasión. Hablar sería alimentar lo que no debe regresar.”

Quemó la carta como haría con todo lo que —contra todo instinto de conservación— quedó escrito sobre “el Hondo”. Pero cada vez, en alguna noche más húmeda o sombría que otras, la bruma que se deslizaba por la ventana de su estudio resonaba con aquel gorgoteo, y la membrana translúcida de la vigilia se tornaba sospechosamente delgada.

Y Jacob sabía que solo era cuestión de tiempo antes de que lo que reposaba bajo la tierra buscara un canal menos accidental, un huésped menos accidental, alguien que no supiera —o no pudiera— callar lo que ha visto al borde del umbral. Porque hay regiones que rezuman, aunque no sepamos cómo describir cuanto brota de su interior, tejidas con terrores indiferentes, a la espera de ser descubiertas.

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