Fragmento:
Desde mi llegada a Ulthar—ese pueblo recóndito donde los gatos gobiernan por antiguos designios y los niños temen a la niebla—las señales de un presagio ominoso me acosaron sin descanso. Sueños de ovejas negras reunidas bajo una luna vaginal, sus balidos confundidos con carcajadas retumbantes, y acequias pobladas por especies de juncos que parecían acercarse más cuando uno parpadeaba. Pero el más recurrente de mis terrores nocturnos era la imagen de una ciénaga plagada de troncos membranosos, tachonados de ojos pálidos bañados en una luz marchita.
Duración: 09:36
1.
A veces, aún al alba, cuando los vientos cruzan los humedales de Ulthar y llevan en sus garras antiguos susurros, recuerdo la noche en que mis pasos extraviados me llevaron al corazón de una tierra a la que los mapas modernos rehúyen, y los sabios del pueblo, con temblor en la voz, solo se atreven a nombrar entre dientes mientras caen las sombras del crepúsculo.
Zadok, el mesonero del Caminante en Ulthar, me lo advirtió: “No siga la senda de los ocres, forastero. No mire los sauces al oeste, ni escuche a los rebaños tras la medianoche. Algunas raíces no cargan savia, sino memoria, y los que guardan tales historias no aman a los vivos”. Pero la misión que me llevó a aquellas tierras era de las más urgentes, o eso creía yo. La pérdida de mi hermano menor, Cyril, desaparecido desde hacía dos lunas tras la promesa de un descubrimiento extraordinario, ataba mi voluntad a la búsqueda.
Desde mi llegada a Ulthar—ese pueblo recóndito donde los gatos gobiernan por antiguos designios y los niños temen a la niebla—las señales de un presagio ominoso me acosaron sin descanso. Sueños de ovejas negras reunidas bajo una luna vaginal, sus balidos confundidos con carcajadas retumbantes, y acequias pobladas por especies de juncos que parecían acercarse más cuando uno parpadeaba. Pero el más recurrente de mis terrores nocturnos era la imagen de una ciénaga plagada de troncos membranosos, tachonados de ojos pálidos bañados en una luz marchita.
A pesar de la vigilia asegurada por la hospitalidad de Zadok, decidí partir la segunda noche hacia el occidente, impulsado por una carta de Cyril hallada en sus ropas abandonadas: “He hallado el sendero de Glynhurst, donde el ciclo se abre. Si caigo, sigue mis hilos hasta la raíz. Esa madre no conoce piedad. Recuerda el lago en las montañas verdes, recuerda los nombres sellados”. Ante el alba, los gatos de Ulthar se arremolinaron en mi camino, gimiendo quedamente, mientras me internaba en el territorio de Glynhurst.
2.
La senda era poco transitada y pronto degeneró en una maraña de maleza y musgo, húmeda y traicionera. El aire estaba impregnado de una dulzura casi enfermiza, como la podredumbre de ofrendas olvidadas en altares prohibidos. Cada rama, cada brizna de hierba, parecía palpitar bajo mis pies con sed insatisfecha. A medida que me acercaba al paraje que la carta de Cyril parecía indicar, el descenso entre sauces y brezos se tornó tan abrupto que mi linterna a menudo solo iluminaba la niebla agitada sobre el suelo lodoso.
Al llegar al claro hundido donde el río Sarnath se detenía, lo vi: el tronco de un árbol descomunal, de corteza negra y ramificaciones de un blanco lechoso, adentrándose en la penumbra. Sus raíces eran innumerables, y poco a poco advertí que entre ellas yacían dispersas formas marrones, a veces irregulares o tumultuosas, que pronto identifiqué horrorizado como los huesos y cráneos de ovejas—y algunos no de ovejas, sino humanos.
Las aguas relucían con una pátina verdosa, flotando sobre el fango, y en el reflejo iluminado de mi linterna vi unos ojos ovalados, inertes y sin párpados, emergiendo justo donde el río encontraba las raíces. Sentí una presión absurda sobre mi cráneo, un retumbar grave, inconmensurable, como si ese mismo claro fuese el útero de la noche vieja, gestando una deidad que no habría de nacer nunca.
3.
Tratando de dirigirme por el estrecho sendero entre los arroyos y raíces, una melodía anhelante, pastosa, se infiltró por mis oídos: zumbidos, bramidos y pisadas suaves, más propias de pesadillas que de fauna verificable. El aire se tornó lodoso, y una voz escindida, apenas humana, se alzó desde el follaje más sombrío. “¿Por qué vienes, mortal? ¿No arden tus venas con la memoria de los Círculos?”
Respondí con falso coraje que venía a buscar a Cyril, a quien la noche o la bestia, la tierra o la madre, había devorado. Un susurro de caricias me rodeó; sentí tentáculos invisibles reptar sobre los tobillos, ávidos de vínculos y carne. Cerré los ojos por un instante y, cediendo ante la histeria, recité los nombres que recordaba: Shub-Niggurath, diosa de la fertilidad oscura; Glaaki, contemplador de lagos prohibidos, cuyas espinas atesoran almas como agujeros de memoria.
La respuesta me heló: “No busques lo que fue engullido. Aquí los hijos regresan a la leche negra. Los que beben de mi raíz están perdidos para el ciclo de los mortales.”
4.
Mi linterna titiló entonces, y juraría que fue obra de la misma voluntad que emanaba del árbol. Bajando la intensidad, me obligó a presenciar lo que yacía bajo las raíces. En la oquedad principal, demasiado grande para ser madriguera, desfilaba una procesión de animales acéfalos, sus cuerpos envilecidos, mudos, penetrando el punto exacto donde la corteza se volvía carne y ululaba al contacto. Los rebaños, antaño tan dóciles a la pastura de Glynhurst, ahora se confundían con cadáveres de hace siglos, carne y lanas ya sin distinción en la amalgama que manaba del tronco madre.
Sobre uno de los huesos aún brillaba un anillo, familiar en su dorado opaco: el anillo de mi hermano. El horror fue tal que me desplomé, la frente hundida en la ciénaga, sabiendo que los legendarios hijos de Shub-Niggurath—La Cabra Negra de los Bosques Con Mil Retoños—no sólo necesitaba carne viva, sino también desesperación humana.
Al querer retirarme, las raíces se movieron; una de ellas, dotada de espinas cortas y húmedas, se cerró en torno a mi tobillo, mientras en la pupila de aquel árbol sangriento se formaban miles de ojos sarnathianos, los ojos de Glaaki, reptiles del lago, cada uno pálido y hambriento.
“¿Quieres saber, hermano?” me susurró la deformidad que fue Cyril, medio arraigado al tronco, sus piernas y cintura absorbidas hasta el abdomen, con la piel como corteza húmeda y la boca dispersa en tentáculos babeantes. El movimiento de su cabeza era limitado, pero sus palabras rezumaban una miseria que a la vez rezaba adoración: “No existe regreso, sólo el ciclo maternal. Fui llamado por aquello que reposa bajo el pantano, la promesa de saber, pero la sabia de la Madre es veneno y semilla a la vez. Aquí vemos todo, pero morimos mil veces sin morir realmente.”
5.
Intenté liberarme a tirones, pero la raíz presionó aún más. Un repentino coro de balidos, tan humano como animal, alzó la voz entre la niebla y los sauces. De la oquedad principal salieron seres que no se reconocían ya ni como ovejas ni como hombres: pezuñas hinchadas, bocas múltiples y ojos desplazados. Uno de ellos llevaba una máscara felina, pintada torpemente, y sólo entonces recordé a los gatos de Ulthar, cuyas leyendas les atribuían el don de romper pactos con las criaturas del abismo.
La aparición de la máscara gatuna entre aquel aquelarre de horrores me dio un hilo de esperanza. Sabía, por los murmullos del pueblo, que los gatos de Ulthar no temen a la oscuridad porque la conocen y la recorren, y en sus sueños rugen pactos con los Antiguos. Mordido por el dolor y la desesperación, invoqué de nuevo el nombre del primer gato de Ulthar, Nirr, como se cuenta en las canciones para niños, y me aferré a mi linterna, último nexo con la luz profana.
Al instante, una sombra felina saltó sobre el claro, deslizándose entre monstruos y raíces como si bailara en la frontera de dos mundos. Sus zarpas cortaron la raíz que me ataba. La sombra me miró a los ojos y en su pupila vi el reflejo de la luna —enorme, lactante, como un seno podrido sobre la ciénaga— y sentí, en el fondo de mi alma, la advertencia silente: no es lugar para los mortales, y menos aún para los que buscan rescatar a quienes han caído en la red de la Madre Negra.
6.
Escapé a trompicones, casi a gatas, hostigado por plegarias y balidos, perseguido por una risa sorda que era la voz de mil gargantas ahogadas. Mientras el claro sucumbía a un temblor sordo, la raíz cortada borboteaba una savia negra que manchaba todo cuanto tocaba. A cada paso, el bosque mutaba, los árboles inclinándose y formando arcos, como si despidieran a un amante que nunca regresará.
Al volver al pueblo de Ulthar, exhausto y enloquecido, apenas pude articular palabras. Zadok sólo me miró con sus ojos viejos y me entregó una bebida extraña que sabía a tierra y sangre. Nadie preguntó por Cyril. Los gatos siguieron reuniéndose cada noche afuera de mi ventana, como centinelas entre dos mundos.
7.
Nunca hablé abiertamente de lo ocurrido bajo las raíces de Glynhurst. Mi hermano yace allí, convertido en un susurro del ciclo, en un plato más para la Madre de Mil Retoños. El pacto continúa, disfrazado de pastoreo y luna llena, de sueños retorcidos y árboles que sangran. Sólo los gatos siguen sabiendo, y sólo los que sobreviven las noches en Ulthar pueden comprender la delgada membrana que separa el mundo de los hombres del insaciable abrazo de la diosa antigua y sus cosas nacidas sin amor.
Pero a veces, la luna hinchada baña las ciénagas y el río Sarnath se estremece, y entonces, cuando el viento gira y los sauces crujen, todavía se escucha el eco de su risa lechosa. Es el lamento de los ovejas perdidas, el temblor bajo la raíz, el fin de la esperanza para quienes desafían el llamado de la madre más antigua que cualquier dios y cualquier pesadilla. Yo, testigo y fracturado, sólo alcanzo a escribir esto bajo la luz titilante, esperando que otros huyan antes de que las raíces decidan alimentarse otra vez.
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