Portada del relato Las Profundidades de Nithaloth
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Fragmento:


—Ahora —anunció—, y solo ahora, debe sonar la flauta.

Duración: 09:17

Las Profundidades de Nithaloth
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Texto de ajuste de pausa.

I. En la Brújula de los Sueños

Me llamo Quentin Latham, navegante de barcos errantes y explorador de cartas náuticas tan antiguas que pareciera que sangre y tinta fuesen sus tinturas. No soy de naturaleza supersticiosa; el mundo, siempre he pensado, se pliega ante el raciocinio y la paciencia del hombre de ciencia. Pero la experiencia reciente que a continuación relataré, ardua, articulada entre el delirio y la nitidez de la revelación malsana, me ha hecho poner en duda la supuesta durabilidad del escepticismo.

La invitación llegó en el crepúsculo de una primavera triste, firmada por mi colega y viejo rival, el doctor Horace Wheelwright; famoso, más por su arrogancia y obsesión con lo cartográfico que por legítimos descubrimientos. Me requería con urgencia en el puerto de Saint-Sauveur, para emprender una expedición náutica hacia la zona inexplorada del Mar de Jaculus, un parche de océano prohibido por el temor y el olvido, al norte de Groenlandia y más allá aún de la razón.

Ya instalado en la cabina húmeda del bergantín “Viridian Bell”, junto a Horace y a una tripulación escogida más bien por su desesperación y su resistencia a los murmullos del mar, el doctor habló de su obsesión más reciente: un archipiélago registrado en una carta medieval, donde las estrellas, las corrientes y las flautas del viento parecían danzar con la lógica de otra geometría, ausente de toda cartografía moderna.

—Quentin —dijo, esgrimiendo un amuleto tallado con símbolos que la Razón rehúye—; me atrevo a decir que esos islotes secretan los más hondos secretos del cosmos... y para que creas, escucha esto.

Entre las olas susurrando augurios, extrajo de una caja de ciprés una flauta de tono oscuro, tallada en raro hueso ornado con espirales que parecían serpentear oníricamente mientras uno las contemplaba. “Instrumento traído, dicen, de civilizaciones sumergidas —explicó—, y capaz de invocar los vientos de regiones donde el tiempo es un extraño perpetuo.”

Supe en ese instante, ignorando el sudor frío que calaba mi camisa, que estábamos comprometiendo la cordura, si no el alma entera, en esta misión.

II. Cartas y Corrientes

La “Viridian Bell” zarpó bajo el signo de nieblas malignas. Los antiguos marinos del puerto murmuraban alabanzas a dioses que no figuraban en ningún compendio racional, y nuestras velas latieron bajo vientos que traían aromas de sepulturas marinas y océanos sin nombre. Durante días, la realidad misma pareció enrarecerse: los astros pivotaban en órbitas dudosas, las brújulas giraban como jugando y en la bitácora registré sueños de ciudades sumergidas y criaturas pulsantes bajo las olas.

Sobre la mesa del camarote desdoblamos la carta medieval: allí, entre manchones de moho y anotaciones en latín degenerado, una mancha azulada sugería islas de extraña disposición, ennegrecidas por la urgencia del autor de ocultarlas. Alrededor, símbolos circulares e ideogramas anómalos apenas atrapados por la luz de la lámpara. Horace, con el fervor del sonámbulo, murmuraba pasajes de una bitácora anterior perdida, y yo —pese a mi escepticismo— sentía el retumbar de algo primigenio en los timbres de su voz.

En la tercera noche, el viento declinó abruptamente y se encaramó un silencio tan opresivo que ni las aguas rompían su quietud. Horace, eufórico, declaró que nos hallábamos sobre el mismo corazón del archipiélago perdido.

—Ahora —anunció—, y solo ahora, debe sonar la flauta.

III. El Canto del Hueso

Como si la atmósfera esperara ese símbolo, Horace elevó la flauta y sopló la nota inicial. El viento no respondió como en la lógica de la física, pero sí la noche, que se hinchó como un manto palpitante. La música era un aullido de simetrías invertidas, melodías de un abismo sin palabras; surgían ecos que parecían brotar de la médula misma de la Tierra, huidizos, saturados de nostalgia por el primer ocaso.

A mi alrededor, los tripulantes arrimaban oídos, algunos con temor manifiesto y otros con devoción sacrílega, hasta el propio mar pareció estremecerse. Por entre la bruma se adivinaban siluetas rocosas, islotes que emergían ondeando como costras enormes, y formas, ah, formas que no deberían verse, retorciéndose y reptando entre escolleras imposibles.

—Son los hijos del abismo —musitó Horace—, los pobladores del limen, el umbral de Nithaloth.

El viento cobró ímpetu, como si respondiera al ulular de esa flauta antigua, y comenzamos a navegar sin velas, guiados por fuerzas que no eran productoras ni del mar ni del aire. Atracamos en una playa de arena grisácea, ondeada como la piel de un ahogado, mientras del interior resonaba un rumor bajo de olas revisadas por órganos desconocidos.

IV. En la Logia Sin Horizonte

Formamos una pequeña partida. Avanzamos, según la carta, hacia una hondonada donde la vegetación flotaba como pensamientos sin formar: hongos que exudaban luz azul, líquenes que susurraban, y obeliscos tan erosionados que sólo sugerían su función original. En el centro, cubierto de caracolas y símbolos labrados en piedra sibilina, se alzaba un círculo de columnas, tan vasto como si los gigantes de alguna leyenda antediluviana hubieran alzado una logia para parlamentos de otro mundo.

Intuimos, al pisar ese suelo, que todo sonido y toda luz allí era alterada. No era la falta de sol ni la ausencia de aves lo que pillaba el alma, sino una ‘quietud inversa’, una vacuidad tan viva que uno sentía ser vaciado poco a poco de pensamientos propios y llenado por sueños minerales u oceánicos.

Horace, frenético, se colocó en medio del círculo e hizo sonar la flauta una vez más. Era como sumergirse en el rugido inaudible de los vértices del universo. Las piedras exhalaron vapor; de sus hendiduras brotaron pequeñas criaturas relucientes —ni peces, ni insectos, sino vestigios de algo más arcaico— y un himno sordo vibró en la sangre de los presentes.

Fue entonces que comprendimos la oscura finalidad del losa y el círculo. Un pasaje, un umbral. No sabría decir a dónde, pero las piedras crepitaron y abrieron un corredor ascendente de mármol vitreado, brillante como la superficie de un sueño, y sentimos, más que oímos, invitaciones, cantos de bienvenida o de ajuste, promesas de conocimiento y aniquilación.

Nos adentramos, arrojando la cordura como lastre al vaciado del sentido.

V. La Inspección de la Marea

Avanzamos en la oscuridad semi-translúcida de túneles que gemían, semejantes a órganos gigantescos tocados por flautas invisibles. A cada paso, las leyes que conocíamos del espacio y el tiempo retrocedían como espuma en la marea. El doctor Wheelwright, absorto y sin rastro de temor, guiaba al grupo hacia una caverna central; allí, una masa de aguas quietas, de color azogue, nos aguardaba.

Vi en el reflejo de esa laguna hueca los perfiles de mis compañeros, pero también los míos propios fragmentados, distorsionados, enredados en contornos que parecían prometer evolución o mutilación. Algo, en las profundidades, alejado incluso de la nomenclatura de pesadilla, comenzaba a despertar su mirada.

Horace, presa de éxtasis, descendió hasta los bordes.

—Mirad —dijo—, el horizonte que no termina, el océano sin fin.

La flauta volvió a sonar, y la superficie acuosa vibró y se partió, emergiendo tentáculos de una sustancia oscura pero luminosa, tocando a Horace; y él, en vez de clamar, rió dulcemente, con la risa de quien acepta una disolución largamente aguardada.

El resto de nosotros intentó retroceder, pero el túnel parecía haber extraviado sus entradas; las paredes gemían, las luces de las luciérnagas degeneraban en formas sin lógica. Sentí que mi voluntad se evaporaba, que la conciencia era succionada por corrientes remotas, y que mi cuerpo ardía y se disolvía en un océano de noche perpetua.

VI. Estampas para la Razón

No puedo precisar cómo hallé mi camino de regreso. Solo sé que amanezco en la playa, con la “Viridian Bell” medio destrozada y algunos marinos que balbucean cosas en idiomas olvidados. Nadie pronuncia el nombre de Horace Wheelwright. Nadie quiere mirar el círculo de las columnas; ahora sumido en la niebla, como si nunca hubiera existido.

En mis sueños, no obstante, vuelve la melodía de la flauta, un ulular que atraviesa el océano, y vislumbro, bajo la costra gris de los mares, una multitud de ojos. Ojos que salmodian en sonidos de agua y hueso, aguardando el regreso de aquellos que cruzaron el umbral.

Hay conocimientos que devoran, océanos que ningún navío debiera surcar, y músicas que destierran para siempre incluso la esperanza de la razón. Al regresar a tierra firme, evito todo lo cartográfico, y ahogo el recuerdo bajo el peso de un escepticismo forzado. Pero sé que en algún rincón, fuera del alcance de las brújulas y de los astros, el archipiélago late y la flauta sigue sonando, abriendo logias invisibles sobre el océano sin fin.

Ruego que nadie vuelva jamás allí. Pero percibo, de vez en cuando, en soplos del viento marino o en dulce tortura antes del alba, la llamada, la insinuación...

…y sé que, un día, seré incapaz de resistirla.

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