Portada del relato Los hijos oscuros de la marea
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Fragmento:


Permítaseme la indulgencia de este testimonio, que a tantos parecerá locura y a muy pocos advertencia. Me atrevo a confiar el relato a estas páginas, con la última esperanza de que la verdad, aunque recubierta de absurdidad y de blasfemia, encuentre morada en algún espíritu menos escéptico que mi propia malograda razón. Yo, Henry Braithwaite, he caminado por las calles embarradas y apestosas de Innsmouth, y he descendido —¡maldito sea el instante!— hasta el santuario oculto, donde no son dioses lo que aguardan, sino cadáveres de la esperanza.

Duración: 11:09

Los hijos oscuros de la marea
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Texto de ajuste de pausa.

I

Permítaseme la indulgencia de este testimonio, que a tantos parecerá locura y a muy pocos advertencia. Me atrevo a confiar el relato a estas páginas, con la última esperanza de que la verdad, aunque recubierta de absurdidad y de blasfemia, encuentre morada en algún espíritu menos escéptico que mi propia malograda razón. Yo, Henry Braithwaite, he caminado por las calles embarradas y apestosas de Innsmouth, y he descendido —¡maldito sea el instante!— hasta el santuario oculto, donde no son dioses lo que aguardan, sino cadáveres de la esperanza.

Aquel verano, regía sobre mi vida el precipitado deseo de huir de la angustia cotidiana de Boston, donde el bullicio de los tranvías ahoga cualquier pensamiento profundo. Por recomendación de un colega anticuado y excéntrico, llegué a Innsmouth en tren —un convoy llamado “el reptil acuático” por la corrosión salina de sus vagones—, atraído por el rumor de unas ruinas ancestrales cerca del cabo Ashtree y de un antiguo culto pagano, cuyos ecos, al parecer, aún retumbaban en los lúgubres salones de la decadente ciudad.

Los olores a salmuera y descomposición recibieron primero a mis sentidos. Edificios herrumbrosos yermos, techos ahogados en algas, ventanas con cristales evaporados, y, sobresaliendo entre todos, el hotel Gilman, recubierto de una costra de humedad y polvo de tiempos remotos. Pese a la desolación, en los ojos glaucos de los habitantes había un fulgor que me hizo sentir observado, juzgado, como si mi llegada alterase un equilibrio letárgico de siglos.

Mitad curiosidad académica, mitad sobria desesperación, rondé la plaza central de Innsmouth. Allí las esculturas cuyos rasgos evocaban rostros batracios eran más numerosas que los habitantes. En esa inquietante plaza conectó mi atención con un farol de hierro herrumbroso, colgando precariamente, que proyectaba una luz verdosa y temblorosa. Un viejo preguntó mi nombre sin voz, moviendo los labios en un murmullo que pareció conjurar el fragor de las olas. Cuando lo confesé, se santiguó en un gesto extraño, un tic como de agitar branquias.

Esa noche, mientras el rocío helaba mis pulmones en la habitación del Gilman, soñé con espirales nauseabundas y con la palabra “Xalafu”, que resonaba, viscosa, en mis pensamientos. La gruesa cortina no conseguía aislar el rumor de unas voces que gorgoteaban en la oscuridad del callejón, palabras que no pertenecían a idioma alguno, sino a una necesidad ancestral más allá de lo humano. Unos ojos dorados, redondos y fijos, me acechaban desde el otro lado del cristal empañado.

II

El alba sobre Innsmouth carece de brillos consoladores. Desperté exhausto, sudoroso, con el nombre “Xalafu” dando vueltas en la mente como un anzuelo invertido. Cuando intenté visualizarlo, lo asocié automáticamente a algo gelatinoso, reptante, multiplicado hasta el delirio y capaz de eclipsar cualquier atisbo de sol con su mera presencia. Bajé al comedor del hotel. Solo un anciano de aspecto viscoso y una camarera de grandes ojos oblicuos desayunaban en silencio una especie de sopa tan nauseabunda como la atmósfera misma.

El anciano, que me miró fijamente, murmuró algo sobre la marea baja esa noche, y la costumbre en Innsmouth de cerrar puertas con traba doble. Me esforcé por entablar conversación, mencionando mi interés por el folclore local. —¿Ha oído la palabra ‘Xalafu’ alguna vez?— pregunté, a medio camino entre el estudio y el capricho onírico.

Por un momento, el comedor se sobrepobló de silencio. La camarera, con gesto torvo, apresuró su retirada; el anciano jugueteó con una cuchara curvada. —Son cuentos de locos —respondió con voz empapada de salitre—. La lengua vieja apenas la pronuncia… Pero hay quien siente su vibración en la carne, siempre cerca de la costa, donde las rocas talladas sangran en la marea lunar.

A partir de ese instante, cada rincón de Innsmouth pareció reverberar con la palabra prohibida. Los rostros, de por sí marchitos y mudos, se acentuaron con cierto regodeo malsano al cruzar mi paso, como si hubiesen hecho una apuesta sobre mi destino. Vagando sin rumbo, fui a dar de bruces con el mercado, en el que nadie compraba ni vendía: solo se reunían a musitar plegarias en cadencias que, en ocasiones, se disolvían en chillidos lejanos. Allí conocí a Zadok, el de los dedos membranosos, quien bajo el influjo de un aguardiente inhumano me reveló retazos de la leyenda de Xalafu.

—No es dios ni demonio, forastero. Es vacío, hambre y marea. Todos nosotros somos hilachas de su sueño —susurró, escupiendo un hilo de baba verdusca—. Aquí, los hijos de la marea, aguardamos su verdadero retorno. ¿Ves esos arrecifes? Ahí brotó Xalafu en la era del limo. Mire, señor Braithwaite… si oye los silbidos, no baje jamás.

III

La noche cayó con la opresión de un sudario. Nadie andaba por las calles. Una luna, edema e insana, se alzó reflejando en las aguas del puerto un movimiento sospechoso. De mi cuarto, atisbé siluetas que reptaban entre los embarcaderos, cubiertas de mantos y escamas que no eran propios de ningún animal conocido. Los lobos marinos y las gaviotas graznaban y huían, como sabiendo que algo abisal ascendía lentamente.

Hacia la medianoche, una algarabía de chillidos y sonidos de ventosas me atrajo a la ventana. La palabra “Xalafu” no era ya solo un designio onírico, sino un llamado tangible, una vibración en el agua y en mi carne que me hacía retorcerme de miedo y de deseo irresistible por asomarme donde no debía. Vi una procesión que descendía en fila hacia la playa, transportando antorchas que no encendían con fuego conocido: llamas líquidas, azuladas, rezumantes mal olor.

No sabiendo si era víctima de mis nervios o de alguna alucinación colectiva, me apuré tras ellos, oculto entre sombras y malecones. Las rocas del arrecife estaban cubiertas de un limo que palpitaba al contacto de las antorchas, mientras los congregados —hombres y mujeres, todos de fisonomía aberrante— entonaban letanías guturales. En el centro, una piedra tallada mostraba una runa espiral que, aunque diferente, se me antojó inmediatamente la grafía de Xalafu.

Todo alrededor del ritual parecía vibrar con una expectación mutante: el aire mismo se densificó, las olas se henchían pero no rompían, como si aguardasen instrucciones. De repente, emergió del mar una forma cuya sola descripción debería condenar mi conciencia a la demencia perpetua: una masa pulposa, informe a primera vista, pero cuyas protuberancias se replegaban y expandían en una parodia de vida pluricelular. No tenía rostro, pero miles de ojos diminutos se materializaban, observando desde la gelatina, y tentáculos cortos palpitaban de deseo alimenticio.

El canto adquirió ritmo frenético. Cada participante arrancaba fragmentos de su propia carne para arrojarlos a la criatura, que los engullía en un acto de comunión indescriptiblemente repugnante. Todo el tiempo, la palabra “Xalafu” rugía sorda en las gargantas y, finalmente, cualquiera de las abominaciones pareció donarle parte de sus miembros, aceptando la mutilación como tributo.

Sentí entonces una compulsión aguda y casi dolorosa: mis manos, dirigidas por una voluntad prestada, buscaron mi propio pecho, y una parte de mi alma olvidada anheló fundirse en aquel organismo primigenio y devorador. Sólo un supremo esfuerzo de autocontrol, un grito de horror y una mano firme en mi bolsillo —donde llevaba un pequeño cuchillo de viaje— me permitieron recuperar el dominio propio. Retrocedí, tropezando sobre las escolleras. Alguien, o algo, me susurró en el idioma de la pesadilla: “Esto es solo el principio, hijo de la marea. Xalafu espera en la sima”.

IV

Tuve que huir esa noche, armado de un machete y de una racionalidad tambaleante. No había trenes, ni camino a pie: Innsmouth se había confabulado para absorberme en su liturgia. Me oculté horas interminables en un sótano bajo la taberna abandonada de Marsh, sintiendo el temblor de los cantos en la mismísima estructura de los cimientos. El amanecer llegó lívido; las calles, cubiertas de alquitrán biológico, latían bajo mis pies.

Salí hacia el puerto, guiado por una inspiración suicida. Imaginé que, si abrazaba la locura, encontraría alguna respuesta o, al menos, la liberación final. Los barcos de los refunfuñantes pescadores habían partido, dejando solo un bote amarrado. Lo robé y remé sin dirección mar adentro, hacia los arrecifes donde el mito aseguraba que Xalafu dormía en la sima, un pozo de profundidad ignota custodiado por corales de formas imposibles.

No tardé en ser arrastrado por una corriente que no figuraba en carta alguna. El bote fue zarandeado hacia un remolino gélido; el agua era negra, más aceitada que marina, y llena de fragmentos de huesos tan antiguos como la creación. Comprendí —tarde— que lo real es más aterrador que cualquier superstición de los pueblos olvidados.

El fondo reveló sus horrores: un biomanto de cosas vivas y muertas, todas palpitando el nombre de Xalafu. Oí susurros en la salmuera; vi rostros conocidos devorados en silencio por la masa informe, sus miembros deviniendo alimento para la progenie incomprensible. Y allí, alrededor de la sima, los hijos de la marea —los innsmouthianos, ahora desnudos y grotescamente metamorfoseados— danzaban y copulaban con la amorfidad entronizada, renovando el pacto que los hacía parte de una existencia más allá de la humanidad.

Sentí cómo una extremidad babosa procuraba asirme; rocé otra mente, anciana y brutal, que intuyó mis pensamientos y susurró, sin lengua y sin compasión, la condena de mi linaje: “Tus bisabuelos se alimentaron de mi esencia y, por ello, eres mío”.

V

Desperté, náufrago, en la escollera, con el cabello encanecido y la piel bajo mis ropas cubierta de líquenes palpitantes. Nadie más me ha creído; ni doctores ni clérigos se atreven a mirar de cerca la herida, ni los temblores involuntarios que ahora me sacuden cada marea nueva. Los sueños no me permiten reposo: Xalafu, el inasible, anhela mi regreso, y veo, con horror, que el limo de Innsmouth se extiende hacia el norte, llegando incluso a los muelles de Boston.

Quizá no sobreviva al próximo cambio de la luna, o quizá ya no importe. Lo que vi me ha marcado, y confío en que usted, lector improbable, jamás siga la salmodia de Xalafu. Porque es tentador, y es abominable, y los hijos de la marea llaman al regreso. Cada vez que escucho su eco en el agua, siento que una parte más de mi humanidad se licúa en aquel cuerpo sin rostro, invocando aquel grito inmemorial: “Xalafu, Xalafu”, que, al final, ya no será una advertencia, sino mi única plegaria.

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