Portada del relato Las profundidades insomnes
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Fragmento:


No debíamos acercarnos más, pero la corriente, como consciente, nos arrastró hasta su límite mismo. Desembarcamos sobre un fango de viscosidad antinatural que olía a vegetación extinguida millones de años antes del primer bípedo hombre. El silencio era absoluto, interrumpido tan solo por el ritmo húmedo de nuestros pasos y los estallidos aleatorios de burbujas en la ciénaga. Comprendí de inmediato por qué nadie había regresado siendo completo de un desembarco a tales ruinas.

Duración: 10:37

Las profundidades insomnes
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Texto de ajuste de pausa.

1. El Despertar del Ahogado.

En los estertores finales de un febril verano, viajé hacia el suroeste del Pacífico bajo un pretexto académico —quizá despreciable a ojos de mis pares— sobre las migraciones polinesias en islas desaparecidas. No obstante, aquellos que han dedicado sus noches a la revisión de las crónicas más obscuras del culto y la decadencia humana sabrán que mi auténtico aliciente era la sospecha —tan aérea como horrible— de que la Atlántida de los cuentos infantiles podía tener un reflejo mucho más monstruoso en las profundidades abisales. Había leído fragmentos de Wilcox, y las memorias de Johansen, así como traducciones dudosas de las tablillas Typhonianas. En mi ruina narcisista, convencido de ser testigo de algo jamás registrado por el raciocinio humano, partí, con el corazón descompuesto por el presagio y el júbilo, hacia el punto señalado por cartas náuticas desechadas y mapas de sondeo prohibidos.

No viajé solo. Mi compañero —el infalible Edgar Fen, quien prestó oídos a mis desvaríos sólo tras comprobar la autenticidad de un artefacto hallado entre los detritos del Támesis— era una presencia sólida y a la vez movediza, pues sus ojos jamás dejaban de explorar la distancia. Edgar era menos proclive al influjo de leyendas, pero no al influjo del oro ni al de los trofeos sibilinos que, en su fantasía, traería el hallazgo de una “Antigüedad sin semejanza”.

Nuestra fragata, la *Narath*, era tan miserable como cualquiera que desafía corrientes equatoriales por encargo fantasmagórico. Vimos cambiar la faz del océano; se enturbiaba y, en ciertos tramos, brillaba con una pátina verdosa, semejante al reflejo del cristal soplado bajo la luna. Sin embargo, fue la noche 17 la que selló nuestro destino. La luna se ocultó y de la bruma emergió una incongruencia geométrica: perfiles ciclópeos, ángulos que negaban la lógica e incitaban el vértigo con su mera disposición. Entre ellos se tejía la silueta de una ciudad. Era R’lyeh.

2. Ingreso a la Ciudad Cauchemárica.

No debíamos acercarnos más, pero la corriente, como consciente, nos arrastró hasta su límite mismo. Desembarcamos sobre un fango de viscosidad antinatural que olía a vegetación extinguida millones de años antes del primer bípedo hombre. El silencio era absoluto, interrumpido tan solo por el ritmo húmedo de nuestros pasos y los estallidos aleatorios de burbujas en la ciénaga. Comprendí de inmediato por qué nadie había regresado siendo completo de un desembarco a tales ruinas.

Los muros, construidos con bloques de un verde aceitoso y vetas amarillentas, se hallaban cubiertos de relieves informes y tentaculares, donde el ojo tropezaba con avatares y deidades imposibles de atribuir a cultura alguna conocida. Los relieves se retorcían, fundiéndose en figuras polimorfas como si respiraran. Presentí que algo nos espiaba, tal vez apenas unas manchas en el fango trémulo.

Edgar y yo penetramos en una galería, una de las tantas aberturas donde la lógica espacial desaparecía. Sufrimos la sensación de estar deslizándonos hacia abajo y hacia dentro, hasta que el techo pareció hallarse a nuestro lado y el suelo arriba. Justo ahí sentí la punzada de un miedo tan prístino que gustaba de la sangre misma. Un bulbo cristalino nos observaba tras el umbral: una lente alargada de resina, tan viva y atenta como cualquier ojo que haya roto la membrana de la realidad para penetrar en nuestra dimensión. Detrás de aquel orificio en el muro, una sombra se agitaba. No era el monstruo de Wilcox. Aquel ser era recatado en su monstruosidad; parecía una amalgama de raíces, espinas y prisma resinoso.

Edgar, haciendo gala de su vigor e imprudencia, acercó la linterna. Entonces vimos el retorcimiento: centenares de espinas negras asomaban al cristal, dispersando la luz en haces verdes que se movían a voluntad. El resplandor sobre el muro produjo una silueta: una especie de ciempiés de tamaño descomunal, pero su cuerpo emanaba resina en hilos que formaban una trenza letárgica. Las crónicas, en mi memoria atiborrada de terrores, solo pronunciaban un nombre para el dios-escorpión sobre las colinas del Yukón: Yhoundeh. Sin embargo, ese nombre no alcanzaba a describir el repulsivo halo de materialidad que ahora nos contemplaba.

3. Las Visiones y el Lago Ocular.

La criatura palpó el aire, y para mi horror, su movimiento carente de huesos resonó en mi mente con palabras de una lengua que jamás había articulado. Las imágenes se sucedieron: un lago negro cubierto de ramas y resina, cientos de figuras humanas sumergidas en su fondo, sus pulmones llenos de savia, los ojos encontrados por tentáculos bibliófagos. Recordé fragmentos del culto a Yhoundeh y las historias de prisioneros enroscados, mantenidos en vigilia perpetua bajo la garantía de la visión eterna a través de las burbujas resinosas. No supe si era por la influencia del entorno, la soledad abisal o el influjo telepático de la bestia, pero la necesidad febril de huir chocaba con un deseo igualmente urgente de presenciar más.

Edgar cayó de rodillas, y balbuceó nombres sin sentido. El bulbo resinoso vibraba; apareció entonces ante nosotros, de la negrura lateral, un brazo hediondo de líquenes verdes, terminado en garras tan delgadas que podía verse la luz a su través. Nos invitaba, no a la muerte, sino a una fe mucho más perversa: la integración a una mirada compartida desde lo más hondo del cieno.

Di un paso atrás, pero las paredes se curvaron, cerrando el paso. El apéndice rozó mi mejilla y la piel ardió; imágenes relampagueantes cruzaron mi mente —bosques primordiales bajo auroras extintas, rituales de sangre embalsamada, sacerdotes-serpiente pactando con la mirada de la diosa. El horror no era el dolor, sino la revelación: mi identidad sería desmembrada y dispersada entre las miríadas de espíritus resinados, todos presos en la consciencia ocular de la bestia, para observar el universo con ojos infinitos en el fondo de lagos muertos.

Edgar, con voz que no era suya, suplicó en un dialecto minero de los Urales. “Ella me reclama, me abrirá como a un capullo. Hay verdad en el fondo y es una raíz. Entra, entra conmigo…”

4. La Presencia de Glaaki.

En ese instante, sentí un eco. No en el aire, sino en el sustrato mismo underfoot, el barro ancestral. Algo vibraba bajo nuestra prisión, no menos antiguo que la cosa ocular. Fue un rumor de hierro oxidado, una podredumbre distinta. Una memoria me asaltó; Glaaki, la entidad que dormitaba bajo las aguas y usaba espinas para sembrar sus voluntades, era otro de los pánicos de la infancia, leído con asco y fascinación en los papeles de Ramsey Campbell. Aquí, en R’lyeh, junto a la basilísca de resina, el lago y el pantano, no sólo Yhoundeh demandaba siervos.

Algo desde el cieno palmoteó, rompiendo la tensión de la ceremonia. Entre el fango surgió una columna que no era roca, sino corcho y hueso, recubierta de púas de metal corroido. La amalgama arrastraba apéndices gusanos; la cosa repiqueteaba como clavos sobre una taúd. Glaaki y Yhoundeh: dos doctrinas, dos terrores, dos promesas de abolición del yo.

El aire se llenó de un zumbido decreciente, y comprendí que aquellas entidades no sólo coexistían, sino que competían. Yhoundeh ofrecía la transmutación del ojo, la visión eterna y estática; Glaaki, la simbiosis de cadáveres en la conciencia pútrida de su lago. Edgar y yo éramos simples fichas en una lucha de podredumbre contra resina, de lago contra bosque. Sentí abrirse mi carne y mente, visto y sentido, observado y mirante, partido entre metátesis de prisión resinoso-espinada.

5. La Elección Sin Retorno.

Me vi desdoblar, mi carne tornándose translúcida, mis latidos ralentizados hasta ser eco puro. Glaaki me susurró la promesa de la unión —la muerte como disolución— y Yhoundeh, aún más sutil, destiló en mí el anhelo de mirar sin cegar jamás. Edgar, ya casi irreconocible, balbuceó: “No hay día ni noche; aquí sólo hay interior.”

Vi el rostrillo resinoso, cuyas raíces se internaban infinito abajo. Vi el lago de Glaaki, colmatado de cuerpos que alguna vez fueron humanos y ahora refluían, entre los detritos de consciencia. ¿A cuál condena escapar? Sentí, no ya como idea sino como certeza, que sólo la huida o el suicidio podía librarme de la absorción absoluta.

Grité, y el sonido reverberó en geometrías que lo multiplicaron hasta enloquecerlo. Me arrojé hacia la entrada por donde habíamos venido; la resina estalló en escamas, la ciénaga devoró mis zapatos, y el aire olía a petróleo y pino. Edgar quedó atrapado, abrazado por el apéndice de Yhoundeh, mientras la columna de Glaaki se zambullía en el lodo, arrastrando y sorbiendo el aire mismo de la galería. Huí, sin saber cómo, hacia el resplandor turbio del exterior.

6. Regreso a la Superficie.

Mi memoria admite lagunas; sólo sé que volví arrastrando mis músculos, cubierto de resinas, espinas y humores extraños, hasta la orilla donde la *Narath*, milagrosamente, soportaba la embestida de los mares abisales. Navegué —tal vez por días— hasta que la ciudad infernal desapareció bajo las olas, y sólo las boyas de mi delirium me ataban a la realidad.

Llegué a tierra con manos temblorosas, incapaz de articular lo que había visto. Edgar nunca fue hallado. Su nombre, arrastrado como oración involuntaria por mis sueños, aún vibra en las horas oscuras. Sueño con ojos tras el prisma, y con dedos atravesados de púas. Mi piel a veces supura resina, y en los espejos veo, por breves momentos, fragmentos del pantano y el lago, como si mi conciencia hubiera sido, tras todo, dividida entre las dos entidades que desde la prehistoria rivalizan por los despojos de la humanidad.

Nada puede purgar del alma la visión de las ruinas de R’lyeh, ni la comprensión última: en el corazón del océano, en la podredumbre sin fin ni memoria, en el cristal de los ojos interminablemente abiertos, nuestro destino, como especies, era estar siempre observados por terrores que jamás entenderíamos, y entre cuyos pactos —de resina o de barro— no hay elección posible. Sólo la espera. Y detrás de ese horizonte, la certeza de que algún día los lagos y los bosques se unirán en silencio, y nos reclamarán para sí uno por uno.

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