Había algo en la nieve que Elías Cartwright odiaba: no era el frío, ni el incómodo crujir bajo sus botas, ni siquiera el silencio; era el modo en que tanta blancura podía ocultar podredumbre. La noche, nada más bajar del tren en Brattleboro, e...
El susurro de los álamos en la colina Glen Boreas había enloquecido a más de un hombre –el viento venía de las escarpaduras con una voz que nadie deseaba interpretar. Cuando arribé, lo hice con la ligereza de un profesor invitado, cargando la...
Había oído hablar de la casa en el borde de Templewood incluso antes de aquello. Leslie Birtwhistle me lo había contado la última vez que lo vi en persona: era el tipo de sitio que enloquecía a los granjeros, hacía nacer historias de figuras a...
Bajo la luna de Yuggoth
Quizá no hay nada tan penoso como el salir a medianoche a través de ciénagas cubiertas de niebla, con una linterna temblorosa y el peso del miedo aleteando entre la carne y el alma. Esto lo supe la noche del 14 de noviemb...
Las montañas llegaban de golpe, colosales y neutras, los picos hundidos en nubarrones perpetuos que, al atardecer, se teñían de un negro violáceo. Durante el verano, el sendero de grava se cubría de hongos salpicados de escarcha. Un rumor de ag...
La noche se arrastraba como un manto húmedo sobre las colinas cubiertas de brezos de Vermont, ocultando a toda criatura razonable y tan solo dejando galopar los ecos del viento entre los picos y gargantas más solitarias. Yo, Nathaniel Hawes, me ha...
Es curioso –o debería decir, ominoso– el modo en que ciertas voces, enteramente ajenas a las facultades conocidas del hombre, arrastran consigo el aroma penetrante de la podredumbre y el hielo. Los lectores asiduos de Wyvelley Record estarán f...
El primer indicio llegó con un rumor húmedo al atardecer, como si la niebla sulfurosa del pantano —atrapada entre las grietas de la ciudad vieja— hubiese decidido reptar hacia nuestro mundo con la intención de ahogar el crepúsculo. En Arkham...
Mi primer contacto con el abismo se produjo en la vasta extensión boscosa de Vermont, un lugar donde la civilización sostenía apenas un asidero sobre la brutalidad primordial de la naturaleza. Había recibido la invitación motorizada por una not...
¿Recuerdas, lector, cómo tiembla el corazón frente a lo innombrable, cómo se hiela la sangre ante la presencia de aquello que jamás se debió concebir en la efluvia corrompida del cosmos? Pues yo, un hombre marcado por la fiebre de la indagació Leer más...
Serían casi las dos de la madrugada cuando comencé a escribir esto, desde la desesperanza y el cansancio, convencido de que la catástrofe está cerca; tal vez, mientras mis manos aún obedezcan mi voluntad, pueda legar un testimonio útil, siquier Leer más...
¿Recuerdas, lector, cómo tiembla el corazón frente a lo innombrable, cómo se hiela la sangre ante la presencia de aquello que jamás se debió concebir en la efluvia corrompida del cosmos? Pues yo, un hombre marcado por la fiebre de la indagació Leer más...
En las más antiguas entrañas de la necrópolis, allí donde las aguas rancias del pantano devoran todo vestigio de sol, existían pasajes y cámaras cuya existencia susurraban sólo a medias los archivistas más corrompidos de la ciudad. El cement Leer más...
La mayoría de los que se interesan con verdadera devoción por la arqueología nocturna saben cuándo retirarse. Algunos lugares, especialmente en ciudades tan antiguas como Nueva York—cuyo subsuelo está picado por criptas, túneles de servicio Leer más...
Tenía la impresión, siempre hacia el fin de la noche, de que la ciudad entera retrocedía de la costa, de que sus cimientos se encogían bajo la presión, no del agua sino de las cosas que la habitaban; seres inmemoriales de los que los pescadores Leer más...
Las tierras de Leng yacen, ignoradas, en las pesadillas de la humanidad, un páramo revuelto de témpanos errantes y torres rotas, bajo una aurora inmóvil y perversa. Pero hay otra Leng, más profunda y cruel, confinada a los bordes de la conciencia Leer más...
Era en los días más sombríos del invierno neoyorquino cuando, desplazado y vencido por el frío y la miseria, acepté un encargo que ningún alma sensata habría contemplado siquiera entre delirios febriles. Había conocido a Charles W. Dunthorne, Leer más...