Portada del relato La Noche en que el Cosmos se Desgarró
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Fragmento:


Allí nos aguardaba un hombre de piel grisácea, ojos exoftálmicos y voz filtrada por la desesperación. Se presentó como Morgan Hieronymus, último custodio de los códigos de la Watchers, una orden pre-masónica que decía remontarse a Zhar y al coloso iletrado de Irem. Nos narró, arrastrando sílabas, la historia del "sello de Zhar", un artefacto que los Hall, por siglos, custodiaron para que sirviese de tapón en ciertas noches cuando la hambruna cósmica rasguña los cimientos de la Tierra.

Duración: 11:08

La Noche en que el Cosmos se Desgarró
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Texto de ajuste de pausa.

El mundo que conocemos apenas roza la costra superficial de un vórtice de fuerzas y presencias insondables, entidades que, en su aspecto más ínfimo, desafían cualquier tentativo de descripción o categorización. Pero mi relato no es una mera alegoría ni un eco de sueños enloquecidos, sino la crónica fidedigna de lo que viví y supe, forzado por azares malditos a observar desde la grieta de la realidad cómo el Cosmos podía rasgarse para dejar asomar su médula pestilente e incognoscible.

Fui en mi juventud un hombre común, celoso lector de ciencias y mitologías, con una obsesión modesta pero persistente hacia la arcanidad heredada de mis antepasados. Crecí en la vieja mansión de la familia Hall, entre aquellas colinas erosionadas que vigilan el borde septentrional de Arkham, donde la bruma se arrastra como líquido preternatural y los aullidos nocturnos de los lobos jamás parecen provenir de garganta mortal alguna. Mi única compañía constante era Viridiana, mi hermana mayor, de temple etéreo y mirada de abismo. Ella era, para muchos, una suerte de médium o herborista, y para otros, la última de las Hall, tocada por el legado que susurran los árboles más viejos y la turba ancestral del cementerio familiar.

Corría el año de 1919 cuando recibimos la carta que habría de cambiar nuestro destino para siempre. Estaba escrita con tinta marrón y caligrafía temblorosa, enviada desde las ruinas de Dhol, una aldea minera deshabitada antaño por gentes de modales innombrables y acentos antifónicos. Un mensaje lacónico: "El Sepulcro despierta. Vengan antes de la nueva luna. Solo juntos pueden sellar la grieta en la tierra y contener la llegada de lo innombrado".

No había firma. Ni la habría, nos confesamos Viridiana y yo, pues los únicos capaces de saber del "sepulcro" y de su relación con los Hall habían sido engullidos por la locura, el exilio o la muerte. Pero la noche siguiente fue más dura. Soñé con una ciudad coronada por domos de piedra bermeja, donde fuerzas ciclópeas contorsionaban la geometría a su antojo. Vi una plaza circundada por urnas selladas, sobre las que danzaban seres informes de simetría nauseabunda, y en el centro, una cosa de negra estatura y abultado vientre, protoplasmática, que al tamborilear, hacía estremecer al mismísimo espacio entre los átomos.

Desperté solo, empapado de sudor y con las cortinas enruinadas, como si manos invisibles hubiesen forcejeado en mi recámara. Vi documentos apilados en la mesa que no recordaba haber traído, todos firmados con un ideograma ilegible que, de alguna manera, sugería tanto el fuego como el colmillo y la piedra. Viridiana me aguardaba en el comedor, pálida pero decidida. "Vayamos. No es sólo un asunto familiar, sino cósmico", me dijo con voz extrañamente transfigurada. Así, consultamos antiguos archivos --la genealogía Hall y los legajos atesorados por generaciones-- y partimos, llevando sólo lo indispensable: lámpara, revólver, sacos de provisiones, y una urna de piedra verde cubierta por inscripciones que nadie más que mi hermana parecía comprender.

El camino a Dhol era tortuoso, sorteando la ciénaga de Dunwich y el bosque fofo de Miskatonic, y durante el trayecto fuimos acosados por sombras demasiado densas para ser meros juegos de la luz. Siempre pensé que los trinos disonantes a nuestro alrededor no eran de aves, sino del eco de otra mente, acaso planetaria, que vigila tras la atmósfera. Llevábamos días caminando cuando divisamos la entrada al pueblo: una hilera de chozas rematadas por techos desmoronados, la silueta de una capilla espectral recortada contra la bruma y, sobre todo, la grieta de la que hablaba la carta, como una cicatriz abierta en el mismo centro de la plaza. Del surco emergía un vapor acre, aceitoso, que parecía retorcer el aire, y el suelo alrededor presentaba extrañas formaciones reticuladas, como si colosales raíces luchasen por salir o por volver a entrar.

Allí nos aguardaba un hombre de piel grisácea, ojos exoftálmicos y voz filtrada por la desesperación. Se presentó como Morgan Hieronymus, último custodio de los códigos de la Watchers, una orden pre-masónica que decía remontarse a Zhar y al coloso iletrado de Irem. Nos narró, arrastrando sílabas, la historia del "sello de Zhar", un artefacto que los Hall, por siglos, custodiaron para que sirviese de tapón en ciertas noches cuando la hambruna cósmica rasguña los cimientos de la Tierra.

Según Hieronymus, la fisura era un microcosmos, una emulación de la grieta que parte el mismo espacio exterior cerca del trono apoteósico de Azathoth. En los ciclos astrológicos donde ciertas estrellas moribundas emergen tras el horizonte, la grieta se alinea con el "Sendero de Niebla", una coordenada extratemporal vinculada tanto a Zhar como al núcleo febril de Azathoth. Y aquí, Hieronymus tembló: "Esta vez, el sello no basta. Algo lo debilita... los tambores, los lamentos que surgen de la negrura. Han oído las danzas, los rezos, los nombres. Han mimetizado el rito para atraer la percepción ciega de aquel cuyo centelleo remueve la urdimbre de todos los mundos".

En ese instante, sentí el fulgor de un vértigo que no era del cuerpo, sino del ser. Vi tras mis párpados una figura coronada de bocas, su bruma pendulando sobre la grieta, y a su alrededor una legión de danzantes que se retorcían hacia el abismo. Viridiana, aunque siempre cerebral, parecía poseída por una consciencia que la coagulaba en la frontera entre lo humano y lo terrorífico: "Zhar fue sólo un emisario, aquel que mitiga la presencia de Lo Demasiado Grande. Pero Azathoth es la sinrazón que trajo a Zhar y a los suyos, el latido cuyo pulso arruina la vida y el tiempo".

Nadie durmió esa noche. Encendimos un fuego junto a la grieta, y Viridiana dispuso la urna sobre una losa en el centro del círculo, recitando palabras que vibraban con una frecuencia incompatible con la lengua humana. Era un canto alternante: primero sibilante, luego gutural, a veces indistinguible del silbido de las víboras. Hieronymus esparció polvos amarillos y ópalos pulverizados, generando nubes iridiscentes que, paradójicamente, no reflejaban ni absorbían la luz sino la devoraban. Al cabo de varias horas --o fue un lapso atemporal, pues los relojes estallaron por presión interna--, el vapor de la fisura adoptó una forma majestuosa: un vórtice de mil rostros que ululaban y agitaban apéndices imposibles.

Entonces, las urnas alrededor de la plaza comenzaron a vibrar, golpeando contra las losas en un ritmo que evocaba la percusión atávica narrada por Profetas del Desenfreno. De la grieta surgieron tentáculos membranosos cubiertos de un humor negro y denso; se arremolinaron en torno a la urna principal, como si buscaran devorarla o fusionarse con ella. Viridiana empuñó el sello y recitó nombres horribles e innombrables. Perscruté el interior de la grieta, entendiendo de golpe que no era una simple herida en la tierra, sino la terminación de un túnel interdimensional, un apéndice del mismísimo caudal que fluye desde el trono ciego donde reina Azathoth.

Y en ese instante, comprendí el horror último: que Zhar y las entidades de ese linaje, de cuya existencia me había enterado en cuentos de infancia, no eran guardianes benevolentes, sino oportunistas que en la debilidad de la urdimbre buscan captar para sí una fracción del abismo. El verdadero terror, la ebullición primordial, era Azathoth, cuya danza sin música puede, acaso en un plano vocal, imitarse por mortales, pero jamás encauzarse según la intención. Zhar, ese "dios de la niebla", era la sombra de la sombra, y nuestros ritos, desplazamientos huecos ante el rencor de una presencia que no distingue a sus seguidores de sus enemigos.

La danza de las urnas llegó a un clímax, el sonido era ahora un rugido que desgarraba no sólo el tímpano sino la parte del alma donde anidan los recuerdos más antiguos de la especie. Hieronymus, ojos en blanco, fue absorbido por un tentáculo, su carne diluida como agua, mientras Viridiana clamaba en una voz prestada, demasiado profunda para un ser humano: "¡Atrás, príncipe de estulticia! ¡Retén tu hambre, ciérrate, pliegue imbécil del espacio muerto! Por Zhar, por los Siete de Irem, por el sello de Hall...".

De la urna emergió un chorro de luz verdosa que cortó como cuchilla las formaciones tentaculares. La grieta vomitó un estertor de viento y fuego astral. Sentí que el mundo era un zepelín de cristal a punto de explotar. Por un instante fugaz, mi mente fue absorbida por la conciencia cósmica: vi el asiento de Azathoth, el núcleo amorfo, la danza de los planetas como partículas en una olla cósmica, y el coro infinito de cosas que gritaban para apaciguar el sueño de Aquel cuyo despertar significaría la extinción no sólo de la vida, sino de todas las alternativas posibles.

La escena colapsó. Desperté junto a las ruinas de Dhol, el pueblo reducido a polvo antediluviano, la fisura ahora perfectamente sellada por una costra de material desconocido, opaco al tacto y al pensamiento. Ni rastro de Hieronymus. Viridiana yacía al pie de la urna, su cabello convertido en filamentos blancos, su rostro cruzado por una serenidad antinatural. Cuando la tomé por el hombro, abrió los ojos --sin pupilas, sin irises, sólo dos orbes lechosos-- y murmuró: "Aún danza. Azathoth no duerme, sólo sueña y bosteza. Cada rito, cada sello, es un aplazamiento. Nada se gana; sólo se retrasa el desastre".

La conduje de vuelta a la mansión Hall, ignorando para siempre el reloj y los deseos de normalidad. Meses después, oí rumores en los periódicos extranjeros: aldeas enteras sepultadas por breas espesas; tribus que desaparecen de la faz del Norte bajo auroras mudas. Sabía lo que significaban esos horrores: brazos tangenciales de la voluntad ciega del Caos, gestos somnolientos del dios atómico cuyo corazón late en el centro de toda posibilidad.

Hoy, encerrado en el ala oeste de la vieja mansión, redacto mi testimonio con la certeza de que la razón no volverá a brillar para mí. Viridiana no habla. Solo recita el ciclo: "Aquel que danza devorará el último pensamiento. Zhar sólo vela las fronteras; Azathoth es la frontera que sangra". La urna reposa bajo llave, pero a veces emite un leve tamborilear, ritmo siniestro que atraviesa la madera y mis noches insomnes. Espero el instante en que la percusión vuelva a apoderarse del aire, y tenga que decidir si levantar el sello o fundirme, como todos, en la orgía de moléculas que baila en torno al Trono de la Demencia.

Ruego al lector que, si llega a encontrar este documento, no intente continuar lo que apenas he descrito. El infierno que contiene la frontera no admite herederos sensatos; es privilegio y condena de los Hall y de los que, por error o sangre, han rozado el mapa blasfemo trazado por los hijos de Zhar y rubricado por el pulso ciego de Azathoth. Que nadie más abra las urnas selladas; que nadie más escuche el tambor latente bajo la corteza terrestre, pues eso sería decir sí al fin último, al caos más allá de la comprensión y del mismo relato.

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