Portada del relato El Gabinete del Séptimo Piso
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Fragmento:


Todo había comenzado una tarde en el salón común, cuando Cortland, el inquilino del 2B, relató entre dientes cómo, en el lecho de muerte de la señora DeMersant, la patrona, su hijo había aceptado guardar bajo llave los objetos de la “experiencia prohibida”—no para los niños, no para los locos, sino taxativamente, para los adultos. Andrew, un hombre escéptico hasta la médula, había sorbido su té con escepticismo, pero la sola idea de que existieran objetos “demasiado peligrosos para adultos” lo había aguijoneado por días, revolviéndole el trasfondo más indiferente de su espíritu.

Duración: 10:58

El Gabinete del Séptimo Piso
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Texto de ajuste de pausa.

La luna caía como una losa sólida, helando el tejado de la pensión DeMersant y dejando sobre las tejas perfiles de azogue, vibrantes y tensos. Andrew Tavares requirió tres giros completos de la llave, lo que era poco habitual por la hora y el sigilo con que se deslizaba por los corredores alfombrados. No era helleriano ni adepto a parábolas filosóficas sobre la moralidad, pero nunca antes se había sentido tan secretamente culpable como entonces, presionando el picaporte de la puerta vetada del lado oeste, la que nadie —salvo el misterioso Sr. DeMersant— atravesaba desde hacía más de medio siglo. Llevaba consigo una pequeña lámpara de baquelita, un block de notas, y, aún más crucial, la voluntad temblorosa de aquel que sabe que se aproxima a lo prohibido no sólo por curiosidad, sino por una acuciante y malsana necesidad.

Todo había comenzado una tarde en el salón común, cuando Cortland, el inquilino del 2B, relató entre dientes cómo, en el lecho de muerte de la señora DeMersant, la patrona, su hijo había aceptado guardar bajo llave los objetos de la “experiencia prohibida”—no para los niños, no para los locos, sino taxativamente, para los adultos. Andrew, un hombre escéptico hasta la médula, había sorbido su té con escepticismo, pero la sola idea de que existieran objetos “demasiado peligrosos para adultos” lo había aguijoneado por días, revolviéndole el trasfondo más indiferente de su espíritu.

El rumor decía que se trataba de una colección. No de armas ni de sustancias, ni de libros antiguos con ideas impías; era algo más efable y, por ello, más inquietante. “Objetos prohibidos para adultos”, eso era todo lo que los viejos inquilinos sabían entre susurros, y los nuevos como Andrew sólo podían especular. Durante días, midió con la mirada la puerta prohibida, su carcomido marco pintado de blanco, las bisagras rechinantes, y hasta el leve olor a humedad que parecía escapar de la cerradura como un aliento fosco.

Esa noche, alentado por el magnetismo funesto de los límites vedados, el joven Tavares había robado la llave maestra del despacho del Sr. DeMersant después de que este se despidió temprano, por una amenaza de fiebre. Así se encontró ahora, elevando el pulgar y presionando, casi a ciegas, sobre el pomo de la puerta vetusta. Al penetrar en la oscuridad, la atmósfera cambió súbitamente; un cambio de presión apenas perceptible le enroscó un aura de angustia alrededor del cuello. Podía olerlo: naftalina, madera podrida, y una nota cítrica extemporánea. Pasó el foco de la linterna a lo largo de la sala, que tenía las dimensiones de un pequeño salón de baile, aunque el papel de las paredes se estaba pelando y el suelo ocultaba manchas oscuras, como si hubieran arrojado vino tinto y jamás hubiese secado del todo.

Allí estaban, sobre tres estantes y dos vitrinas y varias mesas cubiertas con paños, los denominados ‘objetos prohibidos’. Cada uno tenía un pequeño letrero a su lado, hecho a mano, con caligrafía que recordaba a la de la vieja DeMersant, educada y precisa. Andrew, tembloroso, comenzó su inspección con un escepticismo que se desmoronaba línea a línea, como un crédito bancario irrealizable.

El primer objeto era una caja de madera negra, del tamaño de un libro grueso. El letrero decía sencillamente: “Caja donde guardamos los secretos que deseamos olvidar”. Andrew, alzando la tapa, encontró una almohadilla de terciopelo con espacio vacío en el centro. Nada más, salvo esa inexplicable sensación de vértigo, una punzada en la sien, como si acabara de recordar el nombre de una persona a quien odiaba en silencio. Cerrando la caja de inmediato, resopló, firme en su creencia de que aquél era sólo un truco de evocación psicológica, parte de la superstición centenaria de la familia.

El segundo objeto llamó más su atención. Estaba envuelto en seda púrpura, y al retirarla, surgió un espejo de mano ovalado, con un marco delicadamente tallado. El letrero rezaba: “A través de este cristal, sólo verás tu peor temor, sea cual sea en cada momento”. Andrew reprimió una risa. Sin embargo, al mirarse, vislumbró nada. O, más precisamente, reconoció en el reflejo una versión suya, con el rostro completamente borrado, como si hubiera sido cubierto con una sábana translúcida. La imagen lo sobresaltó lo suficiente para apartar la vista. El corazón le latía de forma irregular; no era cobardía, estaba seguro, sino ese fenómeno misterioso llamado autosugestión.

A medida que el foco de la linterna danzaba sobre cada mesa y repisa, los objetos parecían ganar una vida siniestra, como si invitaran a ser usados, tocados, reconocidos en su íntima amenaza. Estaba el pequeño cuaderno negro titulado “Promesas incumplidas: al leerlas, se cumplen por un instante para desmoronarse luego”, casi vacío salvo por una página gastada y borrosa, cuyo texto Andrew no pudo leer por más que forzó los ojos. Un pañuelo rojo doblado, que prometía, según su tarjeta, “convertir cualquier llanto en risa, pero sólo si el llanto es auténtico y la risa será, desde entonces, espuria siempre”, lo intrigó por su fútil malicia.

Pero el objeto que verdaderamente trastocó la racional insensatez de Andrew fue la pequeña esfera de plomo en la vitrina central, del tamaño de una nuez, recostada sobre un cojín burdeos. El letrero tenía sólo dos palabras: “Peso final”. Él, considerándose, todavía, por encima de toda superstición, abrió la vitrina y tomó la esfera. Sintió el frío, el metal pesando mucho más de lo que parecía. La sostuvo en la mano y, en ese instante, la habitación giró; oyó su propio nombre en un susurro, venía de detrás, o debajo, o dentro del propio objeto, era imposible discernirlo.

La visión se le oscureció durante apenas una fracción de segundo, pero en ese lapso larguísimo, en el oscuro parpadeo, vio (sintió, soñó, pero qué diferencia hacía) un cuarto muy similar a aquél: pero los objetos lo miraban, y él no podía moverse, ni hablar, ni llorar. Eran susurradores, extendiéndose lentamente en torno al brazo que aún sostenía la esfera. Soltó el plomo de golpe, y rodó al suelo, resonando contra el parquet con un tañido seco y repulsivo.

La realidad volvió en un torrente, fría y cortante. Andrew jadeó, frotándose las sienes y mirándose las palmas, sintiendo un hormigueo persistente. Aquel era el momento esperado, el instante en que cualquier persona razonable se retira. Pero la presión de la transgresión era incontenible: ya estaba ahí, no podía irse aún.

Se dirigió a la mesa del fondo, donde un objeto cubierto por un paño azul celeste relucía aún en la semioscuridad. Destapándolo, encontró algo que lo desconcertó de inmediato: una manopla para hornear, de tela común, un poco manchada de grasa. El cartel decía, con una ironía sutil que no escapó a Andrew: “La mano que no olvida el dolor”. Por una mezcla de desafío y estupidez, se la puso.

Inmediatamente, su palma y dedos recordaron, a un nivel que no era físico pero tampoco sólo emocional, cada pequeño accidente, cada cortadura, cada vez que, siendo niño o adulto, se hizo daño por la negligencia o por la prisa. No fue sólo memoria: fue dolor, un magnífico desfile de incomodidades, hasta el latido de un diente astillado y la quemadura del café volcado en la rodilla. Se sacó el guante dejando escapar un gemido ronco. Ninguna quemadura estaba ahí, pero el dolor persistía, evocando todos los males imaginarios de la memoria adulta.

Andrew estaba sudando frío y el pulso le martilleaba. Lanzó la manopla sobre la mesa y se obligó a serenarse. Era absurdo, se reprendió, todo era simple hipnosis, sugestión y esa propensión de la mente humana a autoconvencerse de que ha sufrido lo que desea o teme sufrir.

El último objeto, en una cajita de terciopelo negro en un estante alejado, era el más pequeño y simple de todos: una canica azul. La etiqueta estaba desvaída: “Recuerda lo que olvidaste de niño”. Sin pensarlo, la tomó, sintiendo su superficie lisa con la yema de los dedos. En ese instante, una ráfaga de imágenes cruzó su mente: la cara sonriente de su madre, el olor del pasto recién cortado, la tarde en que, a sus cinco años, un hombre mayor le ofreció caramelos al otro lado de una calle polvorienta y él, por razones que nunca entendió, se negó a cruzarla. Entonces comprendió: la canica restauraba, a modo de venganza, recuerdos cruciales inhabilitados por la comodidad de la edad adulta. No todos eran felices: fue cegador su reencuentro con el miedo primitivo, la confusión, el terror ilógico a lo desconocido. Instintivamente, arrojó la canica al rincón más oscuro, sintiendo lágrimas calientes rodando por su mejilla sin saber si eran de pena, alivio o simple pánico infantil.

Allí, en la quietud forzada del gabinete, Andrew oyó pasos en el pasillo. El Sr. DeMersant, en bata, estaba de pie en el umbral, la figura recortada y ondulante bajo la luz de la linterna que caía desde la mano temblorosa de Andrew.

—Le advertí, Tavares, no por moralismo sino por necesidad —dijo con una voz donde el cansancio y la amargura se mezclaban con un dejo de tristeza.— Estos objetos no son peligrosos por lo que hacen, sino por lo que nos obligan a recordar o a sentir. Son artefactos de memoria, de vergüenza, de autodestrucción.

Andrew, tras reponerse lo justo para articular una excusa, sólo logró balbucear una pregunta:

—¿Por qué... por qué prohibidos… para adultos?

—Porque un niño teme por lo que no conoce —respondió DeMersant, entristecido—. El adulto teme por lo que eligió olvidar. Y hay cosas que solo los adultos corrompen hasta que no pueden sobrevivir a ellas.

Abrió la caja de “los secretos que deseamos olvidar” e, inclinándola, dejó caer una pequeña fotografía al suelo. Andrew, mirándola, reconoció de inmediato la silueta borrosa de un hombre de espaldas, sujetando una caja de aspecto familiar. El niño a su lado era un DeMersant adolescente, con la mirada que Andrew supo era de total desesperación.

En ese momento comprendió —como un relámpago— el verdadero terror: no eran los objetos en sí, sino lo que en la adultez nos volvemos capaces de temer. Los amuletos y artefactos eran apenas espejos, trampas ingeniosas para recordar el dolor, la culpa, la tragedia y la inocencia perdida.

Salió tambaleándose del gabinete. Caminó, bajo la mirada impasible del Sr. DeMersant, rumbo al vestíbulo principal. Ya no sentía curiosidad ni hambre de misterio. Sólo un frío insomne, ese escalofrío perenne que acompaña la certeza de que hay cosas que, simplemente, ya no deberíamos buscar, ni siquiera recordar, cuando dejamos atrás —para siempre— la ilusoria protección de la infancia.

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