4 de mayo de 1923, Ulthar, Provincia de Miskatonic.
Mi querido profesor Armitage,
Me permito la osadía de escribirle no solo por la admiración que profeso a sus investigaciones, sino por la incesante e ineludible urgencia que me atenaza desde el día de mi llegada a esta desolada ciudad, cuyas madrugadas están impregnadas de un viento áspero y mineral que parece emanar desde estratos olvidados por los siglos y la ciencia.
Mi propósito inicial era sumamente prosaico: confirmar ciertos rumores sobre reliquias ciclópeas, presuntamente de tiempos prehumanos, custodiadas bajo el zoco principal de Ulthar. Desde mi arribo, sin embargo, he percibido una atonía, una inquietud como de milenios congelados cuya presencia apenas rozan los murmullos de los nativos, tan poco dados a la hospitalidad como celosos de sus secretos inmemoriales.
La noche de mi llegada, fui recibido por el señor Kharún, un anciano con la piel como pergamino antiguo y los ojos hundidos en órbitas más hondas de lo habitual. Apenas pronunció palabra durante el trayecto hacia la posada, cuya arquitectura asoma, en sus detalles, a algo extinguido: pilares cincelados con runas que se asemejan al sumergido alfabeto de la isla de Ponape, puertas de basalto macizo y un patio donde las sombras se arremolinan aunque no haya viento. El silencio nocturno era tan compacto, tan denso, que mis propios pensamientos parecían resonar en la cal de las paredes.
Intenté dormir, pero al cerrar los ojos me asaltaron imágenes, acaso inducidas por la fatiga y el ambiente: enormes avenidas sumidas en la penumbra, donde se alzaban obeliscos de formas imposibles y bestias de proporciones antediluvianas acechaban en rincones poblados por estatuas sin cabeza.
La mañana siguiente, impulsado por una mezcla de curiosidad y el temor difuso, recorrí las calles, donde las casas parecen haberse ido apartando con los siglos, rehuyendo la centralidad del mercado y sus venerables ruinas. Los habitantes rehúyen el contacto visual, y más de un niño, a mi paso, chista o escupe al suelo. La sensación general es que el forastero es no solo una molestia, sino una potencial grieta en la frágil muralla que los aísla del horror subyacente, ese que ni siquiera nombra.
Pero son las noches, querido profesor, las que constituyen mi verdadero tormento.
6 de mayo.
Es de madrugada. Desde mi habitación, bajo la insignificante protección de la cerradura, escucho el sordo clamor que bulle bajo las piedras de la plaza antigua. Por la ventana contemplo a una figura —quizá un hombre, aunque anda encorvado y con movimientos que desmienten toda familiaridad humana— deambular en torno a un pozo sellado hace generaciones, a juzgar por el musgo y la grava apelmazada entre las grietas. De allí, como de una garganta en perpetuo suspiro, se elevan gemidos batracios, un zumbido espantoso que mi razón rechaza pero mi oído confiesa.
No duermo. Ya no puedo dormir.
8 de mayo.
Hoy he logrado ganarme la media confianza de uno de los tenderos más locuaces. Se llama Yezd, y tras compartir un poco de aguardiente prendido con esencias de hinojo, consintió en susurrarme la leyenda que envuelve a esta parte de la ciudad. Traduzco lo esencial: "Bajo la plaza —dijo— yacen muertos cuyo sueño no es como el de otros fallecidos. No descansan; aguardan. No conocen el tiempo, pues recuerdan el primer sol y observarán el último. Si la tapia se abre... regresa el hambre del abismo".
Quise indagar en las causas de semejante temor, pero el hombre perdió el hilo de la conversación y poco después se excusó, retirándose con una rapidez sospechosa. Antes de irse, agregó: "No lea el libro de las lapidas caídas, no siga los susurros en la arena negra".
He registrado la biblioteca, pequeña y concurrida de polvo más que de lectores, y he hallado un volumen titulado "Sobre los que duermen bajo el cielo rojo", en latín arcaico y pergamino embebido en nitrato, que narra deidades cuya apariencia desafía todo raciocinio antropomórfico, y que, según la tradición, fueron selladas en galerías talladas por criaturas extramundanas. Los grabados muestran a seres lampiños, de ojos oblicuos y manos rematadas en garras, arrodillados ante un tremendo crisol de carne y queratina, con un solo ojo vertical donde podría esperarse la boca.
Sigo sin dormir, y cada fragmento de sueño se rompe en fracturas cochambrosas, pesadillas de corredores infinitos y puertas que no deberían, nunca, abrirse.
11 de mayo.
He comenzado a recibir cartas anónimas, deslizadas bajo la puerta en horas inciertas. No tienen fecha, ni firma, sino que parecen escritas con admirable parsimonia, en latín y árabe clásico. Sin embargo, sus advertencias son inequívocas: "La sima se abrirá cuando los necios escarben el nombre sagrado". "La voz bajo el basalto es la Voz Primordial; el que escucha, ya no vuelve a oír jamás verdad entre los vivos". "Cesad en la indagación, extranjero, o la herida del mundo se ahondará".
No puedo sino perseverar, como si una voluntad superior, hostil y al tiempo seductora, me empujara hacia la decadencia enterrada de Ulthar. Cada noche los susurros que emergen por el suelo son más nítidos; percibo palabras apenas pronunciadas: "Znarnach... Ulkoth... R’hel Imur...".
La vigilia se ha tornado mi única defensa; la vigilia y la luz de la vela, que a veces parpadea en inquietantes síncopas al rumor subterráneo.
13 de mayo.
Anoche, al filo del alba, una multitud de encapuchados —en realidad, no vi sus rostros, sino borrosas siluetas— se congregó en torno al pozo. Entonaron cánticos ininteligibles, y la vibración del suelo llegó a ser intolerable, como si cada palabra removiera estratos de roca y letargo prehistórico. La ceremonia duró lo que dura un sobresalto de la razón, y tras su dispersión el silencio volvió, doblemente ominoso.
Hoy, armado con lámpara y cuaderno, he descendido a la cripta contigua al mercado, burlando rudimentarias cadenas. Lo que allí he descubierto... cuesta incluso escribirlo y temo que mis palabras traicionen la enormidad de la visión.
El aire era pesado y cálido, apestoso a una mezcla de moho virulento y brea primordial. Avancé entre los nichos, y cada uno exhibía signos de haber contenido entes no humanos: marcas de garras, bifurcaciones en las hornacinas, herrumbres que formaban símbolos... ¡y huesos! Huesos, algunos mayores que el fémur de cualquier mamífero terrestre conocido; cráneos alargados, sin cavidades oculares, como orgullosas ofrendas a dioses hostiles. En el fondo de la cámara central, oculto tras astas ennegrecidas, dormía un sarcófago recubierto con escritura que, al tocarla, pareció reptar bajo mi palma.
Sentí la compulsión —no puedo explicarlo de otro modo— de transcribir uno de los glifos. Tal imprudencia desató un frescor odioso en toda la estancia, y un rumor —apenas un murmullo, pero de claridad funesta— pronunció mi nombre con una cadencia ancestral.
Huí. No recuerdo cómo salí a la superficie, ni cómo alcancé la posada, solo que mi corazón amenazaba con resquebrajarme el pecho y mis manos temblaban como nunca en mi vida. Desde entonces, el aire mismo parece cargado de expectación malsana, como si algo aguardase, siempre al acecho, bajo cada sombra, dispuesta a engullir cualquier vestigio de cordura.
15 de mayo.
Me persiguen sueños febriles. Una ciudad interminable, consagrada a nombres que no pueden ser oídos ni por dioses ni por bestias. Obeliscos rotos, pasadizos tapiados con huesos engastados en resina negra. Los que caminan allí no son hombres: carecen de rostro, y el sonido de sus pasos es el repique de urnas vacías. Uno de ellos me ofrece un cáliz de piedra y, al beber, el líquido se transforma en un enjambre de insectos translúcidos que colonizan mi garganta hasta acallarme el alma.
Los lugareños se tornan más hostiles cada día. Incluso mi anfitrión, el señor Kharún, me rehuye y no oculta el disgusto cuando pide que abrevie mi estancia.
17 de mayo.
Hoy, bajo la luz de una luna recortada y vendada en nubes rojas, vi algo espantoso. Caminando junto al margen del río —un hilo de agua enfangado más propio de pesadilla que de geografía— presencié cómo la misma tierra parecía respirar. Un segmento de terreno, justo ante la cripta, se hundía y ascendía como un pecho hinchado por la fiebre. De la leve hendidura emergió un hálito que apestaba a sal y a fango; y una breve luz, azulada y líquida, chisporroteó desde la oquedad.
Después, oí pasos tras de mí. Giré: era Yezd. Me miró fijamente, temblando. Murmuró: "Váyase esta noche, antes de que Ulthar olvide su forma humana". Y se perdió entre las ruinas.
18 de mayo.
Estoy concluyendo esta carta para ponerla en el tren de la mañana, esperando que llegue a sus manos, profesor, pues percibo que mis visiones y los sonidos que me acosan son apenas preludio de algo mucho más ancestral que yo mismo, que mi linaje, que toda nuestra raza. He quemado las notas copiadas sobre el sarcófago, pero aún así sigo escuchando el repiqueteo, como de raíces luchando en la piedra, que viene desde el subsuelo.
No me atrevo a salir, ni siquiera a moverme por la posada. Veo sombras a través de la rendija de la puerta, sombras que no corresponden a ningún cuerpo que pueda reconocer.
Si no vuelvo a escribir, sepa, estimado profesor, que lo hago no por miedo sino porque lo insondable habrá finalmente traspasado la venera de mis sentidos y mi mente habrá caído, irrevocablemente, en ese abismo sacrílego.
Diga a los suyos que no indaguen. Que no llamen. Que olviden, que perdonen el silencio como una última y desesperada cautela.
Adiós. Adiós de parte del que fue, apenas, un estudioso, y que ahora comprende la terrible verdad que se ocultaba en los sueños y en las arenas, bajo la Ciudad sin Nombre.
D. H. Wright.
Postdata: Ya escucho el nombre, el nombre verdadero, goteando entre las piedras. No permita que nadie más —jamás— busque su eco.
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