Portada del relato El emisario de la carne
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Fragmento:


—Ven —musitó el portador de la máscara. Su voz sonó en el umbral del entendimiento, como la resonancia de un templo vacío.

Duración: 10:26

El emisario de la carne
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Aún no era medianoche cuando empezaron a oírse las campanas. Extrañas, amortiguadas, como si tañeran bajo capas de tierra y hollín, arañando el aire luminoso con sus garras brumosas. Jane regresaba sola al apartamento —una cartulina de sombra avanzando por la avenida desierta— y se detuvo, indecisa, junto a la verja del parque. La luna estaba oculta por un débil velo de nubes, pero en el centro de la avenida alguien había dispuesto filas de candelabros de baja intensidad; la luz era cálida, parpadeante, y la brisa olía a alquitrán destilado. Jane no recordaba haber visto nunca esas velas en ese barrio. Ni siquiera las había visto esa misma tarde.

La ciudad estaba tan vacía que el fuego de los candelabros parecía el último suspiro de un mundo en ruinas. Pero entre esas luces, algo se movía. Sombras largas, más densas que la noche, reptaban por el asfalto, y a cada resonar sordo de las campanas, la hilera parecía acercarse, como si el tiempo, por unos instantes, permitiera el acceso de unas criaturas que nunca debieron habitar la realidad.

Jane pensó en dar media vuelta, pero la procesión se detuvo. Silencio. Después, un murmullo, apenas un zumbido en el límite de la percepción. La fila de figuras, humanos —o parecidos a humanos— se abría; portaban túnicas negras, ceñidas hasta los pies, y sus manos estaban cubiertas de vendas resquebrajadas y mugrientas. Uno de ellos, el más alto, llevaba un máscara de yeso blanco, sin orificios para los ojos, salvo un asomo de sonrisa pintada en sangre seca. Intrépidos cuerpos debajo de disfraces raídos, una burla opaca de humanidad.

—Ven —musitó el portador de la máscara. Su voz sonó en el umbral del entendimiento, como la resonancia de un templo vacío.

Como si una fuerza infalible la empujara hacia adelante, Jane siguió las velas, cada paso fuera de su control. Al pasar junto a la verja, un leve escalofrío le recorrió la columna. Un grupo de niños, aferrados unos a otros, la miraban desde un portal al otro extremo de la plaza. Casi no parecían niños; sus rostros estaban tensos, cenicientos, y sus ojos eran pozos de oscuridad. Una niña lamía la sangre seca de sus propios nudillos.

Jane se preguntó cuánto tiempo llevaba caminando así. Horas, acaso días. El desfile atravesó parques devastados, solares baldíos iluminados apenas por la luna, hasta llegar a la Plaza de los Corderos —un claro de cemento rodeado de edificios en ruina. Allí, las velas formaban un círculo perfecto. Al cruzar la frontera luminosa, Jane sintió que dejaba atrás el zumbido del mundo, como si hubiera pasado al reverso de la tela de la realidad.

En el centro del círculo se alzaba el altar. Era un monolito de basalto cubierto de símbolos que luchaban por escapar de la piedra: cruces gamadas invertidas, soles negros, ruedas giratorias y el rostro redondo y burlón de un dios sin nombre. Jane reconoció, sin saber cómo, la inscripción que zigzagueaba por el borde: "IA! IA! NYARLATHOTEP".

Los enmascarados se arrodillaron. Alguien empezó a recitar palabras en una lengua incomprensible, y el coro se sumió en una letanía gutural y apagada, como el rumor del océano en el fondo de una cueva. Sonaba como si lo recitaran desde gargantas llenas de polvo y tierra, y el eco levantaba en Jane impulsos ancestrales de miedo: cuentos de brujas contados junto al fuego, advertencias de ancianos sobre el sol negro y "el que camina entre los mundos".

Entonces el que portaba la máscara blanca se enderezó, alzó un cuchillo ovalado —sin filo, pero cuya punta vibraba con una luz imposible— y, avanzando hacia Jane, la miró con esos orificios vacíos, la sonrisa de sangre ahora más brillante. Detrás, el altar palpitaba al ritmo de la letanía.

—Hoy— murmuró el enmascarado, —el velo se rasga. Hoy, se abren las puertas.

Jane intentó retroceder; no pudo. Una presión, gélida y aplastante, le cerró el pecho, impidiéndole respirar. Del círculo salieron manos enguantadas, la empujaron hacia el altar, y la fuerza de la multitud fue la de un solo monstruo. Jane sintió su respiración entrecortada, escuchó su propia sangre golpear los oídos, mientras la obligaban a arrodillarse. El monolito estaba frío, cubierto de limo, y bajo su piel se encendió un hormigueo, un terror abisal que trascendía toda lógica.

Un sonido nuevo brotó del centro del altar, un chillido agudo y sostenido, la voz metálica de un instrumento que Jane nunca había oído. Del monolito salió un brazo negro, imposible, hecho de humo y fragmentos de luz; el brazo giró en el aire, planeando sobre Jane y las formas arrodilladas, y cada vez que rozaba una cara, la máscara se partía, revelando los rostros podridos de los adoradores. No había ojos allí, solo bocas sonrientes, babeando alquitrán, y una lengua bifurcada que silbaba en cada oración.

Jane supo, entonces, que no podía escapar. No por las cuerdas invisibles de la secta, sino porque todo lo que había temido —las advertencias acerca del Sol Negro, las pesadillas donde el cielo se abría y una figura abisal caminaba sobre la ciudad devorando voluntades—, todo era real.

El brazo titubeó. Del humo surgió una figura, primero difuminada, después nítida. Era como mil rostros fundiéndose en uno: la sonrisa del predicador en la televisión, la mirada severa del padre moribundo, los ojos enloquecidos de los niños videntes, la boca sangrante de la niña en el portal. Aquella entidad cambiaba de rostro, de edad, de sexo, pero conservaba la misma burla y superioridad; era el amo de los mil disfraces, el emisario y el último heraldo.

Cuando habló, todos los que rodeaban el altar se arrodillaron, gimiendo de éxtasis y terror.

—La carne muere, la carne renace —entonó la voz, grave y seductora, como un réquiem tocado en órgano descompuesto—. El Sol Negro se alza sobre la pila de los olvidados, y la puerta gira sobre sus goznes de hueso.

El enmascarado se retiró. Nadie se atrevió a mirar a la figura de vapor y sombra; pero Jane, incapaz de moverse, encontró que sí podía ver. Todo lo que la rodeaba —los edificios, las velas, el altar, incluso los sonidos— se distorsionaba al paso de la entidad, como si estuviera viendo el mundo a través de un espejo hendecido por mil grietas.

La figura la observó, y Jane supo que la veía incluso en las partes que ella misma desconocía: el rincón oscuro que guardaba los pensamientos más atroces, los recuerdos de noches de paranoia, la pulsión secreta de ver sufrir a otros, la sombra funesta de la infancia bajo un portón lleno de niños silenciosos.

La entidad extendió su mano. El frío fue absoluto. Jane percibió, entonces, que aún quedaba algo por mostrar.

En el borde del altar, una grieta se abrió lentamente y de ella brotó una espiral de llamas negras. No quemaban; devoraban la luz, la esperanza, el olvido. Uno a uno, los adoradores de la procesión se acercaron y ofrecieron parte de sus cuerpos: un trozo de lengua, un dedo mutilado, un ojo hinchado y purulento; cada fragmento era devorado con un chisporroteo seco por las llamas negras. Cuando terminó, la figura se inclinó sobre Jane y le susurró:

—El sacrificio tuyo será distinto. El portal desea algo más preciado.

Jane, temblando, suplicó —sin palabras, solo con la mirada, porque su voz estaba atrapada en la garganta. Pero la criatura negó con un gesto, condescendiente y divertido.

—En cada ciudad hay un portal. En cada generación, un heraldo. Tú has visto, Jane. Ahora, muéstrales el camino.

Las sombras se fundieron en su mente. Memorias de rituales pasados la invadieron: aldeas enteras alrededor de hogueras negras en grimorios polvorientos, niños con ojos vacíos en sótanos abrasados, locos danzando bajo cruces invertidas mientras el monolito reía con sus dientes de obsidiana. Vio a los santos degollados de Tenochtitlan, las madres envueltas en vendas, los jueces colgados de tendones en la plaza mayor. Todos repetían un único nombre, el nombre verdaderamente antiguo, más antiguo que la raza humana:

—Nyarlathotep —susurró la ciudad entera a coro.

Jane sintió cómo la entidad cavaba una sima de sombra dentro de ella. Tras unos eternos segundos, notó que su cuerpo se fundía, licuándose en el aire, y que sus pensamientos dejaban de ser suyos. Sólo permanecía una certeza, incandescente: se había convertido en una grieta por donde había entrado algo —algo que no debía ser conocido, algo que permanece más allá de la piedad.

Cuando volvió a abrir los ojos, la calle estaba desierta. Los candelabros se habían apagado, el monolito se reducía a un triste montículo de ceniza, y los edificios lucían como después de un incendio. Jane estaba de pie, sola, en el centro de la plaza; la campana había cesado mucho tiempo atrás.

Pero algo caminaba todavía en ella, algo que fluía bajo su piel y orientaba sus pasos hacia edificios abandonados, parques vacíos, sótanos anegados de podredumbre. Algo que le susurraba al oído órdenes en una lengua sin forma ni lógica, que la empujaba a buscar, a mirar a los ojos de los niños, a transmitirles esa revelación sin palabras.

En las noches siguientes, Jane encontró a otros como ella: mudos servidores que sabían, desde el dolor atávico, que era necesario prepararse. Lo hacían en silencio, prendiendo cirios en lugares profanos, marcando las paredes con el sello del Sol Negro, y en ese idioma de los desposeídos, esparciendo semillas de horror. Y cada vez que Jane dormía, veía una brújula sangrienta que giraba y giraba sin detenerse jamás, y sobre el horizonte un sol marchito se retorcía al compás de una campana enterrada. Bajo ese sol, el amo de los mil rostros sonreía, multiplicándose en cada sombra, colándose en cada espejo, esperando el día —cercano ya— en el que la realidad entera se rompería como el yeso de la máscara caída.

Hasta entonces, Jane recorrería la ciudad, poseída, testigo y heraldo; y cada vez que la niebla cubría las farolas, recordaría el eco de la letanía:

"La carne muere, la carne renace. El sol negro se alza. Y no hay mañana.”

A la espera, siempre, del regreso de Nyarlathotep.

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