Fragmento:
La mayoría de los grandes descubrimientos empiezan en la fascinación y terminan en la culpa. Sé esto porque lo viví en carne propia cuando accedí al sótano de la casa de Roussel, arrastrado hasta allí por el peso cansado de la curiosidad y la fiebre de posesionar aquello que ningún hombre sensato se atrevería a reconocer ante un espejo.
Duración: 09:42
La mayoría de los grandes descubrimientos empiezan en la fascinación y terminan en la culpa. Sé esto porque lo viví en carne propia cuando accedí al sótano de la casa de Roussel, arrastrado hasta allí por el peso cansado de la curiosidad y la fiebre de posesionar aquello que ningún hombre sensato se atrevería a reconocer ante un espejo.
Aquel invierno fue particularmente cruel incluso para la vieja Quebec, donde la escarcha trepa por las ventanas como dedos huesudos y la neblina se cuela entre las calles al atardecer. Había llegado para inventariar la biblioteca de Albert Roussel, ese oscuro anticuariado que poseía más objetos prohibidos que libros legales, y cuya pasión por lo esotérico era solo superada por su hermetismo. Su hermana me aseguró, con una mueca de disgusto, que hallaría “cosas que ningún adulto cuerdo desearía” si revisaba a fondo los cajones.
Tras tres días entre polillas y moho, di con una puerta baja, casi oculta tras cortinas polvorientas al fondo del comedor. La llave era una de esas antiguas de hierro; los dientes marcados por el uso, la cabeza moldeada con una figura que, en la luz rastrera, asemejaba una monstruosidad entre tentáculos y alas. La abrí la penúltima noche, impulsado más por la insatisfacción de la lista incompleta que por una verdadera voluntad de profanar.
Roussel, aún vivo y pálido por la tuberculosis, me había indicado que solo allí debía buscar “su colección privada de curiosidades prohibidas”. Bajé, pues, los siete escalones acomodados a peso de siglos, esperando otra colección de litografías eróticas, el último orgullo burgués de los excéntricos.
Me equivoqué.
El sótano exhalaba un frío distinto, uno que parecía dar origen a las ventiscas sobre la ciudad. Las paredes estaban revestidas con pieles blanquecinas, cuyas texturas jamás pertenecieron al alce ni al oso, y sobre la mesa central, bajo una tela azulada, descansaba la primera de las piezas: una máscara tallada en piedra translúcida, tan fina como el humo, en cuyo rostro de líneas vagas se entreveía la silueta de docenas de bocas abiertas en canto o grito. Al tocarla, un crujido recorrió el aire como si una presencia se revolviera en los cimientos mismos de la tierra, y sentí, solo por un instante, la idea –no la imagen– de vastas llanuras barridas por una ventisca voraz, sobre las que danzaban formas humanas encadenadas al frío.
Había más.
Junto a la máscara, yacía una pequeña caja de madera negra. El candado era simple pero viejo, y una vez forzado –perdóneseme la confesión de mi impaciencia–, reveló un pergamino enrollado y una figurilla tallada en hueso. El pergamino estaba cubierto de símbolos circulares, tensos, estampados en tinta azulada, que no se parecían a ninguna lengua humana, pero que evocaban en los márgenes una estilizada criatura de múltiples alas, con un ojo engullendo espirales de hielo. La figurilla, aun tan diminuta, parecía emitir un vapor gélido, y cuando la sostuve, pareció repeler el calor de mi palma, como si en su interior silbara un viento extraño.
Por supuesto, quise catalogar, etiquetar, incluso fotografiar los objetos, pero a cada paso aumentaba la extrañeza. Era como si el aire, allí abajo, cargara esencias de otras geografías. Un susurro ininteligible arañó la bóveda baja en cuanto busqué el interruptor de la luz, y la nostalgia de todas las noches perdidas en la nieve me golpeó con fuerza aciaga.
Me retiré cerca de la medianoche, abrumado y, debo admitir, ligeramente asustado. Aquella noche, la neblina engulló las ventanas del piso superior y los susurros del sótano se enredaron en mis sueños, trayendo visiones de tempestuosas extensiones y criaturas cuyas velas iluminaban formas monstruosas arrastradas por el viento. Una, demasiado alta y etérea, movía la cabeza cubierta por la misma máscara que ahora conocía. Otra, más pesada y abyecta, reptaba como un ente flácido en dirección a una torre ampliamente modelada… como si fuera la negra, ancha silueta de Zhar y todo su progenie.
La imposibilidad de corregir la lista se agravó al día siguiente. Los objetos estaban donde los dejé, pero la sensación de movimiento, de reorganización invisible, no me abandonó. Anoté cada pieza: máscara de piedra, figurilla de hueso, pergamino, y, extrañamente, una garra cubierta de escarcha conservada en un cilindro de vidrio envuelto con símbolos de advertencia en francés antiguo y una lengua que recordaba vagamente a letras siberianas.
Una nota, escrita apresuradamente por Roussel, resumía: “El frío no se escapa; somos nosotros quienes penetramos su dominio.” Más abajo, apenas legible: “Zhar me observa desde la neblina, y desde el Ártico me escuchan elevar mi cántico con la garra de Ithaqua entre los dientes.”
Me atreví, por pura audacia de académico, a frotar la garra contra la máscara. Fue entonces cuando el frío traspasó la realidad circundante. Un resplandor azulado fulguró entre los objetos, envolviendo mis manos, entumeciéndolas. Noté entonces una sombra, agazapada cerca de la puerta, que no era sino un fragmento del humo que la neblina forma cuando la oscuridad da paso al alba. Retrocedí, apretando en los puños los artefactos. El sótano retumbó, como si en sus profundidades alguien –o “algo”– murmurase en un idioma anterior al hielo y a la sangre.
Asustado, subí de dos en dos los escalones y atranque la puerta, maldiciendo mi imprudencia. Esa noche, la nieve empezó a caer con un sigilo anormal; las ráfagas danzaban, tal como en mi sueño, y en el patio trasero emergían huellas dobles, pequeñas y grandes, desvaneciéndose en dirección al monte.
La fiebre me asaltó durante dos días. Soñé repetidamente con Roussel semidesnudo en una extensión blanca, portando como únicos vestigios humanos la máscara de piedra y la garra de cristal, mientras figuras delgadas y encapuchadas formaban círculo, entonando ululatos imposibles de reproducir con lengua humana. Danzaban a su alrededor, y en el firmamento, tras la bruma, se formaban contornos de miembro entrelazados, tan vastos que cubrían el horizonte. Una sombra flotaba por encima, semillas de hielo cayendo de brazos fibrosos hacia la tierra.
Al tercer día, la fiebre menguó solo para revelar que un papel había sido introducido bajo mi puerta. El mensaje era claro; la caligrafía, asustadiza y crispada: “Aléjese del frío. Y si oye la voz, nunca responda.”
Ignoré el consejo. La ciencia exige sacrificios; por cobardía no se resuelven enigmas. Decidí volver al sótano al caer la tarde. Armado solo con una linterna y un grueso abrigo, descendí, esperando encontrar las piezas inmutables; en vez de eso, hallé la máscara en medio del suelo, rodeada de un círculo de escarcha perfecta, como formado por un cristal abandonado. Un aroma salino flotaba en el aire, y lo que más me horrorizó fue notar en los rincones movedizos fragmentos de plumas negras, que jamás vi entrar ni por rendija ni por conducto.
Las paredes, antes lisas, ahora se quebraban en fractales, mostrando escenas traslúcidas: líneas de hombres caminaron eternamente hacia la niebla, y sobre ellos una figura acechaba, de ojos sibilantes y apéndices sin nombre. Percibí, o creí percibir, el eco de una voz grave, profunda, tan vieja como la corteza helada del Ártico. No eran palabras, sino emociones: suplica, hambre, búsqueda.
Fue entonces cuando vi a Roussel.
Estaba a un metro de mí –o eso creí–, aunque su forma cambiaba de aristas como si oscilara entre densidades. Llevaba asas grandes, ropas de una era remota, y su rostro estaba cubierto por la máscara de bocas abiertas. Señaló el círculo de escarcha con un ademán autoritario y, sin hablar, me indicó la necesidad de proseguir.
Obedecí; la razón había perdido todo peso y la pesadilla era real. En el centro del círculo, la garra de cristal flotaba levemente, empapada en una niebla fluorescente. No hice más que rozarla; mis oídos estallaron en un gemido agudo, y por un instante vi a través de los muros del sótano: tundras sin término, criaturas arrastradas por vendavales, y, posándose sobre un risco más allá de toda geografía terrestre, la Ithaqua de los mitos, tallando con dedos gélidos imágenes prohibidas en la piedra viva, mientras Zhar oscilaba en sueños de piedra y vapor, susurrando en lenguas que descomponían el significado mismo del tiempo.
Desperté en el vestíbulo, cubierto de escarcha. Entre mis dedos, la garra de hueso seguía intacta. Roussel se encontraba allí, o una sombra que decía responder a su nombre. Me advirtió con un gesto más de compasivo que de severo: “Los objetos prohibidos no son juguetes para adultos. Son pactos. Custódialos; si los entregas, penetrarán aquí las nieves del mundo imposible.”
Desde entonces, duermo mal. El sótano fue clausurado aunque no por mí; la casa permanece sellada a la espera de algún heredero más incauto o más monstruoso. Yo, en las noches de ventisca, puedo sentir la garra vibrando bajo mi almohada, y a veces veo en los reflejos de la escarcha mi propio rostro cubierto por la máscara de piedra, acechado por criaturas altísimas que no aspiran a nuestra carne, sino a nuestra historia, a nuestros pactos y a los secretos que solo los adultos, vencidos por la razón y el miedo, osan perseguir.
Pero sé que el frío, ese frío, no se escapa jamás; es uno mismo quien termina por habitar el otro lado de la neblina, allí donde Zhar sueña y Ithaqua busca compañero. Y puede que, una noche, cuando la ventisca golpee con más fuerza, yo mismo acabe danzando sobre la nieve, disfrazado de mi propia obsesión, perdiendo –al fin– la frontera entre mi nombre y su máscara.
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