Portada del relato La Criatura Del Árbol Centenario
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Fragmento:


La espesura comenzó a cerrarse y los muros del pueblo ya no se veían ni tras el último resplandor farolero. Los árboles cambiaron: ramas nudosas imitando brazos en un abrazo grotesco y raíces esculpiendo rostros que chapoteaban en los charcos. Llevaba la linterna de gas, la hoja corta ceñida al cinto y el libro sustraído de la biblioteca del padre Graird—un fanático supersticioso, cuya colección de grimorios es tan extensa como su odio a la carne mortal.

Duración: 10:06

La Criatura Del Árbol Centenario
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Texto de ajuste de pausa.

En el confín de la desembocadura eterna del río Anarkost, allí donde los árboles de Gnarllé son gruesos como ancianos reunidos en consejo, se alza la villa de Veldrith, hace tiempo corrompida por el sopor y las nieblas húmedas. No se atreven muchos a dejar constancia de ello, pero en este reino oscuro y húmedo, hay un manuscrito olvidado—uno de los últimos fragmentos del Libro de Eibon, escrito con la sangre de las víctimas y las sombras de los difuntos. Su siguiente relato, recogido en la memoria de los moribundos, lo extraje personalmente de las últimas palabras balbucidas de Tovres Avallon, cuyos cabellos eran ya blancos y cuya carne olía a tumba cerrada. Que las palabras sirvan de advertencia al lector que ose continuar.

¡Eibon, conjurador de caminos prohibidos, cómo he lamentado haber encontrado tu infame volumen aquella noche que mi vida se partió en dos! Por el juramento oscuro que hice esa madrugada, te transmito lo escuchado y visto, sin añadir ni restar nada, pues seguro estoy de que ni la más febril pesadilla revelaría tantísimo horror.

La luna salía ensangrentada entre pedazos de neblina, cuando yo, joven insurgente contra la autoridad rancia de este pueblo, decidí, llevado por el vino y el aburrimiento, aventurarme en los bosques circundantes de Veldrith. El Viejo Alimun, posadero y mentiroso, juró una noche que cerca del árbol centenario, junto al pantano, crecía aquel hongo rojizo que, preparado como licor, infundía sueños lúcidos y visiones eróticas. ¿Por qué no añadir a mi colección esa experiencia? Nadie, decían, volvía de allí con la razón completa, pero eran palabras de beodos y mujeres histéricas, afligidas por la sífilis y el miedo a los relámpagos.

Nunca estuve tan equivocado.

La espesura comenzó a cerrarse y los muros del pueblo ya no se veían ni tras el último resplandor farolero. Los árboles cambiaron: ramas nudosas imitando brazos en un abrazo grotesco y raíces esculpiendo rostros que chapoteaban en los charcos. Llevaba la linterna de gas, la hoja corta ceñida al cinto y el libro sustraído de la biblioteca del padre Graird—un fanático supersticioso, cuya colección de grimorios es tan extensa como su odio a la carne mortal.

Lo que atraía mi curiosidad fue un ulular distante; un canto grave y polifónico, similar al bramido de los sapos durante la cópula, pero sostenido, largo, acaso modulándose con una repetición de sílabas horrendas, imposibles para la garganta humana. Fue antes de llegar al claro que comprendí, a través de un estremecimiento en mis huesos, que ese sonido era a la vez una llamada y una advertencia. Ya estaba demasiado lejos para volver.

El árbol centenario apareció de pronto, como una manifestación sobrenatural en mitad de la bruma. Era más vasto de lo que los cuentos decían; sus ramas formaban bóvedas tan altas como ninguna catedral, su corteza era negra y brillante como el peltre mojado, y los hongos escarlatas latían en su base al ritmo de un pulso funesto. Me incliné para tomar uno y sentí, claramente, que la madera del tronco respiraba bajo mi mano. Arranqué el hongo con violencia, ocultando mi alarma bajo una grosería. El canto que me había guiado cesó—pero no cesó el horror.

De detrás del árbol surgió un movimiento, apenas perceptible. Pensé en algún animal; pero cuando miré, la linterna tembló en mi pulso, y, oh Eibon, desearía haber quedado ciego entonces. Surgieron figuras antropomorfas, altas y viscosas, cubiertas de líquenes pálidos, sin rostro, pero con bocas allí donde deberían estar los estómagos. Se movían con pasos de funámbulos enfermos, como arrastrando cadenas invisibles. Vi que sus brazos largos acarreaban más hongos, y que los aplastaban en las bocas con un ansia abyecta.

Las criaturas no me prestaron atención en un principio. Sus súplicas, si es que lo eran, retumbaban como gritos ahogados en piedra fosilizada. Me alejé en silencio, aunque cada crujido bajo mi bota era como el corte de una guadaña en la carne. Abracé el libro, susurrando los conjuros de protección que había estudiado. Pero no servían: sentía miradas invisibles sobre mi nuca, palpé el aire y me pareció encontrarlo más denso, tan pesado como el de una tumba rellena de tierra húmeda.

Fue entonces cuando escuché el eco de mi propio nombre, distorsionado y retorcido, como si los árboles lo vomitaran de vuelta. Me giré y lo vi: una sombra gigantesca, de contornos mutables, erguida junto al tronco. El árbol centenario, pensé con terror, tenía un hueco en su pecho, un nicho ennegrecido envuelto por raíces que desbordaban pus y savia sangrienta. De ese hueco emergía la criatura: tenía cuerpo, pero no cabeza, y donde los ojos deberían brillar, manchas verdosas, ulceradas e imposibles de mirar fijo.

Lo supe; oh, lo supe sin razonar: aquello era el *Custodio*, el devorador de quienes ofendían su santuario.

Retrocedí, tropezando, y el libro cayó de mis manos, abierto en una página marcada con el dibujo de una puerta circular y sellada por runas ilegibles. El *Custodio* avanzó, extendiendo sus seis manos—todas zurdas, todas afiladas y garras como garfios pesqueros—y el aire se llenó de una letanía asfixiante. No podía moverme, sólo mirar cómo la bestia se inclinaba, examinaba mi libro. Uno de sus miembros sopló un aliento pútrido sobre las páginas, y al hacerlo, las palabras escritas a tinta comenzaron a torsionarse y brillar, flotando desde el papel hasta el ambiente, como letras vivientes talladas en vapor.

Comprendí que el *Custodio* no deseaba mi carne, ni siquiera mi miedo, sino otra cosa: la memoria. Los recuerdos comenzaron a evaporarse de mi mente; la visión de mi madre en el umbral, la risa de mis hermanos, mi nombre, el mismo propósito que me había conducido allí. Intentaba recoger los jirones de mi pasado como quien intenta atrapar humo con las manos. Y cuanto más luchaba, más sentía la presión húmeda de los dedos monstruosos sobre mi cráneo invisible.

No sé cuánto tiempo estuve aprisionado por esa tortura. Sé que, cuando desperté, no tenía más que una vaga noción de mi identidad, y que el libro de Eibon ya no estaba conmigo. Los trinos de pájaros negros me rodeaban: sus plumas formaban un círculo protector, como si la misma naturaleza, compadecida, quisiera abrigarme del olvido total. Recogí mi cuchillo, pero ya no me sentía capaz de regresarlo a la funda; olvidé su utilidad.

El regreso a Veldrith fue, por supuesto, un suplicio; cada casa me resultaba ajena, cada calle, una espiral de fango que no conducía a ninguna parte. Nadie me reconocía—ni si quiera Alimun, que sólo me negó una bebida con ojos vacíos, ni mi propio reflejo en el agua estancada de la fuente. Deambulé así días enteros, esperando en vano que algún vestigio de mi antigua vida resurgiera entre la lasitud y el letargo de mis pensamientos robados.

Pero no fue así.

Las criaturas comenzaron a aparecer en los sueños de los aldeanos más sensibles, según los murmullos oídos en la taberna y los cuchicheos en la sacrílega iglesia del Padre Graird. Eran pesadillas del árbol centenario, siempre rodeadas de hongos rojos, figuras acechando tras el tronco, y la voz del *Custodio* llamando a los olvidados a una danza funeraria sin música. Al principio consideraron esos sueños como avisos de enfermedad, las explicaciones habituales esperables entre campesinos supersticiosos. Pero después, algunos aldeanos, marcados por un polvillo rojizo tras las orejas y la lengua pastosa y árida, comenzaron a desaparecer en el crepúsculo, arrastrados, decían algunos, por los susurros entre la niebla.

Fui testigo de una de esas desapariciones.

Una joven, Mariel, enfermera y ramera de rostros pétreos, fue literalmente absorbida por la niebla una noche de luna nueva. Vi cómo se desvanecía en los bordes del claro, y cómo su grito era absorbido por la yerba fangosa. Nadie reaccionó, y algunos gemían luego en sus sueños con un placer malsano, atrapados en el abrazo invisible de una fuerza ancestral. Temí ser el único capaz de ver el nexo: el árbol, los hongos, el *Custodio*, y el olvido progresivo de nuestras vidas.

A medida que la villa se despoblaba poco a poco—por traslados apresurados, suicidios secretos, desapariciones sin rastro—empecé a recuperar fragmentos de mi memoria. No era como una restauración milagrosa, sino como el retorno de una enfermedad olvidada. Recordé partes de mis estudios sobre el Libro de Eibon, y sobre la naturaleza de los *vědržoi*: demonios parásitos que drenan los resortes del alma humana, que se insinúan como semillas a través de la podredumbre material de hongos y humores.

Decidí entonces dejar constancia escrita, como advertencia y penitencia, aunque sé que cualquiera que lea esto difícilmente creerá una sola palabra si no ha rozado el hedor de lo imposible. Si buscas el árbol centenario y arrancas sus hongos rojos, no pienses que sólo hallarás placeres oníricos o terrores triviales; hallarás al *Custodio*, y con él, el olvido. La memoria de todos aquellos devorados por su sombra sigue latiendo en el bosque, en la savia rojiza, y en los susurros de los hijos no nacidos.

La villa de Veldrith pronto será engullida; ya no existen faroles ni cánticos, sólo la bruma que nunca se disipa y el eco de nombres olvidados.

Si, por alguna maldición, esta confesión llega a otras manos o mentes, reza por no sentir jamás la mirada de la noche, ni su repugnante abrazo, pues una vez enredado en sus raíces, tus recuerdos, tus logros y tus amores no serán más que alimento y veneno para el festín de criaturas que el Libro de Eibon, en su sapiencia fría y cruel, tan solo insinúa con palabras plagadas de ruina.

Que el lector, si aún puede recordar su propio rostro en el amanecer, escape mientras sea tiempo; huya del árbol, de la niebla y de la memoria hantada. Porque al final, no importa que odies el horror, pues es el horror el que te recordará, mucho después de que hayas sido polvo, y tus recuerdos, nutriente para la abominable eternidad.

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