Providence, 12 de marzo de 1926
Querido Edmund,
He decidido, finalmente, escribirte al advertir que mi situación ya no puede definirse sino en el ámbito de lo extraordinario y perverso. Me verás obligado a invadir la serenidad de tu vida con la...
Jamás he sabido cuánto de mi herencia pertenece a la razón, y cuánto a la insania, pero esta crónica que me impongo a escribir, tan solo para despojar a mi mente de la nefasta realidad que la infecta, será como una confesión para la cual ning...
Permítaseme, indulgente lector, transmitirle la experiencia que fue responsable de la caída definitiva de mi salud mental y mi consiguiente aislamiento del mundo conocido. El nombre que llevo no importa, pues desde aquella malhadada noche de junio...
Desde que tengo memoria, la noche siempre me ha entregado susurros distintos a los del día: sonidos de fauces invisibles deslizándose por entre las tablas ruinosas del viejo caserón familiar, vaho rancio en los armarios cerrados, sombras que repe...
No sabría decir con certeza cuán profundo es el abismo del miedo hasta que, errando por sendas prohibidas del saber, fui a dar con la verdad que ocultan los Manuscritos Pnakóticos. Ni el bramido del viento en Nueva Inglaterra, ni mi propia ruina ...
Mi nombre, como lo entienden, no tiene equivalencia fonética en los vacilantes órganos de los hombres. No podría describírselo, aunque la voluntad languideciente del tiempo y la memoria herrumbrosa de mi estirpe aún portasen amables retazos de ...
Mis recuerdos son fragmentos; pedazos sueltos, espectrales, de una experiencia que mi razón —en la larga y solitaria vigilia de mis noches— desearía borrar. Yo, Erich Wade, he de escribir estas líneas como aviso, confesión y quizá, como úl...
¡Oh, lector, si en efecto alientas el infame vicio de la indagación, si eres de aquellos que desafían los umbrales de la cordura enfrentándose a las realidades indeseadas del universo, entonces, toma este relato como una doble advertencia! Porqu...
Los hombres de Sarkomand caminan silenciosos entre ruinas. No preguntan nunca demasiado, ni indagan en los arcanos susurrados por el viento sobre la superficie de los canales secos. Yo los he observado. Sus ojos, acostumbrados a las penumbras de sus...
Mi primer contacto físico con el Necronomicón –aquel tomo de cueros curtidos en sal y secreciones humanas, letras de tinta oxidada por la edad, emanando un rumor más que olor–, fue la culminación de búsquedas y pactos que habrían helado la...
Mi primer contacto con el abismo se produjo en la vasta extensión boscosa de Vermont, un lugar donde la civilización sostenía apenas un asidero sobre la brutalidad primordial de la naturaleza. Había recibido la invitación motorizada por una not...
El silencio era casi absoluto en la terraza occidental de la casa N’ghash, allí donde los campos se volvían polvo y raíces muertas bajo un cielo siempre encapotado. Había viajado por muchos parajes de la Tierra, rozando con avidez los límites...
Nunca me había creído supersticioso, al menos no como esos necios de la universidad que presumen del raciocinio occidental hasta que la medianoche y la soledad les muestran su verdadero rostro. No obstante, tras aquello que testifiqué en las yerm...
Uno aprende, con los años y el lento desgaste del espíritu, a no confiar en la quietud overcast de Kingsport. Las colinas y los promontorios escarpados que custodian el pueblo como cuevas abiertas a la bruma parecen más angustiados los domingos, ...
Sabed, empero, que sólo los insensatos ignoran los peligros del hielo perpetuo. Fue en la primavera, entre los últimos retazos de nieve que manchan los altos páramos como jirones de un sueño olvidado, cuando mis pasos y mi hambre de saber me lle...
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Cuando el pálido tren atraviesa las ruinas del Este a la hora maldita—ni noche ni tarde aún—la brisa sobre los marjales sólo trae, ante los forasteros valientes, silencio y olor a sal petrificada. Pocos, por decir ninguno, bajan en la es...
Nada hay más caduco ni más incierto que la frontera entre el sueño y la vigilia, y ningún mortal podría jactarse de atravesarla ileso sin que la sustancia misma de su espíritu se viera erosionada. Tal fue el funesto destino de Algernon Prout, ...
A diferencia de los sueños que suelen visitarme, a menudo plagados de visiones tan asombrosas y terribles que dudo de su realidad incluso tras horas de vigilia, mi recuerdo de aquel viaje marítimo a principios de 1926 no pertenece al reino de la f...
Aun hoy, mientras araño febrilmente el papel en esta habitación cuyo reloj parece irreal, me pregunto si alguna vez existió el universo tal como me fue dado conocerlo. ¿O acaso el mundo es sólo un velo, tejido para protegernos de los vastos y p...
El viento nocturno, cargado de una humedad pegajosa que recordaba la respiración de una bestia oculta, rozaba el acristalado corredor de la Fundación Armitage. Allí, entre tubos de ensayo y delicadas cajas Faraday, el doctor Aldous H. Gainor dete...
¿Recuerdas, lector, cómo tiembla el corazón frente a lo innombrable, cómo se hiela la sangre ante la presencia de aquello que jamás se debió concebir en la efluvia corrompida del cosmos? Pues yo, un hombre marcado por la fiebre de la indagació Leer más...
Nunca he sido dado a la superstición ni a la credulidad. Debo insistir en este punto, ya que los hechos que pretendo relatar, con pleno conocimiento del escarnio y la acusación de locura que sin duda atraerán, son de una naturaleza tan francamente Leer más...
El mundo que conocemos apenas roza la costra superficial de un vórtice de fuerzas y presencias insondables, entidades que, en su aspecto más ínfimo, desafían cualquier tentativo de descripción o categorización. Pero mi relato no es una mera ale Leer más...
Henry Blackwell jamás fue hombre de supersticiones ni de credulidad fácil. Su posición en la Sociedad Histórica de Arkham requería una mente ordenada y analítica, pero, en el amargo otoño de 1927, una serie de acontecimientos que comenzaron en Leer más...
La primera vez que Jacob Meunier oyó algo sobre la región pantanosa al sur de Cammheim fue durante una reunión académica celebrada en la Universidad de Dorrance, a la cual asistió más por mera cortesía que por genuino interés. Recuerda el mo Leer más...
En la primavera de 1928, fui testigo en Arkham de fenómenos cuya memoria aún marchita mis noches como una brisa calcina la flor de la juventud. Pocos, creo, entenderán lo atroz de lo que vi en aquellos días, y menos aún compartirán mi convicci Leer más...
Había ciudades que sólo existían en ciertos mapas esotéricos, garabateados con manos temblorosas y tinta que parecía desvanecerse en la luz, como si la luz misma no soportara la verdad que esas líneas contenían. Había nombres que solo podía Leer más...
Recordaré siempre con una mezcla de repugnancia y luz atroz aquella visita, una suave tarde de mayo que me condujo hasta la decrepitud de Ingersmouth, ese villorrio dispuesto cabizbajo en las encrucijadas del desvelo y la bruma costera. No acudí po Leer más...