Portada del relato En el Umbral de Kadath Negra
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Fragmento:


No debí abrir aquel folio. Esa advertencia, garabateada en sánscrito decadente y alfilerazos de arcaico acadio, estaba, según ahora entiendo, destinada a mí. En el interior, entre páginas de cuero pétreo, hallé fragmentos que nunca debieron sobrevivir al juicio de la historia: visiones y desvaríos de los llamados “Sacerdotes de Azathoth”, aquellos astrónomos y herejes de un pasado peor que olvidado. Esas notas hacían referencia, una y otra vez, a un lugar descrito como Pnakotus, una ciudad-laberinto en la meseta de Leng, sitio de arquitectura imposible donde cada ángulo es a la vez cóncavo y convexo, y las leyes de los sueños regulan la sustancia misma de la memoria.

Duración: 07:52

En el Umbral de Kadath Negra
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Texto de ajuste de pausa.

Nunca he sido dado a la superstición ni a la credulidad. Debo insistir en este punto, ya que los hechos que pretendo relatar, con pleno conocimiento del escarnio y la acusación de locura que sin duda atraerán, son de una naturaleza tan francamente blasphema que incluso ahora, al ponerlos en papel, siento el retorcimiento rasposo del miedo primigenio en la columna.

Mi nombre, aunque irrelevante, es Quincy Latimer, y heredé una tradición maldita de mi abuelo, quien durante la década de 1890 fue el guardián del ala norte de la Biblioteca Miskatonic. Crecí rodeado de libros enmohecidos y cartas olvidadas que mis padres no se atrevieron jamás a descifrar. Sin embargo, fue solo a la edad madura de treinta y siete años, tras el suicidio de mi tío Cornelius, cuando encontré el folio inidentificable entre los tablones huecos de su ático.

No debí abrir aquel folio. Esa advertencia, garabateada en sánscrito decadente y alfilerazos de arcaico acadio, estaba, según ahora entiendo, destinada a mí. En el interior, entre páginas de cuero pétreo, hallé fragmentos que nunca debieron sobrevivir al juicio de la historia: visiones y desvaríos de los llamados “Sacerdotes de Azathoth”, aquellos astrónomos y herejes de un pasado peor que olvidado. Esas notas hacían referencia, una y otra vez, a un lugar descrito como Pnakotus, una ciudad-laberinto en la meseta de Leng, sitio de arquitectura imposible donde cada ángulo es a la vez cóncavo y convexo, y las leyes de los sueños regulan la sustancia misma de la memoria.

Durante muchas noches, me encontré absorto repasando la iconografía grotesca: esferas negras que giran sobre sí mismas con trinos musicales lascivos, inscripciones en espirales que decían: “El núcleo palpita en la oscuridad, y sus canciones no tienen fin.” Era el primer anuncio de la verdadera naturaleza de Azathoth, el Sultán Idiota, el caos central en torno al cual orbitan las pesadillas del cosmos. Poco después, los sueños comenzaron.

Al principio, fueron visiones fragmentadas, destellos de catedrales blancas como hueso, hormigueantes de una vida pálida y vaga. Mas pronto esas imágenes se retorcieron, y cada noche mi espíritu era transportado, como arrastrado por una corriente invisible, a una gran sala circular sostenida por columnas de médula gigantesca. Allí, mortajas blancas flotaban como brumas entreletéreas, y al centro un pozo insondable exhalaba la música atonal de flautas y tambores, las mismas mencionadas en la infamia pnakótica. Decenas de figuras encapuchadas danzaban y se contorsionaban al son de esa melodía: los Sacerdotes de Azathoth.

No pretendo detallar las abominaciones visuales de esos sueños, pues mi mente aún lucha por conservar su escuálido equilibrio. Empero, un diálogo recurrente sucedía siempre: los sacerdotes, en lenguas de, y para, lo innombrable, cantaban sobre la “Gran Visión”, promesa y amenaza a la vez: “Aquello que tus ojos nunca han de percibir, pero cuyo eco carcome tu médula oscura.” Sabía por referencias vagas que se trataba de una ceremonia prohibida que abre los sentidos a los secretos primigeneos, a los saberes ocúltos sellados por el temor mismo de la razón.

Una tarde, al despertar cubierto de sudor frío, decidí consultar en la biblioteca manuscritos que mi familia había sellado. Allí, entre cartas de Crowley y traducciones al latín floreado del Necronomicon, localicé pasajes crípticos acerca del “Pnakotus Vadis”, el sendero no cartografiado en la geografía de la locura. Leí: “El sueño es el umbral; sólo quien acepta la ceguera puede ver más allá de los ojos de carne.”

Obsesionado por el significado, sacrifiqué noches a la lectura y al ayuno febril. Fue en una de esas vigilias que la voz empezó a susurrar, ya no en sueños, sino en el mismo claroscuro de mi habitación. No tenía timbre, pero era asombrosamente urgente y oblicua. “Ven a nosotros. Bebe de las visiones que ansiamos compartirte. Somos los guardianes de la Nada Viviente.”

Turbaría al más cuerdo el narrar los preparativos de mi viaje, pero debe saberse la verdad: reuní antiguos símbolos, entre ellos un medallón de una estrella de ocho puntas, y consumí, bajo la instrucción de la voz, una infusión hecha con una corteza reseca hallada en el folio, la cual exudaba un resplandor fúngico incluso a oscuras. El brebaje hizo que la habitación se derritiera y plegara como la cera al fuego. Y en un suspiro irresistible, fui lanzado más allá del mundo conocido.

Desperté —si tal es la palabra— en una bóveda ciclópea teñida de violeta ondeante. Columnas imposibles sostenían un cielo sin sol. La atmósfera era densa, compuesta de pensamientos y temblores de recuerdo. A mi alrededor, los sacerdotes danzaban, sus cuerpos anchos y fláccidos, enmarañados de tentáculos traslúcidos, sus capuchas ahogando rostros nunca destinados a ser vistos por mortales. No tenían palabra en ninguna lengua humana, pero transmitían torrentes de imágenes directas a mi conciencia.

Forzaron mi voluntad a avanzar, mis piernas ya no mías, hacia el pozo bramante en el centro del recinto. Una niebla fría arrastró mi alma más allá del borde. Vi, o sentí, la vastedad de Pnakotus: pasillos de mármol liquido, puertas custodiadas por esfinges cuya mera silueta era suficiente para sangrar los ojos de la mente. Fui conducido a una cámara donde yacían, impasibles, los archivos de la creación misma: cilindros estriados que reproducían la Sinfonía de la Existencia bajo agujas titánicas. Cada cilindro relataba, no historias, sino patrones de dolor y éxtasis de civilizaciones aniquiladas.

Mientras los sacerdotes entonaban una letanía, comprendí su propósito: eran ellos quienes alimentaban a Azathoth con el flujo constante de pesadillas y memorias prohibidas. Ellos mantenían despierto —o dormido— al Señor del Caos, y a cambio, se les revelaba la inagotable locura del universo. Entendí, horrorizado, que aquellos iniciados como yo éramos sacrificio y testigo: se nos exhibía una fracción de la Verdad antes de convertirnos en resonancia, un eco sin forma en la música interminable.

Experimenté entonces la fusión completa de mi ser con la visión Pnakótica. Mi cuerpo se desvaneció; la carne ya no era carga. Fui pensamiento puro, flotando entre ruinas de realidades caídas, testigo de la formación de mundos y la caída de astros, acompañado siempre de la rítmica flauta, monstruosamente inocente y sin sentido, celebrando la apatía voraz del Núcleo Acechado.

Sé cuánto suena esto y los demás horrores: ciudades donde el tiempo se disuelve, dioses que mueren y renacen en la negrura, ancestros atiborrados de culpa y sangre vieja, pero nada es tan atroz como lo que ocurrió en mi reencuentro con la conciencia.

Regresé a mi forma carnal en la cripta olvidada bajo el Miskatonic, rodeado de polvo y de aquel vergonzoso folio. Pero ya no estaba solo: mis oídos vibraban con la música que ningun humano ha de escuchar. A mi alrededor, figuras encapuchadas titilaban a la luz de candelabros y brazas, fluctuando entre dimensiones, esperando. Sabía, con un conocimiento denigrante, que era yo ahora parte de su círculo, portador de esquirlas de locura y dolor, obligado a convocar la visión para futuros desdichados que osen buscar lo vedado.

En la última página de mi legado hallado junto a mí, escrito en una mezcla de mi letra y la de horrendas garras caligráficas, estaba el aviso clásico de los custodios de Pnakotus: “El que ve la música y escucha la forma no regresa jamás. Su carne puede deambular, pero la mente le pertenece al Pozo Eterno.”

Ahora, en mi habitación, cierro estas líneas mientras la melodía resuena en cada fibra, y veo, por el rabillo del ojo, sombras reptantes, aguardando a que caiga el último vestigio de mi voluntad. Si alguna vez recibe usted este testimonio, huya del nombre de Azathoth, evite a toda costa las visiones de Pnakotus… Porque la sagrada oscuridad siempre exige carne nueva.

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