Eran casi las tres de la madrugada cuando François Duvalier reconoció finalmente la plaza, apenas adivinada bajo los escombros de un barrio destruido por el perpetuo acoso de la humedad y del tiempo, en una ciudad cuyos nombres cambiaban siempre s...
En la reputada biblioteca de la Universidad de Miskatonic existen pasillos donde la luz solar es menos que un visitante ocasional y el polvillo en suspensión se arremolina como en un perpetuo vórtice de secretos no pronunciados. Fue allí, entre l...
Las sombras descendían sobre la sierra de Plata cuando Gerald Harker llegó al caserón polvoriento. La lluvia tamborileaba sobre el toldo raído mientras, con el corazón apretado y la garganta seca, revisaba una vez más la oscura carta que lo ha...
Las lámparas tamizadas dispersaban una luz macilenta entre los bancos carcomidos de la iglesia de San Alón. Afuera, la tormenta gemía, hambrienta y cinegética, pero dentro sólo el hedor a papirocito mohoso y cera derretida se atrevían a pertur...
El último habitante de Seaton’s Cross, un hombre de voz quebrada y mirada huidiza a quien la gente llamaba el Viudo Travers, solía repetir en las escasas ocasiones que alguien se atrevía a visitarlo: “Hay puertas selladas en la noche y canale...
I
La niebla de la décima luna de un año perdido se cernía sobre la Villa Inferior cuando hice mi regreso —quizá el último— al enclave prohibido de los Storr. Uno debe sospechar algo aberrante en aquellos parajes desde la distancia, pues ni...
Las ramas, desnudas como garras crispadas, repiqueteaban contra la ventana de la posada, anunciando la tormenta que arreciaba sobre el pueblo de Amorgos. Afuera, un mar de tinieblas vibraba con ráfagas que traían consigo un hedor salino, casi ranc...
Eran los últimos días de la estación de las lluvias cuando llegué a Amaranga, un rincón olvidado de la jungla ecuatorial donde la humedad cubría las hojas antiguas y el sol apenas lograba abrirse paso entre la maraña de ramas. Había leído, ...
En el sopor polvoriento del crepúsculo, entre las piedras gastadas por las erosiones cíclicas del tiempo en las fronteras del desierto sirio, el doctor Jared Morton contempló por última vez las ruinas que pronto se tragaría la noche. Aquellas c...
La calle de Dunworthy era una herida antigua en los suburbios de Arkham: desconchada, quebradiza, siempre silenciosa incluso durante el día. Aquí había nacido y crecido Elmer Tinsley, y aquí volvía ahora, un hombre endurecido y hastiado, tras a...
El polvo, arrastrado por un viento frío, iba apilándose en las sinuosidades de las viejas losas. La gran ciudad de Iram era solo un cúmulo de ruinas ocultas bajo la fina penumbra que la luna otoñal vertía aquella noche sobre las tierras maldita...
El bajorrelieve parecía tan simple: círculos concéntricos esbozando algo que, a la luz parpadeante de la lámpara de mi escritorio, no debía ser una galaxia sino el motivo central de una cosmología más siniestra. Llevaba días sin dormir, tras...
Los trenes nocturnos de Budapest eran mis santuarios. Cuando las campanas de los relojes patriarcales resonaban a lo largo de la ribera del Danubio y los primos del sueño se adentraban en la ciudad, yo vagaba por los andenes vacíos y me sumergía ...
Era una noche de los vientos más inclementes que la primavera trajo a Arkham, uno de esos ocasos en que ni los perros se atreven a ladrar en los callejones y la lluvia parece un lamento distante de cañerías rotas. Yo, Crispin Atherholt, acababa d...
La lámpara de aceite jadeaba con su última gota y, en la penumbra del gabinete forrado de tomos infectos, Avery Mullins leía. La oscuridad de la noche de Arkham le martilleaba las costillas como un tenedor ansioso. Los tejados agudos de la ciudad...
Hay lugares tan antiguos que cualquier palabra que trate de describirlos es un eco fatuo, resbalando sobre superficies jamás imaginadas por la razón. Así era Pnakotus, la ciudad de los Antiguos, y así la encontré en mi juicio anochecido, cuando...
El aire estaba impregnado de una humedad viscosa, y el hedor de la Turbera de Vilect se filtraba hasta los últimos poros de mi piel, un hedor que sabía bien mi padre, obsesionado con las tierras hundidas como sólo los frailes de la Orden Bramante...
El silencio sobre el Hudson
Nueva York. Otoño. 1927. El Hudson se extendía, sucio y resbaladizo como una lengua podrida, bajo las brumas que titilaban bajo la herrumbre de los viejos puentes de Manhattan hacia la noche. El silbido lejano de un ba...
Con la luna menguante entre nubes agitadas por un viento inclemente, el joven Lionel Paddock empapó el ala de su sombrero bajo el fango del camino rural. Ráfagas de lluvia diagonal le azotaban el rostro y convertían el sendero hacia Kettlewell en...
El frío era más profundo que el hielo. Daba la impresión de formar parte de la misma sustancia de Yuggoth, el planeta bastardo que algunos en la Tierra llamaban Plutón y otros, menos afortunados, preferían no nombrar en absoluto. Yo aún recuer...
¿Recuerdas, lector, cómo tiembla el corazón frente a lo innombrable, cómo se hiela la sangre ante la presencia de aquello que jamás se debió concebir en la efluvia corrompida del cosmos? Pues yo, un hombre marcado por la fiebre de la indagació Leer más...
Nunca he sido dado a la superstición ni a la credulidad. Debo insistir en este punto, ya que los hechos que pretendo relatar, con pleno conocimiento del escarnio y la acusación de locura que sin duda atraerán, son de una naturaleza tan francamente Leer más...
El mundo que conocemos apenas roza la costra superficial de un vórtice de fuerzas y presencias insondables, entidades que, en su aspecto más ínfimo, desafían cualquier tentativo de descripción o categorización. Pero mi relato no es una mera ale Leer más...
Henry Blackwell jamás fue hombre de supersticiones ni de credulidad fácil. Su posición en la Sociedad Histórica de Arkham requería una mente ordenada y analítica, pero, en el amargo otoño de 1927, una serie de acontecimientos que comenzaron en Leer más...
La primera vez que Jacob Meunier oyó algo sobre la región pantanosa al sur de Cammheim fue durante una reunión académica celebrada en la Universidad de Dorrance, a la cual asistió más por mera cortesía que por genuino interés. Recuerda el mo Leer más...
En la primavera de 1928, fui testigo en Arkham de fenómenos cuya memoria aún marchita mis noches como una brisa calcina la flor de la juventud. Pocos, creo, entenderán lo atroz de lo que vi en aquellos días, y menos aún compartirán mi convicci Leer más...
Había ciudades que sólo existían en ciertos mapas esotéricos, garabateados con manos temblorosas y tinta que parecía desvanecerse en la luz, como si la luz misma no soportara la verdad que esas líneas contenían. Había nombres que solo podía Leer más...
Recordaré siempre con una mezcla de repugnancia y luz atroz aquella visita, una suave tarde de mayo que me condujo hasta la decrepitud de Ingersmouth, ese villorrio dispuesto cabizbajo en las encrucijadas del desvelo y la bruma costera. No acudí po Leer más...