Portada del relato La sangre de Lakehurst
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Fragmento:


Mientras los actores ensayaban, curioseé por los pasillos traseros, buscando trastos olvidados y viejos carteles. Encontré en un baúl apolillado una máscara extraña: tela amarilla y rígida, con la boca cosida en una mueca de lamento, y unos ojos vacíos donde imaginé podía colarse la niebla. Había notas a lápiz en las paredes: signos extraños, un círculo tachado con líneas como garras. Afuera, una ráfaga de viento azotó las ventanas y alguien —no supe si era un actor o una sombra— susurró mi nombre desde un rincón oscuro.

Duración: 10:18

La sangre de Lakehurst
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Texto de ajuste de pausa.

Había ciertos nombres que nunca debían ser pronunciados en Lakehurst. El pueblo, anclado en los confines occidentales del condado de Dutchess, parecía resistirse a los avances del siglo XXI con una obstinación implacable: carreteras de grava, teléfonos de péndulo en algunos hogares, y un retazo apenas visible de agua estancada conocido por igual como el Lago Silente y la maldición de la región. Cuentan antiguos diarios, escritos con letra temblorosa, que el lago nunca fue verdadero lago; que lo que descansa bajo la bruma no es agua, sino una puerta sellada por el peso de generaciones que temblaban en sus noches más largas.

Yo llegué a Lakehurst una tarde de mediados de octubre, arrastrando conmigo la desidia del crítico teatral fracasado y el desgarrón apenas cicatrizado de un divorcio reciente. Mi trabajo era sencillo, una de esas tareas que sólo se consiguen después de que todo lo mejor se te ha escapado: redactar una crónica para la revista Stone and Specter sobre las tradiciones escénicas de los pueblos del norte del estado. Había oído, casi por casualidad, que en Lakehurst existía una compañía de teatro que ensayaba antiguas obras con una devoción casi monástica, y que últimamente había preocupado a algunos con una nueva pieza: El Rey de Amarillo.

Llegué cuando la última luz del día tropezaba con los robles del cementerio. La única posada estaba justo frente a la iglesia bautista, y la atendía una mujer llamada Charity, cuyo rostro parecía tallado en ceniza; cada arruga era una cuenta de rosario. «Aquí la gente es desconfiada», advirtió en cuanto pregunté por la Compañía Amarilla. «Manténgase alejado del lago, joven», añadió después, con voz confidente, como si los dos compartiéramos un secreto sucio sobre el pueblo, «y no pregunte por máscaras… ni por la obra.»

Por supuesto, la advertencia no hizo sino avivar mi curiosidad. Aun así, me dormí temprano, con el rumor del viento agitando las persianas y una inquietud acechando los rincones de mi mente. En sueños, la niebla del lago se arremolinaba y me arrastraba hacia un escenario donde arlequines dorados hablaban en lenguas retorcidas y un rey sin rostro miraba desde detrás de pesadas cortinas amarillas.

Al día siguiente, tras una mañana de preguntas esquivas en la panadería y extraños silencios en la tienda de comestibles, finalmente encontré al actual director de la Compañía Amarilla, un hombre enjuto y encorvado llamado Bernard Raine. Me recibió en el vestíbulo del viejo teatro Cavalry, con una sonrisa que no despejaba la frialdad de sus ojos. «La representación será esta noche», anunció, y señaló con un gesto imperioso uno de los bancos del vestíbulo en el que me pidió esperar hasta que llegara la hora.

Mientras los actores ensayaban, curioseé por los pasillos traseros, buscando trastos olvidados y viejos carteles. Encontré en un baúl apolillado una máscara extraña: tela amarilla y rígida, con la boca cosida en una mueca de lamento, y unos ojos vacíos donde imaginé podía colarse la niebla. Había notas a lápiz en las paredes: signos extraños, un círculo tachado con líneas como garras. Afuera, una ráfaga de viento azotó las ventanas y alguien —no supe si era un actor o una sombra— susurró mi nombre desde un rincón oscuro.

La función comenzó a las diez. El teatro estaba casi vacío: sólo algunos ancianos, que no apartaban la vista del escenario, y dos niños de rostro idéntico que se tomaban de la mano y murmuraban algo en un idioma sin palabras. Las luces titilaron y Raine, luciendo una capa de terciopelo gastado, subió al escenario. No hubo telón ni saludo, sólo la súbita aparición de una figura enmascarada que empezó a recitar en voz baja fragmentos extraídos, supuse, del primer acto de El Rey de Amarillo.

El texto era ignoto para mí, una amalgama de versos inciertos y promesas funestas: “En la orilla del Lago Silente, bajo el palio roto de las lunas, yace el nombre que nadie puede hablar. Hỵa… Hỵas…”. La palabra se diluía en un eco húmedo, como si a los actores les costase formar el sonido con la boca. Una de las actrices —o eso creí, pues no podía distinguir el sexo tras la máscara— comenzó a llorar al recitar, y la audiencia enmudeció con un miedo palpable.

Fue entonces cuando noté el frío. Un viento imposible, gélido como el mármol recién abierto, reptó desde debajo de las tablas y me caló hasta los huesos. En la penumbra de las butacas, los ancianos se aferraron a sus rosarios. El texto, los movimientos de los actores, las máscaras… todo convergía hacia una espiral de horror, una gestualidad extraña como los movimientos de los insectos boreales. Alguien, desde el escenario, levantó la mirada: detrás del ojo sin vida de la máscara, sentí que una voluntad ajena a la humanidad me escrutaba y asimilaba mi insignificancia.

La obra duró menos de una hora, pero hubiese jurado que pasaron siglos. No sé cómo logré salir del teatro, sólo recuerdo la urgencia con la que mi cuerpo pedía escapar. Afuera, la niebla ya cubría la calle; las farolas, desfiguradas, parecían criaturas encorvadas bajo la lluvia de otoño. Caminé sin rumbo hasta encontrarme junto al lago.

La superficie estaba quieta, pero debajo de la bruma, juraría que algo respiraba, algo que tenía la cadencia de un corazón enfermo. Una figura se materializó a mi lado. Era Raine, aún con la capa, ahora empapada de rocío. «¿Por qué está aquí?», preguntó, más extrañado que enfadado, y su mirada era la de alguien al borde del colapso. Sin esperar respuesta, empezó a hablarme del origen de la Compañía Amarilla.

«Hace cien años», murmuró, «Lakehurst era sólo campos y lodo. Un extraño, un dramaturgo venido de Europa, llegó una noche y nos dio el manuscrito de El Rey de Amarillo. Al principio no pasaba nada, solo un interés malsano, pesadillas, alguna desaparición. Pero luego, cada vez que la representamos, el agua del lago sube unos centímetros y, cuando termina la función, escuchamos voces desde el fondo.» Su voz temblaba y, por un momento, la niebla pareció abrir una vía directa hacia los reflejos del agua.

Pensé —absurdo— que todo era una elaborada broma rural, la manera que los viejos pueblos tenían de asustar a los forasteros. Pero algo en la presencia de Raine, el olor imposible que emanaba del lago (ni humedad, ni fango, sino algo orgánico y rancio, como si el agua ocultara pieles y gritos), me detuvo. Raine, desencajado, me agarró el brazo y apretó con una fuerza repentina. «La próxima luna llena, si la obra se representa otra vez, no quedará puerta cerrada en Lakehurst.»

En mi cabeza sonaron demasiadas preguntas. Quise irme, inventar lesiones, regresar a mi habitación y dejar que la historia fuera sólo una anécdota. Pero no fue posible. Esa noche soñé que el lago llamaba mi nombre, que un rey vestido de amarillo caminaba con pies deformes sobre el agua, y que mis propios labios eran incapaces de articular un “no”.

Me desperté empapado en sudor y, al mirar por la ventana, vi una procesión de aldeanos, todos enmascarados, peregrinando en silencio hacia el teatro. Aferré la grabadora, como si un artefacto mundano pudiera protegerme de lo que se avecinaba, y me adentré entre las sombras. Mientras más me acercaba, más pesado se hacía el aire: una presión en el pecho, la sensación de que el mundo era cada vez más estrecho y de que, pronto, la realidad cedería el paso a un horror sin nombre.

En el escenario, la Compañía Amarilla ya estaba reunida, los actores formaban un círculo con las máscaras más grotescas que jamás haya visto. Detrás, el telón amarillo palidecía, vibrando como si ocultara un corazón palpitante. Bernard Raine apareció justo a mi lado. «No hay vuelta atrás», murmuró. Y al instante, todas las luces se apagaron.

Lo que siguió no fue teatro. No hubo aplausos. Sólo la letanía de voces, el mismo texto resuena una y otra vez, como si esperaran que en algún momento el verdadero nombre fuera revelado, que la máscara cayera y el horror que habitaba detrás del guion descendiera sobre el pueblo y todos los presentes.

No puedo describirlo bien. Fue como si la arquitectura del teatro se doblara; el escenario se extendía hasta convertirse en un páramo de ceniza y ruinas, bajo un firmamento mutilado donde la luna era un ojo amarillo y sangrante. Los actores, cada vez menos humanos, reptiles travestidos con sedas podridas, gritaron un fragmento prohibido: “Iä! Hastur! El rey vino del otro lado del lago, y su mano tocó la tela que separa la vigilia del sueño.”

Cuando recobraba la consciencia, era de día y yo estaba tendido junto al lago. La bruma se elevaba en columnas, girando en espirales que dibujaban letras imposibles sobre la superficie. Raine estaba a mi lado, tan anciano que su piel parecía fundirse con la tierra del lago.

—No podemos dejar de actuar —confesó con voz rota—. Si paramos, el silencio llama al rey igual que la obra. Uno solo puede posponerlo; nunca evitarlo… Es una deuda del pueblo con el agua, una deuda sellada al pronunciar el nombre y llevar la máscara.

Contemplé el agua, donde bajo la bruma aún creía ver una figura que me miraba. Temí preguntar si el resto de la compañía estaba viva, si el pueblo seguía siendo pueblo o era sólo una congregación de sombras bajo el gobierno de una deidad demente.

Me fui esa mañana, dejando la grabadora y cuadernos atrás, huyendo cuesta abajo hasta la carretera principal, donde el mundo moderno aún reía de las leyendas. Ahora, años después, sigo soñando con Lakehurst. A veces, al filo del sueño, veo un lago envuelto en niebla, escucho los versos de una obra que nunca termina y el murmullo de una multitud al unísono: “Iä! Hastur… Iä… Iä...”.

Y cada vez que el viento golpea mi ventana en una de esas noches largas y vacías, me encuentro deseando que sólo sea brisa. Porque sé que si, alguna vez, escucho el sonido de una capa arrastrándose por el suelo, o el murmullo amortajado de una máscara recitando palabras imposibles, mi vida —como la de quienes una vez amaron el teatro en Lakehurst— será finalmente sólo un acto más en la infinita obra del Rey de Amarillo.

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