Portada del relato Cheliar de las Comarcas Carcomidas
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Fragmento:


No me atreví aquella noche a dormir. Ni a encender la luz, por temor a que alguna forma ignorada se sintiera atraída por la claridad. Toda la madrugada escuché cómo se arrastraban, reptaban y rasguñaban en mi techo las criaturas de la humedad. Sus zarpas repiqueteaban sobre la pizarra como si celebraran un ritual ancestral de bienvenida. Enoch se había marchado al alba. Me hallé solo, y al mirar por la ventana, descubrí con horror que la niebla era más espesa, casi negra, arrastrando consigo un dejo de carne pútrida en el aire. Como si los pantanos se hubieran abierto, lanzando su vaho intemporal sobre nuestro tiempo.

Duración: 10:41

Cheliar de las Comarcas Carcomidas
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Texto de ajuste de pausa.

El primer indicio llegó con un rumor húmedo al atardecer, como si la niebla sulfurosa del pantano —atrapada entre las grietas de la ciudad vieja— hubiese decidido reptar hacia nuestro mundo con la intención de ahogar el crepúsculo. En Arkham, y más allá de los suburbios, todos temían al húmedo silencio de junio, presagio de pestilencias imposibles y de presencias confundidas con sueños. Pero yo, un simple archivista, destinado a cerrar los anaqueles del Museo Miskatonic, había aprendido, demasiadas veces, que los rumores son premoniciones y los susurros, advertencias.

Aquella noche, mientras la ciudad luchaba contra el sopor de un calor asfixiante, mi visita a la posada de la Calle Derby fue interceptada por el doctor Enoch Mather, cuyo rostro era una máscara de expresión contenida y ojos encendidos de ansiedad. “Wilkin —susurró—, han llegado. He visto las siluetas de las Colinas de Bishop, titubeando, reptando… y la niebla no es natural.” Insistió en acompañarme a mi casa; accedí por temor a la verdad detrás de sus palabras más que a los asaltantes ordinarios de la noche.

En mi residencia, intenté desviar la conversación hacia nuestros comunes intereses científicos, pero Enoch no se relajó. Sacó de su portafolios una carpeta, manchada por una sustancia negra que olía a yodo podrido. “Encontré esto a las afueras, cerca del sendero al antiguo molino. No lo abras si no tienes estómago.” Dentro, trozos de piel que no podían ser catalogados como humanos: la epidermis era dura, recubierta de escamas oscuras y, en algunos fragmentos, pelusa rosada como la que cubre un hongo. Entre ambos discutimos a cuál reino pertenecía aquello; falló el lenguaje humano en definirlo.

No me atreví aquella noche a dormir. Ni a encender la luz, por temor a que alguna forma ignorada se sintiera atraída por la claridad. Toda la madrugada escuché cómo se arrastraban, reptaban y rasguñaban en mi techo las criaturas de la humedad. Sus zarpas repiqueteaban sobre la pizarra como si celebraran un ritual ancestral de bienvenida. Enoch se había marchado al alba. Me hallé solo, y al mirar por la ventana, descubrí con horror que la niebla era más espesa, casi negra, arrastrando consigo un dejo de carne pútrida en el aire. Como si los pantanos se hubieran abierto, lanzando su vaho intemporal sobre nuestro tiempo.

Al llegar al museo aquella mañana me encontré con la policía rodeando la entrada. El conservador jefe, Sr. Owens, había desaparecido. En su despacho solo hallaron manchas que parecían babas y una roca que, a la vista, tenía forma de cerebro fosilizado, coronada en su base por unos filamentos gelatinosos. Había papeles con anotaciones: “sondean los sueños… buscan materia… traen ofrendas”. Nadie —menos yo, inmerso en los abismos de la bibliografía prohibida— podía entender el significado de esos pensamientos febriles.

Las noches siguientes me refugié en la biblioteca, estudiando la tradición oral de las viejas familias de Innsmouth y las leyendas casi olvidadas del Veldad de los pantanos. Los habitantes más ancianos hablaban entre dientes sobre los ‘Recogedores del Miedo’, entidades aladas que merodeaban el confín entre nuestro mundo y un reino de carnicería primordial. Según las crónicas descuidadas de Zebulon Derby, los Mi-Go eran portadores de saber extranjero y de una tecnología tan avanzada que parecía brujería. Pero también eran traficantes de materia, administradores de intercambio en los límites de la vida y la muerte.

Fue en un manuscrito deteriorado donde hallé la palabra “Cheliar”, un término antediluviano para designar a un sólo enclave, perdido en el altiplano más allá de las ciénagas, presidido por un pozo imposible. Era allí donde ocurría el ‘trueque’. Al caer la luna nueva, los sonidos del pantano cambiaban y la tierra exudaba una sustancia viva, imposible de mirar sin retorcerse de horror. Fluidos que, según los rumores, procedían del mismísimo Abhoth, aquel núcleo vivo cuyos rezumados viscosos engendraban vida repulsiva.

El recuerdo de Abhoth me heló por dentro. Esa Masa siempre proliferante, preñada de formas abortadas y abyectas, custodiaba —según decía el texto— un canal de intercambio con cosas que los hombres no deberían conocer. Y los Mi-Go, servidores y recolectores, actuaban como portavoces en ese rito trágico, llevando a sus víctimas vivas o muertas para ser fundidas en esa estación de la carne.

Me empeciné en saber, y ese ha sido mi castigo. El siguiente paso fue visitar a Geraldina Wroth, una médium famosa entre el círculo ocultista de la Universidad. Su apartamento era un santuario de objetos extraños y rameados, infestados de olor a incienso y a otros ungüentos. “D’endrrah está aquí a través de ellos,” musitó, con una mirada vacía, “en los sueños de los niños y las últimas memorias de los suicidas. Los Mi-Go, a veces, traen cosas, pero otras vienen a recoger lo que se ha ‘adoquinado’ detrás de la conciencia.” La médium se negaba a dormir desde hacía días. “Es el bazar. Hay trueque, siempre hay trueque; nunca se recibe lo que se espera.”

Todo pareció precipitarse entonces: una sucesión de desapariciones, gente arrastrada por el pantano a la vista de todos, con un sigilo demasiado monstruoso como para comprenderlo. Familias, animales, y no pocos enseres de metal. Hasta la catedral despertó una noche sumida en baba viscosa, y el campanario gemía, como si los propios cimientos hubieran enfermado.

Desesperado, regresé a los escritos de Zebulon Derby y hallé la descripción de un sendero, intoxicado por ramas y líquenes, donde se abría un claro que nunca cambiaba de tamaño, y en cuyo centro yacía un pozo revestido de basalto graso. Era el Acceso, el tránsito entre nuestro mundo y aquel otro, regido por una voluntad equívoca y por leyes de carne y metal.

Armado apenas con una linterna, una botella de sal y mi erosionado sentido común, me interné una noche en los lindes del pantano. Caminé hasta que la luna reventó en reflejos sobre el fango, y los animales dejaron de cantar. Allí, dentro del claro, la tierra respiraba. Literalmente; el suelo palpitaba, sudaba un humor gris, y la niebla se tornó pesada. Oí antes de verlos: repiqueteo de zarpas de cangrejo, batir de membranas, y una amalgama de lenguajes susurrantes, graves e imposibles. Eran los Mi-Go.

A la distancia, sus cuerpos se confundían con escarabajos flotantes, coronados de masas bulbosas de las que asomaban filamentos de bronce y oro. No había ojos, sólo brillos rojizos en las glándulas, y por encima, desde el cielo, parecía observarnos una negrura aún más densa, como si D’endrrah —aquel que huele la sangre nueva— estuviera asomándose apenas tras un cristal roto. Los sonidos se multiplicaron; una especie de himno infeccioso que se filtraba en el hueso. Los Mi-Go avanzaron hacia el pozo, depositando extraños bultos: gallinas, perros, y… cuerpos humanos. Supe que algunos aún estaban vivos, porque oí sus quejidos.

El pozo, —¡ay del pozo y de lo que sus entrañas prodigan!—, borboteó con una espuma negra y caliente. Algo se movía desde abajo, desprovisto de forma estable: tentáculos, membranas, ojos que aparecían y desaparecían como burbujas en brea hirviente. Era Abhoth, sin duda. El horror primordial. Los Mi-Go se arrodillaron (o simulaban hacerlo), y volteretearon en torno al orificio, como abejas celebrando una miel que sólo ellas pueden degustar.

“¡No! ¡No!” —mi grito apenas fue un sollozo ahogado. Contemplé cómo uno de los Mi-Go se acercaba a una caja de metal. La abrió, y extrajo un frasco: dentro danzaba, aún viva, la materia gris de un cerebro humano. Sentí una náusea monumental; reconocí el rótulo: “Dr. Owens”. Los Mi-Go intercambiaban cosas con Abhoth a través del pozo: materia por información, vida por secreto, muerte por conocimiento. Sentí desfallecer, pero no podía retirarme ahora. Era testigo de la infernal simbiosis de civilizaciones y monstruos.

Cuando Abhoth salpicó, una llamarada de membrana líquida cubrió a varios Mi-Go. Algunos se desintegraron al contacto, pero los que resistieron volvieron a la caja y depositaron en ella pedazos del horror viscoso. Comprendí: llevaban ofrendas entre mundos, transportando el germen de Abhoth a otras latitudes estelares. El horror no sólo era contagio de materia, sino de existencia y memoria. Lo que caía en ese pozo nunca volvía igual; quien osara acercarse, sería “reformado” por leyes que la razón humana no puede soportar.

Sólo D’endrrah, pensaba temblando en el umbral de lo absurdo, podía servirse de semejante banquete. Los sueños de los condenados, los delirios de los dormidos, la materia arrastrada: todo circulaba hacia ese bazar sin forma, hacia esa mente que devora silenciosamente la experiencia misma.

Me arrastré en la penumbra, invisible entre la jornada de trueque. Vi cómo uno de los Mi-Go, más viejo, llevaba una masa oscura, cubierta de ojos; la dejó caer irguiéndose con reverencia. Un tentáculo surgió y rodeó una de las glándulas del cuerpo insectoide, fusionando ambas en una fusión repulsiva de carne y metal. El Mi-Go fue absorbido, y el pozo palpitó con azules y lilas iridiscentes. El viento comenzó a soplar en sentido contrario, como si el mundo entero se estuviera replegando hacia lo indescriptible.

No sé cómo escapé. Mi mente hizo un corte, y me encontré, al amanecer, aferrado a un tronco con la ropa cubierta de una sustancia ácida maloliente, las manos hinchadas y la garganta herida por gritos que, aún ahora, no recuerdo haber pronunciado. Sólo quedaba en mi memoria ese claroscuro, esa atmósfera saturada de trueques entre pesadilla y realidad.

Días después, el pueblo fingió no querer recordar. Pero algunos niños aún despiertan gritando, pues sueñan con hordas de Mi-Go rondando sus almacenes cerebrales, hurgando entre sus miedos más antiguos, extrayendo instrucciones y memorias para ofrecerlas, una y otra vez, a los bazares de lo innombrable.

Y yo, Wilkin, escribo este testimonio con las pocas fuerzas que me restan, advertido por la médium Wroth de que pronto vendrá la última transacción. Porque ahora sé que en algún rincón esperanzado de mi conciencia, lo que vi no fue sólo intercambio de carne y pesadilla. Fue la línea de comercio de algo mucho peor: la memoria y el alma, vendidas, trozadas, y arrastradas a un bazar cuyos ecos resuenan, cada noche, en las orillas silentes de mi locura.

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