Fragmento:
“El cofre abierto bajo la cripta contiene documentos ininteligibles. Manuscritos en latín corrupto, cartas plagadas de símbolos”, me escribió, “y lo peor: un espejo pequeño, ovalado y de filigrana negra que ningún adorno ni época concuerda con el resto de objetos. Arkwright rehusó tocarlo más de una vez; dice que siente vértigo sólo al acercarse. A instancias mías, oculta el espejo entre paños y lo guarda bajo llave.”
Duración: 09:56
Henry Blackwell jamás fue hombre de supersticiones ni de credulidad fácil. Su posición en la Sociedad Histórica de Arkham requería una mente ordenada y analítica, pero, en el amargo otoño de 1927, una serie de acontecimientos que comenzaron en la vieja calle Wickham obraron con gran eficacia sobre lo que él llamaba, hasta entonces, su fe en la razón. Recuerdo con inquietud la noche en que lo vi por última vez, pues la perturbación en sus maneras y el insomnio que denunciaba en sus exámenes de café y cigarrillos, me condujeron —contra mi juicio— a interesarme por el sombrío misterio al que había dedicado sus horas más recientes.
Todo comenzó al recibir, en el fichero polvoriento de reclamos y cartas, una misiva que parecía fechada muchos años atrás, aunque el sobre ostentaba un matasellos reciente. El remitente era un tal Basil Arkwright, supuestamente último heredero de una de las familias fundadoras de Arkham, y en el interior se solicitaba, con tono urgente, el examen de ciertos documentos y objetos hallados al desenterrar una cripta privada en los terrenos del solar familiar, ubicado en la mencionada calle Wickham. No era la primera vez que la Sociedad era llamada a escrutar artefactos relacionados con la historia oculta de las casas coloniales, pero algo distinto vibraba en las palabras desproporcionadas y casi suplicantes de Arkwright.
La melancolía propia del otoño en Massachusetts servía de telón a la lúgubre empresa. La calígine de noches en las cuales el viento desgranaba hojas marcescentes contra los cristales del despacho, y los bramidos lejanos del Miskatonic sugerían tormentas nunca vistas, prepararon el ánimo de Blackwell para visitar la ancestral mansión Arkwright, acaso con más aprensión de la que le hubiera gustado admitir. Me pidió, la víspera de su cita, que aguardara noticias cada noche en mi domicilio, como si anticipara un obstáculo más oscuro que los fantasmas comunes de las viejas genealogías.
El primer informe que recibí fue seco: “Nada relevante; sólo polvo y soledad. Arkwright es hombre desconcertado, y la casa, una sombra de sí misma.” Pero al segundo día, llegó con febrilidad un relato más largo.
“El cofre abierto bajo la cripta contiene documentos ininteligibles. Manuscritos en latín corrupto, cartas plagadas de símbolos”, me escribió, “y lo peor: un espejo pequeño, ovalado y de filigrana negra que ningún adorno ni época concuerda con el resto de objetos. Arkwright rehusó tocarlo más de una vez; dice que siente vértigo sólo al acercarse. A instancias mías, oculta el espejo entre paños y lo guarda bajo llave.”
Sabía yo —porque Henry me lo confesó con voz burlona la semana anterior— cuánto despreciaba las fantasías de objetos malditos. Sin embargo, ya en la tercera noche, su letra era vacilante y la tinta mostraba atisbos de temblor. Algo había visto, o creído ver, en aquel espejo maldito. Algo que su prosa no llegaba a describir.
“Es un tormento el pensar que he traído esa cosa a mi propio despacho; pues una curiosidad ciega, la misma que llevó a los antiguos alquimistas a la ruina, me hizo aceptar el préstamo de Arkwright por una semana. ¡El reflejo, Edgar! El reflejo... No es mi rostro lo que retorna la mirada desde el cristal, sino una imagen distorsionada, sin boca, con ojos desproporcionados y fijos. Cuando apagué la lámpara y encendí la vela, la figura pareció mover un brazo —cosa imposible, pues yo permanecí inmóvil, paralizado de terror.”
Aconsejé, no sin frustración, devolver de inmediato el espejo, pero Henry, crispado, proclamó que “la investigación aún no se completaba”. Dijo que el latín de los manuscritos sugería “una genealogía subterránea, familias dentro de familias, pactos de sangre con nombres que no figuran en libros civiles”. Temperamentos más sensatos habrían rehuido tales indagaciones; no así Blackwell, cuya sed de desentrañar todos los misterios le acarreó no pocos enemigos entre los “antiguos” de la ciudad.
Fueron pasando los días, marcados por un clima inusualmente tempestuoso y reportes de desapariciones en el barrio de la Calle Wickham. Dos niños, un vagabundo y una mujer mayor dejaron de ser vistos, y sólo se hallaron en el lindero de la mansión rastros inexplicables: huellas como de zarpas, a medio camino entre lo animal y lo humano. Alguna prensa sensacionalista habló de “lobos”, otras de “espectros”. Blackwell, sin embargo, reía con sorna negativa a creer en animales tan grandes e invisibles en medio de la civilización.
Pero en su carta del domingo, todo denotaba horror. “Anoche, en pleno insomnio, creí escuchar voces fuera de mi ventana”, anotó, “y al mirar, reconocí en el patio una turba de figuras blanquecinas, arrastradas, como maniquíes andantes, acechando desde la niebla. Retrocedí, espantado, y de pronto vi al espejo vibrar de manera antinatural. La superficie ya no reflejaba mi estudio, sino una larga procesión de encapuchados, portando lámparas de aceite en corredores que no conozco.”
Semanas después, di en visitar su despacho, pues la comunicación se hizo abruptamente irregular. Hallé a Henry inusitadamente envejecido, oculto tras pilas caóticas de libros, el rostro lívido y los ojos hundidos en un abismo de insomnio. Sobre su mesa, cubierto con terciopelo negro, el infame espejo. Me saludó con un espasmo de alegría fingida, e insistió en mostrarme los papeles recuperados de la cripta. Cuadros genealógicos imposibles, cuyos nombres perdidos —Marin, Orne, Crouch, Aylesbury— se mezclaban con símbolos arcanos y fechas que no coincidían con era alguna.
“La clave es la sangre”, murmuró. “Algo en la sangre de los Arkwright, y quizá en la mía... pues, Edgar, hallé mi propio nombre escrito en tinta roja entre los últimos folios. ¿Cómo pudo estar ahí, si estos documentos duermen bajo tierra desde 1765?”
Sugirió entonces regresar a la mansión al anochecer, para investigar “una última vez” la cripta y poner fin, de alguna manera, al contenido de aquel extraño espejo. Así fue como, armados con linternas, candelabros y un nerviosismo creciente, cruzamos el umbral podrido de la casa Arkwright mientras retumbaban truenos ajenos a toda tormenta conocida.
La oscuridad allí era viscosa, más densa de lo que la lógica debería permitir. Las paredes manaban una humedad agria, y desde el sótano subía un hedor a tierra cubierta de gusanos. La cripta —abierta como boca hambrienta— nos mostró el mosaico de lápidas, y en su centro reposaba el féretro que contenía los documentos y, uno suponía, los restos mortales de algún ancestro remoto.
Henry dispuso el espejo sobre la tumba, inconsciente todavía del espanto que tal gesto provocaba en mi espíritu. “Tenemos que enfrentarlo tal como los Arkwright enfrentaron su legado”, murmuró, encendiendo la lámpara de aceite y entonando palabras tomadas de los manuscritos, un latín convulso salpicado de nombres impronunciables.
En ese instante, la lámpara titiló y un aire glacial se arremolinó a nuestro alrededor, trayendo consigo un susurro de antorchas encendidas y pasos arrastrados. El espejo comenzó a brillar desde dentro, y no tardé en ver que su superficie era penetrada, no por la imagen de Henry ni la mía, sino por el reflejo de la misma cripta en la que estábamos —pero con más ataúdes, más nombres, y más sombras indistintas que se erguían y comenzaban a moverse.
Henry temblaba convulsivamente y, en su mirada, adivinaba una mezcla de triunfo y absoluto terror. Una de las figuras del espejo —un ser alargado, cubierto de jirones, de rostro hueco— alzó una mano huesuda y, en el acto, la niebla del sótano se condensó formando una réplica translúcida ante nosotros.
Fue entonces que comprendí: aquello era una convocación. El legendario linaje Arkwright, cuyo pacto había sido sellado con la sangre y la oscuridad en los albores de Arkham, reclamaba nuevos huéspedes, nuevas pieles con las que habitar la superficie del mundo. Fueron saliendo, uno tras otro, los espectros deformes del cristal, y de sus fauces salían lamentos en idiomas muertos.
Recuerdo —y la memoria me es vil aunque nítida— que Henry, enloquecido, lanzó el espejo al suelo, pero lejos de romperse, el cristal se expandió en el aire como la boca de un pozo. Sentí cómo la fuerza del abismo me atraía, y sólo gracias a una suerte inexplicable logré sortear la corriente y salir arrastrándome a la escalera del sótano. La última escena grabada en mi entrecejo fue el cuerpo de mi amigo, retorciéndose en el aire, absorbido como por un torbellino, mientras la pléyade de espectros tomaba forma tangible y se dispersaba por el subsuelo de Arkham.
No sé cómo logré huir aquella noche. El sol naciente bañaba la calle Wickham de un modo que parecía lavar, por unas horas, toda mácula. Hallaron la casa abandonada al amanecer, y aunque las autoridades catalogaron el caso como desaparición doble y saqueo ritual, nada en sus actas recoge la naturaleza de lo presenciado. El solar fue clausurado, aunque jamás ocupado, y algunos vecinos aseguran que, en ciertas noches, puede verse la sombra de figuras altas que recorren el jardín inmóvil.
Desde aquella fecha, sueño con corredores subterráneos, cruces torcidas y fosas sin nombre donde me llaman voces familiares con palabras de hielo. He intentado hallar de nuevo a Henry o, quizá más certeramente, alguna prueba de que sigue existiendo en este mundo. Pero sólo hallo papeles en tinta desfigurada y la memoria dañina de aquel reflejo innombrable.
Si alguna vez la curiosidad le empuja a investigar antiguas mansiones, recordad que ciertos linajes cargan deudas que la carne y el tiempo no pueden saldar; y que existen espejos que no reflejan, sino convocan, y que esperan, pacientes, al siguiente desafortunado esclarecedor de la verdad.
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