Fragmento:
Tenía la impresión, siempre hacia el fin de la noche, de que la ciudad entera retrocedía de la costa, de que sus cimientos se encogían bajo la presión, no del agua sino de las cosas que la habitaban; seres inmemoriales de los que los pescadores, cuando todavía quedaban, no hablaban ni entre susurros. Pero la desaparición de los pescadores hace ya dos veranos fue el menor de los signos. Antes de volverse vagos y retorcidos, los sueños de las gentes del litoral ya habían traído a la superficie la verdadera herida que yacía bajo la ciudad: la grieta, decíamos los viejos, pero sólo los muy locos la buscaban. Yo era, para mi pesar, uno de ellos.
Duración: 10:01
Tenía la impresión, siempre hacia el fin de la noche, de que la ciudad entera retrocedía de la costa, de que sus cimientos se encogían bajo la presión, no del agua sino de las cosas que la habitaban; seres inmemoriales de los que los pescadores, cuando todavía quedaban, no hablaban ni entre susurros. Pero la desaparición de los pescadores hace ya dos veranos fue el menor de los signos. Antes de volverse vagos y retorcidos, los sueños de las gentes del litoral ya habían traído a la superficie la verdadera herida que yacía bajo la ciudad: la grieta, decíamos los viejos, pero sólo los muy locos la buscaban. Yo era, para mi pesar, uno de ellos.
Había oído hablar de la grieta bajo el suelo desde que era niño, aunque en aquellos tiempos sobrevivía apenas como superstición; más tarde, cuando supe que había documentos antiguos, recortes, algún plano minucioso sobre las catacumbas que atravesaban la roca azulada del promontorio —y que el nombre Yoth se repetía, disonante, en lenguas olvidadas por todos—, el temor se mezcló en mí con una forma de hambre. Un hambre instructiva; un deseo de saber. O eso me decía.
La oportunidad de descender a la grieta llegó demasiado tarde, ya con la soledad bien aferrada a mi colchón y mi estufa, cuando apenas quedábamos diez familias en el barrio antiguo. Conocí entonces a un hombre que no se llamaba como decía sino como firmaba en su correspondencia. Nadie aquí olvida a los forasteros. Él se hacía llamar Howard Suttcliffe y arrastraba libros antiguos, una linterna de carburo, y las huellas de un abuso químico sobre su piel blanquecina. Me confesó, a los pocos días, que venía a buscar rastros de un culto prohibido: «A veces lo llamaban Y’golonac, a veces —en la lengua rota de los sumideros— lo llaman el Heresiarca». Me reí de la impostura, sin saber aún que la risa propia es la que los Profundos aprovechan para horadar el músculo blando.
Suttcliffe aseguraba que bajo la ciudad, tras la red de catacumbas selladas por los más ilustres del cabildo, la grieta era real y esperable. Usó su lengua pulida para tentar a los conspiradores que aún quedaban, y una noche, tras mucho licor, una anciana llamada Cuerva nos llevó, con paso silencioso y un farol mugriento, hasta una trampilla de hierro en el sótano de la vieja biblioteca.
Durante los descensos más largos de mi vida —llamarlos exploraciones sería darles dignidad—, aprendí que la roca bajo la ciudad había sido excavada hasta un grado inexplicable por generaciones de adoradores. Los túneles no seguían lógica alguna, salvo tal vez la de un laberinto orgánico, de pasadizos húmedos donde la sal rezumaba de los muros y algo, muy abajo, latía con el ritmo de una respiración. Descendimos por la trampilla ayudados por la soga y la paciencia de la anciana. Nuestro farol apenas iluminaba un palmo de las baldosas craqueladas. Pronto encontramos lo que Suttcliffe buscaba: frescos casi borrados, representaciones de figuras humanas unidas lujuriosamente a lo que, a falta de mejor término, sólo puedo calificar de bocas —bocas sin rostro ni cabeza, que se repetían con pulida insidia en paredes, techos y columnas—. Yo apartaba la mirada, pero el forastero estudiaba los relieves casi con ternura.
Cuerva se detuvo ante una puerta de bronce abollada y, sin hablar, entonó bajo su aliento palabras deformes. La hoja oxidada se apartó con un gruñido casi animal. Al otro lado, una bajada de escalones irregulares nos condujo a lo que en otros tiempos debió ser una cámara ritual, de proporciones tales que sentir presión en el pecho era inevitable. Suttcliffe sonreía, los ojos encendidos por alguna fiebre. En el centro, una losa de caliza blanca mostraba garabatos, y un cuenco metálico rebosaba de agua negruzca, aunque el techo mostraba grietas y no faltaba humedad por goteo sino que brotaba hacia arriba, como si un lago enterrado estallara de deleite.
—¿Sabes lo que buscan los Profundos? —me susurró Suttcliffe—. Un cuerpo donde anidar. Pero los suyos no bastan. No es la carne. Es la grieta la que eligen, para que la boca hambrienta que mora al otro lado pueda acariciar el mundo.
Le hubiera golpeado, pero Cuerva se arrodilló y, con un cuchillo que impugnaba toda higiene y sentido común, cortó un mechón de su propio cabello, arrojándolo al cuenco. La superficie del agua chisporroteó y un hedor, mezcla de ozono y salmuera pútrida, nos golpeó las narices. La piedra a nuestros pies vibró.
—Ahora —dijo la anciana, los ojos blancos—, la grieta nos acepta.
Descendimos aún más. El murmullo del agua era ahora una voz, o muchas. Tenía el ritmo idiotizado de los rezos. Era cierto que allí abajo el aire se espesaba y la lengua pesaba. A cada recodo, leíamos nuevas señales: estatuas toscas, cuerpos de pez fusionados a miembros humanos, y, en la penumbra, la presencia de murciélagos muertos, partidos, como si hubieran sido mordisqueados por dientes torpes y húmedos. Quise preguntar a Suttcliffe si aquello bastaba como prueba, pero él seguía adelante, arrastrando en el pecho el nombre de Y’golonac, su tótem privado. Pasos y pasos. Por fin, en un rellano cubierto de limo, los muros se pigmentaban con mineral rojo y naranja; alguien, muchísimo tiempo atrás, había dibujado con sangre y arcilla la silueta entrecortada de un ser enorme. Un único ojo se perfilaba desde el torso, aberro de cabeza, y allí donde debía haber manos, bocas dentadas abrían y cerraban la oscuridad, ansiando algo imposible de conceder.
La grieta aparecía unos metros más allá, más ancha que una tumba, más profunda que la memoria y el duelo. El aire salía con fuerza desde lo negro, trayendo un eco de risas infantiles y, a la vez, de jadeos roncos como los de un animal. Uno no podía mirarla durante mucho: formaban la piedra unos pliegues espirales que formaban la ilusión de que bajaban y bajaban, interminables, hasta regresar de nuevo a nuestros propios ojos, y en el fondo, siempre en movimiento, la humedad temblaba como piel sobre la grasa. Suttcliffe se arrodilló sin miramientos al borde y murmuró no palabras, sino sílabas, como si su lengua se deshiciera.
Fue entonces cuando oímos el rumor de otras pisadas. Al principio creí que podía ser algún vagabundo, pero pronto me di cuenta de que pisaban con demasiada seguridad, con un ritmo que no era del todo humano. El aire se volvió aún más espeso, y la luz de nuestro farol titiló. De la penumbra surgieron dos figuras: iban encapuchadas, pero el olor a sal y charcos de peces podridos las delataba. Profundos. Aunque se alzaron a dos metros, caminaban como si tuvieran las caderas dislocadas y las manos —al menos lo que se adivinaba bajo el manto— eran membranosas, llenas de bultos y vetas rosáceas.
Suttcliffe apenas miró. Le pareció normal que aquellas bestias —que hasta entonces sólo creíamos fruto de fábulas— custodiaban la grieta, la piedra sagrada donde los antiguos habían hecho su trato con lo innombrable. Habló con ellos, aunque no palabras, sino una mezcla de gemidos y silbidos. Los Profundos inclinaron sus cabezas hasta que se oyeron crujidos de huesos. Uno de ellos avanzó hasta la grieta; de lo profundo surgió una garra que debió medir medio metro, pero estaba cubierta de ojos, ojos como ampollas enrojecidas que nos contemplaban con deseo y asco a la vez. El Profundo se hincó de rodillas y, mientras el brazo de la grieta palpitaba, le ofreció su cara, que fue rasgada de un bocado. Supimos entonces cómo era esa dieta: el ser no quería carne, quería piel, lengua, ojos. Todo lo que formaba identidad. El rostro del Profundo se deshizo en jirones rosados, y luego, sin que mediara grito ni combate, la cabeza desapareció y la grieta se relamió en el aire, cerrando de nuevo su puño de carne y ojos.
La anciana, en medio de la escena, sollozaba rezos. Suttcliffe había dejado mi lado y se inclinaba con una devoción perversa ante el segundo Profundo, que ahora me miraba. Sentí ese tirón, esa llamada absurda, como si una corriente de agua fría intentara llevárseme por dentro, a través de la boca y los ojos, hacia la grieta. Recordé así los sueños de la niñez —la playa oscura, lo que salía de los charcos en luna nueva—, y supe de repente que nunca fui del todo humano: fui, como todos los de esta costa, una concesión, una reserva espiritual para las bocas de la pedigüeña grieta.
—Bendito seas —decía Suttcliffe— porque llevas en tí la marca.
Antes de que me apartara, la garra de la grieta ascendió de nuevo, extendida, y tocó mi pecho. El frío me congeló la sangre. Las voces en la cabeza se multiplicaron. Sentí mi propia boca pugnar hacia los costados, abrirse, multiplicarse; sentí que se partía y se repetía indefinidamente, hasta que cada músculo de mi cuerpo suplicaba por aquello que desde el fondo del mundo clamaba por una entrada. El Heresiarca, Y’golonac, llamadlo como queráis, era la grieta y su dueño. Su hambre era tan ancestral como la sal de esta costa. Su culto, repugnante, creciendo como los túneles bajo la ciudad. Lo entendí entonces: las catacumbas solo replicaban una boca, una y otra vez, esperando el momento exacto en que los cuerpos, vaciados de identidad, de sueño y de propio deseo, fueran devueltos a la grieta como ofrenda infatigable.
No recuerdo del todo cómo ascendí, si fue por voluntad propia o arrastrado por Cuerva —Suttcliffe nunca regresó, o quizás su forma sí, pero no su ánimo, pues objetos sin mente han vuelto antes de él—; solo sé que meses después, la superficie sigue oliendo a sal podrida, bajo las piedras aún resuena el eco de los legendarios descendientes de aquel culto, y que mi boca, por las noches, se desdobla en la oscuridad, esperando devorar lo que encuentre en mis sueños, como si la grieta no hubiera terminado su labor.
Y sé, demasiado bien, cuánto falta para que la boca rompa del todo la superficie, y los Profundos, con sus cortejos de carne y aroma, nos arrastren a todos por las catacumbas de Yoth, hacia el abrazo definitivo del Heresiarca. Porque la grieta nunca sacia la sed; solo espera, bajo la ciudad, el regreso de quienes jamás debieron descender.
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