Portada del relato Las Ofrendas Heladas de Leng
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Fragmento:


Nunca habrá un lenguaje humano capaz de esbozar, ni siquiera burdamente, el verdadero aspecto de la Llanura de Leng, ese páramo prehumano, envuelto bajo soles muertos y brumas irisadas, donde el tiempo se repliega como un animal herido entre la nieve. Pocos, aún entre mis colegas más temerarios, creerían las cosas que describo; pero yo las he visto, olido, tocado—y, peor que eso, las he soñado desde mi regreso. El silencio de mi estudio, las más densas cortinas y la llama vacilante apenas bastan para repeler la presión de esas memorias indescriptibles que, una tras otra, exigen ser puestas en palabras… aunque sólo sea para que dejen de supurar en mi cráneo durante un tiempo.

Duración: 09:46

Las Ofrendas Heladas de Leng
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Texto de ajuste de pausa.

Nunca habrá un lenguaje humano capaz de esbozar, ni siquiera burdamente, el verdadero aspecto de la Llanura de Leng, ese páramo prehumano, envuelto bajo soles muertos y brumas irisadas, donde el tiempo se repliega como un animal herido entre la nieve. Pocos, aún entre mis colegas más temerarios, creerían las cosas que describo; pero yo las he visto, olido, tocado—y, peor que eso, las he soñado desde mi regreso. El silencio de mi estudio, las más densas cortinas y la llama vacilante apenas bastan para repeler la presión de esas memorias indescriptibles que, una tras otra, exigen ser puestas en palabras… aunque sólo sea para que dejen de supurar en mi cráneo durante un tiempo.

Lo cierto es que no planifiqué jamás el viaje. Fui empujado, arrastrado por la obsesión de esas gélidas tierras de las que sólo se hablaba en manuscritos abisales y fragmentos ilegibles de grimorios—pistas dejadas por locos, exploradores ermitaños o cosas aun menos humanas. No soñaba yo entonces que, tras el hallazgo en la librería de Tarkington, el breve pasaje traducido del "Unaussprechlichen Kulten", se abriría a mis pies un abismo de posibilidades fatales. Pero ¿cómo resistir la promesa de un lugar donde el hielo nunca se derrite y lo primitivo aún acecha bajo costras de era tras era geológica?

El pasaje hablaba de la “Puerta de Murmullo”, una translúcida aberración fosilizada en mitad de la Llanura de Leng, donde los sueños se infiltran en la carne y el pensamiento traiciona a su portador. La tentación era demasiado poderosa. Atajé por Siberia, siguiendo la estela de un extraño comerciante yakuto que, borracho de vodka y pánico apenas disimulado, deslizó entre dientes que había visto luces danzando sobre la nieve, “como bocas que cantan a la luna, sin nada adentro salvo hambre y girones de niebla”. Lo seguí. Ya no era un académico; era algo arrastrado por fuerzas mucho más antiguas y crudas.

La travesía, por supuesto, carece de importancia ante lo que acaeció en Leng misma. Días enteros envueltos en ventiscas; trineos devorados por grietas; perros que chillaban al dormirse, como si alguien icoroso les arrancara los ojos por dentro. Quienes me acompañaban—una brava guía groenlandesa, un criptógrafo húngaro y un inquietante joven noruego que apenas hablaba—cayeron poco a poco en el estupor de una fatiga que era más mental que física. Yo mismo notaba el filo enloquecedor de una planicie sin horizonte real, donde el cielo parecía reverberar hacia adentro, como visto desde una retina no humana.

Y sin embargo, lo peor estaba aún ante nosotros: la transición hacia la Llanura, ese umbral donde, incluso con los ojos cerrados, se sentía el pulso ajeno, la intromisión de pensamientos-como-hiedra en los recodos de la razón. Ahí, en el límite de la nada polar y la presencia malsana, hallamos la Puerta de Murmullo. Al principio no era más que una formación de cristal lechoso, arqueada sobre sí misma como hueso de ballena erosionado durante eones en mil inviernos. Pero, al acercarnos, comenzamos a percibir el susurro.

No puedo recordarlo con claridad; sólo puedo asegurar que el noruego se desplomó en un espasmo de terror, balbuceando en una lengua no aprendida, sus ojos en blanco y la boca convulsionándose en un ritmo antinatural. El criptógrafo intentó transcribir los sonidos, pero la pluma se le fundió en la mano y huyó a tientas, berreando, hacia la noche infinitamente blanca. Yo, por mi parte, sentí la arremetida de algo muy vasto: una miríada de inteligencias aletargadas, fragmentos de recuerdos y anhelos nunca humanos, que vibraban con cada paso que dábamos sobre la nieve. La Puerta no nos permitía pasar físicamente, sino mentalmente. No sé cuánto duró ese estado liminar antes de que la realidad misma se fracturara.

Ya no había bruma ni viento; no había frío sino la percepción del frío, la noción de que la escarcha estaba en todas partes salvo en el núcleo de mi cráneo, que ardía con lucidez malsana. Crucé la Puerta. No puedo saber si mis compañeros lo hicieron, salvo la guía groenlandesa cuyo rostro nunca abandonó su expresión de resignado escepticismo, aun cuando yo veía cómo sus pupilas se alargaban en vertical. La Llanura de Leng no era blanca, no era azul ni gris; no era color alguno conocido, sino una conjugación de cromatismos impuros, una luz atávica que saturaba el aire y hasta el pensamiento. Bajo la aurora inmóvil, el mundo era un palimpsesto de civilizaciones extinguidas y abyectas que aún se negaban a morir.

Todo avanzó a la vez y nada avanzó. Vi colinas de hielo bruñido donde el tiempo parecía gotear, escurrirse en cámaras subterráneas llenas de cosas semi humanas, vigilantes inmóviles dentro de crisálidas de sal y sangre coagulada; sentí, bajo mis pies, la vibración de huevas monstruosas que bullían todavía bajo el permafrost, a la espera de cualquier ignición cósmica que les devuelva a la vida. De las “bestias albinas”—esas criaturas legendarias que, según Dyer y Lake, infestaban las criptas subterráneas de la Antártida—vi sólo siluetas tras cortinas de vapor estancado, pero no necesitaba verlas en detalle para comprender su insaciable hospitalidad, su deseo de carne pensante.

Hubo un tiempo, indefinido y curvado sobre sí mismo, en que creí comprender el motivo de los sacrificios y los mitos y los rituales de autofagia que los lunáticos de la civilización perdida de Leng perpetraban en lo que hoy es apenas ruinas (¿o acaso sus efigies custodian aún túneles inexplorados, esperando la resurrección del invierno cósmico?). Sentí que podía sumarme, que la lógica de la ofrenda era la única defensa contra la disolución mental absoluta. Me urge describir esa lógica, pero no hay quien pueda entenderla fuera de esas latitudes y estados alterados. Era servidumbre ante lo imperecedero, sí, pero también un modo de constelar la propia individualidad en el vértigo total de la llanura, como si sólo existiera un modo de tener “yo” en Leng: dividirse, entregarse a las entidades larvarias y, con suerte, resurgir luego como un ser multiplicado e informe.

El aire—si tal sustancia puede llamarse en Leng—era denso, traversado por filamentos de energía púrpura. Cada tanto, como ráfagas de recuerdo, me llegaban ecos de cánticos lejanos, oraciones guturales de cultos que nunca debieran haber sobrevivido. Intenté encontrar refugio en una choza semienterrada, cuyos muros eran costillas blanqueadas de alguna bestia prehistórica. Dentro no hallé sino inscripciones fluidas, talladas no para ser leídas sino para capturar, como una red, los pensamientos de quien las observa. Oí el rumor de la sangre de la guía latina contra la nieve, sentí el descomunal tamaño del frío aguardando en la umbra de la cabaña y vi, en el reflejo de la escarcha, mi propio rostro transformándose, perdiendo su anclaje en la humanidad, adoptando por momentos la estructura ósea de los indígenas de Leng y luego disolviéndose en un vaho iridiscente.

Fue entonces cuando la guía groenlandesa volvió, aunque jamás sabré si era en realidad ella. Sostenía en brazos un objeto redondo y blando: una especie de huevo enorme cubierto de símbolos palpitantes, cada uno de los cuales fluctuaba, emergiendo y rehundiendo sus líneas trémulas según el ritmo de respiración de mi propio pecho. Dijo—o creí oírla decir—que debíamos entregar una porción de vida a los “Observadores”. Sólo así la Puerta de Murmullo permitiría la salida. Sentí la urgencia, el terror, el anhelo de conservar la individualidad, y aun así supe que, en cierto modo, ya nos pertenecía a ellos.

Todo lo sucedido después carece de sentido lineal. Me vi de pie bajo la aurora—aurora sin movimiento, fijada para siempre como una losa de miradas—mientras mi compañera quebraba el huevo con una piedra plana. Brotó un humo de tonos no terrenales; del cascarón salieron minúsculas siluetas translúcidas, goteando como mercurio, y a la vez tuve la absoluta certeza de que una fracción de mi propia alma era absorbida por el mismo cascarón, destilada como vapor excretado por los poros de mi frente. El frío volvió a rugir en mis huesos, esta vez con una propiedad íntima: no era sustancia, sino ausencia, el negativo de mi existencia reclamado por algo voraz e impersonal.

Creo—si es que las palabras aún significan algo después de Leng—que dejamos atrás la llanura sólo porque aceptamos la cesión voluntaria de fragmentos de nuestra humanidad. Regresamos, sí, o regresaron nuestros cuerpos, pero nada de lo que condujeron esas carnes podría llamarse plenamente humano nunca más. El noruego fue hallado meses después, mudo y encorvado, deambulando entre residuos de expediciones fracasadas, tuerto y con una aversión terrorífica a la escarcha y a los espejos.

Yo me hallo ahora aquí: alguien que no puede dormir ni encender una lámpara sin que el cuarto se inunde de la mezcolanza infame de colores de Leng; alguien que, de noche, palpa la escarcha sobre la propia piel y teme que, bajo la superficie, algo huevoide e iridiscente esté creciendo. A veces llego a convencerme de que fue sólo un delirio, producto de la fiebre y del aislamiento, pero entonces, en los umbrales del sueño, oigo el susurro de la Puerta, repitiendo las palabras nunca pronunciadas por boca humana, aguardando pacientemente otra ofrenda, otro viaje, otra porción de lo que soy.

Y entonces me doy cuenta: no hay regreso verdadero desde la Llanura de Leng. Cada invierno, cuando las brumas septentrionales acechan y la ventisca cubre de blanco las dudas de los hombres, la Puerta murmura otra vez. A veces, en la niebla, creo ver las siluetas blancas moverse en mi propio jardín; a veces, la escarcha en el cristal de mi ventana adopta formas demasiado parecidas a los ciclos rúnicos tallados en el hueso bajo el hielo… Y sé que, tarde o temprano, todos nosotros—toda la frágil estirpe humana—seremos nada más que humo, memoria, y hambre nevosa para la eternidad sin sol de Leng.

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