Portada del relato La Esfera de las Voces Quebradas
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Fragmento:


Quinn encendió una linterna amarilla y avanzó por los corredores enmohecidos. La sala roja resultó ser una biblioteca circular atestada de volúmenes tan antiguos que los títulos estaban apenas discernibles, desgastados por décadas de humedades y dedos sudorosos de lectores temblorosos. Bajo el ventanal opaco descubrió la mesa de trabajo del Dr. Dana. Entre apuntes dispersos y frascos vacíos, brillaba la piedra negra. La lámpara colgante, medio derruida, arrojaba extraños reflejos sobre su superficie: relámpagos diminutos, formas que pulsaban y se agitaban como si la roca estuviera viva o siendo observada desde dentro.

Duración: 09:51

La Esfera de las Voces Quebradas
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Texto de ajuste de pausa.

El ferrocarril nocturno jadeaba mientras recorría la ruta de Dunwich a las ruinas de Boston; no había luna esa tarde, solo un brillo mortecino filtrándose entre nubes fangosas que apenas permitían el parpadeo de los faroles de las estaciones desiertas. Nathaniel Quinn observaba la ventanilla empañada, sin distinguir el goteo perseverante de la niebla sobre el cristal. Había aceptado aquel trabajo tan solo por el sobresueldo ofrecido: una inspección para la Fundación Miskatonic sobre un arqueólogo desaparecido, Edgar Dana, y los rumores persistentes sobre su último envío—una piedra negra, tan perfectamente pulida que parecía un fragmento caído de algún espejo níveo y perverso. La nota de Dana era frenética, sin sentido aparente: “He visto brillantes las linternas de Sarkomand reflejarse en labios que no existen.”

La carta había estado manchada de hollín seco, como si hubiera pasado por fuego o… algo peor. Quinn la releyó una última vez antes de guardar el sobre en el bolsillo interior de su gabán. Cuando la máquina se detuvo con un ulular entre las nieblas de Arkham, Quinn descendió. El cuidador de la estación era un hombrecillo encorvado, con una expresión marchita en el rostro y ojos blanquecinos que evitaban el contacto directo. “Sí… sí, el Sr. Dana estuvo aquí. Tomó el sendero del Este. Pero… no regresó.” Su tono dejaba claro que preguntarle más sería inútil e imprudente.

Seguía lloviendo. Quinn caminó bajo el amparo de los tilos, siguiendo las indicaciones vagas del cuidador hasta la vieja mansión Witcombe al borde del bosque. Allí, la servidumbre había sido disuelta, quedando solo una anciana ama de llaves ajada llamada Sra. Clough, que custodió la llave con manos temblorosas. “Sólo un día duró aquí, antes de hablar solo y desaparecer por el pasadizo de la sala roja.”

La mansión Witcombe tenía una reputación funesta desde el siglo XVIII. Cada generación parecía perder a alguno de sus inquilinos en noches como esa, cuando la bruma se infiltraba por rendijas y grietas y la campana de la capilla sonaba sola a la medianoche.

Quinn encendió una linterna amarilla y avanzó por los corredores enmohecidos. La sala roja resultó ser una biblioteca circular atestada de volúmenes tan antiguos que los títulos estaban apenas discernibles, desgastados por décadas de humedades y dedos sudorosos de lectores temblorosos. Bajo el ventanal opaco descubrió la mesa de trabajo del Dr. Dana. Entre apuntes dispersos y frascos vacíos, brillaba la piedra negra. La lámpara colgante, medio derruida, arrojaba extraños reflejos sobre su superficie: relámpagos diminutos, formas que pulsaban y se agitaban como si la roca estuviera viva o siendo observada desde dentro.

El impulso natural de descubrir se mezcló con un vago temor animal. Quinn se inclinó para estudiar la piedra. Unas vetas minúsculas, iridiscentes, parecieron ondular mientras su propia linterna bailaba a través del cuarzo. De pronto sintió un escozor en la base del cráneo, como si voces deliberadamente tenues rozaran la piel de su nuca sin llegar a pronunciar palabras. Apenas un siseo—o un eco de pensamientos arcaicos—flotó en la atmósfera cerrada de la biblioteca.

Tomó asiento, extrajo el diario del Dr. Dana y leyó apartados al azar, guiado solo por las manchas oscuras, marcas de uñas hundidas en el cuero. “Anoche la oí, primero solo un murmullo según apretaba la piedra contra mi pecho. Vi la ciudad, Sarkomand, de nuevo, bajo la bóveda de estrellas rotas, el cristal tan pálido y agudo como colmillo de dragón, las sombras de formas imposibles esparciéndose por las calles. Y siempre él, detrás del cristal, su sonrisa es anterior a la vida.”

La piedra pareció vibrar cuando leyó esa parte. De ningún modo podía haber un mecanismo electromagnético en ella, ni explicación racional para la sensación de frío que ahora ascendía por su muñeca. Una oleada de cansancio se abatió sobre Quinn como un yunque, pero necesitaba saber más, desenterrar el secreto que había costado la cordura y posiblemente la vida al Dr. Dana.

Al dejar el diario y fijar su mirada en la piedra, la linterna bailó y de pronto toda la habitación sufrió una transferencia abrupta: los muros se desvanecieron entre parpadeos, el aire se espesó de calima extraña y el suelo bajo los pies se volvió de mármol inmenso, pulido hasta la transparencia, como si flotara sobre una gran bahía plagada de quimeras enceguecidas. Una ciudad surgía a lo lejos; sus torres ansiaban la luna oculta y las murallas de cristal burbujeaban con una vida viscosa e inhumana.

No era sueño. Supo de inmediato que la joya lo había transportado—quizás sólo a nivel de la percepción, pero con toda la corporeidad de una experiencia real—al corazón mismo de Sarkomand, la ciudad imposible que los grimorios oscuros apenas evocaban en susurros temblorosos.

Por doquier se veían faroles de jade, quebrados y encendidos, alumbrando figuras famélicas que caminaban encorvadas, sus rostros cubiertos por máscaras con rasgos animalescos—unos lesones, otros pálidos felinos—y la carne tras las aberturas casi no era más que plasma diluyendo en humo negro. Quiso gritar, pero su voz fue absorbida por una vibración constante, un pulso subterráneo que parecía emanar del propio cristal.

Avanzó, arrastrado por una lógica tan incuestionable como el descenso al abismo de un pozo insondable. En los quioscos de marfil y alabastro, los comerciantes—¿eran realmente humanos?—negociaban no con monedas sino con pequeños trozos de materia que chillaban suavemente cuando cambiaban de manos. Aquella música blanda, empapada de pavor, lo empujaba a taparse los oídos, mas no podía.

En el zaguán central de la ciudad, una cúpula gigantesca se elevaba, construida con bloques perfectos de cristal tan claro que el mundo se reflejaba dentro y fuera de ella al mismo tiempo. Y en su centro, una figura aguardaba. Un ser alto, de piel lúgubre como el azabache ilustre; su rostro mudable, sin rasgos fijos, mostraba en cada parpadeo la faz de un amigo y un enemigo, de un niño y un anciano, de bestias y de la más angelical de las criaturas. La entidad extendía un solo brazo y lo invitaba con un movimiento imposible, una coreografía elegante y demente.

“Bienvenido…”, susurró una voz por todas partes y ninguna. “Tú también buscas respuestas. ¿Qué te trajo aquí, una sed de conocimiento o acaso el deseo de olvido?”

Quinn quedó petrificado cuando la figura dio un paso al frente, y tras su cuerpo de sombras brotaron otras máscaras: la carcajada cruel del desertar del sentido común, la sobriedad de un sacerdote que oficia una misa para muertos que respiran, la neutralidad de quien no tiene más meta que el caos. La entidad se presentó así: “Me he llamado por muchas edades, pero aquí y ahora, los perros del Tiempo me recuerdan como Nyarlathotep.”

Las ciudades de cristal de Sarkomand no fueron edificadas por manos humanas—la criatura lo afirmó sin ocultar el regocijo en la revelación—sino por los hijos del silencio, heraldos del vacío entre los universos, para que sus voces pudieran atravesar el velo cada vez que una mente inquieta tocaba los objetos prohibidos.

“¿Qué esperas de todo esto?” insistió la figura, avanzando hacia él con movimientos serpenteantes.

Quinn apenas pudo articular: “Solo… respuestas. Saber por qué Edgar Dana… por qué yo…”

La risa del dios flotó en varios tonos, como si un enjambre de flautas lo ridiculizara y consolara al mismo tiempo. “Dana vio y tocó, pero no escuchó. Ahora le pertenece a la ciudad, como casi os pertenece a todos los que sueñan con las verdades ocultas. ¿Tú? Todavía puedes marcharte, si el precio te parece razonable.”

Alrededor del dios, las paredes de cristal se henchieron y multiplicaron, repitiendo el rostro de Nyarlathotep en cientos de versiones, cada una relatando una historia distinta y funesta sobre mortales que aceptaron demasiado y preguntaron demasiado poco. Quinn notó entonces que el suelo traslúcido mostraba algo bajo sus pies: cadáveres pálidos, de edades y vestimentas distintas, flotando en un mar de sombras líquidas. Uno de ellos poseía el antifaz rojizo del Dr. Dana.

Intentó retroceder, pero el aire se solidificó a su alrededor. La entidad, ahora multiplicada en decenas de formas, susurró: “Hay otros modos de aprender; las puertas del horror no sólo se cruzan, también pueden cerrarse, sellando a quien traspasó el umbral erróneo.”

Una de las máscaras más pequeñas—la de un niño moribundo—le tendió la piedra negra. Con un último destello de lucidez, Quinn comprendió que debía rechazarla, arrojarla lejos, romper la mirada con aquel cristal. Reunió todo su coraje y, cerrando los ojos, dejó caer la piedra. Un enjambre de chillidos llenó su mente y la ciudad de Sarkomand se estremeció en su visión. Un último retazo de conciencia: las luces de jade apagándose y los rostros de los muertos liberados, ascendiendo con sonidos de vidrio astillado.

Despertó en la biblioteca roja de la mansión Witcombe. El amanecer colaba rayos cobrizos entre techos mohosos; la piedra yacía inerte en la mesa, su brillo apagado. Quinn, tembloroso y con el corazón desbocado, apenas podía balancear el peso de su supervivencia contra el horror experimentado. No diría nada a la Fundación Miskatonic. Ni a los vivos. Ni a los muertos inquietos que todavía circulaban por los túneles de la ciudad antigua, esperando al próximo visitante dispuesto a buscar respuestas tras el cristal.

Nathaniel Quinn abandonó para siempre la contemplación de la verdad absoluta y, desde aquel día, nunca volvió a mirar su propio reflejo más de unos segundos bajo ninguna luz, temeroso de ver tras su rostro la silueta oscura y sonriente del Caos que acecha en la esfera de las voces quebradas.

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