Fragmento:
Había una docena de figuras, todas de espaldas, rodeando una mesa cubierta con un tapiz salpicado de sigilos y constelaciones impensables. Hombres y mujeres de diversas edades, damas enjoyadas, caballeros de levita, un hombre bajo con sombrero estrambótico y una mujer de pelo encanecido que sostenía un abanico de plumas metálicas. Cuando Halsey se unió a ellos, las conversaciones se desvanecieron como si jamás hubieran existido.
Duración: 11:50
A pesar de sus años de profesión, el doctor Kendric Halsey jamás creyó en lo sobrenatural. Era un hombre de ciencia hasta la médula, un neurólogo aclamado en la Academia Médica de Boston, una mente analítica y rigurosa, acostumbrada a desentrañar los misterios del cerebro humano con métodos y fórmulas, nunca con leyendas. Y sin embargo, la noche de aquel jueves, mientras revisaba informes en la penumbra de su estudio, creyó oír, entre el golpeteo de la lluvia sobre las ventanas y el crujir del parqué bajo sus pasos, el incomprensible rumor de voces que no eran eco ni viento.
Todo comenzó con una carta. No llevaba remitente, pero el papel olía a especias exóticas y la tinta era de un azul tan profundo que casi lastimaba la vista. La abrió casi por inercia, esperando alguna petición académica, alguna consulta sobre el extraño caso del paciente Parker; pero adentro halló solo unas pocas líneas, escritas en un inglés arcaico, formales y flamantes como dagas:
“Doctor Halsey:
En virtud de conciertos antiguos, está usted invitado a una reunión de almas entusiastas y selectas. Hallará el lugar señalado en la parte inferior. Exigirse elegancia. Medianoche en punto. S. N.”
Ni dirección ni fecha precisa, solo “la Casa de las Columnas”, y un croquis tosco, una línea sinuosa con marcas como colmillos. Halsey rió suavemente, pensando en alguna broma de sus colegas, pero en la soledad del estudio, el coro de risas no encontró eco y se perdió, dejándolo alerta, incómodo.
Aun así, la curiosidad lo arrastró unas horas después a las calles desiertas; pasaron de la llovizna al frío cortante, y el invierno temprano tornaba los bordes de la ciudad en paisajes lechosos, roídos de niebla. La dirección lo llevó hasta una avenida ladeada de mansiones decimonónicas, donde la luz de las farolas temblaba como a punto de extinguirse. Al fondo, un edificio destacaba, emergiendo de la bruma con sus columnas dóricas y una pesada puerta de roble, tan antigua como la avenida misma.
No había campana. Halsey golpeó dos veces y, tras un silencio expectante, la puerta cedió sola, como si desde dentro un resorte invisible liberase el cerrojo. Vaciló, pero el convite era demasiado extraño para rechazarlo y, en el fondo, algo –el germen de lo que después llamaría terror auténtico– palpitaba bajo su escepticismo. Entró.
El vestíbulo era vasto, revestido en mármol negro que absorbía la luz de candelabros espectrales. No había otro ruido, salvo su pisada amortiguada. Más adelante, corredores derivaban hacia el interior, pero una puerta entreabierta y un resplandor rojizo le guiaron. Allí, en la Sala Carmesí, aguardaban los demás.
Había una docena de figuras, todas de espaldas, rodeando una mesa cubierta con un tapiz salpicado de sigilos y constelaciones impensables. Hombres y mujeres de diversas edades, damas enjoyadas, caballeros de levita, un hombre bajo con sombrero estrambótico y una mujer de pelo encanecido que sostenía un abanico de plumas metálicas. Cuando Halsey se unió a ellos, las conversaciones se desvanecieron como si jamás hubieran existido.
Sobre la mesa, aguardando como una deidad menor, había una máscara. Era negra, pero tenía reflejos que delataban bajo la luz a otros colores más allá del espectro humano: verdes aceitosos, púrpuras volátiles, carmesí enrojecido como sangre oxidada. La máscara parecía viva, respirando un hálito lento, y sus ojos, huecos, no reflejaban la luz de ninguna llama sino que la consumían.
Una figura se adelantó; alta, enjuta, y vestida con un frac de terciopelo cuya negrura parecía no pertenecer a este mundo. Su rostro era alargado, de pómulos agudos, y sus ojos, profundos y desprovistos de todo color, se posaron sobre Halsey.
—El último invitado —dijo, y su voz era susurro y trueno al mismo tiempo, un eco que parecía doblarse alrededor de los tímpanos—. Comencemos.
Un silencio como el de un corte de electricidad se apoderó del ambiente. Nadie se movió hasta que el anfitrión –si tal podía llamarse a aquel espectro— levantó la máscara y la sostuvo frente a sí, como en una mímica antigua.
—¿Reconoce este rostro, doctor Halsey? —preguntó.
Él negó, sintiendo inexplicables pulsaciones bajo el cráneo. Era solo un objeto, pero su presencia era como la de una serpiente a punto de atacar. Lo inexplicable era que sentía que la máscara lo conocía a él.
—Todos aquí han soñado con ella —siguió el anfitrión—. Todos han oído su llamado. Tome asiento.
La voz lo guió, como si una red invisible le jalase brazos y piernas. Halsey se halló sentado, rodeado de extraños, sintiendo que el aire se espesaba y las paredes vibraban al compás de un tambor casi inaudible. Se alzó la máscara; una mujer se adelantó, temblando, incapaz de apartar la mirada.
El anfitrión la colocó suavemente sobre su cara.
Al principio, nada ocurrió. El silencio se estiró hasta quebrarse cuando ella, la máscara ajustada sobre sus rasgos, comenzó a retorcerse, como si luchara con algo invisible. Luego, al respirar, sus labios dejaron escapar un grito –notas espeluznantes que no pertenecían a garganta humana alguna. El tapiz de signos en la mesa pareció brillar tenuemente.
La mujer cayó de rodillas, balbuceando en una lengua que ningún mortal podía reconocer, hasta que el anfitrión le retiró la máscara y la sostuvo en alto como un trofeo. El rostro de la mujer, ahora sin la máscara, parecía más joven, aunque sus ojos se habían tornado completamente negros, como las profundas cuencas de la máscara.
—Nuestro Mensajero —anunció el anfitrión, sosteniendo la máscara pero ya no mirándola, como si temiera su poder—. Él ha hablado a través de ella.
La mujer, liberada, volvió a su asiento, y la máscara avanzó hacia el siguiente. Uno a uno, los asistentes participaron en aquel rito, cada vez que la máscara se posaba sobre un nuevo rostro, otros lenguajes, aullidos y murmullos escapaban por la sala, y cada vez el aire se volvía más viscoso, como si la habitación fuera ahogándose en una densa neblina traída desde barrancos primordiales.
Al llegar su turno, Halsey quiso negarse, pero descubrió que su cuerpo se movía solo, marioneta sin dueño. Cuando la máscara rozó su piel, percibió en su interior una grieta y el vértigo de la caída: vió ruinas sin arquitectura, cielos de otro universo, formas y proporciones aberrantes, ciudades enteras erigidas por razas extinguidas cien millones de años antes de que el primer hombre gateara bajo la luz de la luna.
Oyó la Voz: profundamente polifónica, susurrando secretos de la vida y la muerte, del caos y la persistencia de la locura, de cómo el universo no tenía dueño salvo aquel que podía adoptar cualquier apariencia, cualquier forma, cualquier rostro. En su mente explotaron palabras con el sabor del azufre: “Yo soy la lengua que no descansa, el hermano de las formas, el amo de los espejos. Yo soy Nyarlathotep, y a través de ti, conocerán a mi estirpe”.
Regresó a su cuerpo de golpe, empapado de sudor. El anfitrión, de nuevo enfrente, se inclinaba hacia él con ojos expectantes. Nadie en la mesa se movía; todos eran estatuas de cera disuelta.
—Ha visto lo que debió ver —dijo el anfitrión—. Ahora conoce la verdad de las cosas, el ciclo roto, la promesa de la máscara. Confíe su testimonio al tiempo, pero sepa que el Mensajero siempre retorna. Vuelva cuando la lluvia de voces lo arrastre, vuelva cuando sienta que lo observa el ojo herido de la noche.
Sin mayor ceremonia, la sala se desvaneció a su alrededor. El tapiz, las columnas, la máscara, los asistentes, el propio anfitrión: todo se licuó como un cuadro al borde del fuego, distorsionándose en formas cada vez más grotescas hasta que el negro lo invadió todo.
Despertó en el umbral de la Casa de las Columnas. Un automóvil lo evitó por centímetros. Llovía con la misma furia insípida de la medianoche, y ninguna luz emergía de la vieja mansión que, al mirarla, parecía abandonada desde hacía décadas.
Halsey regresó tambaleándose a su vivienda, incapaz de ordenar sus recuerdos. A partir de esa noche, los sueños lo acosaron. Soñaba con ciudades que no existían, con la máscara y su tacto húmedo y con esa Voz, siempre susurrando desde los umbrales de la conciencia.
Intentó, como médico racional, explicarse todo: una congestión cerebral, neurosis adquirida, sugestionabilidad autoinducida. Ninguna explicación vencía, ni siquiera en las largas veladas de estudio, cuando sentía el ardor de la máscara justo detrás de sus párpados, como si hubiese transferido una semilla a su mente, encendiéndola desde dentro.
Los días se le hicieron inasibles. Su comportamiento comenzó a transformarse: adquirió gustos y manías ajenas, respondía en idiomas que jamás estudió, y en el hospital, pacientes y colegas se alejaban de él, incapaces de soportar la intensidad de su mirada. En sueños, la Voz volvía, insistente, recordándole lo que había presenciado y la función que desde entonces tenía el deber de cumplir:
—Tú eres mi heraldo, doctor. Habla. Escribe. Permíteme entrar en este mundo una vez más.
Al principio, resistió. Luchó contra los impulsos, arrojó notas, intentó rechazar cualquier pensamiento que vinculara su experiencia con la vigilia. Pero cuanto más resistía, más poder cobraban los sueños. Incluso despierto, las calles parecían deformarse a su paso; los rostros desconocidos le mantenían la mirada solo un instante demasiado largo. Palabras alienígenas se imponían al inglés en su mente, cegándolo con significados que la lengua terrenal no podía contener. Muchas noches, al mirarse en el espejo, veía sólo la máscara: ojos vacíos, sonrisa torcida.
Finalmente, la Voz lo doblegó. Movido por una fuerza incontenible, redactó un manuscrito febril, repleto de advertencias y descripciones de lo que había presenciado, de aquello que vendría tanto para él como para el mundo, un mundo condenado a la llegada del Mensajero. Su testimonio era caótico, interrumpido por grafías desconocidas, ilustraciones de formas que retorcían el ojo, y una y otra vez, la máscara negra regresaba, inmensa y devoradora.
El manuscrito concluyó con una súplica a quienquiera lo encontrara:
“Si ves la máscara, huye. Si oyes el llamado, cierra los ojos y los oídos, y reza a cualquier dios que no sea el de las mil formas. Porque yo, Kendric Halsey, ya no soy quien era. Ya no soy, excepto en cuanto soy testigo. Esto es mi advertencia, y mi condena.”
Cuando, pocos meses después, encontraron el cuerpo del doctor Halsey flotando en el oscuro Charles River, portaba en la mano una extraña máscara ennegrecida, irreconocible para la policía local. Algunos agentes aseguraron haber oído risas apenas apagadas entre los sauces de la orilla, risas que parecían reproducirse en el eco húmedo de las brisas bajo los puentes.
Pero pocos creyeron el caso digno de registrarse en la ciudad de Boston, donde ya hay suficiente locura inherente a la vida cotidiana. El manuscrito del doctor se perdió entre archivos médicos hasta que, años después, un joven investigador –quizá tan escéptico como el propio Halsey en sus días de gloria– lo desempolvó, y en una noche de lluvia y soledad, sintió, por un instante escalofriante, la presión de una inhumana máscara respirando justo frente a su rostro. Y lejos, en la noche, la Voz del Mensajero volvió a susurrar.
Así regresa Nyarlathotep, con cada testimonio. Y cada relato es un umbral, una grieta más por donde su caos se filtra en nuestro mundo.
FIN
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