Fragmento:
Años antes, un tal Yates, un políglota excéntrico hoy perdido, había especulado acerca de Zhar como una presencia encendiendo el delirio colectivo de comunidades enteras; que allí donde alguien pronunciaba su nombre, una sombra estaba ya al acecho. Nadie en el círculo de Alan le prestó atención entonces, pero cuando el respiró la musitación de aquel fragmento, comprendió una conexión mil veces más antigua que las palabras: una inminencia.
Duración: 10:19
Había ciudades que sólo existían en ciertos mapas esotéricos, garabateados con manos temblorosas y tinta que parecía desvanecerse en la luz, como si la luz misma no soportara la verdad que esas líneas contenían. Había nombres que solo podían ser pronunciados por lenguas hinchadas en sueños febriles. Y había manuscritos que ningún bibliotecario reconocía, relegados a los rincones más olvidados de la mente, salvo para aquellos que sabían buscar.
No era exactamente por curiosidad —un demonio más cruel lo había movido— que el profesor Alan Seward, catedrático de filología y modestamente infame por su adicción a los escritos prohibidos, extrajo de entre los estantes polvorientos de la rareza universitaria el ejemplar de los llamados Manuscritos Pnacóticos. Él juraba que sólo necesitaba una referencia concreta para desmentir cierta afirmación fatua en la monografía de un rival, pero en su interior reconocía otro impulso; era la necesidad, la sed de un saber que no agradecía nunca la satisfacción.
La Universidad de Little Essex, con sus pasillos fríos, bibliotecas centenarias y su rumor de conspiraciones, mantenía un aura de antigua resaca intelectual. Alan, de gesto delicado y nervio averiado, se sentó en la sala más aislada, bajo una lámpara que hacía temblar su propio cono de luz. El libro, o lo que así llamaba, era un fajo de hojas envueltas en piel, cubiertas de signos pálidos y cicatrices largas, como si la materia misma reprobara que alguien las tocara. Destacaba una sección mutilada por humedad, en la que persistía un texto casi ilegible, en lo que, por el contorno de las letras, parecía zha’ryneh, un dialecto atribuido a los adoradores del dios gemelo enterrado en el Valle de las Nubes.
Años antes, un tal Yates, un políglota excéntrico hoy perdido, había especulado acerca de Zhar como una presencia encendiendo el delirio colectivo de comunidades enteras; que allí donde alguien pronunciaba su nombre, una sombra estaba ya al acecho. Nadie en el círculo de Alan le prestó atención entonces, pero cuando el respiró la musitación de aquel fragmento, comprendió una conexión mil veces más antigua que las palabras: una inminencia.
Al principio era leve, un solo escalofrío. Mas, a medida que Alan reconstruía el verso a base de comparaciones, el aire coaguló y el espacio mismo de la biblioteca pareció estrecharse. Era medianoche: una luna amarilla filtraba su luz en largas zarpas a través de un ventanal remendado de cristales ciegos. En algún rincón, un reloj se atascó al dar la una. Alan leyó en voz baja:
ya-Zharnath yeg vo-soth,
yba-chaii, kel'afh yegos
El texto se traduciría —hasta donde su dominio del dialecto lo permitía— como: "Donde reposa Zhar en sueño, el silencio se cultiva y la noche marcha de puntillas". A media página, la caligrafía se inclinaba, presa de la prisa. Entre anotaciones al margen una palabra parecía repetirse: ‘Kholeth’. Alan sudó. El nombre le resultaba familiar: una colina a las afueras, por la senda de los álamos torcidos que todo local evitaba al caer el sol.
Decidió, contra toda razón, que el amanecer encontraría una explicación. Pero el alba trajo otra cosa.
Dormía mal y tarde, el libro oculto bajo almohadas crujientes, y soñó. Soñó con una colina ascendente y sin fin, alfombrada de líquenes marchitos como dedos mustios. En lo alto, una cúpula de formas imposibles, respirando como un ser vivo; bajo la colina, cavernas y galerías retorcidas, pesadas de un aliento cálido. En el aire no había silencio, sino un rumor, miles de voces que no podían gritar, que sólo podían susurrar en un idioma doblemente ajeno.
Y sintió —no a la manera humana, sino como si cada célula aflojara su milenario contrato con el dolor—, que algo más lo observaba desde el centro de la colina. Esa cosa tenía muchos nombres, pero en susurros sólo uno: Zhar.
Alan se despertó empapado, con las uñas sangrando por el apretón de sus propios puños. Ahí juró no volver jamás a Kholeth Hill, pero la decisión era sólo un guiño mockeado por el destino. Entre la vigilia y el sueño, el eco del texto seguía: “El silencio se cultiva y la noche marcha de puntillas”.
Los días siguientes se deslizaron en una bruma. Cualquier sonido —el goteo de una canilla, el roce de hojas secas contra la ventana— se le antojaba preludio de un ruido mayor oculto bajo la superficie de la realidad. Su asistente, la joven Bergson, se acercó un jueves con una nota hallada entre los papeles de la biblioteca. Estaba escrita en el mismo dialecto y era aún más inquietante:
“Nadie debe permanecer demasiado cerca cuando Zhar camina, pues el que no oye su paso, oirá luego sólo su propio suspiro.”
Bergson intentó iniciar una conversación acerca del insomnio de Alan, pero tropezó con su semblante endurecido. Él sólo respondía con miradas extraviadas al ventanal. Aquella noche, decidió que sólo una visita a Kholeth podría deshacer su aprensión. Era absurdo, sí, pero la locura tiene dulces razones de las que la cordura no entiende.
Tomó la linterna, el libro —envuelto esta vez en varios trapos— y cruzó los límites de la universidad cuando los porteros dormitaban. El sendero a Kholeth Hill era una línea de plata sucia bajo la niebla; los álamos, siluetas rotas por el viento. A cada paso sentía un espesor creciente: no el miedo típico sino una espesura conceptual, como si el espacio se tragara milímetros de tiempo a cada pisada. Alcanzó la colina, y el mundo detrás suyo se cerró como una fosa.
La tierra bajo sus pies se sentía blanda, titilante. Recordó, con involuntaria precisión, pasajes del Manuscrito:
“No hay puerta hacia Zhar, sino grieta; no hay llave, sino la caída del parpadeo y el desvelo.”
Caminó hacia la cima, donde la niebla se volvía más lenta y densa, obscenamente parecida al aliento de una bestia durmiente. Abajo, en algún punto remoto, una campana dio la hora en una iglesia olvidada.
El faro de su linterna rascó la figura de una entrada arrastrada, medio sellada por el tiempo: era una antigua cripta cubierta de líquenes. Su mente le gritaba que huyera; pero el ansia, la misma que lo llevó a los Manuscritos, lo empujó adelante.
La puerta de piedra cedió con un crujido lento, y descendió por unos escalones que se sentían miles de veces más antiguos que la colina misma. Adentro, el aire latía con un pulso pesado y medido. En el fondo, sobre un altar corroído, halló un ídolo: una forma gemela, fusionada, apenas definida como dos masas retorcidas. En la textura de la piedra, leyó, sin necesitar traducir, el nombre que ya sabía.
Fue entonces cuando lo escuchó verdaderamente: no el silencio pleno, sino una sinfonía de susurros, decenas de voces graves, todas ahogadas, todas imposibles de localizar. El aire se volvió espeso, y la linterna tembló en su mano.
—¿Quién…? —alcanzó a decir.
Entonces, una sombra se inclinó junto a él, una presencia indistinta, vasta y sin límites precisos. Alan intentó moverse, pero sus piernas eran barro. El aire olía a arcilla antigua y a la humedad del encierro. Desde la sombra, una voz, apenas un concepto en el borde de su entendimiento, murmuró:
—Yeg vo-soth, kel'afh yegos.
La cámara giró, o fue su mente. Vio, por un instante, a los antiguos adoradores de Zhar: cuerpos marchitos, arrodillados en procesión, con ojos vaciados y bocas cosidas con hilos de plata negra. Vio la colina tal como era antes de que los primeros pueblos la cubrieran: un monolito palpitante, ocupado en soñar un sueño ondulante bajo la superficie del mundo. Vio que en todo ese tiempo Zhar no había dormido, sino esperado.
La sombra tocó la frente de Alan. El contacto fue una sacudida letal, y todo el lenguaje desapareció de su mente, salvo un concepto: no hay puerta hacia Zhar, sino grieta. Quedó postrado, incapaz de moverse, de articular, de pensar. De su garganta sólo brotó un gemido mudo.
El tiempo se rompió en pedazos incomprensibles. El frío creció hasta doler. Al despertar —¿horas, días después?— descubrió que aún estaba en la cripta, pero la luz de la linterna había muerto y halló el libro entre sus brazos, sus páginas cubiertas ahora por un moho amarillento. A tientas, logró salir, arrastrándose más que caminando, y alcanzó la luz pálida de la mañana.
La realidad persistía, pero era como el animal acechado por un cazador: temerosa, siempre a punto de chillar. Alan retornó a la universidad, incapaz de hablar; sólo a veces, ante el reflejo de la luna en un charco, musitaba frases incomprensibles mezcladas en zha’ryneh y lágrimas de miedo seco.
La señorita Bergson fue la primera en notar los cambios. Alan, anteriormente retraído pero elocuente, ahora eludía toda conversación, se estremecía ante cualquier mención de colinas, y su mirada vagaba sin encontrar nada concreto. Los médicos diagnosticaron un episodio de histeria aguda, pero desestimaron el horrendo olor a humedad rancia y el persistente temblor de sus ojos.
Sólo una vez, semanas después, Bergson lo sorprendió garabateando en una hoja el texto del Manuscrito. “Donde Zhar reposa, la noche marcha de puntillas”. Él la miró, aterrado, y susurró:
—Nadie debe permanecer demasiado cerca cuando Zhar camina.
Antes del amanecer siguiente, Alan desapareció. Algunos dicen haberlo visto vagando a medianoche cerca de Kholeth Hill, murmurando versos en una lengua que se niega a ser aprendida. Quienes se atreven a acercarse a esa colina en los meses más pálidos, afirman oír, entre el rumor del viento, una sinfonía de susurros y silencios, una melodía apenas discernible.
Y hay en el archivo de la Universidad una nota anónima, escrita en un papel que jamás envejece, que reza en letras diminutas:
"Donde la sombra devora la mente, quien lee demasiado hondo en los Manuscritos Pnacóticos, sólo aprende a ser oído por las cosas que no pueden hablar.”
Nadie más consulta el libro. Y los álamos junto a Kholeth Hill, cada vez, se inclinan un poco más hacia el suelo, como si escucharan atentamente algo que nunca fue pronunciado bajo el sol.
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