Portada del relato El susurro hirviente de Orhalzu
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Fragmento:


Me condujo detrás del templo en ruinas, donde la maleza florecía en nudos grotescos. Una abertura semioculta llevaba a un subterráneo absurdo, de piedras esculpidas por manos más antiguas que el reino de los primeros reyes: bajamos por una espiral empinada, hasta que sentí la humedad adherirse con pereza a mi piel. El aire era opresivo y olía, no a moho, sino a la sal rancia de la sangre largamente decantada.

Duración: 10:27

El susurro hirviente de Orhalzu
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Texto de ajuste de pausa.

No era lugar para caminantes tras la caída del sol, Bethel. Lo decían los pastores de la región; lo decían, aún más bajo, los nómadas que llegaban de paso y no regresaban jamás por la ruta oriental. Bethel, al pie de la colina, parecía, para ojos mundanos, apenas un mosaico fatigado de piedras mortuorias y casas de adobe olvidadas, apretadas en torno a la ruina central de un templo sin nombre. Yo, que dispuse mi vida al capricho de textos prohibidos, no llegué allí en busca de belleza ni de descanso, sino por otro atractivo: el rumor encriptado en cartas robadas y en crónicas evasivas, que sólo se atrevía a rozar de soslayo aquello que ahora veniría a hurgar en su seno muerto.

Era primavera, aunque en Bethel sólo la maleza parecía animarse a reclamar la tierra. Había arrastrado mi equipaje desde la estación más cercana, y avancé por el camino de piedras desolladas mientras los habitantes cerraban, uno a uno, los postigos de sus ventanas, como si la llegada de un forastero fuese la señal de un eclipse diseñado para ellos.

Me aguardaba, según las indicaciones de la Srta. Lahon, una habitación en la única pensión del pueblo; pero el anciano que me recibió —su inquieto sirviente, ciego y sospechosamente vigoroso— apenas se atrevía a dirigirme la palabra. La Srta. Lahon, una mujer de tez llagada y cabellera oscura —de quien aún no había decidido su edad, pues parecía trenzarla con pulsos reptilianos de la sombra y la luz— llegó tras la cena.

—Se ha atrevido —me murmuró, tomando asiento junto a la lámpara de aceite—, y no sabe qué desentierra con cada paso… pero, doctor Serejian, si su ánimo no flaquea hasta la medianoche, quizás reciba las respuestas que busca.

Me dejé guiar por la innata codicia que solo el erudito de lo desconocido experimenta, y acepté.

No era la primera vez que oía hablar del culto: un puñado de manuscritos en arameo tardío, mucho folklore babilónico y azufroso, un nombre que nunca era igual dos veces. Orhalzu, Orhalkhu, Oru’l-Za… la versión que me habían sugerido aquí, sin embargo, conectaba directa y blasfemamente con aquel demonio de los vientos y la ruina llamado Pazuzu en las tablas asirias. Pero este pueblo había adornado la vieja fe con venenos nuevos, y aún las mutilaciones del ídolo clásico parecían inocentes ante lo que se susurraba en Bethel.

Aquella noche, la Srta. Lahon me arrastró a las afueras, luego de indicarme que no encendiera apenas luz alguna. El silencio se espesaba a cada paso; pronto, el único sonido era el del polvo sibilante bajo mis botas.

—Han sobrevivido a centurias —dijo—, bajo máscaras de agua y fiebre. Aquí no llaman al demonio, doctor, sino a su vientre —la palabra “vientre” murmurada fue como un golpe de espuma caliente, extrañamente física—. Lo alimentan. Y a veces, lo paren de nuevo.

Me condujo detrás del templo en ruinas, donde la maleza florecía en nudos grotescos. Una abertura semioculta llevaba a un subterráneo absurdo, de piedras esculpidas por manos más antiguas que el reino de los primeros reyes: bajamos por una espiral empinada, hasta que sentí la humedad adherirse con pereza a mi piel. El aire era opresivo y olía, no a moho, sino a la sal rancia de la sangre largamente decantada.

—Esta es la primera de las Dos Bocas —explicó ella, con la voz apenas audible—. La llamada “puerta de la exudación”. Aquí los acólitos limpian el hueco donde la Tormenta se halla encinta.

Al fondo, treinta o cuarenta figuras, envueltas en capas ásperas, hacían girar un círculo de metal oxidado, cantando en coro desgarrado. Entre líneas de ceniza y orina, se besaban fragmentos de hueso fusionados en forma equívoca, y el centro de aquella procesión era un cuenco hondo, casi un cráter tallado con sigilos apenas interpretables, llenándose de un líquido verduzco.

Observé, hipnotizado, mientras Lahon continuaba con su relato: estos cultistas, los herederos de viejos magos asirios mestizados por la desesperación del aislamiento, daban culto a Orhalzu, una forma abismal de Pazuzu, “Aquel que fecunda la sequía”, la boca humeante del viento, cuyo abrazo arde la fertilidad de la carne, esteriliza la semilla, pero ofrece a cambio visiones y favores prohibidos. La leyenda local decía que, a cambio de alimentar la exudación, el culto preservaba su vida a través de los siglos, a veces en cuerpos envejecidos, a veces mudándose entre los cuerpos de los acólitos más jóvenes, un trueque obsceno entre virilidad y conocimiento.

La asamblea crecimiento en frenesí y, súbitamente, uno de los suyos se desplomó junto al cráter, convulsionando. El líquido fue recogiendo espirales oscuras y, entonces, unos dedos delgados mancharon la frente de los asistentes con aquella sangre falsa, mientras una plegaria en cuchicheos se perdía en la espesura calcificada de la bóveda. El hedor se volvió insoportable; un hedor a parto maldito.

Salimos, antes de que la asamblea terminase sus ritos, y Lahon me explicó el siguiente paso: el segundo sitio de comunión, aquel que no era tolerado ni siquiera por muchos de los viejos del lugar, el vientre profundo donde “la Tormenta se revierte sobre sí misma” —donde, según las crónicas antiguas, se convidaba ya no sólo la esterilidad, sino la ilusión de renacimiento.

El ritual sólo tendría lugar en tres noches, bajo la luna menguante, y sólo a cambio de una promesa de no divulgación. Me extraje de la piel la palabra empeñada y, esos días, los pasé deambulando por Bethel. Descubrí detalles menores en la arquitectura de la ciudad: una cifra recurrente de respiraderos en las casas, esculturas que, si se miraban desde cierto ángulo, mostraban fauces pavorosas y anatomías entrecruzadas de reptiles y mujeres. Los niños me evitaban, los hombres me miraban con lástima, y sólo las mujeres ancianas me seguían con una mirada perdida, como si estuvieran midiendo (¿degustando?) los niveles de mi miedo.

Finalmente, la noche señalada, la Srta. Lahon me llevó al templo mismo. El acceso al subterráneo, diferente al anterior, sólo podía abrirse cuando las sombras de la media noche proyectaban sobre el umbral un dibujo parecido a la efigie de la Tormenta. Descendimos un corredor más antiguo, tallado con símbolos que de algún modo herían los ojos si uno los miraba por mucho tiempo; algunos de esos símbolos parecían moverse, vibrar, como si fueran orugas lentas extendidas bajo la piedra.

En la cámara, media docena de figuras aguardaban en actitud orante. Sobre un pedestal central, una máscara, grotesca en extremo, reproducía el rostro de Pazuzu pero transformado: boca hinchada, orificios tapados, ojos receptáculos negros como manchas de aceite. Dos de los acólitos llevaban fajas que bien parecían cordones umbilicales resecos; otros sostenían tubos de cuero ligados a animalitos muertos, cuyas cavidades se abrían, expeliendo vapor negruzco.

Fue entonces cuando Lahon tomó la palabra, su voz sonando a una escala imposible, mitad infantil, mitad senil:

—El que observa debe ofrendar parte de sí para ser aceptado. Sólo entonces conocerá el polen de la devastación.

Un cuchillo reluciente fue depositado en mis manos. Dudé; pero los ojos de Lahon, poseídos o vaciados, me impelían. Corté, apenas, la palma; un hilillo de sangre cayó sobre la piedra, y fui permitido sentarme en el círculo. Los acólitos alzaron los brazos y comenzaron a susurrar un cántico, grave y quebradizo, en una lengua que era todo saliva y jadeo, como un silbido abrazado de lamentos. El aire se espesó; las paredes parecieron vibrar.

El cuenco central, que en la primera ceremonia sólo contenía exudación y sangre, ahora se llenaba con una sustancia aún más pútrida: algo aceitoso, surcado por burbujas, como el sudor de una pesadilla. Era el “leche del vientre áspero”, explicaron. Un licor preparado con secreciones de animales y humanos, fermentado por años en el interior de ventrescos odre de piedra, y que sólo se usaba en la “inseminación invertida”.

La máscara era el relicario. Uno tras otro, los miembros introdujeron en la boca de la máscara un hilo del líquido, y Lahon fue la última. Cuando llegó mi turno, la presión en el ambiente era intolerable: la sensación de que, al aspirar desde esa boca, el mundo perdería una capa fundamental de realidad. Y, pese a la aversión, pese a todo lo aprendido sobre el valor y la consagración erudita, bebí.

Lo que sentí tras ese sorbo fue un vértigo rotundo, y la certeza inmediata de que mi cuerpo ya no pertenecía por completo al mundo de los hombres. Entré en una esfera de conciencia negra, donde flotaban gritos secos y una lengua rodaba y rodaba sobre mi oído, usando palabras imposibles: vísceras, llamas, polvo, y promesas. Alguien —Pazuzu, Orhalzu, el Viento Impregnado, qué más da— me habló, no en palabras, sino en sensaciones:

Sabías lo que venías a buscar. Sabías que el conocimiento es infertil. En ti florecerá lo muerto.

Cuando recobré el sentido, estaba en el exterior, cubierto de ceniza, el alba asomando entre nubes rojas impropias. Lahon, ahora inexplicablemente rejuvenecida, me observaba sin compasión. En mis ropas, manchas pálidas y ásperas, como si toda mi piel hubiera exudado un polvo ajeno.

—No volverá a ser el mismo —me dijo—. Pero cuando llegue el viento del sur, sabrá responder a su nombre verdadero.

Partí de Bethel al día siguiente. La vida, desde entonces, se ha vuelto una perpetua privación: la tierra que trabajo no germina, mis palabras espantan a los vivos, y sólo encuentro alivio cuando el aire se torna espeso, corre el viento de los desiertos, y entonces, entre susurros, escucho en mi oído el llamado de la asamblea. Sé que volveré, en algún punto, arrastrando las cenizas de todos los conocimientos fútiles, para parir en el vientre de la máscara una sequía para la posteridad.

Ese es el precio de mirar en el abismo de los cultos secretos. Y saber que, en la herida del viento y el barro, Pazuzu —o su vientre eterno— sigue esperando ser alimentado. Porque al final, todo lo que florece en la desesperación, florece… para la nada.

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