Portada del relato Las sombras del manuscrito
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Fragmento:


Hubo otra frase que la obligó a alzar la cabeza, como si hubiese escuchado un murmullo tras la pared: “Las raíces del pantano cruzan más allá, y no creas nunca que puedes irte si desciendes por esos pasillos hechos de hueso y lirio negro. El hambre espera en la cáscara de la realidad”. Claire sintió de pronto un tirón de miedo atávico, breve pero profundo. Comenzó a creer, por un instante mínimo, que la casa sí estaba vigilada.

Duración: 11:32

Las sombras del manuscrito
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando Claire encontró el cuaderno —tapadura azul, sin título en el lomo, páginas resecas y cruelmente vellosas— estaba convencida de que nadie había vivido allí desde hacía años. Y sin embargo, en la mesa del estudio, entre espejos cubiertos y abajo de la lámpara oxidada, aguardaba el libro abierto. Que hubiese polvo en el resto de la habitación, pero no alrededor de ese cuaderno, ni en la silla justo delante, debió disuadirla de cualquier tentación de hojearlo. Pero la compulsión pesaba, y Claire, peor que cualquier exploradora imprudente, tenía la debilidad que condena a los protagonistas de las historias de advertencia.

La lobreguez de la antigua quinta Walden erguida al borde del pantano era famosa en la región, y todos decían que los Walden, casi extintos salvo una anciana vidente que los detestaba, “traían el moho y la nube negra, el mal dormir y la plaga”. En una tarde cercana a los equinoccios, Claire —huida de amores despechados y deseosa del silencio extremo— alquiló la morada. No quería visitas ni vecinos. No creyó, en ningún momento, que fuese a encontrar algo allí menos inofensivo que la humedad.

La escritura del cuaderno parecía más un garabato egipcio, todo curvas forzadas y líneas temblonas, que algún alfabeto conocido. Pero pronto, al seguir las páginas principales, de alguna manera el texto comenzó a adquirir sentido, y el inglés, aunque extraño y anacrónico, se impuso a la vista. En la antepenúltima hoja de las primeras, deslavada, leyó: “Aquí comenzó el desmoronamiento. Si no hubo testigos, ahora los habrá”.

Claire no era amante de lo oculto, pero tampoco crédula. El repentino presentimiento de no estar sola, sin embargo, la sobresaltó casi físicamente, como si un viento afilado le hubiera arrastrado el cabello. Nada se movía en la casa, ni siquiera las cortinas, y el sol caía afuera, amarillento, sin fuerzas.

Continuó leyendo. Lo que siguió eran fragmentos de crónicas lacónicas, sueños de otro siglo. Nicholas Walden —el último propietario antes del abandono— relataba, presuntamente, cómo “los pozos de abajo” habían comenzado primero como estanques grasos entre los juncos, cómo, tras la sequía, en medio de la tierra resquebrajada, surgieron grietas que “no tenían fondo sino dirección”, y cómo el horizonte, años después, parecía torcido, deformado, como si viera el mundo a través del agua.

Más allá de los hechos sobrenaturales, lo que inquietaba era el tono resignado y familiar del narrador: “Como mi padre antes, y el suyo, fui llamado abajo. El tiempo allí es aguijón invisible”. Eso evocaba ecos de esa tradición familiar condenada, de un linaje que buscaba, en su propio extravío y desdicha, alguna comunión con lo subterráneo, con lo que no debía ser nombrado.

Hubo otra frase que la obligó a alzar la cabeza, como si hubiese escuchado un murmullo tras la pared: “Las raíces del pantano cruzan más allá, y no creas nunca que puedes irte si desciendes por esos pasillos hechos de hueso y lirio negro. El hambre espera en la cáscara de la realidad”. Claire sintió de pronto un tirón de miedo atávico, breve pero profundo. Comenzó a creer, por un instante mínimo, que la casa sí estaba vigilada.

Afuera caía la noche, o eso parecía: en la región, la niebla acude antes del crepúsculo y adelgaza cualquier sentido del tiempo. El aire se volvió denso. Claire decidió encender una lámpara, más por superstición que por necesidad, como para mantener a raya los susurros del texto.

Pasó las manos por la tapa, fría, del libro. Le temblaron los dedos. En la penumbra, su reflejo se multiplicó en los cristales cubiertos de polvo y sus propios gestos temblorosos la asustaron más de lo que debía. Aún así, en vez de cerrar el cuaderno, pasó la página.

Allí estaba el dibujo mal trazado —un círculo de recovecos irregulares, en cuyo centro danzaban figuras retorcidas: largas como sogas con aros en los extremos, una suerte de relojes derretidos con ojos oscuros, y bocas alargadas. Abajo, el texto: “Tru’nembra está entre nosotros, en las aguas turbias de cada espejo. No digas su nombre tres veces en el cuarto del fondo”.

Claire, molesta consigo misma, pensó en los fantasmas del folclore infantil: sayonas, bogarts, elementales tediosos de cuentos para asustar niños. Esto, se dijo, era simplemente el desenfreno psicótico de alguien aislado demasiado tiempo. “Pero —le contradijo una vocecita— ¿y si no?”

Releyó lo del cuarto del fondo, y al hacerlo, le pareció escuchar, apenas insinuado, un traqueteo en la madera más allá del corredor. El sonido se diluyó, casi podría haber sido el chasquido de las viejas vigas en la humedad, pero a ella le pareció un arrastre, como de uñas, quizá. Forzándose a actuar con desdén, y repitiéndose que no permitiría alimentarse de la paranoia, Claire se alzó, cerró el cuaderno y fue a buscar té.

Claro que eso le obligó a cruzar el pasillo, y claro que, justo frente al cuarto del fondo—una sucia sala de costura abandonada—pasó más deprisa, inventando excusas banales. Las tablas crujieron en el suelo al atreverse a pisarlas y, aunque la tetera chirrió, entremezclada con el borboteo, un golpeteo ligero sonó a través de la casa.

La noche cayó al fin, y después de la cena, Claire se preparó para dormir, pero no pudo dejar de pensar en el cuaderno ni en el dibujo. Tuvo que regresar a él. Una parte de sí estaba aterrada, otra, vencida por ese antiguo anhelo por lo proscrito, por el toque de lo prohibido. Abrió el libro otra vez.

Esta vez, encontró una hoja que creía no haber visto: “Azhorra-Tha duerme bajo el limo. Cuando sus sueños arden, suben vapores que no son para la piel ni para los huesos. Sabrás que la vigilia terminó cuando escuches la risa de los ratones”. El texto parecía haber sido tachado y, encima, inscritas apresuradamente, palabras enteramente nuevas, de caligrafía nerviosa, casi reciente: “Yo también lo oigo ahora. No mires el fondo del estanque”.

El nerviosismo de Claire alcanzó nuevas cotas, luchando por aferrarse a la racionalidad. Nada de esto era real; sólo paranoia, soledad y lluvia constante afuera, rugiendo de fondo como un corazón inhóspito. No debía preocuparse. Se repitió que todo estaba bien hasta que, a la hora de dormir, sintió en el sueño profundo que algo reptaba por debajo de la cama, raspando la madera con extremidades no del todo humanas. La conciencia borboteó y extrajo imágenes que no recordaba haber leído: cimas ahuecadas envueltas en niebla, donde figuras informes bailaban a contraluz de lunas estancadas; troncos partidos como bocas, repletos de ojos diminutos.

Despertó al alba, agotada, muerta de frío. Los sueños parecían haberse deslizado a la casa misma: un olor a podredumbre invadía la sala, y la humedad había cubierto hasta las ventanas. En la mesa, encontró —horrorizada— el libro abierto de nuevo, en una página donde nunca antes había estado: “Si me lees, estás dentro. Si cierras los ojos, vendrán del agua”.

Ahora sí, Claire consideró huir, abandonar todo ahí y nunca volver. ¿Qué mayor estupidez podría haber cometido que leer en alto, en voz apenas audible, los nombres impronunciables? Pero, envalentonada —como a veces nos pasa cuando el peligro nos arrincona—, tomó la lámpara y bajó lentamente las escaleras que llevaban, según el plano original de la casa, a un sótano cubierto por años y años de silencio.

La humedad se condensaba en las paredes, fluyendo en vetas, como venas en carne vieja. El aire era más denso, pesado en las narices. Un tenue borboteo brotó de algún rincón. Al final de la escalera, el frío era tangible, como si saliera de una puerta abierta a otra estación, o a otro mundo. Había charcos, hongos blancos y verdes, rastros de barro arrastrado por criaturas diminutas.

La lámpara vaciló, parpadeando. Fue entonces cuando Claire percibió la presencia. No era una visión clara —ningún espectro visible, ninguna aparición directa—, sino más bien la certeza de que bajo el lodo, al otro lado de una rejilla oxidada, una entidad vastísima aguardaba. En ese instante, vislumbró, reflejada en el agua sucia de un charco, una sombra múltiple, como si varias figuras trenzadas girasen infinitamente sobre sí mismas. No reconocía forma ni volumen, solo el movimiento desenfrenado y esos ojos —círculos perfectos y fríos— que la devolvían a la primera imagen del cuaderno.

El olor dulzón de peces muertos y algo más nauseabundo la envolvía. Percibió, como una presión en los oídos, una serie de crujidos y chillidos, como ratas peleando o como estrías secas sobre madera. Sin saber exactamente qué hacía, Clare repitió para sí (como si fuera un conjuro): “No soy de aquí. No pertenezco al agua. No pertenezco al agua”.

Pero junto a sus palabras, surgió un eco, uno que no era suyo, que usurpó su garganta: “Si lees, recuerdas. Si recuerdas, desciendes”. El libro, olvidado, parecía latir en su memoria con letras encendidas: “Tru’nembra… está detrás de los huesos. Azhorra-Tha sueña. El tercer nombre está en tu boca”.

Trató de retroceder, pero sus piernas no respondían bien; la luz bajó aún más. Creyó ver un movimiento en la esquina derecha —largos dedos enroscados en la puerta a un compartimiento olvidado del sótano. El frío se volvió mucho más intenso, el aire denso, vibrando con palabras que no entendía mientras el suelo parecía inclinarse, invitándola a avanzar.

Un instante después, la oscuridad saltó sobre ella. No fue un salto físico, sino la sensación de que la conciencia misma se derramaba en un estanque sin fondo ni orillas, que era absorbida, tragada, por memorias depositadas en la piedra desde una prehistoria sin nombre. Una voz, o muchas, hablaron desde el otro lado del limo: “Aquí ya no hay tiempo. Ya no hay quien solloce por ti. Mira el negror y dímelo”.

Todo se volvió ruido blanco y el contraste grotesco del fango y carne fusionados. En la última fracción de vigilia, antes del colapso, Claire comprendió que los nombres de Azhorra-Tha y Tru’nembra eran sílabas huecas, palabras-pasillo, puertas entre realidades y acequias, aberturas donde la podredumbre se anclaba para perpetuar la descomposición de la historia humana.

No recordaría cómo regresó a la casa, ni cómo encontró la salida. Solo sabría, después, que cada vez que veía un charco, en el fondo de sus sueños, sentía que los ojos la buscaban, y al cerrar los párpados, el eco húmedo y frío de otra voz (o tal vez la suya propia) musitaba desde el agua: “No mires el fondo. No recuerdes. No escapes”.

La policía encontró la casa vacía, con el cuaderno en la mesa y la tetera calcinada. El nuevo inquilino que llegó meses después, sin saber cómo ni de dónde, juró escuchar, en sus primeras noches, risas de ratones y rastros de agua en cada espejo empañado. Y a veces, por la madrugada, el crujido prolongado de dedos inhumanos sobre la madera.

El cuaderno sigue allí. Y las aguas del pantano, cuando baja la bruma, a veces reflejan a alguien que no debería estar.

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