Fragmento:
Extraños sueños siguieron: vi corredores sin fondo, envueltos de tapices que destilaban amarillos en todas las variantes posibles; sentí que bajo mis pies no había suelo sino una fina costra sobre un abismo de nieblas vivas. Y siempre, en el límite de mi percepción, intuía el eco de una risa ahogada, algo que intentaba recordar pero se desvanecía igual que la séptima línea de la partitura.
Duración: 09:11
Recuerdo haber creído, en mi juventud, que los ecos de la locura eran solo leyendas, supersticiones que la humanidad arrastraba como restos de edades oscuras. Recuerdo, también, la vez en que esa ilusión se rompió de manera irreparable, durante los tres días que pasé en la finca Bordeamarilla, como invitado de Rafael y Luciano, los célebres hermanos que, según decían los rumores, no sólo compartían sangre sino destino.
Era una noche de otoño cuando llegué a la finca; la niebla se fundía con la silueta amarilla de la gran casa, como si se tratara de la visión de un moribundo. Sabía vagamente que los padres de ambos hermanos habían muerto allí, y que la familia era conocida por sus excentricidades. Ninguno de los dos parecía inclinado a discutirlo, ni a explicar por qué todos los espejos estaban cubiertos y las cortinas convertían cada espacio en una penumbra dorada.
Yo era, para ellos, un invitado por cortesía. Mi relación con Rafael, el mayor, se cimentaba en debates universitarios y horas en bibliotecas polvorientas. Luciano, cinco años menor, hablaba poco y solía perderse en divagaciones melancólicas. De inmediato sentí que mi presencia era más observada que bienvenida. Aun así, la solemnidad silenciosa con la que ambos hermanos me recibieron me hizo rechazar cualquier pensamiento de partir antes de la fecha acordada.
La primera noche, Rafael y yo bebimos un brandy fuerte y turbio en la sala de estar. Casi todo allí evocaba el color del azufre y del papel antiguo: cortinas, alfombras, cuadros difuminados que el tiempo había cubierto de motas pardas. Fue solo durante un despiste, cuando deseé cambiar la melodía del gramófono, que descubrí una extraña partitura, oculta entre libros apilados de forma descuidada.
Habían letras que comenzaban a desvanecerse, versos apenas legibles, signos como tentáculos una vez familiares y, sin embargo, inquietantemente deformes. Una nota en la contraportada decía: “No leerás jamás la séptima línea, no en esta luz, no bajo este techo.”
Intenté preguntar a Rafael, pero bastó una mirada suya –breve, pero cargada de un afecto cargado de advertencia– para inducirme a callar. Nos marchamos a dormir, el gramófono susurrando una melodía incompleta, su eco arrastrándose hasta mi habitación, perturbando el frágil umbral de los sueños y la vigilia.
Extraños sueños siguieron: vi corredores sin fondo, envueltos de tapices que destilaban amarillos en todas las variantes posibles; sentí que bajo mis pies no había suelo sino una fina costra sobre un abismo de nieblas vivas. Y siempre, en el límite de mi percepción, intuía el eco de una risa ahogada, algo que intentaba recordar pero se desvanecía igual que la séptima línea de la partitura.
Durante el segundo día, mientras el sol abrasaba sin piedad, Luciano decidió mostrarme la galería de reliquias familiares, situada en una zona de la casa que parecía haber escapado al interés del tiempo. Allí, bajo vitrinas resguardadas por candados y símbolos desconcertantes, vi medallas, cartas, cartas náuticas imposibles de leer, y, en el rincón más oscuro, lo que a simple vista parecía una tiara corroída.
“No es una corona”, murmuró Luciano, notando mi fascinación por el objeto. “La trajeron de una isla que nunca aparece en los mapas convencionales. Dicen que la llevaban los que presenciaban el juicio desde la orilla.”
Pregunté, por curiosidad, qué tipo de juicio y con qué orilla se refería. Apreté la tiara de latón y algo indescriptible vibró en mis dedos, como si mil dedos invisibles tocaran mi pulso. Luciano no respondió ni una palabra. Por el rabillo del ojo, vi que Rafael nos miraba desde la puerta, su expresión envuelta en una angustia casi piadosa.
Aquella noche, supuse que encontraría en la biblioteca alguna pista; los hermanos cenaron temprano y se replegaron a sus habitaciones con una premura inusual, dejando los corredores sumidos en una inercia sepulcral. Encendí una lámpara de queroseno y, al hojear los volúmenes apilados, me topé con un álbum familiar. Entre fotografías de ancestros marchitos y rostros impasibles, una imagen llamó mi atención: mostraba a un grupo de hombres con unas túnicas manchadas de un amarillo sucio, arrodillados frente a un lago circular que parecía reflejar niebla sólida en lugar de agua.
Sobre el lago, si uno forzaba la vista, podía distinguirse la sombra de una figura descomunal, apenas esbozada, cuyos contornos chocaban entre lo tentacular y lo humano. El reverso de la fotografía daba la fecha de 1887 y tres palabras escritas en un idioma vacío de vocales.
No pude evitar pensar en esa isla y en ese juicio, preguntándome si la corona encontrada era meramente simbólica o si representaba algo más. Por instinto, miré a mi alrededor y advertí, con horror, que la penumbra no era uniforme: había rincones donde la oscuridad vibraba con una intensidad sucia, como si la luz del quinqué fuera devorada desde adentro.
De pronto, la melodía del gramófono volvió a sonar, aunque nadie lo había encendido. Resonó la misma tonada torpe, pero esta vez, entre las notas, juraría haber escuchado una voz arrastrándose, distorsionada por una lengua que nunca fue pronunciada por ningún hombre. “¡Ven al lago! Que la corona se pose donde la niebla empieza”, comprendí, no por las palabras en sí, sino por una ráfaga de significado ajeno a mi mente.
La inquietud me mantuvo despierto hasta llegada la medianoche. Incapaz de resistir la llamada, caminé, llevé la tiara conmigo y salí al jardín trasero. Un sendero de guijarros cubiertos de musgo amarillento conducía hacia el lago circular que servía de límite a la finca. Allí, la niebla era espesa, trenzada en patrones que recordaban grotescas iniciales. La luna se filtraba como a través de un vidrio enfermo.
Vi, en la orilla opuesta, dos figuras arrodilladas, envueltas en ropajes anacrónicos. Eran Rafael y Luciano, sus rostros cubiertos con una máscara hecha de la misma tela que las cortinas de la casa. Sus labios se movían en una letanía muda. En el lago, noté un leve resplandor que se movía como si respirara.
Una especie de parálisis se apoderó de mí. Algo profundo, ancestral, despertaba en mi memoria: la conciencia de haber leído, en los papeles olvidados de la biblioteca universitaria, referencias indirectas a aquel lugar. Bordeamarilla, la “Casa del Umbral” de la que algunos círculos hablaban con temor reverencial, era mencionada en contextos que mezclaban cultos antiguos y presencias extradimensionales.
Me vi a mí mismo alzando la corona (¿o tiara?), mi brazo no dominado ya por mi voluntad sino por la de la voz que reptaba bajo la melodía. Oí, ahora muy cerca, un nombre que no pronuncié ni quise recordar, largo y plagado de fonemas imposibles. La niebla sobre el lago vibró y se partió, revelando una figura colosal: sus miembros alternaban entre lo sólido y lo nauseabundamente fluido, y sus ojos—aunque negaba con cada fibra de mi ser que fueran ojos—me atraían hacia el agua.
La corona vibró en mi mano, y los hermanos, aún arrodillados, murmuraron un estribillo que parecía fluir directamente del agua. Sintiéndome poseído por una fuerza ajena, coloqué la corona sobre mi cabeza. Lo que siguió no puede describirse en términos humanos: el tiempo se fundió, derramándose como cera, y sentí que existía simultáneamente en mil futuros y mil pasados, todos en el mismo instante circular.
La criatura del lago, en su apogeo de abuso de geometría y lógica, me mostró escenas de lugares inconcebibles, ciudades erigidas sobre cáscaras de planetas muertos, luces que eran pensamientos y pensamientos que eran música. Comprendí el significado de las líneas y de la séptima línea no escrita, así como el carácter contagioso de la corona: un pensamiento germinal plantado en la carne de la mente humana, haciéndonos conductos y testigos de algo que existía mucho antes del lenguaje.
La última imagen antes del retorno fue la de cientos, miles de individuos arrodillados a lo largo de lagos idénticos, coronas gastadas sobre cráneos gastados, todos sus rostros girándose hacia mí en perfecta sincronía. Todos llevaban el signo, la marca curva y trenzada que había visto en la galería familiar.
Desperté al amanecer, tumbado sobre la hierba húmeda a la orilla del lago. Había marcas profundas en la piel de mi frente, como si la tiara hubiese dejado tatuajes de vapor. La corona yacía a mi lado, desprovista de su brillo enfermizo, y Rafael y Luciano me miraban en silencio desde la distancia del sendero.
No hablamos de lo ocurrido. Ni esa mañana, ni en las dos décadas transcurridas desde entonces. Los hermanos del Signo Amarillo siguen en la casa, y de vez en cuando me envían un sobre sellado, con una foto, un dibujo, una hoja rota con la melodía sin terminar. Bajo la superficie de mis recuerdos, en noches de niebla y música discordante, siento a veces la tentación de mirar hacia la séptima línea, de volver al lago, de recibir a la criatura ancestral cuyo nombre no puedo ni debo documentar.
Pero siempre, en el instante de mayor debilidad, cierro los ojos y oigo la letanía: “Donde la niebla empieza, la corona se posa. Donde la línea termina, el juicio comienza…”
Y el juicio, sé ahora, no conoce final.
Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.