Portada del relato Objetos para Lo Que No Tiene Nombre
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Fragmento:


Algo había cambiado. El envoltorio de arpillera de la muñeca había caído, dejando visible una extremidad ingrávida, de dedos torcidos; el espejo de obsidiana estaba empañado con vaho, como si respirara. Pero lo que más llamó su atención fue el lugar bajo el mueble, donde objetos compartían involuntariamente el espacio: un hueso pulido (antaño atribuido a un santo, ahora casi translucido por lo usado) reposaba ahora peligrosamente cerca de la caja que albergaba el reloj.

Duración: 11:01

Objetos para Lo Que No Tiene Nombre
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Texto de ajuste de pausa.

En la trastienda de la librería Lester, oculta entre paneles cuarteados y estanterías de madera carcomida, había un cuarto que el propietario nunca mostraba a sus clientes. Era una habitación cuadrada, con una sola lámpara colgante, que apenas lograba abrirse paso entre el polvo suspendido en el aire, rozando las cajas amontonadas y los bultos envueltos en arpillera. Aquí, según susurros, la realidad se deshilachaba, y los objetos cuyos dueños preferían olvidar, o de los que otros esperaban librarse desesperadamente, encontraban reposo. Señalado solo por una cadena oxidada y la palabra “PROHIBIDO” en letras góticas, el acceso a este antro estaba, por supuesto, rigurosamente vedado a los clientes corrientes, que jamás sospechaban el verdadero alcance de su contenido.

Aun así, había noches —especialmente cuando el frío se colaba través de las rendijas y chillidos insomnes danzaban en la madera— en que Murphy Lester descendía solo, linterna en mano, para reorganizar, inventariar o simplemente contemplar el cúmulo de horrores y maravillas que, por líneas intrincadas y casi invisibles, habían terminado en su poder. Su padre le había educado en la vigilancia de aquel cuarto; palabras como “medidas de seguridad” y “jamás vender” se repetían como un mantra. Sin embargo, Murphy sentía que lo que allí hacía trascendía el simple almacenaje: cada objeto parecía pulsar un ritmo, un deseo, una memoria torcida adherida a lo material.

Esa noche de noviembre el viento arrullaba la ciudad como el lamento de una garganta infinita. Ya de por sí no esperaba poder dormir bien. Había aceptado, quizá por debilidad, recibir otra pieza para la colección. No era la primera vez que alguien confiaba en su descrédito para librarse de lo intolerable. La llamada llegó a la hora más cenagosa de la madrugada, la voz de una anciana con acento indeterminado que sollozaba al referirse a un “reloj” y suplicaba a Murphy que se deshiciera del objeto bajo cualquier circunstancia.

La entrega fue un simple cruce de manos temblorosas, una pesadez nueva añadida al saco de Lester. El reloj era de bolsillo, excesivamente reluciente en una mañana cenicienta, el dorado tan llamativo que hería la vista cuando la luz lo tocaba. La tapa estaba grabada con líneas en espiral, casi orgánicas, como si bajo una lupa pudieran reptar y entrelazarse, y en su centro había una hendidura en forma de pupila. El toque lo dejó helado a pesar de los guantes. La anciana, ya en la penumbra, musitó al oído de Murphy cosas que no quiso comprender. “Nunca lo mires cuando no marque la hora,” dijo. “No lo acerques a la boca ni dejes que lo abran otros. Sobre todo, no lo guardes con objetos de hueso.”

Murphy era, en cierto sentido, escéptico. Conocía el poder de los traumas humanos para transfigurarse en terrores imaginarios, pero también —había aprendido a aceptar— cosas innombrables podían aferrarse a la materia. Guardó el reloj, con los dedos temblando ligeramente, en una caja cubriéndolo de sal y cenizas, como era costumbre preventiva, y descendió para añadirlo a su cuaderno de registro. Era su modo de conjurar las pesadillas: el orden, la lista, la rutina.

Abrió el cuaderno —muy viejo, el lomo forrado en cuero con runas apenas visibles bajo años de polvo— y comenzó a anotar. El inventario previo ocupaba páginas y páginas de objetos, todos prohibidos, todos exactamente numerados. “Objetos prohibidos para adultos", rezaba el encabezado. Allí constaban piezas de una variedad malsana: una muñeca sin boca ni ojos pero con uñas aún creciendo; un libro sin páginas, del que manaba niebla espesa al abrirlo; un fragmento de espejo de obsidiana que devolvía solo reflejos pálidos de otras eras; un retrato al óleo que no se podía mirar dos veces sin advertir cambios insólitos en la escena de fondo. Y más. Aquella noche, al encorvarse para escribir bajo la lámpara, Murphy sintió que la sombra en la esquina se magnificaba ligeramente, como si los objetos la absorbieran hacia sí.

Mientras anotaba la extraña descripción del reloj llegó hasta él, de algún lugar dentro del almacén, un leve zumbido. No un zumbido mecánico, sino un rumor orgánico, como una respiración profunda muy lejana. Se estremeció, intentó ignorarlo. La costumbre era completar el registro, guardar el objeto en la estantería correspondiente, y sellar la puerta. Esta vez, sin embargo, el zumbido se intensificó, acompañado de un olor metálico. Murphy, curioso a su pesar, dirigió la luz hacia una estantería donde guardaba las piezas más perturbadoras: la “sección de lo indefinible.”

Algo había cambiado. El envoltorio de arpillera de la muñeca había caído, dejando visible una extremidad ingrávida, de dedos torcidos; el espejo de obsidiana estaba empañado con vaho, como si respirara. Pero lo que más llamó su atención fue el lugar bajo el mueble, donde objetos compartían involuntariamente el espacio: un hueso pulido (antaño atribuido a un santo, ahora casi translucido por lo usado) reposaba ahora peligrosamente cerca de la caja que albergaba el reloj.

Murphy no recordaba haberlos colocado juntos.

Se acuclilló, examino la caja. El dorso sintió repentinamente la presencia de algo cerca, una expectación oscura y líquida que se deslizaba desde las esquinas del cuarto. ¿Era paranoia o realmente las sombras bullían, cortadas por aristas de luz imposible, devorando minúsculas partículas de polvo a su paso? Un frío lodo de miedo le manó de la base del cráneo y le hizo sudar. Tomó la caja y procuró alejarla del hueso, pero sus dedos fallaron, resbalando como si una lengua invisible lamiera el envase. Sonó un chasquido y sintió una vibración, suave pero creciente; algo giraba en el interior.

Murphy dejó la caja, miró a su alrededor, y cuando intentó enfocar de nuevo, lo que percibió costó comprenderlo: las estanterías, las paredes incluso, parecían curvarse hacia el centro del cuarto. Con el paso de los segundos, tuvo la atroz certeza de que el cuarto se estaba “adelgazando”— no en tamaño, sino en realidad, como si empezara a existir menos. El reloj en su caja palpitaba con un latido que no era completamente ajeno a lo humano.

Pensó en su padre, en las advertencias que nunca terminó de explicar, en las noches en que encontraba a Lester padre ante la puerta de la trastienda, murmurando: “Si viven, deben vivir separados. Si tocan, nada es seguro.”

Murphy vaciló. Tres pasos hacia la puerta. Dudó. Entonces, con un golpeteo seco, la caja se abrió y el reloj, sin intervención alguna, salió rodando y fue a parar justo sobre el hueso. Fue tan rápido que Lester solo alcanzó a ver el destello dorado y luego… luego llegó el sonido.

Era el sonido de algo abriéndose, pero no algo físico. Imágenes brotaron en su mente, imágenes seguramente hijas de la locura. Vio un trono de carne, inmenso, pulsante, avanzado en la oscuridad sin borde de un espacio sin coordenadas, y sobre él, algo más allá de la idea de un rostro, sólo una conglomeración de miradas abiertas hacia adentro, devorándose entre sí hasta el infinito. Y bajo ese trono, se revolvía una masa viscosa, tentacular y autoengendrada, pariendo sus propios horrores, cada uno un objeto, cada objeto una historia que se adhería a la piel y a la memoria de quien los poseía.

La masa —podía jurar que era Abhoth, o algo semejante— creaba y devoraba, y el trono todo lo absorbía en su perenne pulso sin sentido. Vio objetos caer desde boca, manos y orificios, corromperse y aspirar ojos, labios, huesos, sangre, conciencia misma.

Murphy forcejeó en vano por regresar. El zumbido era ensordecedor, provenía del reloj, que latía y giraba sobre el hueso, fundiendo ambos en una amalgama que ya no obedecía a la física ni a la lógica ni al tiempo. De algún modo, murmuró el lado lúcido de su mente, la combinación de hueso y reloj había abierto un pliegue en lo permitido: había tocado lo prohibido.

En ese instante, su propio cuerpo empezó a sentir el arrullo, la atracción. Notó cómo sus memorias más vergonzosas, los sueños que nunca contaría a nadie, las obsesiones que rumiaba en soledad, emergían y se pegaban a los objetos prohibidos, que respondían como famélicos. Su piel, su voz, incluso sus palabras pronunciadas en secreto, vibraban en el aire, siendo chupadas, sorbidas, convertidas en una espuma de recuerdos vacíos.

Cerró los ojos y trató de balbucear alguna plegaria, o siquiera una línea de su inventario, como si la taxonomía humana tuviera algún dominio aquí. Pero la voz que llegó no era suya; era un magma de voces, unas sobre otras, como capas de niebla y de carne, repitiendo:

“Lo prohibido lo guarda el que quiere recordar; lo prohibido lo engendra el que teme olvidar.”

Por un segundo, Murphy tuvo la tentación —irresistible— de tocar él mismo el hueso amalgamado al reloj. Quiso saber exactamente lo que sus antepasados y la siniestra clientela de la tienda temían y anhelaban. Quiso saber, con un hambre quemante, qué vería en el reverso de la realidad, al otro lado del latido... pero entonces un golpe sordo retumbó detrás de la puerta. Era su auxiliar, O’Hara, que subía alarmado por el alboroto.

La irrupción bastó —no por valor, sino por interrupción— para desconectar el lazo. Murphy se desplomó, manoteando para alejar el reloj y el hueso, tapándolos con fieltro y trapos, cerrando la caja a trompicones. El cuarto, poco a poco, se recomponía. El aire volvió a ser solo aire. Las estanterías, sencillamente, madera y objetos muertos. O’Hara, asustado, apenas entendió las palabras que murmuraba Lester: “Nunca… nunca juntes objetos de hueso con artefactos que laten con cosas de dentro. Jamás.”

No se quedó mucho tiempo en la trastienda esa noche. Apenas pudo, hizo el inventario por encima, y lo clavó a la puerta con tachuelas oxidadas, como haciendo un conjuro último. Salió, cerró la puerta, puso extraños sellos enseñados por su padre, y apenas logró dormir. Pero supo —como sabe aquel que se asoma demasiado cerca al borde del abismo— que, aunque la puerta quedara sellada y los objetos separados, las líneas entre lo permitido y lo prohibido, entre lo real y lo innombrable, ahora eran mucho más frágiles.

En la siguiente noche, en su sueño, Murphy escuchó dos voces; una, vasta y pulsante, que latía como el trono en la oscuridad, y otra, veintidós veces multiplicada y devorándose a sí misma, que le susurró: «El inventario es solo el comienzo. Tú eres ahora un objeto prohibido, guardado a conciencia... para adultos que ya nada pueden olvidar.»

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